Albert Consarnau

Memorias de un sueño de infancia

La casa construida sobre cimientos de piedra era grande, fría y solitaria. Sus gruesas paredes habían perpetuado su estructura a lo largo de más de doscientos años. En el interior se respiraba un aire rancio y húmedo que invadía todas las dependencias sin excepción. Enormes vigas de madera daban forma al tejado cubierto por lajas de pizarra, a las que de vez en cuando  había que sujetar de mil formas distintas.

Solíamos pasar allí los meses de verano invitados por mis tíos Marcela y Mario, a los que consideraba excelentes personas. Las vacaciones, en si mismas eran relajantes, a la vez que rutinarias.

En mi fuero interno intuía sinceridad en la invitación, pero a veces vislumbraba un cierto interés en ella. Mario era muy hábil en las tareas de labor y en el cuidado de los animales de la granja, pero no tenía la más mínima destreza para los trabajos de mantenimiento que exigía la “araña”, nombre con el que bauticé a la casa en la primera de mis visitas. Es cierto que Mario no pedía ayuda alguna, pero era incuestionable que aprovechaba la presencia de mi padre para emprender labores que difícilmente podía atacar por si solo. Mi padre era un buen albañil, muy trabajador, meticuloso y constante, al tiempo que bondadoso y siempre predispuesto a echar una mano. Mario no tenía más que coger unas pocas herramientas para que, al instante, contara con la ayuda y habilidad de Juan, mi padre.

Mi madre agradecía la tranquilidad que ofrecía el lugar, ayudaba a mi tía en las tareas del hogar, y mantenía fluidas y largas charlas con Marcela

Yo en cambio pasaba las horas a mi antojo. Me divertía explorando la mansión, correteando por el campo, o pasando largas jornadas de infructuosa pesca en el riachuelo que circundaba la finca. Imaginaba épicos combates en sangrientas batallas en lo alto del viejo tractor, como si de un carro de combate se tratara. Unas veces era aclamado entre la tropa por el coraje y valentía mostrada en el combate, y otras agonizaba herido de muerte entre los brazos de algún compatriota profundamente emocionado por mi estado de gravedad.

Así transcurrían los calurosos días de julio y agosto con sus refrescantes noches al aire libre, sentados alrededor de una mesa repleta de comida, zumos, frutas y botellas de vino. Terminada la cena me quedaba dormido en la silla, y cuando despertaba lo hacia en mi habitación, muy temprano, cuando los primeros rayos de sol se filtraban por las envejecidas cortinas que apenas cubrían las ventanas, y millares de motas de polvo revoloteaban entre haces de luz que me trasportaban  fantásticamente a los bosques del legendario “Robin Hood”.

Mi dormitorio se encontraba en la primera planta, junto a unas irregulares escaleras empinadas en exceso que llevaban hasta la buhardilla. El altillo no demasiado grande, ocupaba solo un lateral del edificio,  era bastante alto en el centro gracias al pilar de madera que sustentaba toda la estructura. Las paredes en piedra sin revocar, y el suelo en madera noble daban un tono de frialdad y calidez a ese lugar. La decoración consistía en varias herramientas de labranza oxidadas y en desuso, un par de baúles y algunas cajas de gastada madera.

En un rincón, donde las vigas de madera del techo casi acariciaban el suelo, sobre una de las cajas de madera, estaba ella… inerte, vestida de novia o quizá de primera comunión, no sabría decirlo. Su vestido era de un tono amarillento que aun con el paso de los años se adivinaba había sido de color blanco. Conservaba parte del sonrosado en sus mejillas, y algo de pelo rubio sobre sus pintadas cejas. Los labios en color carmín mostraban entreabiertos, un tono de blanco que imita su dentadura. El cuerpo roto y sin vida provocaba en mi imaginación la idea como de un cuadro grotesco, pintado con prisas, con excesiva pintura,  pero con una gran carga de luz sobre el objeto principal, la muñeca.

