Antonio J. Fernández Del Campo

El fantasma del espejo: La leyenda de Verónica


 

EL
FANTASMA DEL ESPEJO

Por
Antonio J. Fernández Del Campo

 


PARTE

 

 

            Pedro llevaba un año viviendo con su novia Belén y era
feliz, al margen de líos familiares y demás dificultades cotidianas. Se querían
mucho y Pedro nunca le había sido infiel ni siquiera en pensamientos. Al menos
hasta que conoció a Verónica, una chica que tomó café en la misma cafetería que
él y con la que coincidió el 21 de diciembre. Ella le pidió que le alcanzara
las servilletas y el se las acercó. Un acto normal y cotidiano con el que ambos
regalaron su mejor sonrisa. Sin embargo para Pedro, Verónica le dijo mucho más
que sonrisa. Por su expresión melancólica, entendió que estaba sola, que no
estaba bien y que necesitaba un amigo y un apoyo.

            Con el corazón abierto, Pedro le preguntó con naturalidad
si se encontraba bien y ella sonrió con cierta tristeza respondiendo que no. En
su trabajo le exigían demasiado y muchas de las cosas que le pedían no sabía
hacerlas y sus compañeras se burlaban, el jefe amenazaba con despedirla si no
espabilaba y vivía sola por que su novio la acababa de dejar, de modo que no
podía perder su trabajo.

            Pedro sintió que debía ayudarla y sin dudarlo le ofreció
comer juntos ese mismo día para que contara más sus problemas por si conseguía
hacerla sentir mejor. Ella aceptó y su sonrisa demostró que le hacía ilusión.
Verónica era muy bonita, delgadita y de estatura algo pequeña, su pelo era
castaño oscuro y liso y sus ojos azules. Su mirada despedía inocencia y
tristeza al mismo tiempo. Desde luego que se sintió atraído por ella pero en
ningún momento pensó en engañar a su novia. Su intención era buena y con idea
de animarla y, ¿por qué no?, hacerse amigos. Quedaron a las dos en el mismo
restaurante para comer juntos. Habló con Belén por teléfono y le contó lo que
había pasado y que sentía la necesidad de ayudar a esa chica. Belén le contestó
que tenía un enorme corazón y que por eso le amaba tanto. Él respondió que
también la amaba.

            La hora de comer llegó con mucha lentitud. Pedro se pasó
toda la mañana pensando en Verónica, en sus preciosos ojos y lo mucho que deseaba
que llegara la hora de la comida para poder hablar con ella y animarla. Se
preguntó por qué la dejaría el novio y cómo podía haber gente que después de
comprometerse a convivir juntos podía irse así, sin más.

            Cuando al fin la aguja de las horas aterrizó en las dos,
se disculpó ante sus amigos con los que solía comer y salió corriendo del
edificio, dispuesto a encontrarse con ella. Su corazón latía muy fuerte y
cuando vio a Verónica esperarle en la barra tomando un refresco se sintió diez
años más joven y como si estuviera en su primera cita.

            - Hola - la saludó.

            - Hola - dijo ella con timidez.

            - ¿He tardado mucho? Lo siento.

            - No importa, hoy salí antes.

            La mirada de ella era tierna y esperanzada. Pedro vio en
sus ojos que él le gustaba pero no le dio importancia a ese detalle dado que a
él también le gustaba ella y no significaba nada. Era una comida de amigos,
nada más.

            - De modo que hoy tienes un mal día - quiso restarle
importancia a sus problemas.

            - No es hoy, es todo el mes - dijo ella.

            - Las cosas buenas siempre se alternan con las malas.
Después de una mala racha siempre viene una buena - aleccionó él, sintiéndose
algo pedante.

            - Seguro que sí. Hoy te he conocido.

            - Oh, claro. Hoy empezó bien,
¿verdad?

            - Mi novio jamás me escuchaba.

            - ¿Por qué estabas con él entonces?

            - Era guapo, era muy cortés,...

            - Ah, ya, un guaperas... ¿Cuándo aprenderéis las mujeres
a no confiar en una cara bonita?

            - No era solo eso. También parecíamos entendernos. Sin
embargo se entendió mejor con una "amiga".

            Pedro asintió con la cabeza pero puso cara de
circunstancias. ¿Cómo se consuela a alguien a quién han engañado? Sobre todo
cuando él tenía la punzada de culpa porque creía estar traicionando a Belén en
su subsconciente. Aunque seguía siendo una simple
comida amistosa.

            - Tú me has escuchado sin conocerme de nada, eres un
encanto - dijo ella sonriendo.

            Pedro sintió que el estómago le burbujeaba y al mirarla a
los ojos se dio cuenta demasiado tarde. El tren empezaba la cuesta abajo y no
tenía frenos. ¿Se había enamorado a primera vista? No sabía cuándo había
pasado, pero ya era tarde.

            - Es lo menos que podía hacer,... tú también eres muy
encantadora.

            - Gracias - dijo ella -. Cuéntame algo de ti... ¿Tienes
novia?

            - Oh, yo,... bueno - Pedro supo
que si decía que sí volvería a hundirla (o ella perdería interés en él) así que
prefirió mentir, o mentirse a sí mismo, ya que la idea de tener una aventura
con ella le hacía hervir la sangre-. No, yo no tengo novia desde hace meses.
También corté, hubo cuernos.

            - ¿Los pusiste tú o ella?

            - Los puso ella... La sorprendí con un compañero de
trabajo, que supuestamente iban a reunirse y les vi
besándose.

            Si quería conectar con ella debía fingir que había pasado
lo mismo. Pero se sintió terriblemente mal por que eso ya era engañar
oficialmente a Belén. O al menos, intentarlo.

            - Oh, lo siento.

            Verónica le cogió la mano y su calor le impulsó el
corazón todavía más.

            - Sí, fue un duro golpe - continuó mintiendo.

            Llegó el camarero y pidieron cada uno su comida. Durante
un rato no dijeron nada, se miraron y sonrieron pero ninguno se atrevió a
romper el silencio.

            Al terminar salieron del restaurante y cuando se iban a
despedir ella le besó en la mejilla.

            - Me ha encantado conocerte - dijo ella -. ¿Me das tu
teléfono para que pueda volver a hablar contigo si me siento mal?

            - Claro, apunta: 555 56 82 37

            - El mío es: 555 98 15 15

            Ambos apuntaron sus teléfonos. Ella incluso le tomó una
foto para asociarlo a su número y entre risas llegó la hora de despedirse.

            - Hasta mañana, a la hora del café - dijo ella.

