Fermín Vidales Martínez

LAS COSAS PERDIDAS

 

 

 

 

 

 

Uno

 

 

 

 

 

Un humazo negro y arisco oprime el ambiente de la sala de reuniones. Las cerdas del humo, recias, tenaces y volubles, entretejen los objetos, los rincones y los cuerpos. Todo parece una misma cosa lejana debajo de la piel del humo. El humo aprieta y fustiga las partículas atómicas hasta que consigue ensartarlas con su cuerpo de serpiente de gas. Se imprime en la atmósfera de la sala de reuniones el matiz de una ribera selvática en una noche brumosa. Y todo es lo mismo visto a través de la bruma del humo.

Sobre la mesa alargada de madera, con el brillo del barniz magullado de manchas y rozaduras, ya marchito, ya muerto, se desparrama una tropelía de documentos, de cartapacios, de bolígrafos y plumas estilográficas, de botellines de agua mineral vacías con el plástico recalentado, de fundas de gafas, de teléfonos móviles, de grabadoras, de vasitos de papel con un olor rancio de café en el fondo, de ceniceros rebosantes de colillas estrujadas y de chicles y de grapas gastadas y de envoltorios de caramelos para la tos. Alrededor de la mesa, en grupos desbaratados, conversan mis colegas.

- Figúrate que le digo que ya está casi curado y que por eso le pongo un tratamiento más suave. ¡Hala, don Herminio, que dentro de poco se nos larga con viento fresco y no le volvemos a ver!

- ... le suelta tres puñetazos a lo Mike Tysson y se queda mansito como un bebé recién almorzado, como si no hubiera hecho mayor esfuerzo que para bostezar. ¡Vaya sangre helada!

- Sí, es un buen cacharro, y una preciosidad, desde luego, pero va a salir dentro de dos o tres meses...

- ... tan radical. Estoy de acuerdo en que hacen muchas mierdas, pero también hacen obras maestras.

- ¡Jo, jo, jo!

- El tío se me queda mirando como alelado de pánico, con la boca muy abierta, y ¿sabes qué me contesta?

- ¿Y el otro?

- Ni idea.

- ¡Ja, ja!

- ... así que en tu lugar aguantaría un poco más con el ford.

- ... porque una cosa es que apreciemos lo nuestro y otra bastante distinta es que se nos disparate la vena chauvinista.

- Pues que le abra la ventana, que quiere comprobar si de veras está curándose, si puede volver a volar.

- ¡Ji, ji, ji!

- El otro se levanta con los morros reventados, con toda la cara descompuesta y la camisa chorreada de sangre, pero le dice con un tono tranquilo que no tiene ganas de seguir discutiendo por una tontería.

- No es chauvinismo afirmar que aquí tenemos tan buenos o mejores artistas...

- Creo que ese tío no está loco, que se inventa ese cuento de que es un pajarito porque nos tomó cariño y no se quiere ir. Tampoco me extraña. ¿Tú conoces a sus hijos?

- Si es que da hasta vergüenza, hombre. Parezco un feriante de esos...

- ¡Ja, ja! ¡Qué pedazo de cabrón!

Vicente provoca un carraspeo acuoso y palmotea teatralmente. Vicente es gordo, es blando, es sudoroso. Tiene la cabeza acampanada, los ojos chicos y enterrados en la carne, y la ilustre papada de un pelícano maduro colgándole de la boca.

- ¡Señores, señoras!

Intento romper los vínculos que hay entre los rasgos flojos y redondos de Vicente y su tratada bonhomía. Ya no te conozco, Vicente. Ya me olvidé de tu bondad, de tus favores. ¿Cómo eres cuando venzo mis prejuicios? ¿Qué pienso de ti si te estoy contemplando por primera vez?

- ¡A ver, señores, por favor, ya está bien de tanto cotorreo!

Entonces su aspecto se muestra como el de un luchador de sumo fracasado. ¡Pobre peleador Vicente! Ni para ser el más gordo sirvió. Además, tenía pena de los contrincantes, y al enemigo ni agua o estás perdido. Por eso se hundió en la miseria.

No, definitivamente jamás adivinaría en Vicente a un director de manicomio. Jamás lo estimaría capaz de imponerse a una mosquita. Sin embargo ahí está, duro, curtido, amigo. Lo reconozco debajo de su antagónica apariencia. ¿Quién lo diría, verdad? Vicente parece un pastel de nata, pero es un dios ordenando un caos, un dios que palmotea teatralmente y manda a callar.

La bullaranga de la sala de reuniones va diluyéndose tras su pantomima de divinidad irascible.

- Que alguien abra una ventana inmediatamente. Estoy a punto de ahogarme en esta zorrera.

Fermín Valencia se ajusta los anteojos con el dedo índice y se levanta. Cuando le tengo de espaldas me recrimino por el asco que me provoca el tic de su cara. Pienso que Fermín es un muchacho honrado, inteligente, trabajador. Tal vez sea el único siquiatra en todo San Alberto que se toma su trabajo en serio. Y él no tiene la culpa de su tic. Él no tiene la culpa de remangar la boca a la derecha y enseñar los dientes irregulares y la lengua húmeda cada seis o siete segundos. Sería culpable si cometiera una falta conscientemente, y el tic de Fermín Valencia ni es falta ni es consciente. Es neutro y espontáneo. Pero ¿y yo? ¿Soy culpable yo de la nausea que me llega cuando le miro? ¿Es mi nausea una falta? ¿Es mi nausea provocada, o es tan refleja como el tic de Fermín? Es un muchacho honrado, inteligente, trabajador, honrado, inteligente, trabajador, me repito con una voz clara pero imaginaria. Al regresar a su asiento vuelvo a contemplarle y compruebo apesadumbrado el fracaso de mis argumentos. No importa que Fermín sea honrado, inteligente y trabajador. No importa que sea un siquiatra competente. El paladar se me encoge inevitablemente cuando veo su mueca húmeda, de manera que desvío la mirada antes de que el asco resulte incontenible.

La humareda liberada a través de la ventana suelta los objetos y los rincones y se precipita al exterior igual que un niño que, hastiado de sus regalos, busca en otros lugares el entretenimiento de la novedad. Poco a poco se aclara el aire de la sala de reuniones, y los cuerpos van restaurando sus estructuras contaminadas.

- Eso está mucho mejor. Yo no sé cómo podéis meteros esa mierda en los pulmones. Parece mentira que seáis médicos.

- De algo hay que morir- arguye Alonso.

- Si, de algo, pero tú te vas a morir de todo, ¿o es que hay algún vicio que aun no hayas agarrado?

- Muchos.

- ¿Por ejemplo?

