Vicente Gómez Quiles

MI MUNDO NO VIVIDO

 
                                    Quiero desintegrarme. Sucumbir sin contemplaciones. Ir lejos, donde ningún ser sobre la faz de la tierra pudiera localizarme. Dilapidar taxativamente cualquier noción, rastro o huella albergando mi identidad. Ser rata de laboratorio. Teletransportarme hasta algún paraíso recóndito. Invisible, veloz, que ni siquiera esos escrupulosos científicos televisivos del CSI, infatigables y aferrándose obsesionados, consiguieran desgajar la mínima pista del misterioso paradero. Un estrato imposible de hallar, sin publicidad ni facturas domiciliadas. Adonde los recuerdos permanecieran máxime lo que durarían en el cerebro de un pez. Convertirme en insensible burbuja, aislada a los acontecimientos. Ajena al dolor que me rodea actualmente. Tal vez, por eso adquirí el nuevo videojuego: “Mi mundo no vivido” en los descomunales, siempre abarrotados almacenes de Alcampo. Resultaba caro, dudé incluso pasando por caja mientras la línea del rojo escáner barría definitivamente el código de barras. Volviendo a la carretilla, revisé su esotérica sinopsis. “Apasionante videojuego que te trasladará a un país imaginario, Zendirlam. Por una época de acaecido fortuito, donde no importa sobrevivir sino escoger el día oportuno de tu muerte.” (-¡Leches! Esto no me lo pierdo. Dije.)La curiosidad se adueñó de mi impaciencia. El vigilante uniformado se sonrió. Nerviosa. Sólo tenía ganas de llegar a casa para involucrarme cien por cien en tan sorprendente reclamo. Si conseguía entretenerme, indudablemente habría merecido la pena dicho sobrecoste. Mientras conducía saltándome algún que otro semáforo cerrado, imaginaba lo maravilloso que sería flotar libre como una flor de aulaga, insignificante, mágica. Como esas atrapadas en el pueblito de mis padres, momentáneamente, hace unos treinta años ya. Y cerrando fuertemente los ojos, formulaba algún deseo, soplando entre mis manitas en espera de ver cumplir su tarea. Si ahora se le ocurriera colarse alguna por una ventana abierta. Con certeza la destrozaría, porque no deja de ser otro miserable fraude, la dichosa brujilla. Por lo menos, las leyes deberían dejarnos patentar nuestras frustraciones, aunque no acabáramos con la crisis económica mundial porque nadie asumiría más desgracias que las propias, por lo menos nos sentiríamos útiles rellenando impresos durante un par de horas. Rabiosamente demostrado, asumido. La verdad incomoda, duele. Nos arranca el corazón para arrojarlo a un contenedor de basura, o peor aún, lo dejas olvidado dentro de tu pulmón izquierdo para que pruebes el sabor amargo de tu existencia. De todas formas, - ¿qué mierda podía esperar de un tío casado, con tres hijos, déspota, machista, chuletilla de tres al cuarto, además de ser el que firma mis nóminas? Atraída en experimentar nuevas sensaciones, incluso hacerlas estallar por los aires. Presiento que fue un acierto haber adquirido el intrigante videojuego. A “Mi mundo no vivido”, las críticas le eran favorables. Me pareció extraño. Aquí, donde la envidia es el pan de cada día y es más fácil zancadillear que ayudar a levantarnos. Para olvidarme de todo lo que representara mi persona, pulsé el inicio en la pantalla. De repente, una bruma espesa entremezclada con extrañas turbulencias me envolvió, llevándome a un lugar abrupto, singular, tremendamente extraño, de tonalidades amarillentas, al suroeste de la isla de Zendirlam. Cerca de las aldeas de los crinaunos, vislumbraba las salvajes cascadas del río Novamora, borboteando incesantes, escuchando sonidos de animales camuflados en la espesa frondosidad biliosa. Al momento empezaron a llegar fornidos y habilidosos guerreros ataviados para la lucha, portando extraordinarias armas. Me miré. Ya no era una mujer. Era una especie de… -¡Dios! ¿Qué fue eso? En apenas una milésima de segundo noté un latigazo en la mejilla. Rápidamente empezó a brotar sangre. Mientras tapaba la herida, una frase empezó a repetirse continuamente, martilleando la cabeza, como una orden de algún ente supremo que ahora manejaba mis conductas. - “La data del nacimiento no importa pero si el día que elijas para tu propia muerte”. - ¡Mierda! ¿Quién diablos me está hablando? ¿Qué significa eso?  