            - Hasta mañana, Verónica - dijo él, aún bajo los efectos
de la droga de su mirada y el tierno tono de su voz.

            En cuanto se despidieron subió a su oficina y mientras
estaba en el ascensor sonó su teléfono móvil. Era Belén. Tragó saliva y trató
de olvidarse de lo que sentía en su interior.

            - ¿Qué tal comiste, amor? - dijo ella -. ¿Pudiste ayudar
a esa pobre chica?

            - Oh, sí. Es muy maja,
estuvimos hablando de nuestras historias amorosas y parecía mucho más animada
cuando nos despedimos. Puede que mañana volvamos a vernos.

            - ¿Mañana? - Belén ya no parecía tan comprensiva.

            - Sí, nos hemos hecho buenos amigos.

            - Ah, claro... Bueno, espero que se recupere de su
trauma.  

            - Eso espero yo también.

            - Te dejo amorcito - Belén no estaba bien, lo notó en su
voz -... tengo cosas que hacer.

            - ¿Qué te pasa cielo? - dijo Pedro, preocupado.

            - Nada, nada, es solo que... no me gusta que veas más a
esa chica.

            - No me importa nada, solo era por ayudarla, solo quiero
ser su amigo.

            - Lo sé, lo sé,... es solo que... tengo una corazonada.
No deberías volver a verla.

            - Amorcito, solo tengo ojos para ti - a medida que
escuchaba la voz de Belén su corazón volvía más a la normalidad y se olvidaba
de Verónica.

            - ¿De verdad? - preguntó Belén, con timidez.

            - Te lo prometo.

            - Esta bien, pero ahora sí te dejo que tengo cosas que
hacer. Besitos, mua, mua.

            - Te quiero, Belén - respondió él antes de colgar.

            "Te quiero Belén", claro que la amaba.
¿Qué había estado haciendo con esa desconocida? ¿Se había vuelto loco? No era
nada fácil, por no decir que era un milagro, encontrar a alguien con quien se
entendiera tan bien, se llevara tan bien y que le gustara tanto como Belén. Era
lo mejor que le había pasado en la vida. ¿Quería jugarse su felicidad por un
amor fugaz que podía durar dos días?

            "No puedo bajar mañana a la misma hora a tomar
café" - decidió.

 

 

            Y así lo hizo. El día entero lo pasó pensando en Verónica
que quizás le estaba esperando también para ir a comer. Llegaron las dos y
tampoco bajó. Pensó que lo mejor era dar el tema por olvidado así ella pensaría
que no le gustó y solo fue una comida con alguien que se preocupaba por que
estuviera bien, nada más. Si más intención. Pensó que si alguien la veía triste
haría lo mismo que él, la ayudaría, la escucharía y ella se olvidaría de él.

            Llegó a su casa por la noche y estaba Belén allí,
preparando la cena. La besó y se fue al baño a darse una ducha. El agua parecía
ir quitándole el peso de la culpa por haber dejado tirada a Verónica.

            Entonces sonó su teléfono móvil. La voz de Belén
contestó. Su corazón se detuvo, ella contestaba con monosílabos y una vez le
pareció escuchar que decía "está en la ducha, luego te llama él".
Se despidió con educación y colgó.

            Se terminó de duchar sintiendo todo su cuerpo frío, por
miedo a que fuera Verónica quien le había llamado. Se secó corriendo y se peinó
con la mano por no perder el tiempo.

            - Te llamó esa chica - le dijo Belén, con naturalidad.

            - ¿Qué dijo? - preguntó él, nervioso.

            - Me preguntó si era tu novia y le dije que sí. Me dijo
que si podías llamarla en cuanto salieras, que tenía cosas que contarte y le
dije que sí, que en cuanto salieras la llamarías.

            - Oh - dijo Pedro, asintiendo
preocupado.

            - ¿Fuiste hoy a verla?

            - Puede que sea eso, no pude bajar porque estaba muy
liado. Quizás quiera saber por qué no bajé... Qué sé yo.

            - Bueno, pues intenta decirle que tenías un incendio que
apagar porque parecía estar a punto de llorar. Sé que eres sensible, trátala
con delicadeza.

            - Lo haré.

            Agarró el teléfono y con Belén allí al lado la llamó.

            - ¿Hola? Verónica.

            - Hola Pedro - dijo ella con voz entrecortada. Sin duda
estaba llorando.

            - ¿Qué te ocurre?

            - No podía dejar de pensar en ti. No viniste hoy a tomar
café ni a comer. Creí... creí que te gustaba.

            - Escucha, Verónica... - Belén había escuchado todo
porque tenía la oreja pegada a su teléfono-. No pude bajar porque tenía cosas
muy urgentes en el trabajo. Lo siento mucho, de verdad. ¿Estás bien?

            - ¿No sentiste lo mismo? - insistió ella, decepcionada -.
¿No me echaste de menos? ¿no pensaste en mí?

            Pedro miró a Belén sintiéndose terriblemente culpable. La
cara de Belén era de sorpresa e incredulidad. Lo cierto es que ese día había
sido una tortura para él por no bajar y por miedo a hacerle daño a Verónica. Se
sintió culpable porque de repente sus temores se confirmaban, ella le había
esperado con desesperación y las heridas de su corazón estaban todavía peor por
su culpa cuando él siempre quiso ayudarla. Belén le miró con reproche y él
trató de aclararlo todo con esperanzas de que la verdad pudiera curar las
heridas que había causado.

            - Escucha, Verónica. Tengo novia, ayer no te lo dije
porque sentí que te haría más daño que alguien feliz intentara consolarte
habiendo pasado tú por lo que has pasado. Lo siento, no... te
conozco como para sentir algo por ti tan pronto. Si quieres podemos vernos como
amigos, pero amo a mi novia, la quiero con todo mi corazón y eso no va a
cambiar.

            - Está bien, lo siento, lo siento, lo siento - dijo ella
y colgó.

            - Hijo mío - dijo Belén -. Te dije que fueras delicado y
le has destrozado el corazón.

            - Lo... siento - dijo él, sintiendo que no solo había
destrozado el corazón a Verónica sino a sí mismo.

            - Al menos no tendrás que volver a verla - dijo Belén,
algo menos molesta.

            - Sí, menos mal - dijo él.