Conservo en mi memoria el recuerdo de las primeras veces que subí… lo hacía cuando despertaba el día, cuando los haces de luz y las motas de polvo me envolvían y los gemidos de la araña, poco a poco desaparecían. Apenas le prestaba atención, hasta que un día me quedé un instante mirándola, me acerqué y la toqué por primera vez.

Apenas la rocé con mis dedos, de manera nerviosa, y con cuidado, la incorporé sujetándola suavemente por su cabeza cubierta con determinados pelos rubios naturales. La dejé sentada sobre la polvorienta  superficie de la caja, y me gratificó con su mirada al infinito abriendo sus ojos al instante sin sobresalto alguno, con cierta mezcla de dulzura y gratitud; y esa vez la deje en esa incomoda y forzada posición con sus extremidades lacias e indiferentes reposando junto a su menudo cuerpo.

Pasaron bastantes días hasta que volví a verla.

Una mañana de mediados de agosto, cuando el amanecer irrumpió oscuro y frío, presagiando el ocaso de un verano que llegaba a su fin.

Mi dormitorio estaba repleto de sombras grisáceas y no vislumbraba muestra alguna de motillas de polvo revoloteando en el ambiente. Me lavé la cara con agua fría en la pileta de hojalata recubierta con porcelana, me vestí, y tras cerrar la puerta del dormitorio subí por las agotadoras escaleras hacia el desván. Mantenía la misma postura en que la dejé, la misma mirada perdida, su escaso pelo y su castigado vestido antaño de color blanco.

Me acerqué con cuidado, en silencio –no quería despertar a mis tíos, ni a mis padres-  y al llegar junto a ella retiré un peine de mi bolsillo y atusé su pelo con torpeza y nerviosismo. A cada pasada del peine ella parpadeaba de forma mecánica y acompasada con los movimientos de mi mano. En mi interior sabía que eso era producto de ciertos resortes interiores que permitían la apertura de sus ojos, pero me gustaba pensar que lo hacia voluntariamente y en agradecimiento.

Acaricié por enésima vez sus sonrosadas y desconchadas mejillas, y puse los brazos sobre su regazo, y me fijé en sus manos. Tenía las uñas pintadas en tono parecido al de sus mejillas, y los meñiques ligeramente separados hacia afuera. Ese detalle me recordaba, y aun lo hace, al de algunas de las imágenes del niño Jesús que adornan muchas de nuestras iglesias. Sujeté una de sus manos entre la palma y el pulgar de la mía, y al tiempo movía éste sobre la suya a modo de caricia.

Cuando terminé de peinarla reparé en un largo mechón de cabello rubio que había en el suelo, junto al cajón de madera. Me agache, y en esa postura lo observé con cierta inquietud. Era del mismo tono que el de la muñeca pero bastante más largo, y estaba ligeramente rizado en forma de media luna. A escasos centímetros de las puntas del mechón, un lacito en color rojo apagado sujetaba con delicadeza el grupo de los sedosos cabellos. Olía a Jazmín, apenas perceptible, pero era Jazmín.

Con cuidado y sin doblarlo lo guardé en el bolsillo de la camisa, entre varios cromos pertenecientes a un álbum cuya colección jamás lograría completar.

Esa misma noche después de cenar y quedarme dormido en la silla, junto a la mesa, tuve el primero de los sueños que repetidamente me acompañarían hasta que terminaran las vacaciones.

No más de unos doce o trece años, bastante alta para su edad, ágil, delgada y delicada, con abundante cabellera rubia y rostro muy pálido. Vestía de gris claro con manga corta y falda que le llegaba por debajo de las rodillas, calcetines blancos y zapatos de piel en color negro mate. Una brillante y ancha cinta de color blanco rodeaba su cintura hasta la parte posterior, donde terminaba anudada con una sencilla y amplia lazada.

Correteaba por la campiña acosada por un cachorrillo de labrador  de color marrón claro, y en su mano sujetaba una muñeca vestida de blanco con un pelo tan rubio como el de ella.

El sueño transcurría a cámara lenta, entre zancada y zancada permanecía flotando en el aire unos escasos segundos, unos instantes, y a lo lejos se oían apagadas carcajadas de alegría y diversión totalmente ajenas a la escena.

