Kit Moya

Mi Viaje al Norte (parte 2)

A los 8 años ya habia perdido a mi padre.  Mi madre trabajó por muchos años como  sirvienta  en una casa.  A los 15 años decidí irme de casa y buscar un trabajo en la ciudad capital.  Los primeros dias en la ciudad fueron muy difíciles, tenía que dormir en una banca en el parque.  Todos los dias conocía a alguien nuevo que se encontraba en mi misma situación.  A veces conseguía trabajos en construcción y otras veces en el mercado vendiendo frutas y verduras.  Aunque no me pagaban muy bien, siempre tenía algo que comer. 

A los 18 años conocí al amor de mi vida.  Una trigueñita, con su pelo largo y negro casi a su cintura.  Ella trabajaba de sirvienta en una casa, al igual como lo hacía mi madre.  Todos los sábados en la mañana la mandaban de compras al mercado donde yo trabajaba.  Yo me aseguraba en darle las mejores frutas y verduras de la tienda y hasta le echaba algo extra en su canasta.  A los pocos meses empezamos a salir.  Los domingos eran nuestros dias, los dos teníamos libre y saliamos a pasear al parque.  

Un día cansados de la vida de la ciudad decidimos irnos para el pueblito donde vivían sus padres.  Ahi ellos nos dieron un pedacito de tierra para que construyeramos nuestra casa.  Al año nos casamos, ella apenas tenía 19 años y yo 21.  Cuando podía trabajaba en carpintería y cuando no había trabajo le ayuda a los suegros en su granja.

Durante esta época nuestro país estaba pasando unos momentos bien malos.  El pais se encontraba en una guerra civil y la crisis del pais estaba pésima; no había trabajo.  Ya nuestra familia había crecido.  Teníamos un niño de 3 años.  Fué una bendición para nosotros, él era mi vida.   Lo peor era tener que ver a mi familia irse a la cama todas las noches con hambre.  Era casi imposible encontrar trabajo.

A los pocos meses tomé la decisión de irme para los Estados Unidos a buscar trabajo para poder mandarle dinero a mi familia y algún dia podermelos traer.  Me partió el corazón al decirle a mi hijo “ADIOS!”, pero era para el bien de todos.  Fué un largo y cansado viaje, pero finalmente llegué a California.  Inmediatamente encontré un trabajo en construcción.  Me iba bien, y esperaba por el primer pago para mandarselo a mi hijito y esposa. 

Finalmente llegó el día del pago, corriendo me marché al banco para mandarles el dinero.  Cuando llegué al banco observé a la gente corriendo.  Luego ví a cuatro hombres con mascaras saliendo del banco, uno de ellos al salir chocó conmigo y al caer los dos al suelo dejó caer su mascara a mi lado.  Los hombres salieron corriendo.  Cuando me paraba, un grupo de policias con sus armas de fuego me gritaban.  Me tiraron al suelo y me pusieron en la patrulla.  Sin saber que pasaba, dos dias después me encontraba frente al juez.  Mi abogado al hablar poco español no nos podíamos comunicar muy bien, pero supe que me estaban culpando por el robo al banco.  El juez me condenó a 15 años en prisión.  Senti que el mundo se me venía encima.  No me explicaba como me estaba sucediendo todo esto.  

Pasaron las semanas, luego los meses y los años.  Todas las semanas le escribía a mi familia, pero nunca recibía respuesta de ellos.  Un día recibí una carta del padre de mi esposa, diciéndome que ella se había vuelto a casar y que les estaba llendo muy bien y que no volviera a escribir más.  Sentí que mi vida ya no tenía esperanzas, pero el saber que algún día podría volver a ver a mi hijo me mantuvo vivo esperando el termino de mi sentencia.

Por fin llegó el día tan esperado, 15 años después me encontraba en libertad.  Inmediatamente hice unas llamadas a unos familiares en Nicaragua y me dijeron que mi hijo se había venido a los Estados Unidos a trabajar.  Tambien me dieron la dirección de su trabajo en New York.  Inmediatamente me compré el boleto del avión y salí en busca de mi hijo.

En menos de 24 horas me encontraba tocando a su puerta.  Toqué una vez, y nadie respondió e inmediatamente toqué de nuevo.  Finalmente una voz que no reconocí me habló.  Le pregunté que si el era Manuel Gonzalez y me respondió que si.  Senti mi corazón explotar de alegria pero no sabía cual sería su reacción.  Tuve que decirle quien era, “Abre hijo, yo soy tu padre”.  Hubo un momento de silencio y por fin la puerta abrió.  Frente a mi se encontraba un hombre y no aquel niño de 5 años que deje atrás.

Sorprendido me invitó a entrar.  Nos dimos de la mano y me ofreció que me sentara.  Nos sentamos junto a su mesa y hablamos por horas.  Por fin, tenía la oportunidad de explicarle que había pasado durante estos últimos 15 años.  Nos dió hasta las 3 de la mañana hablando y me explicó el estado enfermo de mi esposa.  Cuando me arreglaba para irme, su celular, que se encontraba sobre la mesa, comenzó a vibrar.  Manuel sorprendido lo tomó y contestó.  Su expresión cambió y su cara se puso blanca como un papel.  Dejó caer el teléfono y cayó de rodillas con sus manos cubriendo su rostro.  Supe que no eran buenas noticias.  Me arrodillé a su lado, lo abracé y le pregunté que pasaba.  Con una voz quebrantada me contestó, “mamá...”.

 

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Published on e-Stories.org on 03/02/2012.

 

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