Vicente Gómez Quiles

EXTRAÑAS CRIATURAS COMO NOSOTROS

 
 
 
 
                                   La moto acuática atravesó las boyas de seguridad, fulminante a medio metro de los cuatro bañistas. Uno de ellos, muy bronceado con la piel deslumbrante, subido en una colchoneta verde, volcó repentino del susto. En el espigón permanecían tres pescadores sentados con cañas de fibra de carbono, aguardando reacia recompensa. Próximas dos niñas acompañadas por el abuelo, portando rudimentarias redes y un cubo de plástico rojo. Minuciosamente, concentradas, ensimismadas en su fabuloso mundo de inocente pasatiempo. Intentaban encontrar cangrejos entre los orificios de las resbaladizas rocas. La menor de las nietas, más extrovertida y dicharachera, sobre todo cuando algún mayor le daba cierta coba y lógicamente éstos retroalimentaban su ingenio y desparpajo riéndole las gracias; comentaba adicionada con señas recriminatorias a la hermana para que no hiciera tanto ruido, para que caminara sigilosa, con la finalidad de no asustar a los escurridizos cangrejos y perderles definitivamente el rastro. - ¡Camina despacio, Berta, jolines Berta, no hagas tanto ruido! Similar a la pertinaz entrega que haría un domador de circo domesticando a uno de sus elefantes. El cielo lucía luminoso, cerúleo, sin nubes. Totalmente inmaculado si no fuera por una difuminada y rectilínea silueta vaporosa ensanchándose que dejaba la trayectoria del avión que surcaba dirección Barcelona. Luis y Amparo, habían aprovechado su segundo día de vacaciones para acercarse a la playa. El monótono y relajante sonido de las olas quedaba asumido, impreso como una melodía más de fondo, prácticamente camuflado entre las diversas conversaciones y griteríos de niños correteando de un lado a otro, aglutinándose hasta la orilla, alterados tirándose bolas de arena mojada, entretenidos enterrándose, recolectando conchas, jugando con las palas o construyendo castillos. Mientras Luis intentaba clavar la lanza de la sombrilla, se quedó perplejo, sonriendo a una hermosa joven con rasgos orientales, haciendo topless. Amparo observo contrariada, y acercándose le propinó un rápido cachete de forma simpática, sin hacerle demasiado daño. Sonrieron. Inmediatamente se dieron un piquito. Luis parecía un deportista de élite, fanatizaba un esmerado culto al cuerpo. Trabajaba ocasionalmente de especialista y cinco días antes había conseguido cerrar un buen contrato para una serie policiaca de veinticinco capítulos, que empezaría a rodarse en Septiembre. Todo discurría convenientemente. Luis por fin, metió la cabeza en una prestigiosa cadena privada de la tv francesa. Estaba inmensamente feliz, inmensurablemente dichoso, porque la crisis había congelado diversas ofertas y aquella competitividad resultaba cada día más atroz. Obligándole a echar currículum a otros países y pasar interminables noches de insomnio, ansioso, contemplando la ciudad dormida. Incluso desde la fastuosa y espléndida Paris, cualquiera llega a desvelarse ante las caliginosas preocupaciones. Aunque era un privilegiado porque en aquel piso antiguo pero remodelado, alquilado por unas desorbitadas mensualidades, a través de su ventana podía contemplar lejana e iluminada la hermosa Torre Eiffel. Tenía un aspecto formidable, por no decir envidiable. Fuerte y ágil, su cuerpo parecía un engranaje perfecto de puro músculo. Aunque quería desproporcionadamente a su chica, le gustaba en cierta forma exhibirse, ser el centro de atención, prácticamente egocéntrico sondeaba todas las miradas posibles. Creer o imaginarse que todas las mujeres anhelaban su compañía o deseaban ese cuerpo musculoso y hermoso, de tableta, de modelo para anuncio gancho de perfumes. Amparo en contrapartida, resultaba la imagen opuesta de aquel imaginario eje. Por mucho que comiera, no engordaba. Nunca mostró interés o mínima obsesión en  mantener cierto aspecto formidable. Despreocupada de fórmulas casi milagrosas y mantenimientos esclavos, cortesías obvias para una idealizada imagen. Aunque no destacaba a primer golpe de vista, en compañía de su reciente marido. Su inteligencia conseguía dominarlo a su puro antojo. Armas no perceptibles, se desarrollaban desde la astuta muchacha. No en vano se había convertido en una prestigiosa abogada, basándose en contundente tesón, sorprendiendo incluso al guardia de seguridad de la portería del buffet. Cuando nadie hubiera apostado un solo euro por ella en los despachos donde comenzó su meteórico ascenso. Empujada por esa vigorosa fuerza interna de constancia y principalmente originada por esa afanosa satisfacción que proporcionaba las caras de envidia que ponían sus mejores amigas en las inquisidoras reuniones del almuerzo. Siendo los dos españoles, llevaban viviendo en Francia nada más acabó Amparo la carrera de derecho. Estando en la playa del Torreón de Benicasim, sin darse cuenta se pronunciaban en francés, sin hablar ni gota en español. Gabriel tras la escena del cachete proporcionada por los últimos en incorporarse a la playa, dejó Los pilares de la tierra y sus gafas de sol negras. Una de las patillas quedaba floja. Recién comprada a uno de los numerosos vendedores ambulantes con la singular publicidad: “bueno, bonito y barato”. Negros sudorosos con descomunales cargas que deambulaban entre las aglutinadas sombrillas. Sentía vergüenza cambiarlas, incluso mirarlos demasiado tiempo para identificar quién de todos se las había vendido. Sobre la esterilla quedaron sus escasas posesiones junto a las llaves y se alzó súbito como un resorte para darse un baño. Solía entrar rápido. Convencido de que así pasaría desapercibido. Invisible a los ojos del mundo. Había