            Pedro miró a su novia mucho más tranquilo. Belén seguía
confiando en él. Pero, ¿por qué no iba a hacerlo? No había hecho nada. Ojala
pudiera hacer algo para hacer feliz a Verónica pero eso destrozaría su vida y
era demasiado feliz para querer que eso cambiara. Sin embargo él no estaba
bien. Había hecho mucho daño a alguien que ya tenía el corazón herido. Se
sentía como si hubiera rematado a Verónica después de la jugarreta de su novio.
Temió por ella y sabía que si le pasaba algo sería muy difícil para él
perdonárselo. Sin embargo ante Belén debía demostrar indiferencia, nunca debía
enterarse de que Verónica había sido tan importante para él.

 

 

            Varios días después, tras un día de
navidad en familia, en casa de los padres de Belén, Pedro no había conseguido
sacarse de la cabeza a Verónica. Cada hora que pasaba más culpable se sentía.
Había seleccionado varias veces su teléfono entre sus contactos del móvil y
nunca se había atrevido a marcarlo porque no sabía qué decirle. Siempre lo
buscaba con la determinación de borrarlo pero luego se veía tentado de llamarla
para preguntar cómo estaba y finalmente apagaba el móvil desesperado por no
saber qué hacer. Esos días, antes de navidad, había bajado a tomar café a la
hora que la encontró pero ella no aparecía. Quería hablar con ella pero de
forma casual, explicarle que en realidad era una chica maravillosa y que si no
tuviera novia todo habría sido distinto, tratar de explicarle que le gustaba
mucho pero que no quería estropear la relación con Belén. Quería ofrecerle todo
su corazón, pero lo tenía ocupado. Entendió el motivo por el que muchos hombres
engañan a sus mujeres y era porque simplemente amaban a dos mujeres. Era tan
fácil mentir e intentar llevar una aventura paralelamente a su noviazgo… Pero,
si lo hacía, sabía que los tres terminarían heridos.

            Pedro cogió un periódico en el
metro, cuando iba a trabajar por la mañana y después de leer deportes y
noticias de escaso interés llegó a una página donde vio una foto conocida al
pie de un artículo muy corto.

 

Sucesos, Madrid 26 de diciembre

 

         Ayer a media
noche una joven de veintiún años se suicidó en su domicilio. Según los que
escucharon el grito, golpeó tres veces el espejo de su cuarto de baño y lo
rompió en mil pedazos mientras lloraba desesperada. Luego agarró un trozo del
espejo y se cortó las venas. Con su sangre escribió en la pared un mensaje que
los forenses nos han facilitado:

Me llamo Verónica y no quiero vivir
más.

 

            Para Pedro eso fue como un balazo en
su costado. En el periódico venía su foto, ya cadáver, con su piel blanca y el
contorno de sus ojos en tono oscuro. Aún le parecía tremendamente bonita y
creyó que con su muerte había muerto parte de él. Sintió que su alma se partía
porque él le había dado el empujón definitivo para que se suicidara y se sintió
tan mal que ni Belén podría consolarlo.

            Al volver a casa se encerró en el baño
y se puso a llorar. Miró al espejo y se vio reflejado, llorando y con la cara
roja. Recordó el apunte del periódico, que ella había golpeado tres veces el
espejo y luego se suicidó con un cristal. Miró al espejo mientras sus ojos se
llenaban de lágrimas.

            - Verónica, Verónica, Verónica…
Perdóname.

            Al levantar la mirada vio que ella
estaba tras él, reflejada en el espejo. Su cara era la misma que vio en el
periódico, blanquecina y con ojos ennegrecidos. Su mirada no era la que él
recordaba, ahora estaba cargada de odio. Se asustó y se dio la vuelta para ver
si estaba allí pero no la vio. Su corazón se había acelerado tanto que parecía
querer saltar de su pecho. Entonces el espejo se rompió en pedazos y uno de los
trozos se le clavó en el cuello. Belén golpeó la puerta del baño varias veces
con fuerza, le pidió que le abriera inmediatamente, con desesperación. Pero
Pedro solo fue capaz de decir una última cosa antes de morir.

 

            - Lo siento…

           

 

 

 

2ª  PARTE

 

 

            Pedro despertó de su pesadilla empapado en sudores fríos.
Belén seguía durmiendo a su lado. Verónica muerta, él muerto… No podía permitir
que eso pasara aunque temía que sucedería si no le ponía remedio.

            Esa mañana Pedro se sentía mucho peor. Necesitaba hablar
con Verónica antes de navidad, antes de que su sueño se cumpliera. Decidido
marcó el número de Verónica desde el trabajo, asegurándose de que nadie más le
escuchara y esperó impaciente.

            - ¿Diga? -reconoció su triste voz.

            Pedro no sabía qué decir, se regañó a sí mismo,
mentalmente, por no haberlo pensado antes y colgó. Se puso tan nervioso que
apretó los puños con fuerza repitiéndose con los ojos cerrados que era un
idiota.     

            Entonces su móvil sonó. Era ella que obviamente sabía que
le había llamado él. Seguramente hasta salió su foto en su móvil por que se la
había tomado ayer.

            - Sí - dijo Pedro.

            - ¿Pedro? -escuchó su tímida voz.

            - Lo siento Verónica, tenías razón palabra por palabra.
Lo que siento por ti es más fuerte que cualquier pensamiento racional. No te
quiero engañar, también amo a mi novia, sigo amándola con todo mi corazón, pero
tú eres tan especial... ha sido un flechazo. No sabía que se pudiera querer
tanto a dos personas.

            - Oh, vaya... apenas nos
conocemos y ya ¿hablas de amar?

            Pedro se quedó en silencio, confuso.

            - Es una broma tonto, eso fue lo que me dijiste ayer, ¿te
acuerdas? -dijo ella-. Creo que podemos volver a quedar, si te parece, y
comemos juntos para hablar todo esto.

            - Me parece genial -dijo él.

            - No tengas miedo, si quieres respetar a tu novia, la voy
a respetar yo también.

            - Gracias -respondió él.

            Aunque se despidieron como amigos y quedaron para comer
Pedro volvió a sentir ese aguijoneo de culpabilidad. No debía verla más, de
hecho esta vez no le diría nada a Belén para que no se pusiera celosa. ¿Por qué
necesitaba contarle con quién iba a comer?, ¿desde cuando le contaba con qué
amigos comía? Eso era algo sin importancia.

            Pero la tenía y él lo sabía. Esa comida podía ser un
punto de inflexión en su vida y tenía el presentimiento que el cambio no sería
bueno en absoluto. Se avecinaba un desastre, a menos que supiera como ponerle
remedio. Los tríos amorosos siempre acaban mal. Los tres acabarían dolidos.

