Deedo Parish

Un hijoputa en Nueva York - 01 ago 11

 
Alargo todo lo que puedo la hora de
comienzo de la comida hasta hacerla coincidir con la hora española. La
nostalgia me obliga a cosas de las que no puedo desprenderme. Una de
ellas es la hora de la comida. A estas alturas ya debería haberme
acostumbrado al horario de aquí, pero no me recompensa integrarme en
este apartado, no me reporta nada a cambio. Comer mal y comer poco para
salir antes y cenar mucho para ir a la cama es reducir el día a la
mitad, o sea, vivir el cincuenta por ciento del tiempo que me tocará
vivir. Ni pensarlo.


Deseo comer tarde y deseo comer
solo. Tontería de la que en España no caía en la cuenta, aquí en Nueva
York, la comida se ha convertido en un rito importantísimo a medias
entre un festín a mitad del día y comer tarde por morriña española, lo
que me lleva a mirar el reloj compulsivamente a partir de las doce.


Voy en moto hasta Chinatown dos o
tres veces por semana ahora que hace buen tiempo. Conozco casi toda la
oferta de Murray Hill, Gramercy Park, East Village..., que es mucha,
pero es en el barrio chino donde mejor me encuentro. La sencillez de los
restaurantes chinos y su variedad de platos a buen precio me hacen
sentir bien en estos sitios. Lo sencillo es agradable y atrae a gente
que también lo es. La comida es buena, el ambiente turístico no me
importa, todo lo contrario; el ir y venir constante, las quedadas en la
puerta leyendo las cartas, cómo abren las bocas al contemplar por
primera vez la decoración, las paredes, el colorido de los platos, me
lleva a mí también a interesarme por todo ello como si acabara de
aterrizar. La curiosidad del recién llegado es contagiosa.

Las dos cervezas que acompaño en
las comidas es lo que confiere a este tiempo el rango de celebración. No
sabría qué hacer con el día sin estas dos cervezas. Convierten la
simple hora de la comida en el salvavidas imprescindible para soportar
la jornada entera. La petaca de whisky que llevo encima hace del café un
supercarajillo en toda regla que me concede una chispa que durará hasta
las seis de la tarde. Y es muy excitante, como lo que pasó uno de estos
días.






De pronto, cuando parecía que la
niña no era consciente de la polvareda que levantaba, los padres del
niño italiano se vuelven a toda prisa para averiguar el motivo por el
que el hijo había dejado de masticar. En ese preciso instante, justo en
la milésima de segundo que tardaron los cuellos de los papás italianos
en dar la vuelta, la niña se suelta el vestido y plancha con la palma de
sus manos los lados que habían quedado arrugados tras la danza
inconsciente, volviendo a la vera de sus padres y dejando ir un “Ich habe Hunger“ muy natural.


El
camarero indica a la familia alemana dónde pueden sentarse y la niña se
adelanta para elegir el sitio conveniente en la mesa, de forma que
pueda quedar frente a su Romeo. Pero la repentina alteración de la niña y
la evidente precipitación alertan a mamá alemana, que se percata de la
jugada al comprobar el ataque frontal que a esas alturas ya le emprendía
el corsario de pañuelo rojo. Mama grossen obliga a la niña a sentarse
junto a su padre, de espaldas al peligro. Se complica el romance.


Los
italianos piden la cuenta y el niño sube el volumen de su risa al
máximo. Mamá alemana mira triunfante al moreno, sonríe ligeramente y se
adjudica una nueva victoria en su defensa, orgullosa de haber conseguido
una día más de pureza para su retoño. La niña ve alejarse al deseo y
reconoce en la expresión de mamá el gozo de su triunfo. Llevada por la
rabia se atreve a  una última mirada descarada a la búsqueda del
flechazo definitivo, gira del todo la cabeza y sus ojos piscina
encuentran los ojos tierra de él. Y grita:

 

 

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Published on e-Stories.org on 12/29/2011.

 

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