Al poco paraba de correr, abrazaba la muñeca entre sus brazos y relajaba su agitación con  una sudorosa respiración entrecortada. Me miraba, esbozaba una tímida sonrisa y levantaba una de sus manos saludándome. Sin motivo aparente giraba su cabeza en dirección al bosque, y se mostraba confusa, desconcertada, y aturdida por unos segundos… La alegría se desvanecía de su rostro, y cabizbaja regresaba sobre sus pasos para difuminarse entre la arboleda hasta desaparecer por completo. Olía a Jazmín y a otras hierbas aromáticas, pero predominaba el Jazmín. Era entonces cuando las risas se escuchaban más lejanas, y la luz del día se pagaba.

Cada noche soñaba lo mismo. La misma escena, las mismas carcajadas lejanas, el leve olor a Jazmín… siempre era así.

Han pasado más de treinta años y jamás he vuelto a soñar con ella, pero su recuerdo sigue presente en mí, su aroma, su melena, sus carcajadas. Si os cuento esto es porque precisamente hoy sería su cuarenta y siete cumpleaños. El de Miriam, porque así se llamaba. Cuarenta y siete años de los que treinta y cinco fueron robados. Treinta y cinco años carentes de experiencias, de alegrías, de existencia… treinta y cinco años de silenciosa oscuridad.

La penúltima noche que pasé en la casa, después de quedarme dormido en la silla, me  desperté muy agitado y nervioso. Era noche cerrada, silenciosa, sin los ruidos habituales del campo, sin los ruidos de la araña.

Ni una pizca de claridad se filtraba por ninguno de los muchos resquicios que había en el dormitorio. Había tanto silencio que me dolían los oídos…

No se si mis ojos estaban abiertos o cerrados porque no notaba la diferencia, pero recordaba con claridad todo lo que había soñado, y que me despertó tan agitado. Había revivido la misma escena, la misma de todas las noches, pero ésta vez, cuando Miriam empezaba a difuminarse en el bosque, se detuvo y se volvió para mirarme. Me miró fijamente a los ojos, su cara estaba ausente de cualquier expresión de alegría, pero también lo estaba de desconcierto, de confusión. Mantenía la muñeca abrazada con su mano izquierda junto a su pecho, y con la derecha me hizo señas para que fuera hacia ella.

Si esto hubiese sido real os aseguro que hubiera dado media vuelta en redondo y echado a correr sin mirar atrás hasta quedarme sin aliento –pero era un sueño, pensé, o eso creía yo-.

Despacio, con excitación pero con cierta serenidad, llevé mis pasos hasta ella, y me tomó de la mano para tirar suavemente de mí hacia el bosquecillo, ahora inundado por una fría y espesa niebla. El tacto de su mano era suave, firme y frío. Sus facciones eran grisáceas en un tono ceniciento con profundas ojeras y unos labios extremadamente oscuros, su mirada era perdida, ausente, al igual que la de la muñeca.
Conocía muy bien esa parte de la finca, pues era el camino habitual que tomaba para ir a pescar en el riachuelo. Deduzco que andamos lo suficiente como para oír el ruido del agua que pasaba por el arroyo, pero todo seguía en absoluto y doloroso silencio. Al llegar junto al caído tronco de un enorme ciprés abandonamos el sendero y seguimos caminando cruzando por la frondosidad del bosque. Llegamos hasta un claro oculto y rodeado por zarzas, matorrales y enormes pinos mediterráneos que generosamente habían alfombrado el suelo con un manto suave y mullido hecho con miles de hojas secas. A la derecha había una enorme roca inclinada hacia el exterior  en forma de huevo. Miriam me soltó de la mano, cruzó las piernas y las flexionó hacia abajo para quedarse sentada sobre la hojarasca con la espalda apoyada sobre la piedra.

Tomó la muñeca entre sus brazos y le susurró palabras de cariño junto al oído, al tiempo que la mecía hacia delante y hacia atrás. Recuerdo percibir una especie de canto dulce a la vez que ininteligible, algo parecido a una nana.
 
