Héctor de Souza

La promesa olvidada

Hay un sitio en el mundo que se llama New York. Un sitio muy grande y lejano y, otra vez, muy grande; donde hay muchas avenidas y calles, muy grandes y espaciosas y congestionadas y, otra vez, muchas.

En Manhattan, distrito metropolitano de New York, en 350 Fifth Avenue y 34th. Street, hay un edificio muy alto, un rascacielos, y otra vez, muy alto. Se llama Empire State.

A mitad de la agitada mañana me detengo delante de la fachada, estático. Y miro y miro y miro; extático. Experimento la imponente presencia de las alturas interminables. Sé que siempre quise venir aquí; estoy frente al viejo Empire State Building, y no puedo creerlo.

Sin darme cuenta, he cruzado la vida y por fin puedo comparecer. Me demoré, reconozco. El Río de la Plata está muy lejos, es muy cierto. Pero ha llegado el momento de cumplir con la singular vocación a la que estaba destinado. He perdido la cifra de los años que esperé para recorrer la fantástica torre de abajo arriba y de arriba abajo. Aunque sin tener una justificación concluyente, lo anhelé más de lo debido, una y mil veces. Nunca me pregunté porqué.

Y, lo insólito, en el efusivo encuentro con el emblemático edificio, cara a cara, algo me detiene; no sé qué es. Siento como si alguien tirara de mi brazo para impedirme avanzar. Una mano incomprensible me aleja del objetivo por el que ardí en deseos durante tanto tiempo.

Ante la enorme mole de hierro y cemento estoy de pie, aplastado contra la acera, con los ojos violentamente abiertos. Podría añadir una nueva percepción a las que ha experimentado mi sensibilidad: no es solo la sangre deteniéndose sino también una extraña sensación de hormigueo. Las piernas permanecen totalmente rígidas y, por unos minutos –o segundos, es difícil ser exacto–, no he logrado moverlas. Ahora, en un abrir y cerrar de ojos, una escalofriante corriente de aire termina por sujetarme todo el cuerpo; las manos esbozan un movimiento imposible hasta helarme la razón.

En el instante en que es más intensa y más profunda mi falta de habilidad para realizar movimientos voluntarios –en un misterioso fenómeno que no puedo descifrar ni siquiera en sus probables causas–, es casi cuando estoy a punto de emitir un grito. Un grito estremecedor. Un grito de esos que desgarran las entrañas propias y ajenas, y que no sabría categorizar como lamento, asombro u horror, pero que creo, con bastante certeza, es de los que obedecen a una súbita impresión de descenso, caída o absorción de un abismo imprevisto, acaso insondable e infinito. Un grito de los que yo tantas veces he querido proferir estando dormido, pero que una atonía, que no puede concebirse en el ensueño, terminó por transformarlos en un esfuerzo tan tenaz como angustioso y estéril.

Cuando más confuso estoy, un aroma me conmueve. Poco a poco, el enigma concreto sobre aquello que me atenaza para mantenerme inmóvil me inquieta menos que el misterio genérico de un perfume que me embriaga. Presagio que me acerco a un recuerdo fiel. Viene a mi memoria un perfume. Miento: varios perfumes, fascinantes, ofensivos. Semejantes –así me parece– a los que, agitados por las ráfagas de un aire ambiguo que los envuelve y los empuja hacia la calle, suben y bajan por el lobby de los frenéticos ascensores del Empire State.

Esos aromas, quizá lociones francesas, quizá lociones, solo quizá, que esparcen una elegancia, una distinción, un refinamiento, un buen gusto, llegan a ser de una remota familiaridad. Es llamativo: los recuerdos nos van abandonando, como aguas silenciosas, pero los invisibles olores se extienden y viven en el corazón, y son capaces de atravesar los aniversarios para entrar en nuestras fosas nasales y remover las reliquias de pensamientos olvidados.

