Héctor de Souza

Acorazado de bolsillo

Se denominó “acorazado de bolsillo” a un tipo de naves construidas en Alemania bajo las limitaciones impuestas por el Tratado de Versalles. Tenían un desplazamiento de 10.000 toneladas y cañones de 280 milímetros. Durante la Segunda Guerra Mundial, la Deutsche Marine destinó esas naves a las actividades corsarias. 
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Despuntaba el día. Los vigías del acorazado alemán oteaban el horizonte. Uno de ellos dio alarma de mástiles en el horizonte:
 
–¡Remates de mástiles a proa!  –gritó. El vigía creyó avistar un crucero auxiliar (así se le llamaba a un buque mercante armado) y dos destructores.

El acorazado de bolsillo estaba disimulado con ondas blancas en sus líneas de aguas y, con la ayuda del esquema de camuflaje, aparentaba ser un crucero inglés. Tenía como misión destruir por todos los medios los buques que aseguraban el abastecimiento del enemigo. Era una inteligente obra de la ingeniería naval alemana que, sin apartarse de las restricciones del tratado de paz del año 1919, había creado una nave revolucionaria: poseía un casco ensamblado con soldadura eléctrica que había permitido, con el ahorro del peso de los remaches, convertirla en mucho más rápida que las antecesoras; dotada de motores diesel obtenía mayor autonomía de navegación (quizá más de tres veces superior a la de un acorazado convencional) y, gracias a su escaso peso, podía alcanzar veintiocho nudos de velocidad máxima, cuando otras semejantes no lograrían más de veintitrés nudos.

El oficial de guardia dispuso despertar al comandante. Este, de inmediato, ordenó zafarrancho de combate y que la tripulación cubriera sus puestos para afrontar la batalla. Creía tener a la vista la avanzada de protección de un convoy. Daba por sentado que sus fuerzas eran superiores a las del enemigo. Por eso, sin dilación, decidió combatir a la primera línea para, acto seguido, hundir el convoy. Otra respuesta no hubiera correspondido a la fama de la nave corsaria que más éxitos había cosechado. En la guerra, el acorazado de bolsillo había hundido diecisiete naves, causando a los británicos gravísimos daños. También, mediante sus acciones audaces, había paralizado en varias ocasiones el tráfico mercante de los Aliados.
 
El comandante no demoró mucho tiempo en descubrir su error. En realidad, no se trataba de un crucero auxiliar sino de un buque de diez mil toneladas, inferior al acorazado alemán solo en el calibre de su artillería: seis piezas de doscientos tres milímetros contra otras tantas de doscientos ochenta milímetros. Los otros dos navíos, que habían sido tomados por destructores, eran cruceros ligeros que disponían entre ambos de dieciséis cañones de ciento cincuenta y dos milímetros. Allí, frente a sí, el comandante tenía a la poderosa Royal Navy.
 
No se amedrentó. Mantuvo firme su intención y, con ineludible determinación, lanzó la primera carga. La andanada infligió daños al buque británico. El comandante del acorazado de bolsillo no pudo evaluar con precisión la magnitud de la arremetida ni mensurar las pérdidas ocasionadas. Como desenlace de la osada decisión inicial, el acorazado de bolsillo quedó dentro del área de fuego de los cruceros ligeros. De haberse mantenido a distancia, el superior alcance de sus armas le habría permitido tenerlos a raya, pero, al acercarse demasiado, se expuso a recibir un nutrido fuego cruzado.
 
Los cruceros ligeros lo atacaron con reiterados zarpazos de la artillería. En respuesta, el comandante articuló alguna defensa: en el intercambio de munición por munición llegó a destruir una de las dos torres de popa de uno y a silenciar  cuatro piezas de ciento cincuenta y dos milímetros del otro; los dos cruceros británicos se apartaron y redujeron su hostilidad.
 
Pero, cuando el comandante vio acercarse a toda máquina al impresionante buque británico –mientras los cruceros ligeros volvían a la acción ofensiva–, sintió que algo más drástico debía hacer. Y no dudo ni un instante: mandó virar a babor y emprender la fuga rumbo a aguas seguras.
 