Ahora Miriam no reparaba en mí, era como si yo no estuviera allí, como si no formara parte de su historia, de su vivencia. Continuaba acariciando la muñeca, le daba besos y susurraba dulces palabras, hasta que alzó la mirada en busca de algo, algo que intuía cercano. Se alzó y dio algunos pasos sobre las hojas hasta posar su mirada sobre unas florecillas que manaban desde lo alto de la roca. Era un ramillete con varios tallos de frondosas hojas verdes, con florecillas blancas de cinco pétalos en forma de amplias lágrimas ligeramente curvadas hacia abajo. Era Jazmín.

Con suavidad acostó la muñeca en el suelo y sin titubeos inició una escalada por la cara menos inclinada de la enorme roca. Sus zapatos tanteaban los salientes buscando apoyo para poder continuar la ascensión. Al llegar a la cima se detuvo unos instantes para recuperarse del esfuerzo, y acercó su semblante a las florecillas. Inspiró por la nariz el aroma del Jazmín cerrando sus ojos, como si quisiera memorizar el momento… como si quisiera memorizar el instante.

Agarró con firmeza el ramo de flores tirando de él con suavidad hasta que consiguió rescatarlo de la piedra. La inercia provocada por el súbito desprendimiento de los tallos provocó en Miriam que todo su cuerpo perdiera el equilibrio. Agitó con fuerza sus manos al aire con la esperanza de recuperar el contacto con la roca, sin soltar el ramo que fuertemente sujetaba con su mano derecha, y terminó cayendo al vacío de espaldas y golpeando con su cabeza en la base de la roca junto a la muñeca.

Quedó acostada boca arriba con apariencia rasgada, como la marioneta a la que han cortado los hilos que le dan la vida, inmóvil, sosegada. Un mechón de su cabello se desprendió con el golpe y quedó sujeto al vestido de la muñeca por el lazo de color rojo brillante. Aflojó su mano derecha, y las flores libres de su prisionero abrazo resbalaron hasta el suelo, junto al sajado mechón de pelo.

Grité con todas mis fuerzas, con todas mis ganas, y corrí en su ayuda, pero sonido alguno salió de mi garganta y mis piernas no respondieron a tan apremiante exigencia.

Desperté como ya he dicho antes, en la más absoluta de las oscuridades, y en el más absoluto de los silencios. Tanteé con las puntas de mis pies hasta encontrar el tacto calido y áspero con la madera del suelo y permanecí sentado sobre la cama por mucho tiempo, casi por una eternidad.

Mis ojos empezaban a adaptarse a la oscuridad, y ahora algunas de las formas familiares tomaban presencia en la penumbra. La pileta donde me lavaba, la cómoda, la silla y un retorcido y viejo perchero de madera que amenazaba con abalanzarse sobre mí con sus brazos curvados hacia arriba.

Escuché sollozos, sollozos leves, sutiles, de un dolor indescriptible acentuado por el silencio, sollozos de Marcela, mi tía.

“Miriam… Miriam” palabras entrecortadas por los gemidos de dolor de una madre que ha perdido al mas preciado de todos sus bienes, a la mas preciada de todas las herencias, a la más preciada posesión terrenal.

Escuché gemidos, gemidos graves, roncos, de impotencia incontenible, apagados por la oscuridad, gemidos de Mario, mi tío.

“No fue tu culpa Marcela, no lo fue de nadie…” palabras profundas entrecortadas por los lamentos de un padre. Un padre que es a la vez marido, y que quería, anhelaba ser abuelo. Palabras de un hombre duro, curtido y luchador hasta la saciedad, pero tierno, y dueño de un enorme y blando de corazón.

“No pude despedirme… no me dejasteis…no pude verla… tocarla… besarla por ultima vez… su recuerdo… y no es suficiente… no lo es… es como si jamás hubiera existido”.