- El sexo.

- Seguro que la culpa no es tuya- tercia Ana- ¿A que eres un sexo-adicto frustrado?

- ¡Ja, ja! Muy graciosa.

- No lo pretendía.

- Pues que sepas que así de oportunidades despilfarro, así- explica Alonso juntando las yemas de los dedos.

- Ya.

- Bueno, está bien, dejaros de carantoñas dialécticas y vamos a trabajar, que para eso nos pagan- ataja Vicente.- A ver cómo andan las cosas por las azoteas de nuestros últimos inquilinos.

Comienza un ruido nervioso de montañas de papeles revueltos. Vicente coge una carpetilla de cartón naranja y la escruta sin abrirla, dando a entender de este modo que trae aprendidos sus deberes de director.

- Si no me equivoco tenemos tres nuevos, ingresados ayer mismo. Empezaremos con el señor Bermúdez. Inocencio Bermúdez Martín, de treinta y cinco. ¿Ana Carreter?- pregunta Vicente con un murmullo de ensueño. Con la mano derecha tamborilea sobre las tapas naranjas de su carpeta, y con la izquierda estira y recoge los elastiquillos de las esquinas.

- Sí.

- ¿Y bien, doctora? Cuéntanos el argumento de la película.

- Si se trata de una película el género está desde luego entre el terror y el psichothriller. Se merece un premio al mejor guión original. Una mezcla de Lovecraft con Poe, me parece.

- Eso es Borges.

- ¡Anda ya, Laura!- se indigna Eugenio Beltrán.- No digas tonterías. Borges no es un cóctel. Borges es la materia prima por antonomasia.

- ¿Cuándo has visto tú materia prima en Literatura?

- ¡Por Dios!

- Otro día continuamos esta apasionante tertulia literaria y llamamos a Sánchez Dragó de moderador- dice Vicente.- ¿Ana?

- El caso es que al señor Bermúdez se le presenta la Muerte a las nueve en punto de la noche del día cinco de cada mes, capa, guadaña y halitosis incluidas, y le comunica que viene a buscarle para llevárselo al infierno.

- ¡Qué casualidad!- interrumpe Alonso.- Justo el día cinco pasa mi casera a por la paga. Cambiando la guadaña por unos rulos y la capa por una bata rosa chillón, es la mismita historia.

Vicente le descarga una amonestación mímica, y Alonso agacha la cabeza sonriendo.

- El señor Bermúdez se lanza a la calle desesperado y en cuanto se topa con algún transeúnte que se le parece físicamente se lo cepilla de una cuchillada. Luego arrastra el cadáver a su casa para mostrárselo a la Muerte, y le dice: “¿Ves como estabas equivocada? Éste era, y no yo, a quien andabas persiguiendo”. Y la Muerte, aparentemente engañada, lo deja tranquilo hasta las nueve de la noche del día cinco del mes siguiente. La policía encontró ocho cuerpos en su casa, metidos en una despensa, pero sospechan que hay más. Todo un ejemplar.

- ¡Joder! Luego dicen que Pamplona es una ciudad aburrida.

- Pues no sé qué es peor.

- ¿Otro tipo paranoide?

- Creo que sí, probablemente una combinación peculiar de manía persecutoria con sicopatía de tendencia agresiva. Aunque de momento no estoy segura de nada.

- ¿Y has pensado en algo?

- Bueno, lo cierto es que tengo bastantes ideas, pero no quiero lanzarme a la piscina todavía. Me gustaría comprobar primero algunos detalles que están por determinar, no vaya a meter la pata. Ya sabes, su comportamiento fuera de estas crisis, en el trabajo, con los vecinos, todo eso. No estoy convencida de que nos enfrentemos con una sicosis exógena. También me resultaría de gran ayuda echar un vistazo a los informes policiales y a los dictámenes del forense. Puede que haya algún dato relevante en el estado en que se encontraron los cadáveres. Nunca se sabe.

- Los tendrás cuanto antes. ¿Y qué me dices de una familia Bermúdez?

- Don Inocencio es soltero y sin compromiso, afortunadamente. Tampoco tiene padres. Su madre murió hará unos diez años de accidente laboral, poquito antes de jubilarse, la pobre, y a su padre se lo comió hace un par de años un cáncer de pulmón. Tiene dos hermanas, una en la Coruña y otra en Valladolid.

- Habla con ellas.

- Ya las he llamado.

- Perfecto. ¿Y?

- Cuando la policía las avisó se desentendieron. Parece que no mantenían una relación cordial con su hermano. Ni siquiera vinieron al juicio. Pero las he convencido, no me preguntes cómo.

- Será porque eres mujer y siquiatra.

- Se acercarán a Pamplona lo antes posible.

- Mejor que mejor. Que te cuenten con pelos y señales todo lo que se les ocurra acerca de su hermanito, cómo se portaba d pequeño, qué notas sacaba en la escuela, cuándo le regalaron su primera bicicleta, todo. Quiero que te sepas de memoria su vida entera. Y sobre todo haz hincapié en la fecha en que se le viene la Muerte. Investiga si le ha sucedido algo trascendente en un día cinco, cualquier día cinco de cualquier mes, de cualquier año.

Ana describe un mohín de incomodidad, pero permanece callada. No te agrada volverte Inocencio Bermúdez, ¿verdad? Pues te jodes, doctora Carreter. Ésta es la cruz de los siquiatras. Tendrás que ser Inocencio Bermúdez, tendrás que ver a la Muerte un día cinco para ser completamente Inocencio Bermúdez, para encajar las piecitas del rompecabezas. ¿A que no te gusta? Claro que no, Ana, ni a mí, ni a nadie. ¿A quién podría gustarle vestirse con el pellejo de un loco? A nadie. A Alonso tal vez sí le guste, porque también está loco. Alonso es una suerte de Proteo pervertido que se corre calzándose el pellejo asqueroso de los demás. Lo mismo le daría sentirse una reencarnación de Fofó, que Napoleón, que Hitler, que Jackie the Ripper. Alonso disfruta convirtiéndose, por eso alcanzó la genialidad en siquiatría.

Ana coloca un mechón castaño detrás de la oreja derecha y toma algunas notas en un cuadernito de anillas. Ana Carreter es una mujer guapa y atractiva, pero no alcanza la hermosura. Puede que fuera hermosa hace veinte años, en la Universidad. Sí. Entonces envenenaba el poco entendimiento de los saquitos de hormonas mal afeitados, seguro. Los traía de cabeza. Mira qué culo respingón, mira qué par de melones. ¡Y qué carita de remilgada! ¿Pero tú has visto qué polvo tiene? Anda, dile algo. ¿Yo? Dile tú.