engordado ocho kilogramos en un año y no se sentía cómodo llevando esas rechonchas carnes colgando alrededor del vientre. Pero no importaba, pensaba. Se solucionaría con hacer algo de ejercicio y estar dos o tres noches sin cenar, apuntándose a última hora al régimen de la alcachofa, el aburrido menú de sólo sandía, o a ese de ingerir sólo comidas sin hidratos de carbono, incluso desde una perspectiva más tácita llegar a pensar que no estaba tan gordo y que las grasas que permanecían ahí, adosadas, acumuladas principalmente alrededor del estómago con unas largas brazadas terminarían desapareciendo. Después de un breve chapuzón, emerger hasta el nivel del cuello y saborear las saladas aguas que se filtraron sin esfuerzo por su garganta. Con el agua prácticamente sedándolo en gratificante calma, pensaba en lo a gusto que estaba. ¡Cuánto merecía esas vacaciones! Permanecer lejos de aquella silla alta, frente al ovalado mostrador en la oficina de correos, odiosa, claustrofóbica, sin más ventanas al exterior excepto la pequeña vacuidad oval que le comunicaba con las personas que enviaban paquetes certificados, entregaban cartas y compraban sellos. Desde el interior, aún resultaba peor el lugar, más impersonal, tremendamente monótono, donde se albergaban montones de cajas de diversos tamaños y cestos superpuestos con cientos de sobres apilados y desordenadamente ordenados. Es muy posible que, acostumbrado a permanecer tanto tiempo en ese agujero sintiera cierto miedo y reparo a enfrentarse con la gente a campo abierto. No quitaba la mirada de sus llaves, temeroso también de que algún desarmado hiciera la gracia de quitárselas. Aunque perderlas no supondría más esfuerzo que esperar en la puerta del apartamento hasta que la anciana abuela oyera el timbre o el continuo aporrear en la puerta. Gabriel desde pequeño se quedó sin la compañía de sus padres. Apenas contaba cuatro meses cuando el padre falleció en un accidente laboral, concretamente al desplomarse la cubierta de una fachada. La constructora jamás indemnizó a la familia porque en el juicio dijeron que fue culpa suya por no llevar el arnés y los EPI´s necesarios. Aunque en el brutal desplome haberlos llevado seguramente, tampoco lo hubiera salvado de la muerte o de una vida digna. La madre desde entonces cambió rotundamente. Se volvió arisca, nerviosa y distante. Conoció dos años después a un ingeniero alemán y se marchó a Berlín, evitando remordimientos, con dos maletas floreadas y grandes. Por las cartas enviadas a la abuela parece ser que aquel germano aparentemente apacible y bonachón, resultó ser un borracho, sin muchos escrúpulos, egoísta, manipulador, extraño y seguramente en ocasiones llegó a maltratarla, aunque Susana no lo manifestó abiertamente en sus escritos. Tal vez, para no hacer más daño del que hizo. Posiblemente para no reconocer su fatal equivocación. Prefería tragarse el orgullo y evitar consejos, continuos reproches de la abuela. A los tres años del enlace, aproximadamente, se separaron. Desde la ruptura definitiva, no han vuelto a saber nada más de ella. La abuela realizó diversas denuncias pero queda todo como un interrogante, archivado en las oficinas de la policía. Como si se la hubiera tragado definitivamente la tierra y nadie hubiera visto nada. Aunque Gabriel no perdía la esperanza en que un día de estos, encontraría una carta suya entre los miles de envíos diarios. Se emocionaba imaginándola volver para estrecharle entre sus brazos. Para darle una justificación del por qué. Decirle que no dejaba de pensar en él y que es lo más importante de su vida. Claudia, su abuela materna, está ahora muy anciana y apenas oye por el único oído que consigue emplear con mermada habilidad. Desde que tiene parkinson, apenas puede realizar las acostumbradas tareas domésticas. En su rostro limpio, cansado, se ve englobada la inquietante expresión de la incompetencia acumulada. La decepcionante frustración. Gabriel, salió hacia la orilla, tendiéndose boca arriba. Al rato notó un golpe incidiendo en su pie derecho. Abrió los ojos y observó una petanca marrón junto al pie y un niño de unos cinco años corriendo en búsqueda de la pesada bola. Pelirrojo, lleno de pecas y la piel muy blanca como un vaso de leche. - ¡Disculpe señor, lo siento! A Gabriel, poco acostumbrado, que le dijeran señor le sentaba como una patada en sus partes más honrosas y nobles. Además de gordo, se encontraba exactamente ahora, para colmo, anciano como su abuela. Aunque, en su trabajo, el hiciera esos mismos tratos impersonales. Para él, esa cortesía obligada, sobraba, quedaba fuera de lugar en esos precisos momentos. Y es cierto, que a cada cuál le molesta una cosa y la convivencia se revela frecuentemente complicada. Somos especies paradigmáticas por querernos agruparnos, aferrarnos a la muchedumbre, incluso entrar en los locales que vemos más concurridos, pero siempre dejándonos bien limitados nuestros espacios vitales donde incluso puede molestar hasta nuestras propias sombras. Resulta enigmático querer huir de nuestros entornos cotidianos para viajar y conocer lugares recónditos por el mundo. Y pasadas dos semanas, incomodados, deseamos volver como sea de donde salimos. A ese niño, Gabriel lo conocía vagamente. Creía haberlo visto en alguna ocasión agarrado del brazo de su madre por la oficina de correos. Aunque pasa tanta gente por allí que resultaba complicado quedarse con las caras de todos los que entraban, cogían turno y después salían de la sala.  
         

 

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Published on e-Stories.org on 06/06/2011.

 

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