Eduardo Martinez

Se Le Hizo Fácil


El camión iba lleno.  La mayoría empleados de un supermercado que
cierra sus puertas cerca de la media noche, algunos estudiantes, varios obreros
y un grupo que probablemente regresaba de una parranda.  El ambiente dentro era denso y caluroso a
pesar de la temperatura fría del exterior. Olía a humores corporales y a ropa muy usada.  Rodrigo se ubicó por costumbre cerca de la
puerta trasera, en caso de accidente, riña o asalto, le facilitaría un poco las
cosas.  Se entretuvo imaginando historias
acerca de sus compañeros de viaje.  Notó
a un joven vestido con un traje café, y pensó que probablemente se lo había
heredado algún primo mayor, pues los hombros sobresalían bastante del resto de
su anatomía.  A pesar de no ser de mala
calidad, se veía bastante consumido por el uso, la camisa debió haber sido
blanca cuando nueva, y la corbata de formas geométricas no hacía juego con lo
demás.  El peinado con moja daba una nota
aún más discordante.  Rodrigo se imaginó
que debía ser vendedor de celulares, terrenos en el panteón o promotor de
tarjetas de crédito.  Lo imaginó llegando
a su casa, tirando corbata, saco y camisa, buscando en la estufa algún resto de
cena que recalentar para luego acostarse a dormir sin siquiera quitarse el
pantalón de su traje.  No parecía mala
persona así que le causó simpatía y algo de condescendencia por su aparentemente
triste situación.
Justo frente a Rodrigo, sentado al
lado de la ventana, viajaba un hombre mayor. Usaba una gorra de beisbol bastante sucia, igual que su chamarra. Lucía
además de suciedad añeja, polvo reciente, y notó que desprendía un olor desagradable
y rancio.  Una barba rala le cubría el
cuello hasta la línea del mentón y el bigote descolorido e hirsuto fortalecía
su mala apariencia.  Su mirada era
turbia, con la esclerótica amarilla y un iris oscuro y lechoso que le
recordaron los ojos de un pescado en un refrigerador.  A pesar de su aspecto, lucía arrogante e
insolente, su descuido era parte de un look destinado a causar un efecto en los
demás, como si con ello reclamara:  “Si me ven así es por su culpa, yo hago las
casas en que viven, los edificios en que trabajan, las calles por donde
transitan, y ni siquiera me lo agradecen, cuando menos agradezcan que no me les vaya encima a golpes”.  Rodrigo sospechó que su casa olía a
pies.  También decidió que si el asiento
a su lado se desocupaba, lo iba a ceder.
Atrajo su atención una jovencita que
viajaba un par de asientos más atrás. Tenía el cabello oscuro desteñido en mechones y recogido con una pinza,
despejándole la cara redonda y de facciones poco definidas.  Llevaba puestos unos auriculares y su cara
estaba iluminada desde abajo, por lo que seguramente estaba manipulando su
celular, sin poner atención en quienes la rodeaban.  Mala idea. Una joven así con un aparato así y con su actitud indolente, eran una invitación
para que cualquier pillo decidiera hacer una operación de cambio de propietario.  Rodrigo deseó que la muchachita llegara con
bien a su casa.
El camión se iba vaciando.
Se desocupó un asiento atrás del
tipo de la gorra y delante del muchacho del traje café. Lo tomó. Todavía
faltaban cundo menos 25 minutos para llegar a su destino y el cansancio le
obligó a cabecear, en unos minutos ya estaba dormido, con la barbilla apoyada
en el pecho.
Cuando despertó se dio cuenta que se
había pasado 4 cuadras de su parada. Apuradamente se levantó y oprimió el botón de aviso.  De día la distancia extra no era gran cosa,
pero de noche las cosas cambiaban.  Podía
desandar los cerca de 500 metros y tomar el camino usual a su casa, o
internarse en la colonia por caminos poco seguros.  Esto último le ahorraría cuando menos 10
minutos de camino. Y así decidió.
Se le hizo fácil.
Siempre le llamó la atención como en
unas cuantas cuadras podía haber tanta diferencia.  Cerca de la avenida, la colonia que había
sido pensada como residencias de interés social, se había convertido, con los
años, en punto conflictivo.  Pleitos,
asaltos, robos a casas y recientemente hasta balaceras. Cuando era niño, esa
colonia había sido parte de su parque de juegos a falta de espacios
propicios.  La casa en que vivía
actualmente le había sido otorgada a préstamo por sus padres, y distaba sólo un
par de cuadras de la de ellos.  Con el
paso del tiempo sus amigos de la infancia se habían mudado y ya sólo quedaban
unos cuantos conocidos por ahí.
Avanzaba por calles mal iluminadas y
a la distancia distinguió a un grupo de personas en una esquina.  Casi al mismo tiempo el grupo lo notó a
el.  Sólo había una calle lateral y era
una calle cerrada, no llevaba a ningún lado. Tenía que seguir adelante o regresar de nuevo casi hasta la