De súbito me crecen unas ganas inmensas de utilizarla para una fantasía sicalíptica. Hace veinte años, mediodía. Anita de pie, en el pasillo del aulario, apoyada en una columna, guardando unos apuntes de Lombroso contra el regazo. Me acerco y le miento dos, tres, cuatro veces. Sólo a estudiar Criminología, Anita, de veras que sólo a estudiar Criminología. No es fácil convencerla, pero acaba cediendo y la acompaño a su casa. No hay nadie. Su padre estará en Barcelona o en Madrid, en un viaje de negocios, y su madre andará visitando a la tía convaleciente de una gripe, no sé. Tampoco estarán los hermanitos. Habrán ido a jugar a los columpios del parque con la niñera, o aun no regresaron del colegio. También cabe la posibilidad de que Anita sea hija única, nunca le pregunté. En su habitación continúo mintiéndole, sólo a estudiar Criminología, en serio, sólo a estudiar, pero mis dedos ya la desnudan despacio, con suavidad. Está parada en pelota, junto a la cama, formando con las manos un escudillo delante del pubis. ¿Por qué te tapas? ¿Es que te da vergüenza de ser hermosa? Corro el edredón y las sábanas a un lado, invitándola, y entonces Anita se convierte en la doctora Carreter, y ya no siente vergüenza, y me solicita con obscenidades en el oído. Méteme, rápido, méteme. Afuera del dormitorio se ha cerrado el día, y por las rendijas de la persiana se cuela el canto de los grillos.

La quemazón empieza a morderme la parte baja del estómago y Ana, como si me estuviera leyendo la imaginación, me mira de un modo extraño. Noto la sangre coloreándome el rostro y precipito los ojos avergonzados al brillo extinguido de la mesa.

- Juan Sarrasín González...

- Mío- se anticipa Alonso.

- ¡Caramba, Peñalver! ¿Pero también trabajas? Yo creía que tu única misión en San Alberto era entretenernos- se mofa Vicente.

- Pues ya ve, su ilustrísima, que me tocan varios menesteres a la vez, aunque, dicho sea de paso, no considero justo tener que desempeñar ambas labores por el sueldo de una. Y ni siquiera es un sueldo para tirar cohetes.

- Pobrecito Alonso- se apiada Ana con ironía.

Aunque no me atrevo a mirarla percibo que la excitación sigue creciendo y me apelmaza el vientre. Pronto sentiré que unas hormigas de fuego me corretean por la parte interna de los muslos. Deseo con furia que termine la reunión para ir a liberarme de ese dominio tórrido. Estoy convencido de que no soportaré hasta casa, así que tendré que masturbarme en uno de los retretes del Centro.

- Sí, un mártir que se le pasó a la Iglesia- concede Vicente.- ¿Qué fecha quieres que te pongamos en el calendario?

- Hombre, pues no estaría mal el veinticinco de diciembre, o el siete de julio, pero creo que ya están ocupados esos días.

- Nada, hombre, nada, yo hablo con mi amigo Juanpa y asunto arreglado.

Alonso se ríe y mueve la cabeza en un gesto negativo, como si él mismo se sorprendiera de las tonterías que dicen.

- ¿Puede saberse qué es lo que le ocurre a nuestro don Juan Sarrasín?- pregunta Vicente.

- Hombre, pues no mucho, la verdad, aparte de que está loco de remate. ¿Habéis leído La metamorfosis de Kafka?

- Eso va de mitología, ¿no?

- No. Ese es Las Metamorfosis de Ovidio. La metamorfosis en singular es de Kafka.

- ¿De quién?

- Déjalo, Manolo. No es ninguno de tus conspicuos británicos. Éste era alemán.

- Checo- corrijo involuntariamente.

- Pues escribía en alemán.

- Lo que yo no sabía es que tú supieras leer- ataca Ana.

- Y yo no sabía que tu fueras...

- Por favor... - recrimina Vicente.

Alonso exagera una reverencia con la cabeza y continúa hablando de su paciente con la mirada quieta en Ana. Creo que también él la desea. Sí, por supuesto que la desea. Y Ana le sonríe con una levedad acariciadora. Puede que sus constantes disputas sean un mero entretenimiento de amantes. ¡Qué tonto soy! ¿Cómo no se me había ocurrido hasta ahora que Ana y Alonso son, en realidad, amantes?

- La cuestión es que al señor Sarrasín le sucede al revés que a Gregorio Samsa, el protagonista de La metamorfosis. Una mañana se despertó como si nada, fue a mear, y se dio cuenta de que todos los seres humanos excepto él nos habíamos convertido en unos bichos babosos y repugnantes, con unas pequeñas alitas a la altura del cogote y unas antenas retorcidas en el lugar de las orejas.

- Si se tratase de una metáfora no andaría desencaminado. Sólo hay que ver el telediario para darse cuenta de que cada vez somos más como unos bichos asquerosos.

- Ya, pero en el caso de Juan Sarrasín no es una metáfora, es una alucinación.

- ¿Algún pronóstico?

- Sí. El señor Sarrasín está como una cabra.

- Me asombra tu sagacidad, don Sherlock. Sigue en esa línea y llegarás muy lejos, te lo garantizo.

- Muchas gracias, excelencia.

- De nada, hombre, de nada. Y para que veas en cuánto estimo tus méritos me traes mañana mismo un informe completito con el perfil del paciente, que me lo voy a colgar en el salón de casa para admirarlo.

- En ese caso te lo dedicaré con unas frases cariñosas.

Vicente pastel de nata, Vicente sumo fracasado, Vicente desconocido infla los carrillos y va soltando a rachas la bocanada de desesperación que le provoca Alonso. Allá, muy adentro, en alguna parte de su sangre, en los riñones, el otro Vicente, el Vicente director de manicomio, el Vicente conocido, el Vicente dios, se retorció durante una milésima de segundo, estuvo a punto de explotar, pero inmediatamente ha recobrado la infinita paciencia de quienes se disponen a ordenar un caos. El hombre desconocido, el pastelito de nata, el luchador compasivo, se sustenta en un esqueleto de puro hierro, así que pasa su mano por la gruesa cara y parpadea como resignado. No hay que dar tanta importancia a las payasadas de Alonso, Vicente. Sabes que su informe será increíblemente preciso y bueno, porque Alonso es un genio.

- María Esparza Pérez, edad veintisiete... ¿Manuel Lara?

- No, no es mía- contesta Manolo.

- ¿Cómo?

- Yo soy quien la atiende- reclama De la Serna.