“Calma… tranquilízate… por favor…”

Faltaban unos minutos para que amaneciera, lo intuía porque los oídos ahora ya no me dolían, los sonidos renacían al paso del tiempo hasta llegar a la normalidad absoluta. Sin tan siquiera lavarme la cara, me enfundé los pantalones cortos y un suéter de manga larga echo de fina lana, me calcé los zapatos y despacio, sin ruidos salí de la araña.

Corrí con todas mis fuerzas hasta llegar frente al bosque, me faltaba el aliento, y me detuve unos instantes junto al primero de los primeros árboles. Estaba aprensivo, nervioso, y temeroso, era consciente de que estaba reviviendo mi sueño. El bosque, la niebla, el frío, el sendero… todo era igual que en el sueño menos el ruido que ahora si escuchaba con claridad. Los sonidos del campo que daban la bienvenida al nuevo día.

Seguí por el camino hasta oír el murmullo de las aguas del riachuelo y me detuve frente al ciprés caído. Junto a éste había un pequeño sendero que se perdía en lo profundo del bosque. Reanudé la marcha con todos mis sentidos en alerta, mirando constantemente en todas las direcciones hasta que llegué a un claro, uno de los rincones más bellos en los jamás había estado. Era el mismo lugar con el  que soñé, pero ahora todo era diferente. La brillante y prematura luz del sol penetraba por entre los árboles como cortinas de cristal transparente, una suave brisa transportaba con delicadeza las hojas que caían de los árboles, haciéndolas revolotear como si de una danza medieval se tratara hasta que se posaban unas sobre otras sobre suelo. A la altura de mis ojos divisaba con asombrosa nitidez la línea del horizonte que perfectamente definía el color del cielo con el de las aguas del mar. La roca era más grande que en el sueño, brillaba con franjas irisadas que recorrían toda la superficie, y en lo alto de ella brotaba un ramillete de Jazmín. Perdí la noción del tiempo sentado junto a la  base con la espalda apoyada sobre la piel de la fría piedra, y en ese instante tuve la necesidad de hacer algo de forma impulsiva. Me levanté y trepé por la roca usando pies y manos con agilidad, sin temor, hasta llegar arriba donde arrebaté las flores a la piedra sujetándolas con firmeza, tiré de ellas y recibí una gratificante bocanada de suave y fresco aroma. Sin soltarlas me deslicé por la ladera de la roca hasta llegar al suelo, volví a respirar su fragancia, y dí una última mirada al lugar, como queriendo memorizar todos y cada uno de los muchos detalles que habían, y salí del claro en dirección a la casa.

Mario y Juan estaban hablando sentados en el porche junto a la mesa donde siempre cenábamos. Mi madre estaba recogiendo unos huevos en el corral, y Marcela en la cocina preparando el desayuno. Sin mediar palabra, sin saludo alguno subí por las escaleras hasta el desván, cogí la muñeca y me fui a mi habitación donde la dejé sobre la cama, y  junto a ella reflexioné unos minutos sobre todo lo ocurrido.

Durante el desayuno, Marcela me sorprendió en varias ocasiones al percatarse de como la miraba, mantenía la conversación con mi madre pero con curiosidad prestaba atención a mis miradas. ¿Quién es Miriam? –pregunté sin pestañear-.

Otra vez el silencio, el dolor, la falta absoluta de ruido…

Mi madre rodeó con su brazos a Marcela, y Mario hizo lo propio sumiéndose los tres en un fuerte gimoteo rompiendo a llorar al instante. Mi padre me tomó por el hombro y me susurró al oído estas palabras: “tu prima, Miriam era tu prima”.

Marcela se levantó de la mesa con los ojos inundados en lágrimas y la respiración desacompasada. Me miró y abrió sus brazos hacia mí, gesto que interpreté de inmediato y me obsequió con un fuerte abrazo, hundiendo mi cabeza en su seno y empezando a besarme la frente y la cabeza, piropeándome con frases como “guapo”, “mi rey”, “mi hombrecito”…

Marcela olía a jabón, a sudor, y a lágrimas, y curiosamente ninguno de estos olores me resultó desagradable. Me soltó suavemente, y sus ojos al igual que los de mis padres, y Mario estaban llorosos pero relajados, serenos, como si algo o alguien les hubiera liberado de una enorme carga que llevaban sobre sus hombros.

