Fernando Egui

El Asesino Letrado

-          ...Anda, ¡jala del gatillo! ¡vamos! ¿no es eso lo que quieres? ¡Vamos!
 
Aquella voz rebotaba en las esquinas del estudio decorado casi enteramente en madera.
Una vez más la voz estridente lo incitaba; más que incitarlo, lo retaba. ¿Quién capaz de atreverse, alcanzaría ese logro? Acabaría con ello...
Mozart hacía llorar el tocadiscos en aquella escena patética, irrepetible, indescifrable.
 
-Ahora pretendes llorar... ¿es que acaso no puedes verte?
-Nnn... no- respondió la voz del llanto ahogada en un dolor que lo consumía de adentro hacia fuera como ácido. –No puedo verme- reiteraba –aléjate. ¡Te lo imploro!
 
Muy difícilmente podía entenderse lo que decía. Cuanta agonía; ¿acaso estaría arrepentido? Pero, ¿de qué? Siempre pareció ser un buen hombre y... ese maldito piano no dejaba de sonar; la melodía llenaba mis venas de miedo y a la vez amaba a mis oídos como una lluvia de besos que ensordecían mi vida, hasta tal punto que sentía desaparecer. Nunca antes me sentí así, nunca había sentido tantas cosas a la vez; me enloquecían en el más profundo silencio pues, hasta mi respiración podría delatarme. No, él no podría verme jamás, soy muy precavido, es una de mis cualidades.
 
-Aaaaahhhhh, aaahh...- de nuevo aquella terrible voz ligada a un sin número de voces, horribles, aterradoras, gritaba al desvalido. -¡Termina con esto cobarde!-
 
Si alguna vez creí sentir miedo, no sabía de su plena existencia hasta aquella noche; mi mano izquierda temblaba en el alféizar donde clavaba mis uñas (las mismas que me había mordido días atrás mientras leía sumido en un terror virtual) para tratar de aferrarme al silencio de mi posición. Ya no podía hacer nada, no debía correr, no debía escapar pues, me oiría y peor aún, aunque quisiera no podría, estaba petrificado, mis músculos estaban entumecidos, ya llevaba un buen rato agachado husmeando, como insecto.
 
La mano de Joseph, aferrada a una Beretta, destinaba su existencia, o más bien, su inexistencia. La dejaba caer sobre sus cuadriceps sin soltarla y de nuevo la colocaba en su posición inicial, rasgando su paladar con la punta del cañón lleno de saliva. La intermitencia de este acto era algo paranoico.
Su rostro, también desdibujado, era censurado por un ligero manto de cabellos negros y lisos que culminaban al nivel de su quijada.
Una pequeña lámpara de kerosén proyectaba tenues destellos de luz que bien servían para iluminar aquella escena, decadente, disjunta de la realidad. Las sombras temblaban al compás de la pequeña lengua amarillenta enfrascada en esa polvorienta copa de cristal con boquilla hacia arriba.
 
De nuevo Joseph llevó el arma torpemente a su boca maltratando sus encías ensangrentadas y gimiendo; balbuceaba algo ahora inalcanzable a mis oídos.
 
-¡Hazlo...!- ordenaba nuevamente la voz demoníaca, interrumpiéndolo bruscamente.
 
El cuerpo de Joseph se estremecía con cada sílaba y el mío no estaba lejos de ese mismo sentimiento. Estaba aterrado, sin embargo, alguna fuerza extraña me mantenía adherido a aquella obra funesta de desolación e incertidumbre. Muy dentro de mí se debatían las ganas de verlo morir; quería que acabara con aquel momento, eterno momento.
 
Joseph se puso de pie sin siquiera pensar en soltar el arma un instante, pateó el taburete en el que estaba sentado. Intentaba secar sus lágrimas toscamente con la palma de sus manos.
Por un momento pensé que me había visto, ¿qué hubiese hecho?, tal vez me hubiese disparado, sí, muy probablemente me hubiese descargado la cacerina completa.
Mi respiración se tornaba cada vez más rápida; me encontraba de espaldas a una pared que censuraba mi presencia y participación, debajo del marco de la ventana de esa misma pared que dividía mi realidad, mi ahora, mi tiempo en ese tiempo, mis ojos veían la inmensidad de la noche oculta en mi silencio; parecía estar lloviendo pues tenía los pies embarrados por la tierra del jardín.
 
 
Por un momento quedé absorto y divagué entre recuerdos…
 
Varias veces vi a Joseph podando ese jardín levantando su mano derecha para saludar a mi madre; ese mismo jardín que ahora yo pisaba, aterrado, impotente, desconcertado. Era como el barro en mis pies: inerte.
 
No pensé en volver a asomarme por la esquina de la ventana, no tenía escapatoria, por los momentos debía quedarme allí hasta acabarse aquella sátira espeluznante.
Agudicé mi oído y me dispuse a escuchar. Ya había visto demasiado. Aquel cuarto nunca podrá salir de mi mente. El escritorio de roble con la lámpara, los adornos, los trofeos de polo y aquella... aquella enorme biblioteca de madera.
 
Recordé cuántas veces me escabullía por la misma ventana que ahora estaba sobre mi cabeza para tomar los libros furtivamente sin que Joseph lo notara. Era excitante entrar a escondidas y tan solo tener unos pocos segundos para tomar una decisión sobre cuál autor secuestrar.
 
Las últimas veces mi táctica era casi perfecta; esperaba a que se durmiera y como él nunca cerraba las ventanas, yo entraba descalzo para no hacer ruido, dejaba en su puesto el libro que me había llevado en la última ocasión y tomaba uno nuevo. Me fascinaba leerlos, pero más me fascinaba la idea de tomarlos a escondidas a sabiendas de que podía morir en el intento, siendo confundido con un vulgar ladrón.
 