            Cuando llegó la hora de la comida se dio cuenta de que el
trabajo lo había absorbido por completo. Se concentró tanto que la hora llegó
sin darse cuenta y al descubrir que ya salía un minuto tarde cogió su abrigo y
salió corriendo sin decir a nadie que se iba.

            Verónica le esperaba en el restaurante. Llevaba una
minifalda negra con medias oscuras y tupidas. Se había maquillado realmente
natural, con los labios color rosa brillante y coloretes sencillos y polvos
azulados en los ojos. Estaba realmente espectacular, no recordaba haber visto
nunca a una chica tan guapa en su vida.

            - Hola -dijo Pedro-. Hoy estás increíblemente guapa.

            - Oh, es viernes. Por la tarde
voy a una fiesta con unas amigas y tenía que ir vestida para la ocasión...
gracias por el cumplido.

            - Veo que estás más animada.

            - Bueno, alguien me llamó esta mañana y me dijo que me
quería -dijo ella, sonriente.

            - Chica, no entiendo cómo no te suena el teléfono a todas
horas con gente diciéndote que te adora. Eres preciosa.

            - Déjate ya de cumplidos, lo único que ha cambiado es que
ahora soy feliz. El otro día iba casi igual, solo que sin la minifalda.

            - ¿Eres feliz? -dijo Pedro-. ¿Por mí?

            - Ajá -movió la cabeza en gesto afirmativo, moviendo
graciosamente su flequillo oscuro y sus pendientes de aros grandes.

            - Pero no podemos ...

            - Lo sé -dijo ella con aire melancólico-. Pero que
alguien como tú, que ama tanto a su novia, se sienta tan atraído por mí es el
halago más grande que había escuchado nunca. Eres un cielo, Pedro. Últimamente
me sentía como una escoria que todo el mundo evitaba. Es horrible que cuando
estás tan triste y abatida todos huyen como si tuvieras la peste pero cuando
eres feliz todos quieren invitarte y estar contigo. Solo los verdaderos amigos
se quedan para todo, pero a veces te pones a contarles tus penas y ni te
escuchan.

            - Es cierto, la gente se arrima a los que pueden aportar
alegría. A los tristes nadie les hace caso.

            - Bueno, tú sí me hiciste caso.

            - En realidad -dijo Pedro-, fuiste tú la que me llamó la
atención al pedirme las servilletas. Antes de eso ni siquiera sabía que estabas
ahí.          

            - Llevamos tomando café juntos
durante meses y ¿nunca me habías visto hasta ese día?

            - ¿Meses? -Pedro no podía creerlo.

            - Ajá -asintió ella.

            - Lo siento, pero no. Supongo que no miro mucho a mi alrededor.

            - Durante meses te he observado y sé que no fumas, que
siempre bajas solo a tomar café y no lo pasas muy bien cuando comes con tus
compañeros de trabajo. Pones una curiosa cara de aburrimiento que me hace
gracia. Cuando estos se ponen a fumar en la puerta de la oficina tú te
escabulles y subes porque no soportas el olor a tabaco.

            - Bueno, es que son unos pesados, siempre hablan de
política. Critican a los que no tienen sus ideas, metiéndose con la iglesia,
con los jugadores del Real Madrid y demás fijaciones que tienen. Ni que el Papa
les cobrara impuestos por escucharle. Cada vez que abre a boca ya están ellos
criticándole y hablando de los Borgia. Si Florentino Pérez abre la boca ya
están fastidiando y diciendo que es un derrochador y se cree que con la
publicidad se ganan partidos...

            - ¿Eres católico? -preguntó ella con curiosidad.

            - Ellos también lo son, aunque renieguen de ello.

            - ¿Vas a misa y todo eso?

            - No, no... bueno, más que
católico soy cristiano. Estoy más con el evangelio y la Biblia que con las
autoridades eclesiásticas, pero bueno, me parece que el Papa lo está haciendo
bien criticando el aborto, las guerras, la pena de muerte...

            - Bastaba con decir no -interrumpió ella.

            - Bueno, si y no.

            - No quiero hablar de religión. Solo es para conocerte
mejor. Yo también creo en Dios pero no rezo salvo cuando estoy en un apuro.
Siento que no le interesan los problemas de alguien como yo. Tiene problemas
más importantes que resolver.

            - Yo creo que siempre tiene tiempo para ayudarnos -añadió
Pedro-. Lo más asombroso de él es que no solo habla a los curas y a la gente
que enseña sobre él. Si le hablas, él te responde. Si buscas su ayuda, siempre
te la da.

            - Oh, bueno. Eso es muy
interesante pero esto empieza a parecer una charla con un testigo de Jehová.

            Pedro se rascó la cabeza, avergonzado.

            - Lo siento, si quieres habla de eso -se disculpó ella.

            - No, no... a veces me enrollo
más de la cuenta. Mi novia siempre me bromea con eso.

            - Es gracioso que lo hagas - dijo ella, sonriente.

            - Me alegro de que lo veas así. ¿Nos sentamos? Tengo un
hambre canina.

            Verónica dejó que Pedro le abriera la puerta y susurró un
sensual "gracias" cuando la dejó entrar. Al menos cualquier palabra
que saliera de su boca le parecía sensual a Pedro. Era tan bonita con su
sonrisa sincera y esos ojos azules cobalto que tenía, que sentía que el tiempo
se le estaba escapando de las manos y quería ralentizarlo para no tener que
despedirse de ella.

            Cuando se sentaron a la mesa sonó un teléfono móvil. El
de Pedro. El clásico sonido de una canción romántica que delataba la llamada de
su novia, Belén. Normalmente se alegraba de escuchar su llamada pero en esa
ocasión fue como si sonara el despertador y tuviera que despertarse para ir a
trabajar, cortando de cuajo un hermoso sueño paradisíaco.

            - ¿No vas a cogerlo?

            - No le dije que vendría a comer contigo.

            - Eso complica las cosas -dijo Verónica, seria-. ¿No
tendrás intención de aprovechare de mí?

            Pedro miró el teléfono con seriedad. No podía cogerlo,
tendría que mentirla y eso se lo notaría ella en cuanto abriera la boca. Se
arrepintió de no haberle contado que iría a comer con Verónica. Pero, ¿cómo iba
a decirle que necesitaba volver a verla para aclarar las cosas?

            - Ponlo en silencio y déjalo estar. Luego le dices
cualquier cosa -aconsejó ella-. Eso me hacía el capullo de mi novio cuando yo
le llamaba. Aunque sospeché algo, nunca pensé que me estaba engañando y tú,
técnicamente no estás engañando a nadie.