Ramón de la Serna es viejo, conservador y pedante, de manera que sus palabras, su expresión yo soy quien la atiende, no me conmueven. De la Serna podría decir simplemente es mía, o la llevo yo, pero prefiere decir yo soy quien la atiende, o este caso es conducido por mí, o yo soy quien trata a este paciente en concreto. En realidad no me importa nada de lo que diga Ramón de la Serna. Constantemente utiliza inverosímiles petulancias, pleonasmos y perífrasis insólitas, y suele suspender sus frases por cualquier sitio, como si lo que fuera a decir a continuación tuviera mayor transcendencia: es ineludiblemente objeto de... una sarta consecutiva de críticas irreverentes al respecto...;hay que hacer entrega de los informes requeridos cuanto antes para... poner de manifiesto que cabe la posibilidad de... ;en efecto, según parece, no cabe... desdeñar las distintas alternativas...;la nieve...blanca caía del cielo...azul hasta el suelo...de abajo...No, no me importa en absoluto el fárrago palabrero de Ramón de la Serna. A veces, la mayoría del tiempo, ni le escucho, aunque al principio, cuando le conocí, no era así. Al principio su charlatanería era una suerte de puñetazo soporífero que me lastimaba el humor, que me daga ganas de matar a alguien y, no sé por qué, también me avergonzaba. Pero luego aprendí a ignorarlo.

Paradójicamente la figura de Ramón de la Serna me recuerda al perfil preciso, severo y entrañable de Azorín.

- ¿Qué le ocurre a la señora Esparza?- inquiere Vicente ligeramente desconcertado. Le da rabia haberse equivocado. Pensaba que la paciente era de Manolo, y resulta que es el prepotente De la Serna quien la atiende. Se habrá despistado con las bromas de Alonso, y a los dioses les molesta despistarse.

- En mi modesta opinión la señora Esparza adolece de un... delirio paranoide que se manifiesta por medio de... la profanamente denominada doble personalidad. Su alter ego se llama Sara curiosamente... recordemos cómo la Sara bíblica fue denominada primero Sarai, mujer de Abrán, quien luego... pasó a ser llamado Abrahán, una vez que el pacto con Dios quedó sellado... En este universo de dualidades Sara es... poco menos que el Ángel Caído... quien realiza todas las... fechorías que injustamente son... achacadas a doña María Esparza Pérez. La señora Esparza ha puesto de manifiesto que también ella quedó... estupefacta al descubrir el... cuerpo decapitado de su marido en el lecho conyugal.

- ¡Joder!- exclama Alonso, no sé si por el comportamiento de María Esparza o por el de Ramón de la Serna.

- Ha confesado así mismo, indudablemente arrebatada por la furia, que... le gustaría estrangular a Sara, como vehículo de venganza por todo el daño... que le está siendo ocasionado por ella. Vemos así que la percibe como si... se tratara de un ente real. Le gustaría... en igual medida que a nosotros mismos así como a la policía... poner aclaración a los hechos de una vez por todas.

- ¡Vaya con las gemelas! ¿Ha pensado en algo, doctor?- pregunta Vicente, demostrando que no se ha perdido en medio de la oscura palabrería de De la Serna.

- Bien... estoy harto convencido de que no se trata más que de... la patente... manifestación de un trauma sexual acaecido en la infancia. Según he logrado saber el padre de doña María Esparza Pérez era un... pervertido... y un borracho empedernido que abusaba de ella... con bajo el tácito consentimiento de la madre. La señora Esparza inventó a Sara para como... vía de escape, para evitar las agresiones paternas. Sara era quien... sufría las vejaciones, quien... recibía los golpes y las humillaciones. Pero la criatura fue engordando... para consigo... ganando autonomía... entidad. Acabó escapándosele de las manos... podríamos expresar. Ahora Sara es fuerte y está... resentida por todos aquellos malos tratos. Así que decide... desquitarse para con María.

- ¿Quiere vengarse de María?

- Sí. Como antes he referido a María... le gustaría estrangular a Sara... así lo confesó... quiere vengarse de ella por haber... entre otras cosas... decapitado a su marido. Pero paralelamente Sara... encierra idéntica pretensión hacia María.

- La pescadilla que se muerde la cola.

- No exactamente. Para ser rigurosos deberíamos afirmar... que todas las causas provienen... en primera y única instancia... de la mente enferma de doña María Esparza... ya que Sara no es sino... el producto de su disfunción. Pero si nos abstenemos a la rigurosidad... médica parece establecido como patente... en este caso que el afán... de venganza de la imaginaria Sara es anterior en el tiempo al de María. Sara le reprocha que la haya utilizado como escudo... que la haya traído al mundo con el único objetivo de recibir unos golpes que no le... correspondían. Resulta... extremadamente curioso. Nos hallamos frente a dos... personalidades mutuamente enfrentadas dentro de un mismo cuerpo.

- ¿Y ha pensado en algún tratamiento?

- Hipnosis.

- ¿Hipnosis?- pregunta Vicente con la entonación quebrada.

Hay quien asegura que a Ramón de la Serna siempre le censuraron sus colegas, en todos los Centros en los que ha trabajado. De la Serna es un siquiatra desfasado desde que se licenció, condenan. ¿Sólo desde que se licenció? Desde mucho antes. Desfasado desde que naciste, Ramón, ya fanfarroncito en la cuna. ¿También llorabas en perifrástica pasiva? Desfasado desde feto. ¿A que arreabas pataditas pleonásticas al vientre de tu mamá? Fíjate, viejo envejecido desde niño, en cómo estás escandalizando a nuestro pobre director.

- En efecto.

- ¡Pero doctor! ¿Por qué hipnosis?- persiste Vicente. Es una técnica que no le agrada. Ni siquiera la considera tratamiento. Le suena a bobada, a hechicería, a alquimia. Deja las idioteces y cuéntame qué sicofármacos vas a administrar, claman las brechas de su voz quebrada.

- En mi modesta opinión la hipnosis es la mejor técnica... para con la paciente, siendo éste, a mi humilde entender, el único camino... para reunir a doña María Esparza Pérez con su alter ego... conseguir que dialoguen. Pretendo... que sus diferencias sean puestas en claro... en la medida de lo posible. Considero que es éste un paso conditio sine qua non... anterior a la erradicación de la personalidad... sobrante de Sara.

- Muy bien, doctor, haga lo que estime oportuno- concede Vicente de mala gana.

Ramón de la Serna asiente solemnemente con media sonrisa en la boca gris que significa: eres sólo un niñato adiposo que vino a darme lecciones, pero ríndete a mi eminencia, gordo asqueroso, no te atrevas a tutearme como haces con esta panda de pelagatos, continúa sin hacerlo, ningún secuaz de mierda de Deleuze y Guattari va a tratarme de tú, no vais a enseñarme cómo tengo que trabajar, meteros El Antiedipo. Capitalismo y esquizofrenia por el culo, os he leído, os conozco de sobra, no sois más que una cuadrilla de violadores reprimidos por sicoanalizar.