avenida.  Hundió más las manos en las
bolsas de la chaqueta y apretó el paso. Con la cabeza agachada lanzaba miradas hacia el frente para ubicar donde
estaban, cuantos eran y que hacían.  El
grupo no le quitaba la vista de encima conforme se acercaba.  Al pasar junto a ellos siguió de frente, sin
voltear a verlos.  Unos metros más
adelante del grupo, soltó el aire que venía conteniendo y se felicitó a si
mismo por no haber tenido problemas.
Comenzó a pensar en su esposa y en
su hijo de año y medio, deseaba llegar a casa a verlos, sentir el calor y la seguridad
del hogar. Pensó abrir una cerveza al llegar y sentarse en el comedor a
platicar con su esposa mientras llegaba el sueño.  Pensó ...
Tras de sí escucho una voz, “¡Eh, carnal!”
Se sobresaltó pero decidió no hacer
caso, tal vez ni siquiera le hablaban a el. “¡Eh güey!” volvió a sonar la
voz.  Y un sonido de pasos apresurados
detrás de el le atemorizó.  Levantó los
hombros tratando de esconder la cabeza, casi sentía el golpe en la nuca que
vendría previo al asalto.
Por tercera vez escuchó la misma voz:
“¡Eh, tu, el de la chaqueta negra!”.  Ya no había de otra, la cosa era con el.  Sin detenerse del todo volteó fingiendo
confusión.  “¿Perdón?”.
Quien iba adelante del grupo era un
poco más joven que el, pero mayor de lo que uno imagina en un pandillero. “¿No traes unos 20 ó 30  bolas que nos prestes, carnal? Pa´ completar
unas cheves”.
Rodrigo se detuvo y fingió buscar en
sus bolsillos.  El sabía cuanto dinero
traía y en donde, pero dio largas buscando incluso en las bolsas de su
chaqueta.  Al fin a tientas encontró unas
monedas.  Las sacó, las contó y extendió
la mano, “Nomás traigo 25 pesos, amigo,
¿te sirven?”.  “Pos de eso a nada.  Ya vas”.
El hombre tomó las monedas sin
siquiera agradecerle. “¿No traes un
cigarrillo?” volvió a preguntar el otro. Rodrigo metió la mano en la bolsa interior de su chaqueta y sacó una
cajetilla arrugada.  “Ten, nomás déjame uno para después de cenar, ¿no?”.  Sacó el cigarro y entregó la cajetilla, a la
que le quedaban 2 o 3 cigarros más.  “Chido, güey, ahí te ves”, contestó el
hombre.  No se movieron de donde
estaban.  Rodrigo asintió con la cabeza y
se dio la vuelta para continuar su camino. Su mente iba varios metros delante de el.  Un remolino de pensamientos giraba en su
cabeza, no sabía que pensar, si había sido víctima de un leve asalto, si sólo
lo midieron, si ya habría terminado todo. Golpes de sangre retumbaban en sus sienes y en su cuello, se sintió
mareado y con la boca seca.  Como pudo
siguió andando.
Un par de cuadras más adelante ya se
había tranquilizado lo suficiente para pensar con lucidez.  Su casa ya estaba bastante cerca y
sonrió.  Ya no faltaba mucho para estar
con su esposa para platicarle lo que le había ocurrido y de hecho lo repasaba
mentalmente para no omitir detalle.
De pronto el sonido de un motor lo
sacó de su ensimismamiento, para cuando reaccionó, la camioneta estaba frente a
el.  Se detuvo y se abrió la puerta del
lado del copiloto.  De ahí bajó el tipo
que antes le pidió dinero y cigarros. Extrañamente, Rodrigo no se sorprendió al verlo, pero volteó hacia su
izquierda, evaluando la posibilidad de correr en sentido contrario a la
camioneta hasta llegar a su casa.  “Que onda, güey, súbete”, le dijo el
hombre.  El miedo hacía que sus piernas
no respondieran como de costumbre, por lo que la estrategia de correr quedaba
descartada.  La puerta trasera de la
camioneta se abrió pero no bajó nadie. El hombre sacudió la cabeza hacia un lado, indicando la puerta trasera
abierta.  Rodrigo preguntó: “¿Qué pasó, para que?”.  “Vamos
a dar una vueltecita” recibió por respuesta.  “Ya
estoy llegando a la casa, me están esperando” dijo en tono pesaroso.  “Chingado
¡Súbete!” respondió el tipo en voz más alta. De la parte de atrás de la
camioneta salió otro hombre, era más alto y muy moreno.  Lo tomó con fuerza por el brazo y lo subió a
la camioneta.  Una vez todos arriba
arrancaron y lo condujeron afuera de la colonia.  El chofer siguió manejando si recibir
instrucciones, por lo que Rodrigo pensó que sabían a donde lo llevaban.  Hablaban entre ellos pero Rodrigo trataba de
no ponerles atención, no quería saber nada de aquello.
Llegaron a una colonia distante, en
las afueras de la ciudad.  La camioneta
en que viajaban se notaba fuera de lugar en aquel entorno miserable.  De pronto se estacionaron.  El que iba manejando se bajó de la camioneta
sin decir nada y se metió en una casa pequeña, alejada de las demás, de
material sin acabados. El que viajaba atrás junto a Rodrigo le dio algo
envuelto en tela al que aparentemente los comandaba, y descendió también, fue
hacia un viejo carro estacionado cerca, lo abordó y se alejó.  Rodrigo pensó lo peor, envuelta debía de
