Antonio Pérez Ruiz

Siempre se puede encontrar otro momento

Los martes no puedo venir —me dijo—, tengo psicoterapia.
Sería la próxima reunión y lo dijo con un cierto tono de arrepentimiento, como si le fuera imposible evadir la cita y,  aún así, se sentía tremendamente desdichada por no poder asistir a la del martes. Sabía que no se dedicaba a ello profesionalmente, puesto que no era psicóloga, ya hubo tiempo de comentarlo en la prolongada charla que mantuvimos, lo que quería decir que, a pesar de todo, no estaba muy bien de la cabeza. Algo la atormentaba y la  obligaba a asistir a esas citas de las que, personalmente, dudaba de su eficacia, porque ya había tenido ocasión de comprobarlo en persona tras la separación de mi esposa, hacía ya más de un año. Una ruptura que no acertaba   entender, ya que no había habido infidelidades de por medio, y las discusiones en pareja las consideraba normales en la convivencia matrimonial. Intentando dar con una explicación, definitivamente terminé asistiendo a esas sesiones que parecían haberse puesto de moda en este siglo, a juzgar por lo que acababa de escuchar.
 
¡Qué suerte la mía!. Después de tantos meses de búsqueda, para una vez que encuentro una mujer que realmente merece la pena... Una mujer diez en todos los sentidos y que, sorprendentemente, estaba sola, sin pareja. Como  apuntarían jocosamente mis amigos: una cosa así quiero para mi hijo, diría mi madre. Y en esta ocasión me había tocado a mí por ese "feeling" que, inexplicablemente, hace que dos personas que se acaban de conocer superen una primera fase, de un minuto más o menos, para saber que pueden entenderse, que entre ellos no habrá dudas, recelos, temores, porque la sinceridad se ha palpado en ese brevísimo espacio de tiempo.
 
Todo empezó la pasada semana. Me la presentaron en una reunión social y creo que el flechazo fue mutuo.  Comenzamos a charlar y no nos dimos cuenta de que las horas pasaban, lo que demostraba que ambos  estábamos muy a gusto en compañía del otro. La reunión perdió todo interés y nos centramos en nosotros  mismos. Tocamos muchos temas: sociedad, historia, música... Una mujer instruida con la que se podía hablar de  todo sin incurrir en la pedantería y a la que el simple hecho de escucharla, con ese tono de voz tan delicado, tan  angelical, paralizaba el tiempo. Al ser las reuniones periódicas, concertamos que seguiríamos hablando, aún  quedaba mucho por reflexionar y debatir, en la siguiente, la del martes. Y entonces lo soltó. Un jarro de agua bien  fría me recorrería todo el cuerpo. Aún así, decidí que debía arriesgarme a seguir manteniendo el contacto, porque a  Inés, que así se llamaba, no estaba dispuesto a renunciar por nada del mundo. No importa que el martes no pueda  asistir, le dije finalmente. Cualquier otro día me viene bien. Incluso, si le parece, podemos vernos en otro sitio con  más tranquilidad. Me parece bien. Tal vez mañana, a eso de las siete, a la entrada del Parque del Retiro.

 

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Published on e-Stories.org on 02/27/2013.

 

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