¿Y si Ramón de la Serna tuviera razón? ¿Y si no somos más que un puñado de atrocidades contenidas? Tal vez no seamos más que una suma de instintos animales que se deben a la convivencia. Tal vez los antiguos sofistas griegos estuvieran en lo cierto y, excepto la búsqueda del placer y el dominio del más fuerte, las notas definitorias del hombre son de tipo convencional. El hombre y la sociedad son conceptos inseparables.

La conjetura me hace volver a contemplar a Ana. Me gustaría follármela aquí mismo, encima de la mesa, pero no lo intentaré porque soy una persona, soy un animal corregido con las represivas normas de la convivencia. ¿No es eso lo que piensa De la Serna? El hombre es un reprimido por naturaleza. Si no fuera un reprimido ya no sería un hombre.

Sigo el rumbo de los ojos de Ana. Ana Carreter mira a Alonso, y Alonso le mira a ella. Intercambian una mirada brillante y mordaz. Sí, seguro que son amantes. ¿Cómo no me había dado cuenta hasta ahora? La certeza de sus relaciones, sin embargo, lejos de molestarme algún sentimiento, o de apaciguarme, me hincha más las ganas de Ana. Ana Carreter, Anita desnuda en su cuarto, y yo mintiéndole estúpidamente, sólo a estudiar Criminología, te juro, sólo a estudiar Criminología.

- Y bien, me parece que estos son todos los casos nuevos que hay. Me gustaría tener un informe detallado de ellos sobre la mesa de mi despacho lo antes posible. Lo antes posible, Alonso.

- ¿Con o sin dedicatoria?

- Déjate de pamplinas. Conque sea pronto me conformaré.

- No estarás insinuando que me he retrasado alguna vez- se queja Alonso.- Vas a crearme una pésima imagen ante mis colegas.

- Anda, no me hagas hablar, no me hagas hablar. Si no tenéis nada que añadir...

Entonces levanto ligeramente la mano y Vicente se esfuerza en mirarme de reojo, sin tener que girar la cabeza. Mi gesto le ha extrañado porque normalmente no hay nadie que añada algo. Normalmente estamos deseando abandonar la sala de reuniones, y si nos queda algo que comentarle lo haremos luego, en privado, en su despacho. Pero en lugar de impresionado por mi gesto inusual parece que lleva el cuello fofo invadido de tortícolis. Al final tiene que volverse hacia mí, y me mira de frente. Vicente alza sus cejas anchas y cerdosas, y en la frente se le forman unos pliegues rosados y profundos que confieren a su semblante una tenue apariencia de austeridad.

- ¿Sí?- se intriga.

- Verás... sólo quería comunicarte que llevo al pequeño, para que no te sorprendas cuando te presente los informes.

- Llevas al pequeño... ¿A qué pequeño te refieres?

- Al paciente enano.

- ¿Al enano? ¿No lo llevaba Valencia?

Fermín Valencia encaja en su nariz la montura de los anteojos con un movimiento apresurado del dedo índice, y repite con la boca ese baile convulso de labios, dientes y lengua que tanto me asquea. Es un muchacho honrado, inteligente, trabajador, honrado, inteligente, trabajador, honrado, inteligente... ¿Es que no se da cuenta de lo molesto que resulta su tic? ¿Por qué no hace nada para controlarlo?

- Era mío- reconoce al tiempo que me escupe su tic. Es un muchacho honrado, trabajador, inteligente...- pero yo no lo quería y Julián se ofreció a quedárselo.

- ¿Tú no lo querías y Julián se ofreció a quedárselo? Mirad, no sé si estáis enterados, pero existen unos trámites para estas cosas, y se realizan ante el director que, mire usted por dónde, da la puñetera casualidad que soy yo. Los pacientes no son cromos que se puedan cambiar así como así. Esto no es un patio de colegio.

- Ya lo sé, y te pido disculpas, pero es que estaba desperdiciando mi tiempo con él- se excusa Fermín.

- Si desperdicias o no desperdicias el tiempo con un paciente es problema mío.

- Lo sé.

- Lo sabes pero te lo saltas a la torera. ¿Y por qué dice usted que estaba desperdiciando su inestimablemente valioso tiempo?

- El pequeño se encontraba constantemente en un estado de catatonía absoluta, como una estatua. Ya dudaba incluso de que estuviera vivo. Después de tres meses no veía la manera de arrancarlo de su mutismo. Me desesperaba.

- Así que te quitas el muerto de encima y se lo endiñas a otro- recrimina Vicente.

- Fue Julián quien vino a pedírmelo. Yo no podía hacer nada por el pequeño, así que accedí. Además, como a Julián no le dabas ningún paciente...

- ¡Oh, fantástico! ¿Estáis escuchando? El señor Fermín Valencia quiere ser el nuevo director de San Alberto. Como a Julián no le doy pacientes, pues se los das tú.

- No es eso, Vicente, me estás interpretando mal. De todas maneras lo primordial es el estado del paciente, ¿no? Pues parece que en este caso la maldita cesión ha surtido efecto- se lamenta Fermín.

- ¿A qué te refieres?

Ahora viene lo duro, ¿eh, muchacho? Los labios de Fermín Valencia tiemblan, palpitan, bailotean. Sin embargo en esta ocasión no se debe al tic. En esta ocasión es por contener una angustia que le abrasa el orgullo. Sí, sí, está bien, me cazasteis, ya lo sabéis todos, ya sabéis que soy un estúpido, que soy un incompetente, un inútil. No valgo para nada. ¿Qué coño pinto yo entre tantos eminentes doctores en siquiatría? ¿Por qué me permitieron trabajar en San Alberto? Debería de haberme dedicado a otra cosa, a aquello de la venta en el concesionario, o a los contratos de seguro, como papá, o a la botánica, como la tía Enriqueta. Soy un completo imbécil.

Los labios de Fermín Valencia se retuercen, crepitan, y la frágil compostura de su cara parece a punto de resquebrajarse para mostrar el despojo triste de su pudor zaherido.

- Es cierto- intervengo antes de que Fermín se eche a llorar.- Yo se lo pedí con insistencia, así que si hay algún culpable soy yo. Y en cuanto a que el paciente haya salido de su letargo nada tengo que ver. Sucedió de buenas a primeras, sin mediar ningún tipo de influencia. Hubiera sucedido con otro cualquiera.

