Oscar Casas Rodríguez

ESCATORIETA BLUES


Fue con ocasión de mi primera defecación matinal cuando me ocurrió aquella horrible cosa. Lo que debió de ser un motivo de gozo - pues sólo los viejos cagan después de desayunar y aquello suponía mi puesta de largo para la edad adulta- se convirtió en una pesadilla estampada a fuego en mi memoria.
 
Recuerdo que era un esplendoroso día de mayo sobre las ocho de la mañana. Tenía examen en la facultad y estaba sentado en la cocina, con un ojo repasando apuntes y con otro viendo unos dibujos animados vascos con subtítulos vascos. Mi padre se levantó a prepararme el desayuno (mi madre aún no había regresado a casa…), puso ante mí un tazón de leche y, ¡sorpresa!: una caja de cereales de una marca desconocida para mí. En un principio me negué a mezclar con la leche aquellos copos que me resultaban tan extraños. Por las letras de la caja yo diría que eran turcos o armenios y despedían un aroma intenso a cordero viejo asado. Resignado, eché un puñado en el tazón y aguantando la respiración tomé un par de cucharadas. El caso es que no estaban nada mal. A decir verdad, sabían de puta madre.  Bastante mejor que los copos de mi marca de siempre. “Ya te lo dije. Son los mejores…” _ exclamó con satisfacción mi padre sosteniendo ante mí la nueva caja de cereales con la mano izquierda y señalándola orgulloso con el dedo índice de su mano derecha.
 
Todo transcurría con normalidad cuando, justo a la hora de echar a andar, sentí en el centro del estómago unos fuertes retortijones. Seguí andando por el pasillo e incluso llegué a tomar el ascensor, pero no había llegado abajo cuando las punzadas habían aumentado tanto su frecuencia como su intensidad. Aquello era insoportable. Pensé un instante en resistir y someter a mi esfínter a una heroica contracción toda la mañana, pero el peligro de escagarruziarme era más que evidente, así que decidí dar marcha atrás y obtener pronto alivio en el baño de casa. Una vez sentado, estuve deponiendo, como en mí era habitual, pero notaba algo extraño en el proceso. No era ni de coña como había sido siempre. En primer lugar, estaba deponiendo a intervalos de tres minutos con pausas de veinte segundos. Aquella frecuencia era totalmente extraña a mi persona y, por otra parte, las miles de terminaciones nerviosas que atestaban mi mucosa rectal no podían en absoluto enviar a mi cerebro una información falaz: la textura de las heces que estaba excretando era singularmente densa y compacta. Aquello me era completamente ajeno. 
 
No dí mayor importancia a aquellas sensaciones tan nuevas para mí, hasta que, al terminar la defecación y proceder a la profilaxis anal descubrí con horror la causa de tanta extrañeza: ¡había cagado de color azul turquesa!. Sí, amigos, sí: un buen montón de heces de un color azul turquesa perfecto. Apenas sí pude contener un grito de horror ante la visión allí, al fondo del inodoro, de aquella cosa que había salido de mi vientre… ¿Qué diablos era esa jodida mierda azul turquesa? ¿Cómo había podido mi cuerpo fabricar esa absurda mixtura de belleza cromática y pestilencia? ¿Habría sido consecuencia de la ingesta de la nueva marca de cereales momentos antes…? Por un brevísimo instante pensé que se trataría de algún líquido desinfectante azulado que estaba allí previamente, pero, iluso de mí, me miré la mano derecha donde aún sostenía tembloroso  la nívea sabanita de papel higiénico que, refrendando mi horror, aparecía  impregnada con abundante cantidad de deyección azul turquesa. Presa del pánico salí corriendo por el pasillo, con los pantalones bajados medio tropezando al encuentro de mi padre:
 
-        ¿Qué son esos gritos hijo? ¿Qué ocurre?
 
-        ¡Padre! ¡Padre! ¡Ay, Dios mío! ¡He cagado azul!
 
-        ¡Pero qué dices loco!
 
-        ¡Vaya a verlo padre, yo ya no tengo valor…!
 

 
Tras hacer la oportuna comprobación mi padre volvió a mí, pálido, con el paso lento y los ojos de sorpresa más abiertos que jamás había visto en él. Nos fundimos en un fuerte abrazo y entre lágrimas dijo: “Llamaré enseguida a una ambulancia. Tú cámbiate de gayumbos”. Me sacaron en camilla por el portal donde había cierta expectación de los vecinos. Pude de refilón oír a la del cuarto que comentaba con otras viejas: “Dicen que ha cagado azul. Eso va a ser un tumor cerebral. La pasó lo mismito a una sobrina de mi cuñada. Pobre…”.  Ya dentro de la ambulancia, camino del servicio de urgencias, mi padre sostenía mi mano con fuerza:
 
-        No te preocupes, hijo. Todo saldrá bien.
 
-        Padre, ¿soy humano…? _ le repetía una y otra vez.
 

 
El equipo médico de urgencias estaba de lo más confuso. Un primer examen superficial no sirvió para aclarar nada. Me hicieron varias radiografías, palpaciones abdominales y otras tantas pruebas, pero nada de nada: todo estaba normal.
 
