Carlos M Martorell de la Puente

La vela.

 La vela y su llama amarilla desafiaban la muerte, aún azotada por la corriente cuando ventilaba el piso, la vela coloreada desafiaba el viento, la tormenta; la vela llameante y retadora era mi pasión, mi desasosiego. Sobre la mesa de madera que limpiaba escrupulosamente con agua caliente y lejía (nos negábamos a protegerla con un mantel) esta vela tan triste, tan pálida, tan cálida permanecía en vilo, dando fe de la inextinguible riqueza y el poder, la fuerza de lo que era el renacimiento de un suicida, de un alma perdida, de un sentimiento que esterilizaron y de un corazón roto. Cuando la tarde oscurecía durante el invierno aparecía sigiloso y escurridizo el frágil mensajero, leve como una pluma desprendida de un ave en vuelo. Silencioso entraba en su pequeño cuarto y descansaba reparando el duro día de trabajo.
 
El rinoceronte resoplaba rosado como una fresa salvaje, ventilaba los parásitos y su concubina la cebra puntiaguda se bañaba gustosa aseándose sus ojos sorprendidos. Si te vas ahora, si marchas, si me abandonas, al menos déjame una reserva de vino y papel higiénico. Mis intestinos se quejan, están sucios. Las grietas de las paredes han mejorado visiblemente desde las goteras del vecino, esas manchas tan sutiles como de cava desbocándose contra la pared cada vez son más interesantes, parece mentira, creía que me querías, creía que era una pieza importante en tu vida. Parece mentira, el precio del queso, antes una bola de queso era más asequible. No recorro la ciudad en balde, créeme, soy un artista marginal, sólo me hace falta un poco de punch, una ayudita económica me iría de perlas. Mis fotografías no salen blancas, tonta, es que fotografío la nada, eso tan imperceptible pero que es necesario sino moriríamos amor. Los amables y rosados rinocerontes con su calcáreo cuerno calizo y sus calidoscópicos ojos de buey atraviesan el atlántico, los muy bribones rinocerontes parecen boxeadores decadentes, con el torso frontal cubierto de cicatrices y señales amorosas. Cálidos rinocerontes rosados y pálidos, llenos de humo y de vapor, con su cuerno templado y su piel de estropajo.
 
Mi alma es el cuarto oscuro, la marioneta que me hacía llorar, el proyector que me regalaron de niño, miles de pececillos, miles de pajarillos, mi alma es mi cuaderno de dibujos, mis fotografías tan tristes, mis zapatos abiertos, mis lagrimas enganchadas en las lentes sucias.
Mi alma es tan oscura, cuando me castigaban, cuando me pegaban, cuando me escapaba, cuando te imagino, cuando te tiendo la mano.
Mi alma es tan siniestra que colecciono calaveras, esqueletos urbanos de gatos y palomas devoradas.Restos del naufragio, la siniestra navaja de Méndez, el más miserable de los tres galeotes.
Mi alma es tan exigente y difícil de satisfacer que todas las noches caigo en la cama rendido sin fuerzas apenas para quitarme la ropa, ni siquiera las botas.

 

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Published on e-Stories.org on 03/08/2011.

 

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