Hace tiempo que no me acuerdo de esos perfumes. Una leve nostalgia me invade. Ese cielo azul de fragancias, de una profundidad demasiado grande para mí, no es el cielo en las manos de mi madre, ungidas por aceite de perejil y tomillo. A continuación, un repentino temblor me colma. Solo ahora caigo en la cuenta: son los aromas de un tiempo lejano, en las escaleras del liceo, cuando mi orgullosa tristeza era más abundante que el azul de los uniformes.

Urgido por la fatalidad de evocar, quiero alcanzar los recuerdos con la vista. Quiero vislumbrar todo lo que hay detrás de esas fragancias de antiguas latitudes antes de que el olvido ocupe de nuevo mi corazón.

Entonces, treinta años después, vuelvo a ver a Rosario. Sí, la veo en medio de unos perfumes que subían y bajaban las escaleras del liceo, agitados por los embates de cabellos refulgentes y de polleras tableadas en la pureza azul de un colibrí. Y me veo. Yo, disimuladamente, la miro con devoción. Transparente, yo. Callado a cal y canto. Y los aromas: en aquellos aromas ella estaba, pero de ellos no provenía. Ese aire fresco era la armonía, y había renacido luminosamente en mi memoria.

Por un momento me acomete un estado crepuscular. Atrapo otro recuerdo. Regreso hasta una mañana precisa, distante, cuando Rosario me tuvo como confidente. Vuelvo a oírla. Aquella mañana, revivo, Rosario me confesó su sueño: quería visitar el Empire State. Yo escuché como siempre la música en ella, como toda vez que hablaba, cuando algo me decía, como si cada una de las palabras fuera el canto del agua del arroyo. También repaso al detalle mi respuesta: lo harás, dije. Lo haremos juntos, lo prometo, pensé, y hubiera querido decirle, haberlo dicho, tener la osadía, pero no pude hacerlo.

Ahora la determinación de entrar al Empire State está en mí. Pienso –tal vez con acierto– que no hay elección en la desdicha. En mis ojos se anudan el presente y el pasado. La imagen de Rosario, como un rescoldo pertinaz, reaparece para darme calor con su bondad.

Condenado por la memoria, no quiero descrucificar una íntima ofrenda. No quiero que el opulento rascacielos, con las decenas de urgentes ascensores, con la empinada altanería, con las burguesas contradicciones de su Art Decó, con las plataformas de observación en los pisos ochenta y seis y ciento dos y las extrañas bocanadas de aire, arrastre una imagen querida.

Del otro lado del mundo, el sur inexorable me recuerda los tímidos incidentes de la niñez, la melancolía de adolescencia, la cantidad de esperanzas que la suerte me ha disipado. Sigo viendo esas cosas de apacible lejanía.

Y de nuevo brota la suavidad de las palabras olvidadas. Repito en mi mente un antiguo camino extraviado y resucito las ilusiones que tenía Rosario de conocer el Empire State. El anhelo que Rosario no perdió hasta el día de su muerte, hasta que un accidente de tránsito le escamoteó el porvenir, cuando se apagaron en ella recuerdos, vidas posibles y todos los sueños.

No, no puedo subir. No puedo hacerlo. ¿Quién soy para desafiar el vértigo de los aromas que la sobreviven? ¿Quién soy para dejar de cumplir un sigiloso compromiso?

No, no quiero entrar. ¿Quién soy yo para irrumpir en el Empire State? ¿Quién soy yo?

De pronto, casi sin percatarme, estoy corriendo por la Fifth Avenue, distanciándome con pavor de ese lugar ansiado, como si huyera de un fantasma. Un remolino inexplicable de aire y memoria me empuja, mientras los viejos aromas se desbandan detrás y el Empire State va quedando cada vez más lejos. Hasta que solo llego a verlo como una estampa, como la ilustración de una tarjeta postal.


FIN

 

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Published on e-Stories.org on 07/28/2012.

 

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