El buque británico se acercó a toda velocidad e hizo la salva fría. El impacto en el acorazado destruyó una pieza de artillería. Del mismo modo, los dos cruceros ingleses acortaron distancia. A pesar de su inferioridad de fuego, en pocos minutos acribillaron al acorazado. En una hora, acaso menos, recibió más de cien proyectiles. Cinco de sus seis piezas de artillería fueron dañadas y quedaron fuera de combate.
 
El comandante del acorazado alemán puso proa hacia la costa para alejarse a toda máquina de la flota británica. Fue entonces cuando recibió el primer mensaje de advertencia. Hizo caso omiso. Asimismo, ignoró una segunda exhortación a detener la apresurada huida.
 
Cuando el tercer aviso fue entregado en el puente de mando, el jefe de operaciones exclamó:
 
–No deberíamos continuar, señor. ¡Vamos al encuentro con la muerte!
 
–No le he preguntado nada, oficial –dijo el comandante–. ¡Siga a toda velocidad!
 
El veterano comandante era un capitán de navío valeroso y experimentado. Su gloria legendaria como lobo de mar era corroborada cada día, en cada acción de mando. La estirpe de marino se hacía patente y manifiesta: una imponente apariencia, el uniforme impecable, la gorra azul con un ancla de oro rodeada por una guirnalda, y la visera de la gorra, sobrecargada con el bordado de una fila doble de hojas de roble, que protegía sus relampagueantes ojos de águila.
 
–Conecte el motor número ocho –ordenó el comandante con voz de trueno.
 
–Conecto el motor número ocho –repitió el jefe de operaciones.
 
–Dé la máxima potencia –bramó el comandante.
 
–¡Velocidad máxima! –confirmó el jefe de operaciones.
 
El rugido de los motores se hizo más intenso. El comandante, satisfecho, echó una mirada a popa. La flotilla británica no los perdía de vista.
 
Los miembros de la tripulación del acorazado de bolsillo cruzaron unas miradas llenas de asombro y miedo.
 
–Es una temeridad –comentaron unos.
 
–¡Al viejo, ni el infierno le da miedo! –comentaron los otros.
 
La distancia que separaba a los perseguidores se volvió a acortar sensiblemente. El acorazado fue tocado una vez más. Varios proyectiles lo alcanzaron: el primero destruyó completamente la cocina y la red de agua potable de la nave; otros dieron en el compartimiento de torpedos, averiaron el puesto de dirección de tiro antiaéreo y demolieron algunos camarotes.
 
La cacería continuaba. El acorazado de bolsillo, envuelto en una nube de humo por la que asomaban amenazantes lenguas de fuego, había conseguido zafar una y otra vez a la sucesión de embestidas de las naves enemigas y de un final que le cernía, aunque para ganar la costa y salvarse con el cambio de aguas quedaban muchas millas por delante. Las circunstancias eran desfavorables y la situación se volvía, minuto a minuto, insostenible.
 
Llegó una cuarta intimación a detenerse. La fuerza naval británica daba la última oportunidad para una rendición.
 
El comandante prosiguió gritando, frenético:
 
–¡A toda velocidad! ¡Más velocidad!
 
El jefe de operaciones, ahora apoderado por el pánico, volvió a insistir con desesperación:
 
–Señor, ¿por qué no nos detenemos? ¡Ya estamos perdidos! –casi le imploró al comandante.
 
Se hizo un silencio. Quizá mejor sería haberse callado, pensaron los miembros de la tripulación, mientras observaban con indecisa curiosidad el rostro desencajado del comandante. Muchas veces, las palabras tienen efectos contrarios a los que se han propuesto.
 
Y cuando todos esperaban que el ruego de detenerse hubiera soliviantado el valor del honor del comandante y su fe en la causa, cuando todos aguardaban una resolución intrépida que los enfrentara con su destino, él le echó encima al jefe de operaciones todo el peso de su sentido común:
 
–¡Que se detengan ellos, carajo! –le dijo–. ¡¿Por qué no se detienen ellos, que nadie los persigue?!
 

FIN 

 

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Published on e-Stories.org on 03/19/2013.

 

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