Años más tarde recordaría el detalle de que nunca, jamás, al menos hasta ese día, se hablara de Miriam en mi presencia, y dudo mucho de que se hiciera incluso en mi ausencia.

Como cierto duende cumplidor de los más descabellados deseos subí como una exhalación hasta el dormitorio donde tomé la colección de cromos para volver sobre mis pasos hasta el porche donde todos permanecían en silencio, y profundamente emocionados. Volví a cruzar mi mirada con la de Marcela, que con expresión de intriga en su rostro observaba unas veces mi semblante y por otras mis manos.
Retiré algunos de los cromos del  mazo y tomé el mechón para ponérselo entre las suyas, y lo tomó con cierto desconcierto, lo observó,  y acarició hasta aproximarlo a su nariz. Cerró los ojos con fuerza y por sus apretados párpados escaparon espesas lágrimas de gozo. Llevó las manos a su pecho sujetando con fuerza el pequeño mechón entre los dedos al tiempo que balbuceaba:

“Gracias. Gracias, gracias y gracias”, solo dijo eso

Mario y mis padres nos miraban con desconcierto, sin entender nada. El rostro de Marcela ahora parecía iluminado, alegre y feliz. Se despojó del delantal, y entrando en la casa fui tras ella hasta llegar a su dormitorio donde la vi coger un abrigo ligero y un pañuelo de hilo blanco. Me invitó para que la acompañara, y así lo hice, pero antes pasé por mi habitación.

La finca se encontraba a unos ochocientos metros del pueblo. La humedad de la noche anterior mantenía unido el polvo del camino evitando las típicas polvaredas que se producían en esa época del año. Con solo tomar el camino ya se divisaba el campanario de la iglesia, y a lo pocos cientos de metros se veía el pueblo entero. Por detrás de la iglesia se encontraba el cementerio adornado con infinidad de flores, pequeños candelabros, y largas hileras de árboles que custodiaban las callejuelas. Era muy grande, inusualmente grande, pues acogía todos los fallecidos de la comarca. Unos pocos visitantes nos saludaban al pasar junto a nosotros, pero Marcela, con paso firme y mirada al frente les ignoraba.

Cruzamos la puerta forjada en hierro hasta llegar a una plazoleta del recinto, donde giramos a la izquierda para detenernos frente a una de las muchas tumbas.

El suelo conservaba una cierta elevación apenas perceptible, y al final de ésta, la lápida limitaba la propiedad del difunto.

-Miriam, mi Miriam 1965-1977-

“Miriam, tu prima” habló Marcela, dirigiéndose a mi sin mirarme”

Al pié de la lápida había una foto en tonos grises y blancos que mostraba el rostro de una jovencita de doce o trece años de edad, con unas facciones que me resultaban muy familiares, que ya conocía…

La expresión de Marcela era algo triste, relajada, y desprendía un cierto atisbo de felicidad, su respiración era más pausada, mas profunda, más tranquilizadora. Abrí la bolsa que usaba para los útiles de pescar, y con cuidado saqué de su interior el Jazmín clavando levemente los tallos en la húmeda tierra con la esperanza de que arraigaran y perduraran en el tiempo. Amparado por la mirada de aprobación de mi tía, volví a meter mis manos en el interior de la bolsa y con mucho cuidado saqué la muñeca vestida de blanco, percibiendo ésta vez algo de asombro en el semblante de Marcela, pero me dejó hacer. Puse la muñeca junto a la lápida,  la dejé acostada, y contra de lo que cabía esperar abrió sus ojos unos instantes, para volver a  cerrarlos lentamente, despacio, muy despacio, hasta quedar como dormida. Volví a sentir el fuerte abrazo de mi tía Marcela y esta vez los dos, allí juntos y abrazados, rompimos a llorar con total libertad.

Una voz muy lejana, y muy familiar, canturreaba…

“Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho, y ocho dieciséis…”

 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Albert Consarnau.
Published on e-Stories.org on 01/20/2012.

 

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