Rafael Nugent

The End

Una fortaleza de cemento y piedra se erguía imponente en un lugar desconocido para muchos: el escondite perfecto. El único problema era que escondían a las personas en contra de su voluntad. Rico y poderoso, el carcelero pretendía retener para sí mismo a aquellas estrellas, que luego de veintisiete años de incomparable creación poética, merecían ser inmortalizadas. Tomaba a la música como lo más importante en su vida y también mucho alcohol.
 
Todo comenzó cuando encontró en aquel bluesista, Robert Johnson, ese ritmo y color que tanto añoraba. Era tal la pasión que emanaba de su música, que simplemente tenía que tenerlo para sí mismo.
 
Hablaba de la libertad del encierro cuando Johnson le preguntaba por qué lo tenía cautivo. Decía que, al no tener las distracciones del mundo exterior, la música sería más pura, mejor. Poco sabía de la música, ya que Johnson no compuso más y murió tiempo después sin decir palabra alguna.
 
Luego del blues, vino el rock, y mucho vino. Nunca entendió cómo Jagger y Richards pudieron opacar tanto a Brian Jones. Decidió, al igual que con Johnson, inmortalizarlo con el don de la muerte: claro está, solo para el público general. La leyenda de Jones seguiría viva dentro de esas paredes represivas.
 
Un año después, Woodstock lo dejó sin palabras. Dos nombres le quedaron grabados en la cabeza: Hendrix y Joplin. Había encontrado en ellos las mezclas perfectas. El dulce y liso sabor del blues-rock de Joplin, y el pesado y estridente sonido de la guitarra de Hendrix.
 
Se empapó de toda la información que pudo encontrar de estos dos artistas: dónde vivían, qué lugares frecuentaban, en qué ciudades se presentaban, y todos aquellos detalles que le servirían para planear sus inesperadas y súbitas muertes. A diferencia de sus dos primeras víctimas, estas dos fueron más difíciles de conseguir. Nunca estaban solos ni se quedaban mucho tiempo en un mismo lugar, lo que hacía muy difícil su eventual captura. El primero fue Hendrix. Lo agarró desprevenido cuando este regresaba de una fiesta. Luego de dos semanas, ocurrió lo mismo con Joplin.
 
Hacer que los artistas parezcan estar muertos era muy simple, solo había que inyectarlos con un veneno paralizador. Este hacía que el corazón de la víctima lata tan despacio que sólo un médico con mucha experiencia sería capaz de notarlo. Luego venía la parte difícil: había que pagar grandes sumas de dinero a los supuestos testigos y a los forenses para que llenen las actas de defunción acorde a lo planeado.
 
La emoción de planear todo y ejecutarlo a la perfección era como ganarse la lotería: nada podía superarlo. Los días pasaban y la emoción se desvanecía: necesitaba una nueva víctima. Acompañado de sus aburridas copas, escucha por primera vez las descabelladas improvisaciones de Jim Morrison y queda hipnotizado.
 
Luego de seguirlo y estudiarlo cuidadosamente, encontró la situación perfecta. Siguió a Morrison hasta París, en donde lo encontró, muchas veces, acompañando solamente de sus pensamientos. Hubo muchas oportunidades para capturarlo, pero la arquitectura celestial de Francia lo distrajo. Pasaron dos meses hasta que se acordó de su verdadera misión y retomó la cacería. Las cosas eran más complicadas ahora. Morrison iba y venía de un estudio, en donde había estado grabando canciones nuevamente y rara vez se le veía solo. La oportunidad llegó luego de varias frustrantes semanas y Jim Morrison fue declarado muerto para el mundo.
 
La captura de este último artista fue bastante más complicada que las anteriores. Los franceses le dieron muchos problemas, al principio no aceptaban el dinero y hasta lo amenazaron con reportarlo. La tensión del momento fue casi insoportable, pero, al final, el dinero prevaleció y su colección de estrellas aumentó en uno.
 
Asustado y satisfecho, el coleccionista decidió ponerle fin a su odisea. Creyó que el vocalista de The Doors sería el elemento final de su colección: estaba equivocado.
 
La tranquilidad se rompió poco más de veinte años después. Escuchaba por primera vez el suave y a la vez potente sonido de Nirvana. La historia se repite y la colección aumenta.
 
Hace dos días, la celda que una vez ocupó Johnson, encontró un nuevo huésped. Lleva de nombre Kurt Cobain y recién se despierta. Se abre una pequeña rendija en la puerta de la celda, y, como los días anteriores, una mano le pasa un plato con comida y un vaso con agua. Pero esta mañana, a diferencia de las anteriores, le pasan un sobre. Perdido aún en el limbo entre la realidad y un sueño cansado, escucha a lo lejos: “This is the end, my only friend, the end”.

 

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Published on e-Stories.org on 12/01/2011.

 

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