-        De momento no encontramos nada anómalo. Necesitamos hacerle otras pruebas más sofisticadas y recoger una muestra de heces. Tendrá que quedarse al menos cinco días con nosotros amiguito… _ dijo el médico con tono preocupado.
 
-        Pero, doctor… ¿no nos puede  dar alguna pista de lo que le pasa?_  le replicó mi padre.
 
-        Lo siento, he mirado hasta en Google. No puedo decirles nada… Que el muchazo nos avise cuando le entren ganas de cagar.
 

 
Al día siguiente lo pasé bastante mal. Me estuvieron metiendo cables y otras cosas por el culo y me atiborraron a pastillas que tomaba casi a cada hora. Como resultado de todo aquel jaleo y que además había perdido completamente el apetito, caí en un atroz estreñimiento que no hacía más que prolongar aquel suplicio. Al tercer día de ingreso, la amable y gordota enfermera que me ponía los supositorios (estaba en una clínica de pago…) perdió los nervios y cogiéndome furiosa por las solapas del pijama me gritó a la vez que me agitaba con violencia: “¡Cague de una vez o le pongo un enema de medio metro con aceite de ricino!”. Pero no hubo manera.
 
Al sexto día la expectación sobre mi caso había traspasado no sólo los muros de la planta de estomatología, sino del mismo hospital. La noticia había salido en el periódico local y de ahí saltó a algunos diarios nacionales. Pude ver en la tele de la habitación como periodistas y fotógrafos acosaban a mi padre a la entrada de la clínica:
 
-        ¡Por favor, señor! ¿Ha depuesto ya su hijo?
 
-        No haré declaraciones. ¡Por favor señores, déjenme pasar! _ contestaba mi padre abriéndose paso entre flashes y micrófonos.
 

 
También recibí llamadas de ánimo de algún concejal, flores, cajas de bombones laxantes, un peluche de Papá Pitufo sentado en un retrete y hasta una carta de la secta de los “Seres de Luz Azul” diciéndome que yo era el “enviado”. El punto culminante fue cuando en el telediario de mayor audiencia de la noche dieron la noticia en la sección de curiosidades y majaderías, donde incluyeron además unas declaraciones del eminente estomatólogo sueco, Premio Nobel de lavativas, Doctor Ingmar Flatulens en su mismísima consulta de Goteborg: “Sin duda estamos ante un caso excepcional. La verdad es que no tengo ni puta idea lo que pueda ser señores…” _ dijo.
 

 
Nueve días llevaba ya sin defecar y la dirección de la clínica, que se estaba jugando su prestigio, me presionaba para someterme a un terrible enema que llevaba el jugo de una planta laxante del Amazonas,   utilizada con éxito durante miles de años por la tribu de los indios disentéricos. Me negué en redondo a que me metieran más porquerías por el recto, prometiéndoles que a la  mañana siguiente tendrían su cagada azul como el cielo más despejado que hubieran visto nunca. De nada sirvieron mis promesas. Aquella noche, cuatro hombre vestidos con monos negros ajustados y pasamontañas (entre los que pude reconocer a mi padre) entraron en mi habitación y tras amordazarme con tesa film y darme bruscamente la vuelta en mi lecho de estreñido, me propinaron una irrigación de tomo y lomo tras lo cual escaparon por la ventana. Una hora después, amordazado, indefenso y asaltado por inconfesables retortijones, mi esfínter capituló cagándome literalmente hasta la cintura y cayendo rendido en un pestilente sueño.
 
Al despertar, lo primero que vi fue al equipo médico a mi alrededor, provistos de mascarillas y con cara de muy, pero que muy mala ostia.
 
-        Recoja sus cosas y váyase. Se encuentra Ud. perfectamente, sucio farsante. Aquí tiene Ud. el alta. _ imprecó el director de la clínica con brusquedad.
 
-        Hijo, hay otras maneras más cristianas en la vida de alcanzar notoriedad y fama. Si deseas confesarte, déjalo para otro día… _ dijo el sacerdote adscrito a la clínica con una pinza en la nariz y saliendo a toda prisa de la habitación.
 

 
Perplejo y apestado, me incorporé y ví ante mí la causa de tanta contrariedad: allí estaban las sábanas todo deyectadas de un saludable color pardo arcilloso. Nada de azul turquesa. “Tú estercobilina te ha abandonado, chaval…” _ me dijo con una sonrisa compasiva una limpiadora que retiraba toda la porquería de la cama.
 
Los días posteriores al alta fueron asimismo duros. Nos dieron de baja a toda la familia en la tarjeta sanitaria. Mi padre y yo, sumidos en una profunda depresión, nos emborrachamos solos en casa varias veces con enjuague bucal azul  con la esperanza de que el fenómeno se repitiera y limpiar mi honor. Eso sí, jamás volví a cambiar de marca de cereales.
 

 

 
F I N
 

 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Oscar Casas Rodríguez.
Published on e-Stories.org on 12/02/2010.

 

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