haber una pistola, pensó. Se quedó solo con el hombre.
El otro sacó de la guantera un
cigarro envuelto por las puntas, desde luego no tenía marca.  Lo encendió y le ofreció una fumada a
Rodrigo.  “No, gracias” dijo Rodrigo. El hombre se agachó, sacó algo de una caja y se la ofreció también.  “¿Una
cervecita?” Dijo.  Rodrigo suspiró
con alivio.  “Pues eso si te acepto”, contestó. Tomó la cerveza de lata y la
abrió.  Dio un largo trago y se cubrió la
boca para disimular un eructo.  Le había
sentado mal, ahora se sentía más mareado.
El hombre abrió una cerveza para si
y casi la termina de un trago.  Se volvió
a mirar a Rodrigo y agitó la cabeza despacio, como en un gesto de asentimiento.
Rodrigo lo veía por momentos y trataba de desviar la vista.  “¿Te
acuerdas de mi?”, preguntó de pronto. Rodrigo se desconcertó con la pregunta, no venía al caso, así que
respondió como pudo: “Eres el que me
pidió dinero y un cigarro, ¿no?”.  El
tipo sonrió y nuevamente asintió con la cabeza. Después de un rato de observarlo, dijo, “Soy el Canica”.  Rodrigo no
supo que hacer con esa información, no sabía en donde ubicarla, para que le
servía.  El otro concluyó diciendo: “El Canica, el de la colonia, güey”.  Rodrigo abrió los ojos como platos, de pronto
la información tenía sentido. Era el Canica, un compañero de juegos hace muchos
años.  El apodo era por que tenía un
pequeño absceso a un lado del cuello de forma esférica.  Los niños lo molestaban diciéndole que se
había comido una canica.  Rodrigo se
enderezó en el asiento y lo miró a los ojos. “¿Eres el que vivía junto a la
casa de las Miranda?”.  Aja,
respondió el hombre.  Rodrigo volvió a
preguntar “¿Y sigues viviendo ahí?”.  “No”,
recibió por respuesta.
¿Te
acuerdas del Neto y del Checo?” le preguntó el hombre.  Rodrigo, después de meditarlo un rato,
chasqueó los dedos y levantó el índice. “Si,
como no.  El Neto era bueno pa´ los
trompos.  Me acuerdo que le tumbó 2
dientes a Juan el Negro, y vaya que el Negro estaba grandote”.  A Rodrigo le sorprendió el trato familiar que
estaba utilizando con aquel tipo, el Canica. “Lo último que supe de el fue
cuando estábamos en la Prepa, creo que andaba en los Guantes de Oro, paro ya no
supe como le fue”.  Decidió continuar
con el trato familiar que estaba usando, tal vez le sirviera para evitar un
problema mayor.  El tipo respondió “Fue Campeón”.  “Bien”,
respondió Rodrigo, asintiendo a su vez. Continuó “El Checo jugaba futbol
en el equipo de mi hermano Raúl.  Tu
también jugaste ahí ¿no?”.  El tipo
asintió sin decir palabra.  “Hace mucho que no se de ellos” dijo
Rodrigo.  Preguntó “¿Te acuerdas que cuando estábamos en la Secu, en 2º o 3º, no me acuerdo,
nos hicimos la perra tu y yo y Beto la Palma?. Nos fuimos al cine y acabamos
comiendo pan francés con chiles jalapeños”. El Canica soltó una carcajada y Rodrigo se rió también, parecía que
empezaba a surtir efecto la familiaridad. No era fácil hacerle daño a un conocido, pensó Rodrigo.  Ese comentario rompió el hielo.  El Canica empezó a hablar, le contó que Beto
la Palma se había ido al otro lado, que una de las hermanas Miranda había
quedado embarazada de un primo de el y dio detalles de varios de sus compañeros
del equipo de futbol.  Dieron cuenta de
un six pack de cerveza durante la conversación. El Canica pregunto “¿No
reconociste al Negro?”. Rodrigo negó con la cabeza y el Canica apuntó “Se acaba de bajar”. “¿Era el?” dijo Rodrigo, “Ni por aquí” continuó pasándose el dedo
índice por la frente.   “El Neto está en el bote y el Checo, pos,
como te diré, pos trabajamos juntos”. “Mal por el Neto y pues ahí me saludas
al Checo cuando lo veas.  Todo parecía
una plática de viejos amigos y parecía estar todo dicho, el Canica miró
fijamente a Rodrigo y sonriendo le dijo “Te
voy a matar”.  Rodrigo brincó hacia
atrás en su asiento y preguntó con una sonrisa incrédula ¿Y por que”.  El Canica le
respondió “Pos ya me conoces”.  Decía todo esto con una sonrisa en la cara,
fuera de lugar en esa circunstancia. Rodrigo pensaba que era una mala broma e insistía en recordar viejos
tiempos.  “¿Te acuerdas que mi hermano Raúl te hecho la mano para que entraras al
equipo de futbol?.  “Si”, respondió lacónico el Canica, con
la misma sonrisa clara.  Estaba
terminando su segundo cigarro sin marca.
Silencio
De pronto las dos miradas se
encontraron.  “¿Es en serio?” preguntó Rodrigo. “Si” volvió a responder el
Canica y miró su reloj y tomó el paquete envuelto en tela que le dio
anteriormente su compañero.
Dentro de sí, Rodrigo pensaba si
sería conveniente pedirle a el Canica que lo hiciera rápido y causándole el
menor dolor posible.  Tenía ganas de
llorar pero no lo hizo.
 