            - Tienes razón -aceptó Pedro. Puso el teléfono en
silencio y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta.

            El camarero se acercó a ellos y pidieron dos platos del
menú del día. Ella pidió ensalada con bistec de ternera y él unos espaguetis a
la boloñesa con pollo asado con patatas. Para beber ella sugirió un vinito y él
aceptó.

            - Nunca tomo alcohol -reconoció Pedro-. Pero haré una
excepción.

            - No bebes alcohol, no fumas, no sales de juerga con tus
amigotes... menuda joya de chico tengo delante.¿Alguna
vez te has drogado?

            - No, tampoco he probado la droga ni en la mili ni en la
universidad.

            - Fascinante -dijo ella-. Al menos deduzco que no eres
virgen.

            - Deduces bien.

            - No hay que ser una lumbreras para saberlo, ¿no?

            - Como te dije, nos va muy bien a Belén y a mí.

            Dicho eso la conversación se congeló. El camarero trajo
los primeros platos y se pusieron a comer. Pedro se manchó todos los labios con
el tomate de los espaguetis y se limpiaba cada vez que comía. Ella comió la
lechuga de la ensalada y dejó los tomates y cebolla.

            - Quizás sea un error que nos veamos -dijo él, cuando
terminó.

            - Es un error -apoyó ella.

            - ¿Entonces crees que no deberíamos vernos más? -la voz
de Pedro encerraba miedo.

            - Definitivamente no "deberíamos" vernos más.

            Pedro asintió con tristeza sin advertir el énfasis que
ella le había dado a la palabra "deberíamos".

            - Mi madre siempre me decía que no siempre hago lo que
debo -añadió ella-. ¿Tú sí?

            - Si te sigo viendo,... sería increíble. Pero aunque no
estemos haciendo nada malo ahora, sé que terminaríamos haciéndolo y ahora es
cuando estamos decidiendo si seguir adelante. En cierto modo cuando alguien
planea clavarte un cuchillo por la espalda sigue siendo tan malo como cuando lo
está haciendo, ¿no crees? Al menos yo así lo siento.

            - Quieres dejar de verme, ¿no es así? -dedujo Verónica
volviendo a mostrar tristeza.

            - No. Quiero verte, quiero darnos una oportunidad. Creo
que tenemos una conexión especial tú y yo y sé que si no te veo me moriré por
dentro. Quiero estar contigo, quiero todo contigo... La cuestión es que no
debo.

            - Estoy dispuesta a aceptar lo que tú digas -dijo ella-.
Siento por ti lo mismo, y si hubiera estado con mi ex ahora, estoy segura de
que no cambiaría nada lo que siento por ti. Normalmente conoces a un chico y es
un desconocido que te va resultando simpático a medida que lo conoces. Luego le
coges confianza y si te gusta sales con él. Contigo ha sido como si todo eso
hubiera llegado de golpe.

            - Como si nos conociéramos desde que nos cruzamos la
primera palabra -añadió Pedro.

            Ella suspiró y se sujetó la mejilla con la mano. No
hicieron falta más palabras. Las manos de Pedro y Verónica se unieron y ambos
se dejaron embriagar por el calor de sus dedos jugueteando entre ellos.

            - Lo que no disculpa el hecho de que cuando te digo que
te quiero estoy traicionando a otra persona que también quiero. Ojala pudiera
cortar con ella pero no puedo, la quiero, tenemos demasiados recuerdos juntos,
tantos planes... ¿no podíamos mudarnos a Arabia donde los hombres pueden
casarse con dos mujeres?

            - Si fuera el caso -añadió Verónica-. Yo seguiría con mi
ex y puede que contigo. Aunque también puede que nunca nos hubiéramos conocido.

            - Ojala todo fuera más fácil -terminó diciendo Pedro.

            El camarero retiró los platos y Verónica dijo un tímido
"gracias".

            - Podemos intentar dejar de vernos -dijo Pedro-. Ver a
otras personas, volver a nuestras vidas... Si necesitas algo me llamas.
Procuraré llevar el teléfono hasta en la ducha...

            - No, no, Pedro -dijo ella-. Si no nos vamos a ver, no
puede haber llamadas.

            - Claro, claro...

            El camarero trajo el segundo plato y ambos comieron sin
decir nada más. El pecho de Pedro bullía con un fuego como no había sentido
nunca. Era una mezcla de miedo de perder de vista a Verónica y no volver a
verla más y miedo a que Belén se enterara de esa cita y de esa conversación.
Miedo a perderlo todo y desearlo todo sabiendo que era imposible e insostenible
esa situación.

            Cuando terminaron les trajeron el postre y ninguno de los
dos abrió la boca. A pesar del silencio no había tirantez entre ellos. Verónica
era la única persona con la que podía estar en silencio sin que pudiera decir
que había un "incómodo" silencio. Estar con ella era agradable aunque
solo la viera comer. Eso hacía más difícil la decisión de dejar de verla.

            Terminaron el postre y se levantaron.

            - Supongo que esto es un adiós -dijo ella, apenada.

            - Supongo... Pero si crees que necesitas volver a verme,
llámame. Por favor...

            En esas palabras Pedro le quiso decir "por favor no
hagas ninguna tontería, antes llámame que lo dejaré todo por ti". Pero no
se atrevió a decirlo porque creyó que ella lo entendía.

            - Lo haré. Lo mismo me te digo.

            - No te preocupes... -dijo él.

            Pedro quería decirle que seguramente no soportaría dos
días sin llamarla pero se mordió la lengua, consciente de que cuando estaba con
Belén sus sentimientos por Verónica se diluían un poco. Sabía que podía olvidar
a Verónica si dejaba de pensar en ella dos semanas. Lo realmente difícil era
dejar de pensar en ella ni siquiera un minuto.

            - Adiós, entonces - susurró ella.

            - Adiós...

 

 

            El día de navidad Pedro lo pasó Belén con sus padres, sus
hermanos y a pesar de que lo tenía todo y era la segunda navidad que estaba con
Belén, Pedro era completamente infeliz. Todos le notaron esa melancolía,
especialmente Belén que ahora ya no le preguntaba qué le pasaba porque nunca
contestaba.

            De camino a su casa Belén le habló mientras iban en el
coche.

            - ¿Que diablos te pasa? -le dijo enojada-. Y no me digas
que nada, porque llevas unos días que casi ni comes, ni me hablas, ni me coges
el teléfono en el trabajo.