- ¿Me estás diciendo que nuestro pequeño paciente se ha despabilado sin más?

- Sí, de repente.

- ¿Y qué ha hecho? ¿Ha dicho algo?

- Sí.

- ¿Es consciente de su situación?

- No exactamente. Parece que sabe quién es, o quién cree ser, y dónde está, pero aun no posee una percepción... digamos que completa de su entorno.

- ¿Qué quieres decir?

- Bueno, al principio creo que ni siquiera percibía mi presencia. Hablaba de un modo frío y mecánico, igual que esas muñequitas programadas para soltar cuatro o cinco frases. Luego, poco a poco, ha ido cobrando vida, como si cada una de las palabras que va pronunciando le desentumeciera. Estoy gravando sus monólogos.

- Sus monólogos... ¿Es que no conversáis?

- No. Si le pregunto algo no me contesta. Sé que me entiende porque me mira en silencio y parece meditar, pero nunca me contesta. Él va a lo suyo. Sólo dice lo que se le antoja, una especie de historia de su vida.

- Por tus palabras deduzco que llevas varios días con él.

- Dos semanas.

- ¿Dos semanas? ¡Dos semanas, Dios santo! ¡Esto es increíble! ¿Por qué no me lo habéis comunicado antes?

- Esperábamos a decírtelo en una reunión- explico.

- Para otros temas no sois tan mirados. Cuando tenéis que esperar a la reunión irrumpís en mi despacho a darme la lata y cuando es un asunto urgente esperáis a la reunión. Hacéis lo que se os pone en los cojones.

- De todas formas no me parecía un asunto urgente- atempero.

- Esa no es la cuestión, Julián. Lo que me molesta es que Fermín y tú hayáis actuado anárquicamente, sin consultarme. Soy el director.

- Lo sé. Lo siento- me excuso.

Vicente abandona su talante de falso enfado y comienza a sobar la suave curvatura de unos nudillos carnosos.

- Además, no estoy seguro de... Si no te doy casos no es por capricho. No me gustaría que te esforzaras demasiado- se descubre al fin.

Eso era, por supuesto. ¿Cómo no te vi venir, Vicente, tan gordo y tan cargado de lástima? Debería de habérmelo olido. Y tampoco me di cuenta hasta hace un momento de que Alonso y Ana se acuestan juntos. ¿Es que me estoy quedando ciego? ¿Cuánto tiempo lleva la vida desarrollándose a mis espaldas? Puede que siempre haya estado viviendo de espaldas a la vida, enfrentándome a una vida diferente de la vida auténtica, a una vida idealizada, a mi propia vida. Por eso tampoco me percaté del cáncer de Irene; por eso persiste en mi nuca la sensación de un cuchicheo incesante que revela mi ceguera congénita. Intuyo que hay algo más, algo que bulle y se expande detrás de mí, algo que se desliza y se escurre cuando giro la cabeza, una vida huidiza en la que nunca podré sumergirme porque nací ciego para ella.

- ¿Y qué pretendes que haga?- le reprocho. Lo que más me indigna de Vicente es los rodeos que toma para compadecerse de mí. ¡Pobre Julián, Julián viudito, Julián perdido, rumbeante!- Este es mi trabajo... cobro por ello, ¿no? Y disfruto con ello. No me das ninguna oportunidad. ¿O pretendes que me dedique a ordenaros los despachos? Mierda, Vicente, mírame. Estoy al cien por cien.

Vicente infla mucho los carrillos. Es un globo que engorda, que se estira hasta lo imposible, que va a estallar de un momento a otro. Pero no estalla.

Me fijo en los corronchos grises que manchan las sobaqueras de su fina camisa azul. Esas redondeces constituyen una parte protagonista de su personalidad. Las tiene inscritas en los genes, igual que las huellas dactilares, igual que ser director, igual que su bohonomía, igual que el dibujo campaniforme de su cabeza.

Mis colegas guardan un silencio expectante mientras el globo Vicente se va deshinchando.

- En fin, que Valencia te pase los datos que tenga del paciente- concede- aunque supongo que ya lo habrá hecho.

- Sí- respondo aliviado.

- Bueno, pues me presentas un informe. Y acuérdate de entregarme también las cintas con las grabaciones.

- De acuerdo.

- Y, esto va por todos, que quede claro que en lo sucesivo no voy a tolerar que actuéis a mis espaldas, ¿entendido? Si eso es todo...

Mis colegas empiezan un alboroto. Recogen sus papeles, sus gafas, sus teléfonos móviles, sus bolígrafos; retoman diálogos interrumpidos por la reunión; arrastran las sillas estrepitosamente, y se levantan y se atropellan hacia la puerta de la sala.

Persigo la figura de Ana y la examino concienzudamente antes de que abandone la sala. Quiero tener una imagen reciente que llevarme, para el momento en que Anita colegiala se transforme en doctora Ana, Ana Carreter, Ana sin vergüenza, procaz. Ya no estaremos en su dormitorio, ni necesitaré seguir mintiéndole, sólo a estudiar Criminología, a estudiar y nada más. Por arte de birlibirloque la escena se trasladó a su despacho. Entro a pedirle unos documentos y ella va a buscarlos en unos archivadores que hay en la estantería colgada junto a la entrada. Me acerco a ella por detrás, sigilosamente; me deslizo y la abrazo por la cintura. Ella me opone una cara de párpados bajados y de labios entreabiertos que pretenden otros labios. La beso fuerte, con un beso venero, beso manantial, chorro, géiser... Remango con sutileza su jersey de punto grueso de lana negra, y desabrocho el botón de sus pantalones de tergal color café con leche frío. Bajo la cremallera y los pantalones resbalan hasta los tobillos. Las bragas, blancas, finas, están húmedas, ansiosas, hambrientas. Las acaricio ligeramente con las yemas de los dedos temblorosas y algún misterio, debajo de la tela suave, parece estremecerse de satisfacción. Mi boca va mojando, con mucha paciencia...

- Espera un momento, Julián. Me gustaría hablar contigo- nos interrumpe Vicente.

Ana Carreter impúdica, desvergonzada, el despacho de Ana, la respiración vacilante de Ana, su cuerpo palpitante, tórrido y sudorífico, tropical. La ilusión desaparece con las palabras de Vicente. Y mi hambre de Ana, inexplicablemente, se desvanece también.

Vicente aguarda a que salgan de la sala de reuniones los demás, y va a cerrar la puerta.

- Sólo quería preguntarte cómo te encuentras- explica.

- Ya te he dicho que no te preocupes. Puedo trabajar. No sé por qué te empeñas en mantenerme apartado. Soy un buen siquiatra.