Al día siguiente un obrero de gorra
y chaqueta sucias percibió bulto de color negro tras unos matorrales al lado
del camino de tierra, se acercó esperando encontrar algo de valor.  Lo que vio le pareció grotesco y le causó
asco.  Corrió hacia la carretera buscando
a quien reportar el hallazgo, tal vez podría salir en el periódico de la tarde
y tener sus 5 minutos de fama.  No tardó
en pasar una patrulla por el lugar.  Los
detuvo y los condujo a su hallazgo.  Los
policías evaluaron la situación y pidieron ayuda de peritos.  Al albañil lo llevaron detenido para
interrogarlo y tomarle declaración.  En
la Demarcación le tomó sus generales un joven estudiante de leyes, vestido con
un viejo traje café y corbata de dibujos geométricos.  A pesar de ser tan temprano, el joven tenía
expresión de fastidio y ambos, albañil y estudiante, dieron trámite a la
diligencia, ambos pensando que uno le hacía perder el tiempo al otro.  La prensa no apareció.
En una silla al fondo del cuarto
estaba una muchachita morena con mechones descoloridos en el cabello.  La acompañaban su padre y la esposa de
este.  Cada vez que pasaba alguien
uniformado o con apariencia de tener mando, la mujer vociferaba “¿Hasta que hora vamos a estar aquí perdiendo
el tiempo?”, pregunta retórica de alguien que aun tiene tiempo, aún que sea
para perder.  A la jovencita la habían
asaltado, dándole un golpe en el pómulo que le mantenía un lado de la cara
hinchado y con un ojo casi cerrado, le habían robado un teléfono celular, que a
su vez había recibido como regalo un par de meses atrás.
Aún no eran atendidos en la
Delegación.
Dos meses después, en un retén de la
antialcohólica, el Canica era detenido en completo estado de ebriedad,
acompañado por el Negro.  Encontraron en
la guantera de la camioneta varios cigarros de marihuana y bajo el asiento una
Glock envuelta en un paño rojo.  Se le
investigó y se le achacaron varios crímenes, la mayoría no los había cometido.
Pero ya su amigo el Checo movía sus hilos para sacarlo del penal.
Cuando le tomaron declaración acerca
de un homicidio, le preguntaron “¿Por que motivo lo mataste?”. El Canica respondió que se le hizo fácil

 

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Published on e-Stories.org on 02/22/2011.

 

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