Carlos Sanchez

La combinación equivocada

Viernes noche, tras una semana complicada, vuelve la rutina de fin de semana. A mis 42 años ya nada me separa de lo inevitable, la novedad no existe y por lo tanto mañana nos vamos al pueblo de mi mujer a pasar el fin de semana; o a ver la tele, porque en ese pueblo no hay persona humana capaz de divertirse un solo rato.

Paso canales como quien pasa hojas de una revista que ya ha leído cien veces, hasta que me doy cuenta que antes de ayer con Manolo eché el Euromillones a ver si caía algo. 4, 12, 19, 27, 44, estrellas 2 y 9. Me suenan los números, pero me digo a mí mismo que no es posible, aunque no estoy seguro porque siempre apuesto al azar, que decida una máquina antes que una persona. Pero cuando saco el comprobante de mi vieja cartera de cuero que me regaló mi madre descubro lo que me proporcionaría un giro de trescientos sesenta grados. Joder, me ha tocado.

La primera reacción fue gritar, moverme para todos los lados, volver a meter en la cartera el resguardo y no soltar la cartera de la mano. A partir de ahí pienso en llamar a mis padres, una decisión extraña ya que llevan más de diez años descansando eternamente. Mi mujer pregunta que pasa, y se lo digo. No tengo hijos así que es una alegría insípida, me siento vacío por dos segundos y vuelvo a la realidad, soy rico.

Pasa una hora frenética en la que no llamo a nadie ni hago nada, solo trato de asimilarlo... y tras pulsar trescientas veces la tecla F5 de mi anticuado ordenador sale el escrutinio: me han tocado 4 millones de euros ya que un belga y un italiano decidieron jugar la misma combinación que yo, hasta quizás en el mismo momento que yo. Pienso que no está mal, pero sigo sin ser consciente de la magnitud de lo sucedido.

Pasan los días y pasan las reuniones con los directores de los mejores bancos. Me llaman los amigos de toda la vida, los que no fueron de ninguna vida y los amigos de amigos. Me llaman los familiares de mi mujer que me odian desde hace años. Me llama mi antiguo jefe, el mismo que me despidió a traición y que ahora tiene su empresa sumida en una grave crisis. Me empiezo a cansar de esto, y eso que tengo lo que siempre soñé.

Pasan los meses y dejo de relacionarme con la gente de toda la vida, ya que se han convertido en unos interesados. Como no trabajo, tampoco me relaciono con mis clientes. Y mi mujer vive en una burbuja que solo había visto en las películas. Empiezo a pensar si el Porsche, el chalet y el sueldo que me da el banco me han hecho más feliz. Creo que no.
Pasan los años y un detective privado me confirma que mi mujer está con otro. Divorcio y adiós a la mitad de todo. Me voy de putas, me sobra el dinero y me dejo 500 euros por noche entre sexo y drogas, que la vida son dos días -me digo a mí mismo-.

Pasa mi vida y he sido rico durante siete años. No he vuelto a ser pobre, simplemente he muerto colgado de una cuerda en mi nuevo chalet, dejando una nota en mi Porsche y pasando del banco. Me voy de la forma más triste que se puede ir una persona: sin descendencia, sin dignidad y ahorcado gracias a aquel día en que escogí una combinación entre 76.275.360. La combinación equivocada.

 

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Published on e-Stories.org on 06/20/2011.

 

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