Instantáneamente, tembló la tierra. Mis anilladas extremidades de níquel parecían perder su equilibrio. Elevándome hasta unos duros peñascos que levitaban conmigo, siendo guiada hacia una cueva enorme donde rezumaban fragancias de muguet y vainilla. En su interior había un viejo sentado como si ejercitara yoga, sosegado, con voluminosa barba blanca que prácticamente ocultaba su escuálido cuerpo de cetrina piel. -¡Soy yo quién te habla! - ¿Cómo? – Soy tu contacto con tu mundo no vivido. - ¿De qué va esto? (Le pregunté molesta por sentirme súbitamente vulnerable.) Distorsionándose, desapareció. Una enorme luz violeta inmersa entre destellantes haces elípticos, lo cubrió todo desamparándome bajo un estupor abisal difícil de olvidar. Perpleja. Nuevamente aparecí en un llano pajizo donde se apreciaba a lo lejos el poblado de los crinaunos. Pero esta vez, me encontraba más lejos, precisamente en la entrada de una inmensa pirámide de piedras perfectamente talladas, escalonada, en cuyo interior existían 365 nichos, tantos como días conforman un año terrestre, distribuidos en semicírculo. La claridad se filtraba desde su vértice superior. En cada nicho aparecía una fecha distinta, perteneciente al calendario y curiosamente escritas en números romanos. Prácticamente todas las oquedades estaban herméticamente selladas. Entonces oí un pequeño tumulto. Rápidamente me escondí detrás de una especie de esfinge de cuarzo blanco que representaba una gran águila carente de pico y garras. Observé cómo un grupo de hombres y peculiares transformers, cargaban el cuerpo de un guerrero muerto, envuelto con unas sedas celestes, estampadas con estrellas y dorados planetas. Frente al nicho XVII – XII, rezaron mediante cánticos en lengua desconocida para mí. -¿Podía estar ahora ese anciano “barbas” para traducirme? (Me interrogué sarcástica.) Después, vi como uno de ellos sacó una pértiga de platino reluciente con un extraño diamante incrustado en la base y éste se iluminó provocando un orificio en el pecho del fallecido. Sacando luego un corazón que había dentro de un cesto. El brujo lo introdujo con su mano derecha y mediante giros en el aire de aquella singular barra, cerraba la hendidura sin dejar señal alguna sobre la piel. En eso empezaron a parpadear sus ojos. Renaciendo. Noté un nudo en mi garganta. Tragando saliva, intenté no toser. Inmediatamente le despojaron de las telas, colocándolo en el interior del nicho. El hombre del riel, alzó la vista y sus brazos hacia el haz luminoso de la pirámide mientras exclamaba: -¡Naiuno non ká! Quedando definitivamente cerrado el nicho. Uno de los transformers, el de menor estatura, recogió las telas, besándolas después. Cuando se fueron, algo aliviada, me acerqué al nicho y podía escuchar las inspiraciones de aquel guerrero mientras murmuraba como si despertara de un sueño profundo. Dando tres sinuosos pasos hacia atrás, sobrecogida, muy asustada. Reparé en el nicho que habían empleado. Coincidía con la fecha en que había adquirido el videojuego. La misma fecha en que mi ex, cansada de sus mentiras, mediante videollamada se había convertido en mi ex. El mismo día que entré en esta aventura. Quise volver a mi realidad pero no tenía la mínima idea de cómo escapar de este Mi mundo no vivido. Ya no era dueña de mis actos. Este lugar resultaba estrepitosamente desconocido. Impidiéndome exprimir lógica o conclusión alguna. Tanta soledad e impotencia me provocó la desesperación más absolutamente desoladora. Empecé a llorar. Apenas conseguía respirar. Mirando hacia arriba mientras caía desplomada, sobre mis rodillas, supliqué, volví a llorar, grité a Dios que me ayudara. Entonces deseé con todas mis fuerzas regresar a mi mundo. Porque en mayor o menor medida, en mi vida anterior, podía controlar mis sentidos. Cuando creí desfallecer reconocí mis lágrimas deslizándose sobre el teclado del ordenador, inmensa de felicidad, mientras salía en la pantalla: Game Over.    Al minuto, mirando fijamente el llamativo rótulo, aprecié como las letras se incrementaban, acercándose. Estallando el ordenador en mi rostro. Desperté envuelta por un amasijo de hierros retorcidos y numerosos cristales esparcidos. Había tenido un choque frontal con otro coche antes de llegar a casa. Desconcertada, vi aún el videojuego intacto sobre la silla de copiloto y cogiéndolo lo lancé tan lejos como pude. Perdiendo totalmente el conocimiento. Lejanamente, una voz cálida susurraba: - ¡Señora! Recobrando poco a poco la visión, delante de mí estaba aquel guerrero muerto. - ¿Usted? - ¡Usted es el guerrero muerto! – Se equivoca, yo soy médico. Está usted en el hospital, ha recibido un fuerte impacto. – Pero, a ti te enterraron el 17 de diciembre. - ¡Señora! Está delirando. Hoy es 17 de diciembre de 2011 y casualmente cumplo treinta y cinco años. - ¡Miente! ¡Usted es el guerrero de Mi mundo no vivido! - ¡Maldita sea! ¡Otro más con alucinaciones de videojuegos! En eso acercó su mano y leí tatuado en su brazo: Naiuno non ká. - ¿Y eso qué significa? (Pregunte iracunda, con cierta dificultad.) - Es una frase de una antigua civilización indígena y quiere decir: la vida nunca termina.
 
 
 

 

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Published on e-Stories.org on 11/20/2011.

 

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