            - Tenemos mucho trabajo, eso es todo -Pedro le dijo la
única verdad que podía contarle.

            - Yo también y no estoy como un alma en pena -insistió
Belén-. Háblame, Pedro. Siempre me lo has contado todo pero ahora estás ocultándome
algo, no noto. ¿Qué pasa? ¿Es que quieres dejarme? Si lo vas a hacer...

            - ¡No, no, no! -replicó Pedro con demasiado énfasis -.
¿Cómo voy a querer dejarte?

            - Pues cuéntame lo que te pasa.

            Pedro apretó el volante con fuerza. En su interior quería
contarle todo lo que había pasado, que Verónica estaba metida en su cabeza
continuamente y no podía sacarla... que no podía ni quería. Le echaba tanto de
menos que no se sentía a gusto en ninguna parte. Habían conseguido estar sin
verse tres días y le parecían una eternidad.

Si le contaba eso a
Belén, sería ella quien terminaría con él. Le destrozaría la navidad para toda
la vida y a pesar de sus sentimientos tan fuertes por Verónica, aún amaba a
Belén. No quería hacerle ningún daño.

            Pero lo cierto es que ya se lo estaba haciendo con su
silencio.

            - Belén -comenzó Pedro-. Te quiero... ¿no te basta con
saber eso?

            - Oh, vaya. Te lo agradezco. Lo
dices como si me estuvieras haciendo un favor.

            - Escúchame -dijo Pedro-. Lo que ocurre no te lo puedo
contar por ahora, es algo que se solucionará por sí solo con el tiempo. Después
te lo contaré, ¿te parece?

            - ¿Por qué no me lo cuentas ahora y así sufrimos los dos?

            - No podrías entenderlo.

            - Lo intentaré, no soy tonta.

            - Ya lo sé, por eso no lo entenderías -Pedro se mordió la
lengua.

            -
¿Hay otra? Ya sé que hay otra, pero no voy a ponértelo fácil. Dímelo tú.

            Que lo supiera no era un alivio para él. Solo le obligaba
a sincerarse antes de que ella pensara cosas que no habían pasado.

            - En realidad no hay nadie... Pero volví a ver a
Verónica.

            - ¿A quién? -ella frunció el ceño.

            - A la chica que llamó por teléfono.

            Belén se puso blanca. De repente lo entendió todo.

            - No pienses lo que no es -se intentó adelantar Pedro a
sus deducciones-. No soportaba la idea de haberla dejado destrozada. Creía que
había hecho leña del árbol caído y que en lugar de ayudarla le había pisoteado
los sentimientos. Ojala supiera cómo hacerla feliz.

            - ¿Me has engañado? - dijo Belén con la voz entrecortada.

            - Bueno, te mentí, te dije que no la había vuelto a ver y
en realidad la vi una sola vez más.

            Belén dejó de mirarle y las lágrimas corrieron por sus
mejillas.

            - Solo quise decirle lo maravillosa que era y que aun
amándote tanto a ti, había conseguido que sintiera algo irracional por ella.
Era para animarla, al principio, pero luego me di cuenta de que... me hubiera
gustado... que hubiera dado todo por ella si no estuviera contigo. Entre los
dos decidimos dejar de vernos y tratar de olvidarnos el uno del otro. No nos
hemos vuelto a ver.

            - Pero la tienes metida en la cabeza todo el día -dijo
Belén, sin dejar de llorar-. Lo veo en tus ojos, siempre estás pensando en
ella. Y lo peor es que sé que luchas contra tu corazón y tratas de olvidarla.

            - Te amo, Belén. Eso es lo único que debes tener en
cuenta. Conseguiré quitármela de la cabeza, te lo prometo.

            - No te creo. Da la vuelta.

            - ¿Qué? -Pedro no podía creer lo que había oído.

            - He dicho que des la vuelta y me lleves a casa de mis
padres. Me quedaré allí hasta que decidas a quién echas más de menos. A mí o a
ella. No quiero pasar contigo ni un minuto más si no estás totalmente conmigo.

            Pedro sintió ganas de llorar. Ahora sí que la había
fastidiado, sabía que no debía contárselo, pero con Belén era imposible guardar
secretos. Con las manos temblorosas buscó una salida que le permitiera dar la
vuelta y sintiendo que su corazón se desgarraba. Quería convencer a Belén de
que volvieran a casa pero no sabia con qué argumentos la convencería.

            - Allí puedes dar la vuelta.

            - Mujer, esto es una estupidez, tus padres se van a
enterar de todo.

            - Ellos ya lo sabían, les dije que sabía que me estabas
engañando.

            - Eso no es cierto.

            - ¡¿No me mentiste?!

            - Bueno sí, pero eso no es engañar -se defendió Pedro.

            - Viste a otra mujer y si al menos me hubieras dicho que
fue por debilidad, o por un revolcón, al menos tendría un pase. Pero me estás
diciendo que estás enamorado de ella hasta las cejas y eso es mucho peor que
engañarme. Quiero ir a casa de mis padres ahora mismo. ¡Da la vuelta ya!

            En su furia, Belén giró bruscamente del volante cuando
pasaban por la salida y el coche viró tan fuerte que Pedro perdió el control y
el coche comenzó a dar vueltas de campana sobre el asfalto hasta estrellarse
contra un quita miedos. No quedó un hierro en su sitio
del coche. No saltó el airbag de ninguno de los dos y los cristales les
destrozaron la cara y les hizo cortes por todo el cuerpo.

            Cuando la ambulancia llegó estaban los dos muertos,
desangrados.

 

 

3ª PARTE

 

           

            Dos días después Verónica intentó llamar a Pedro. No
había logrado olvidarlo y sentía que sin él su vida carecía de sentido. Se
había tomado medicación contra la depresión pero no servía de nada. Necesitaba
verlo aunque fuera una vez más. El teléfono le respondía que el número marcado
estaba desconectado o fuera de cobertura y lo siguió intentando todo el día.
Finalmente decidió dejarlo y probar al día siguiente, posiblemente Pedro se
había quedado sin batería.

            El día siguiente tuvo el mismo resultado desde primera
hora de la mañana. Decidió que si no le cogía el teléfono podría verlo en la
cafetería en la que solía vero. Había dejado de ir allí porque habían decidido
dejar de verse y no le pareció correcto frecuentar los mismos sitios. Pero él
debía seguir bajando. Entonces vio que sus compañeros bajaban sin él y se
preocupó. ¿Por qué no bajaba con ellos?

            Se acercó a uno de ellos y le tocó en el hombro.