Solo quedaban unos pocos libros por leer de aquella enorme biblioteca, y el que tenía conmigo iba a devolverlo justamente esa noche.
Si Joseph se suicidaba no podría robar para luego devolver esos últimos libros que quedaban en su biblioteca...
 
Nunca me atreví a presentarme ante el Sr. Joseph, se notaba que era un hombre solitario, ocupado en su mundo tan asocial, tan apartado. Siempre me repetía a mí mismo ese chiste cruel: …Si en una oportunidad nos presentaran, ¿qué impresión se llevaría de mí?...
 
Mi madre siempre decía que era encantador. Cada vez que decía eso recordaba a mi padre y me preguntaba qué diría si estuviese vivo; además de la conducta extraña que últimamente había adoptado. Aquellas aparentemente inexplicables actitudes femeninas que significan todo y a la vez nada. La inmensidad y la nimiedad dentro de un mismo envase, que tiembla, que esta a punto de romperse…
 
Me incorporé a la escena a través de mis sentidos y escuché de nuevo la voz gimiente de Joseph diciendo:
 
-No quise hacerlo...-
 
 
No encontraba respuesta a tantas interrogantes que pasaban por mi mente y a la vez un desenfreno interno implotaba en mi ser por acabar con aquella situación. Empecé a desesperarme, no podía con ello. Me puse de rodillas y de nuevo eché un vistazo al interior buscando respuestas. Aquella imagen horrorosa hacía erizar mi piel.
Joseph estaba de espaldas a un espejo ovalado, grande, imponente y su rostro inexplicablemente esbozado en borrosas formas se hallaba en aquel cristal maligno.   Volteó rápidamente su enclenque cuerpo y gritó a su imagen:
 
-Está bien, lo haré...- y llevó una vez más la pistola a su boca; ésta sí sería la última vez frente a él mismo.
 
Sin pensarlo me puse de pie y ágilmente salté por la ventana, entré al estudio y velozmente corrí hacia Joseph golpeando su antebrazo y empujándolo para evitar que se disparara.
 
Lo empujé con tanta fuerza que su cuerpo y el mío chocaron contra la biblioteca, esta se estremeció y empezó a caer y así también los libros que en ella se hallaban; caían sin cesar como una avalancha de ladrillos de papel y empastado.
 
 
El arma cayó al piso unos metros lejos de ambos. Aquel enorme mueble se desplomó enteramente sobre Joseph dejando libre solo su cabeza. La agilidad de mi juventud salvó una vez más mi vida.
 
Joseph estaba casi inconsciente, pedía ayuda...
 
Me puse en pie, un poco desorientado por la estrepitosa caída. Abrí la puerta y me dispuse a buscar ayuda. Salí a un pasillo también decorado con objetos y obras antiguas; al final se abría paso hasta la sala de estar y en frente me encontré con unas escaleras; mis nervios me hicieron subir por ellas en busca de alguien.
 
Mi pie derecho dejó atrás el último escalón cuando  alcancé a ver una puerta entreabierta ¡parecía una habitación! me dispuse a entrar. Detrás de mí, el barro marcaba el recorrido de mi búsqueda. Al entrar, mis ojos de niño inconsciente se llenaron de lágrimas al ver lo que la habitación ocultaba y mi corazón se detuvo en un respiro seco: ¿cómo pudo pasar? ¿Qué era esto?, el cuerpo de mi madre yacía desnudo y levemente tapado por sábanas blancas manchadas de sangre. Me acerqué temblando ¡era mi madre! Ya no sentía mi cuerpo y al tocar el de ella  pude notar que estaba muerta. En su pecho la marca de dos balas aún sangraban ya coagulando.
 
El dolor y la ira me invadieron por completo como un rio de lava en mis venas. Salí corriendo de esa habitación de vuelta al estudio. De regreso veía mis huellas en el piso, llorando enfurecido.
 
Entré a ese cuarto de madera batiendo la puerta, el estruendo de mi llegada asustó aun más  a Joseph, quien gemía debajo de aquel mueble lleno de culpas.
Todos esos libros que había leído estaban regados en el piso y aún la música sonaba inundando el estudio.
 
Empecé a buscar el arma encolerizado y aturdido por completo. Joseph entre sus gemidos balbuceaba –no quise hacerlo... no quise hacerlo; no fui yo…-.
Finalmente encontré la pistola, la tomé en mis manos, nunca antes había hecho algo semejante; ahora mi sombra cubría el rostro de Joseph. Una vez frente a él disparé a su cabeza 11 veces sin fallar. El corazón se me iba a salir; caí arrodillado en el piso si soltar el arma; ahora mis pies estaban bañados en sangre.
 
Del mismo espejo en que vi a Joseph sin forma y desdibujado salieron varias voces en una, horribles, aterradoras, y ahora me hablaban a mí:
 
-Ven, acércate...-
 
La ira dentro de mí se convirtió en un vacío de emociones, en turbación, en un eco de miedo, en un incontrolable deseo de morir...
Volteé y aquella imagen en el espejo era irreconocible, indescifrable y a la vez, era yo.
Lo último que escuché en la profundidad de mi reflejo fue aquel sin número de aterradoras voces diciendo:
 
-          ...Anda, ¡jala del gatillo! ¡vamos! ¿no es eso lo que quieres? ¡Vamos!
 

 

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Published on e-Stories.org on 04/25/2013.

 

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