- De los mejores, desde luego. De lo contrario no estarías en San Alberto. Pero no me refiero a tus facultades laborales. Quiero decir... bueno, cómo te encuentras tú, personalmente.

- Por supuesto que sé lo que quieres decir, Vicente. Es la misma monserga que vengo aguantando desde hace un año. ¿Cómo estás, Julián? ¿Estás bien, Julián? ¿Pero bien, bien? ¿Necesitas algo, Julián, lo que sea? Oye, ya sabes que puedes contar conmigo si necesitas cualquier cosa, sólo tienes que pedírmelo. Incluso el cabrón de De la Serna se me ofreció. Supongo que estará frito por sicoanalizarme.

- ¿Y bien?

Vicente me observa sin perturbar ni un mínimo rasgo en su cabeza de globo. A mí no me vengas con cuentos chinos. No son cuentos, Vicente. Estoy bien, en serio que estoy bien, ¿no me ves? No hay motivo para que te preocupes, fue un duro golpe, claro, pero estas cosas ocurren en la vida y no sirve de nada hundirse, sólo necesito un poco más de tiempo para reorganizarme. Igualito que le dije a mi madre, y a mi hermana, y a todos. Estoy bien, de veras, no os preocupéis por mí, gracias, gracias, muchas gracias.

- ¿Y bien?- repite Vicente.

- Me encuentro hecho una mierda- le declaro incomprensiblemente.

- Lo sabía. Por eso no te daba ningún caso. No puedes ayudar a nadie si no andas bien.

- Eso no tiene nada que ver. ¿No has leído San Manuel Bueno, mártir? ¿Y qué me dices de los payasos? Siempre sonriendo y haciendo mojigangas, aunque estén destrozados por dentro. Pues es lo mismo. Además, me siento capaz de rendir al máximo. Nunca he dejado que mis asuntos personales interfiriesen en mi profesión.

- De acuerdo, ya ganaste la partida, trabajarás, pero quiero que me prometas que si ves... bueno, me lo comunicas.

- Descuida. Si no me viera con fuerzas no haría falta que me dijeras nada. Yo solito me iba de San Alberto.

- Está bien, pero prométeme que te cuidarás. ¿Sabes que tienes un aspecto lamentable?

- ¿En serio?

- Mira, Julián, me imagino que será muy duro, inconsolable, pero ya ha pasado un año desde que murió Irene. Un año. No puedes continuar así, hundiéndote en un pozo sin fondo. ¿Qué vas a conseguir con esa actitud?

- No es una actitud, Vicente, es un sentimiento- le corrijo.

Las actitudes son manejables, y los sentimientos no. ¿Crees que controlo cómo me siento? No, Vicente, no. Mi dolor es tan independiente como el asqueroso tic de la cara de Fermín Valencia. Te intentaría convencer de la autonomía de los sentimientos, Vicente, pero no me entenderías. ¿Verdad que no me entenderías?

De pronto algo me llama la atención en la punta de mis zapatos. Es una fosforescencia argentina, delicada, que se extiende hacia arriba en forma de cono e imita los movimientos armoniosos de un caleidoscopio.

- Te equivocas, Julián. Las heridas pueden escocer eternamente, o cicatrizar en un santiamén, depende de la atención que les prestemos. Los cojones son las plaquetas del alma. Tu dolor existe, sin duda, pero ya es hora de que no le permitas seguir creciendo, es hora de que lo abortes, o de que lo intentes al menos. Lo que tendrías que hacer es calzarte tu mejor sonrisa y salir a la calle, a una discoteca, engancharte acaso una buena tomatera, o irte de viaje, un par de días, o una semana, no sé, tómate el tiempo que quieras. Haz algo, lo que sea.

- ¡Caramba! Me recomiendas actividad y en cambio no me dabas ni un puto caso.

- No compares. Trabajar tal vez te distraiga, sí, pero lo que tú necesitas es arrancarte de tu entorno, descansar de tu vida. Un reposo fuera de ti mismo.

- Lo cierto es que no me apetece nada salir de marcha, y mucho menos irme de viaje por ahí- murmuro sin mirarlo.

Sigo encandilado por el cucurucho de brillos de plata que me sale de la punta de los zapatos. Seguro que Vicente no lo ve. Seguro que Vicente es tan gordo porque carece de imaginación. Ahí está Julián, con la cabeza sometida, semejando un niño a quien su padre regaña, y yo soy ese padre, piensa. Este conito de brillos plateados es la prueba irrefutable de nuestra disimilitud, Vicente. Yo lo veo y soy flaco e infeliz; tú no lo ves y eres gordo y feliz.

- ¿Y qué coño importa si te apetece o no? Las ganas no llueven, hay que buscarlas. ¿No dicen que la felicidad es un estado de búsqueda? Pues no te quedes ahí, como un pasmarote, lamentándote de lo desgraciado que eres. Recuerda, además, eso del ruiseñor. No canta porque esté feliz, sino que está feliz porque canta.

- Yo no entiendo de solfeos, Vicente.

El caleidoscopio se pliega como esos vasitos de plástico policromado que se llevan a las excursiones, o que saca del bolso la mujer que se sienta enfrente de ti en el vagón del tren. Ahora que me quedé sin fantasía compongo la escena dramática de un hijo que desafía a su padre con la expresión sublevada.

- No soy un ruiseñor. Y que yo sepa no me habrás oído lamentarme de lo desgraciado que soy. Yo no me quejo. Ando hecho una mierda, es cierto, pero no me importa. Pensáis que me disgusta estar hecho una mierda, y no es así. Quiero seguir estándolo hasta que me muera.

- ¡Qué clase de gilipollez es esa!- se enfada el papá Vicente. Nadie quiere estar mal, Julián. Nadie.

- Pues yo sí, y supongo que no hago daño a nadie.

- A ti lo que te pasa es que no hallas el empuje necesario para combatir ese sufrimiento corrosivo, pero ese impulso, esas fuerzas no se presentan por las buenas. Insisto en que hay que buscarlas. ¡Persíguelas! ¡Lucha, Julián!

- ¿Luchar? ¿Luchar contra qué?

- Contra el dolor... contra la agonía, contra esos huecos angustiosos que han quedado en tu existencia. Intentas parchear las grietas de tu vida con recuerdos de Irene, sin apreciar que esos recuerdos son un falso relleno. No puedes anclarte en el pasado. Los recuerdos no son más que un andamio endeble cuya caída inevitable desmoronará definitivamente tu realidad. Deshazte de esos parches.

- Me hablas como un jodido siquiatra, Vicente.