            - Disculpe, Pedro no baja hoy a tomar café. Es amigo mío
y... esperaba verlo con vosotros.

            El chico, que debía tener poco más de veinte años, la
miró con tristeza indescriptible. Miró a los otros y estos agacharon la cabeza.

            - ¿No ha venido a trabajar hoy? ¿No ha querido tomar
café?

            - Pedro no ha venido hoy -dijo el chico.

            - Murió en un accidente de tráfico hace dos días -dijo
otro-. Se mataron él y su novia.

            Verónica parpadeó varias veces antes de desmayarse.

 

 

 

            Después de aquel día Verónica no perdió nunca la mirada
triste y nostálgica. No dejó de pensar en Pedro ni un instante y la inseguridad
de no saber si al morir seguía amándola era más dolorosa que pensar que nunca
la había querido. En su desesperación buscó ayuda en psiquiatras pero éstos
solo la drogaban. Estas drogas no servían de nada porque aunque hacían que todo
le importara menos, seguía con el dolor incrustado en el pecho.

            Con la duda permanente de si Pedro aún la amaba cuando
murió decidió un día visitar a una médium. Una amiga del trabajo le había dado
su teléfono y le aseguró que había sabido leer su mano y ver su futuro. Decidió
que si alguien podía hablar con los muertos sería ella.

            Quedó con ella para una sesión de espiritismo y se
presentó allí una hora antes de la cita.

            - Necesito hacerlo cuanto antes - le dijo ella a modo de
saludo.     

            - Pues espérese ahí fuera, estoy con otro cliente.

            La médium cerró la puerta y Verónica se quedó sola en el
descansillo de la escalera. La médium había previsto esas esperas ya que había
una banqueta junto a su puerta por si alguien, como ella, tenía que esperar.

            En su espera llegó una mujer obesa de raza negra y se
sentó a su lado. Venía bailando y escuchando música africana en los cascos.
Seguramente no hablaba ni castellano así que Verónica desechó toda conversación
con ella.

            - ¿Se está retrasando?

            - ¿Disculpe? -dijo Verónica.

            - Digo que si se está retrasando. En el folleto dice que
si se retrasa no cobra, ¿entiendes? ni se te ocurra pagarle.

            - No, no se ha retrasado. Yo tengo hora a las siete.

            - ¿A las siete? -se escandalizó la mujer-. Yo tengo cita pa las seis y cuarto y casi llego tarde.

            Dicho eso se abrió la puerta y salió una mujer mayor,
sonriente y dándole las gracias a la médium repetidas veces.

            - Siguiente -dijo la gitana.

            Verónica se fijó que vestía como las clásicas gitanas de
cuento. Con su pañuelo de colores en el pelo, pendientes con forma de aro de
cebolla de color rojo, maquillada exageradamente con las líneas de los ojos tan
marcadas que parecía una máscara, su vestido era parecido al de una bailarina
de sevillanas y llevaba unos zapatos rojos de charol con talón altísimo y punta
picuda. Era de unos cincuenta años y su mirada daba miedo. Parecía que podía
leer los secretos más ocultos de su corazón.

            La mujer que acababa de llegar se levantó y le guiñó el
ojo a Verónica.

            - Te lo dije guapa. Esta mujer es más puntual que el reló de la Puerta del Só.

            Verónica sonrió y se quedó sentada, reconoció su acento
colombiano en seguida y se sintió ridícula esperando ahí como una
supersticiosa. ¿Desde cuando creía en fantasmas? No creía en ellos, pero quería
creer que Pedro sí vendría porque tenía que contarle qué le había pasado y si
seguía amándola o no. Al margen de las supercherías que creyera la gente, ella
quería creer en eso.

            El tiempo pasó muy despacio y pronto llegó otra mujer.
Esta vez otra gitana con aspecto de enferma y débil. Esta no le dirigió la
palabra antes de entrar a las seis y media. Así estuvo hasta que el reloj marcó
las siete. Puntualmente la puerta de la gitana se abrió y repitió
"siguiente" con desgana.

            Verónica se puso en pie y entró en la sala donde la
médium recibía las visitas.

            - Siéntate, princesa.

            - Gracias -dijo ella, sonrojada por el cumplido.

            Obedeció y ocupó la silla que estaba frente a la bola de
cristal.

            - ¿Qué te trae por aquí?

            - Verá, quiero que invoque a un fantasma.

            - ¿No vas a contarme tu historia o la historia del
fantasma? Tenemos tiempo, no hay más clientes después de ti.

            - Bueno, es un... amigo que murió hace unos meses en un
accedente de tráfico con su novia. Tengo cosas que preguntarle. ¿Usted sabe
invocar a los fantasmas?

            - Claro que sé -dijo la gitana con tono aburrido-. ¿Cómo
se llamaba?

            - Pedro, no me sé sus apellidos.

            La gitana soltó una carcajada.

            - ¿Te imaginas la cantidad de pedros
que acudirían si digo "Oh, yo te invoco, Pedro nomesé Susapellidos?"

            - Lo siento, no le conocí mucho tiempo.

            - ¿Era tu amante?

            - No...

            - ¿No era tu amante, tenía novia y tú quieres hablar con
él, tan impaciente que llegaste una hora antes hasta que llegó tu turno?

            - Verá, es que tengo que preguntarle una cosa importante.

            - ¿Tenía una cuenta bancaria y quieres su código secreto?
Te lo digo porque esas cosas no funcionan, los muertos no recuerdan
combinaciones, ni dicen números de lotería que van a tocar. Si fuera así no
perdería el tiempo con vosotros aquí y sería millonaria.

            - No es nada de eso -dijo Verónica enojada-. Necesito
saber qué le pasó, por qué tuvieron el accidente y si yo tuve la culpa. Si me
sigue amando... si me seguía amando, mejor dicho -las últimas frases las dijo
con apenas un hilo de voz. Apenas podía hablar porque había vuelto a llorar. En
realidad lo hacía a cada rato cuando estaba sola pero eso la gitana no lo sabía
y la miró con compasión.

            - Cariño, no te preocupes. Este tipo de casos son mi
especialidad.

            - ¿En serio?

            - Vamos a llamar a ese Pedro -la gitana le pidió con un
gesto que le diera las dos manos.

            Verónica las extendió y sintió las abrasadoras manos de
la médium. Esta cerró los ojos y comenzó a canturrear una canción que parecía
india. Después de varias repeticiones de lo que parecían mantras
hindús, abrió los ojos como si estuviera ida y dijo:

            - Yo te invoco Pedro, tu amiga Verónica espera tu
llegada. Ven a esa sala y hazte notar.

            Luego cerró los ojos y se concentró. Verónica miró a
todas partes y no vio que nada se moviera. La gitana abrió los ojos y Verónica
sintió terror cuando se los vio abiertos.

            - ¿Quién osa molestar a los muertos? - dijo con una voz
tan grave como unos tambores africanos.

            Se le pusieron los pelos de punta al ver esos ojos con un
brillo rojo que iluminaban toda la sala con el color de la sangre. Si eso era
un truco, era lo más conseguido que había visto nunca. Sin embargo algo le
decía que no era ningún truco.

            - ¿Quién eres? -se atrevió a preguntar ella.

            - Soy el dueño del alma de la persona que habéis
invocado, el Diablo.

            Verónica quiso levantarse pero la gitana la tenía
agarrada tan fuerte que fue incapaz de soltarse.

            - Busco a Pedro, él era un buen chico, seguro que su alma
no está contigo y está en el cielo.

            - Tengo el alma de Pedro -dijo el Diablo. Al decirlo le
salió humo de la boca a la gitana-. Si quieres hablar con él tendrás que pagar
un precio muy alto.

            - Necesito hablar con él. Haré lo que sea necesario -dijo
ella, decidida.

            - Está bien, en ese caso...

            La gitana agachó la cabeza como si el espíritu que la
poseía se hubiera marchado. Luego volvió a levantar la cabeza y volvió a abrir
los ojos.

            - ¿Verónica? - dijo la gitana con la voz de Pedro.

            - Oh, Dios mío,... eres tú...
¿mi amor qué te ha pasado? -dijo ella.

            - Verónica, pensé que no volvería a verte más.

            - Pedro, recuerda tu accidente -insistió Verónica.

            - No puedes imaginar lo que he deseado volver a ver tu
rostro -Pedro no entraba en razón.

            - Por favor, Pedro, necesito que recuerdes.

            - ¿Mi accidente? Oh, mi
accidente... ¿Estoy soñando? ¿Estoy en el cielo?

            - Estás muerto, Pedro. Necesito que me digas algo.

            - ¿Muerto? ¿Cómo puedo estar aquí hablando contigo?

            - ¿Me amas? ¿Te estrellaste por culpa mía? -insistió ella
presintiendo que no duraría mucho la sesión.

            - ¿Que si te amo? Eres la mujer de mi vida. Te amo con
todo mi corazón.

            - ¿Y no amas a Belén?

            - Oh, Belén se marchó. Ella fue
a la luz sin decirme adiós.

            - ¿No seguiste a la luz? ¿Por qué?

            - Ella no quería verme más. Y no podía ser feliz en
ninguna parte sin ti. Prefiero condenarme al infierno.

            - No digas eso, ve a la luz y yo te seguiré....

            - ¡Eso es imposible! - gritó repentinamente la gitana con
la voz del demonio.

            - ¿Qué? -Verónica luchó por liberarse de nuevo.

            - Tu vida me pertenece. A partir de ahora vivirás a mi
lado como mi novia. Dijiste que pagarías lo que fuera. ¡Nunca dije que fuera
una ganga! -se escuchó una risa escalofriante y aterradora.

            Verónica sintió que las manos le quemaban horriblemente.
La boca de la gitana se abrió y a través de ella vio las llamas rojas y
amarillas del infierno. Como una boa, la boca la engulló llevándosela al otro
plano de la existencia.

 

            Cuando la gitana abrió los ojos y salió de su trance,
solo quedaba frente a ella una silla vacía y humeante.

 

 

 

 

EPÍLOGO

           

 

            Pasaron semanas de aquel suceso cuando un grupo de niñas
de catorce a dieciséis años jugaban en la habitación de una de ellas a la Ouija.

            - ¿Hay alguien ahí? - preguntó una de ellas con voz
fingidamente grave.

            Todas las demás se rieron.

            - ¿Manifiéstate?

            Un libro se cayó de la repisa e hizo un ruido que las
asustó a todas. Estas rieron y desconfiaron unas de otras.

            - Vamos, seguir preguntando, seguro que ha sido el
fantasma.

            - ¿Quién eres?

            El vaso de la Ouija se movió
lentamente de una letra a otra escribiendo una palabra: Verónica.

            - ¿Qué es lo que quieres, Verónica?

            Las niñas empezaban a asustarse porque el vaso se movía
sin que apenas lo rozaran ellas con sus dedos. Todas querían soltarlo,
aterradas.

            "Quiero a una de vosotras".

            - ¡Ah! -gritó una de ellas cuando entendieron el mensaje.

            Se levantaron todas y encendieron la luz entre risas y
saltitos.

            - ¡Ha sido alucinante! -gritó una de ellas-. ¿Cómo lo
habéis hecho? Casi me hago pis encima.

            - No ha sido un truco, tengo miedo -dijo otra.

            Entonces otro libro cayó y unas tijeras que tenía encima
se quedaron abiertas y con la punta hacia arriba. Cuando las niñas vieron la
tijera se miraron aterradas y salieron corriendo de la habitación. Les contaron
todo a sus padres, que estaban jugando al póker y éstos no le dieron la menor
importancia.

            - Los fantasmas no existen -decían-. Si tenéis sueño iros
a dormir.

            Las niñas se fueron a sus respectivas camas. Eran primas
y la dueña de la casa había preparado camas para todos.

            Solo una tenía que volver al cuarto de la Ouija. Antes de acostarse se cepilló los dientes y se
enjuagó la boca. Cuando volvió a mirarse al espejo vió
detrás de su espalda a una mujer de pelo castaño oscuro y con los ojos
ennegrecidos como si estuviera muerta. El grito que salió de su garganta rompió
el cristal en mil pedazos.

            Los padres corrieron a ver qué pasaba y cuando llegaron
la encontraron desangrada. Ella misma había cogido un cristal y se había
cortado la garganta.

 

 

            Dicen que no se debe jugar con los espíritus. Que los que
invocan al más allá sin el debido respeto sufren la visita de la novia del
diablo, Verónica, llevándose al infierno a uno de ellos. A los demás les entran
locuras inexplicables a las que la medicina moderna no encuentra cura. Solo
rituales de exorcismo cristiano consigue que esas personas vuelvan a su estado
natural.

 

            Esta es una historia basada en hechos reales aunque los
nombres empleados son ficticios.

 

            Excepto el de Verónica.

 

 

 

FIN






 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Antonio J. Fernández Del Campo.
Published on e-Stories.org on 12/11/2010.

 

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