- Es que soy un jodido siquiatra. Pero ahora te hablo como amigo. Elimina esos recuerdos de los que tu dolor se alimenta. Ya sé que resulta difícil, y penoso, pero debes hacerlo. Olvida, Julián. Borra ese pasado que te destruye.

Pruebo a comprender el sentido de las palabras de Vicente, Vicente papá, Vicente sumo fracasado, Vicente dios, Vicente siquiatra y amigo. Entonces un calambre de furia me cabalga el cerebro. ¿Olvidar? La ira avanza, se divulga el eco de su trote e inscribe en cada una de mis células su estribillo machacón: Irene, Irene, Irene... ¿Olvidar mi dolor? ¿Olvidar a Irene? ¿Arrebatar al mundo el último indicio de su presencia?

Me dirijo a la puerta y giro el pomo.

- Yo llevo con orgullo mi dolor, Vicente, porque mi dolor significa que Irene estuvo aquí. Yo no quiero corregir esos boquetes que tú dices, yo no quiero eliminar los recuerdos, yo no quiero borrar el pasado porque vivo de él. No es el pasado lo que me destruye. Es el presente.

Salgo de la sala de reuniones y el runrún de mis pisadas en las baldosas del pasillo se confunde con el acorde inarrancable del nombre de mi mujer.

 

 

 

DOS

 

 

 

El concepto destino es, de sobra, el más pavoroso de los conceptos. El destino es carencia de libertad, encierro en una prisión inexpugnable con un grillete continuo sujetando el cuello y un cordel de pita amarrando las manos. Pero esta desolación no es fortuita ni devastadora para el espíritu humano. El insalvable sometimiento al destino, doctor Velasco, es la excusa perfecta de quienes no deciden, y la mayoría de las personas afirma que no deciden porque no se les permite tomar decisiones, pero en el fondo no quieren decidir. Lo cómodo para ellos es el destino, la cárcel, la dictadura. La opción es pesada y dolorosa, y conlleva responsabilidades jurídicas o éticas. El hombre inventa el concepto destino porque elige estar preso para no tener que volver a elegir.

Para referirse al destino los antiguos griegos escribían TúXn, y los antiguos romanos escribían Fatum. Nosotros escribimos también Fatalidad, Hado, Sino o Tiranía. Mis padres no fueron libres, no eran capaces de decidir, pero no porque no quisieran, no porque tuvieran miedo a la opción y a sus consecuencias, sino porque no estaban facultados para ello. Eran literalmente idiotas. Se limitaron a reflejar fielmente su destino, el argumento tramado por Dios, y acaso también Dios recorría, recorre, un rumbo trazado en alturas superiores. Mis padres fueron una hipérbole de Ayax Telamonio y Medea, de Ifigenia y Edipo, de Orestes y Antígona. Cuando dejaron de ser absolutamente ignorantes, cuando cobraron un ápice de entendimiento, ya la tragedia estaba terminada; ya estaban cautivos en el aroma sombrío del árbol.

El árbol. La tela de araña. El laberinto. Del fruto de los árboles del Jardín podemos comer, excepto del fruto del árbol que está plantado en medio del Jardín, porque entonces moriríamos. ¿Por qué se nos prohíbe ese fruto? ¿Sabe alguien en qué consiste la muerte? ¿Tan terrible es la muerte? Yo lo sé positivamente, ssss, pero no, mi niña, ssss, no moriríais, ssss. Ahora bien, se os abrirían los ojos, ssss, y seríais libres, ssss, tendríais que ser como Dios, ssss, conociendo lo bueno y lo malo, ssss, lo cual constituye una carga más terrible y reconfortante que la muerte.

¿Hacemos caso de la serpiente, marido mío? ¿Probamos de ese fruto prohibido? ¿Queremos ser iguales a Dios? ¿Queremos la gravosa libertad que otorga el conocimiento? Y qué sé yo, mujer de mis entrañas y de mi corazón. ¿Cómo puedo optar entre lo correcto y lo incorrecto? ¿Cómo podría valorar ni siquiera las repercusiones de lo que quiero o dejo de querer si antes no pruebo del fruto? Pero entonces sería demasiado tarde, ¿no? Lo único cierto es que el fruto me resulta apetecible.

El árbol del Bien y del Mal, el árbol de la Vida, el árbol de la Sabiduría, la excelente paradoja: para comprender que no debes probar de su fruta, deberás probarla necesariamente. No hay elección posible. Es un callejón sin salida.

A veces pienso en por qué Dios escogió un manzano entre todos los árboles del Jardín, e imagino que, quizás, un día se empachó de manzanas y los ardores no le permitieron dormir. Por eso las odia tanto y las eligió entre todas las frutas del Jardín. Por eso envenenó para siempre la esencia de su jugo. ¿Qué existe más ruin, en la inmensa Creación, que una manzana? ¿Qué hiere más implacablemente? Debajo de su piel, suave, pulida, amarilla como la muerte, o roja como la muerte, disimula una carne húmeda y reluciente, lúbrica, como el tacto metálico de la devastación. Su sabor agridulce arrasó el Paraíso. Su expresión hipócrita inició la descomposición de los gloriosos muros troyanos, llegando a someter a los mejores domadores de caballos ante el más manso de los caballos. Su peso bermejo susurró a un hombre sabio que sesteaba cómo inducir a otro sabio desgreñado para que forjase las llaves que abren las puertas de la Nada. Y entre todas las formas posibles la manzana sólo pudo repetir la forma del corazón, para transportar desapercibidamente los gusanos de sus entrañas como si fueran un mensaje de vida. Dígame, doctor Velasco, ¿qué hay más miserable que una manzana desde aquel hartazgo que no dejó dormir a Dios?

De modo que Dios Jehová expulsó al hombre y a la mujer del Jardín, y al Este del jardín de Edén apostó los querubines y la hoja llameante de una espada que continuamente daba vueltas para guardar el camino al árbol de la Vida.

Mis padres partieron para el destierro acurrucando su desnudez, y con el pánico de los desamparados metido en los párpados y en las sienes. Sin embargo por dentro, inconscientemente aun, marchaban preparados para la comprensión; partían manipulados para sonsacar los conocimientos a los enigmas que el nuevo mundo circundante les planteara. Seguían siendo ignorantes, doctor, pero tenían la posibilidad de dejar de serlo. Habían roto las cuerdas. A partir de ese momento serían libres para elegir entre el peso grave de la libertad y el cómodo aposento de la sumisión al concepto del destino.

Gracias a la perseverancia y a la vigilia en unos casos, gracias a los favores inesperados de la casualidad en otros, mis padres fueron adaptándose a la deliciosa virginidad de la tierra. Descubrían día a día sus contenidos como un milagro lozano y siempre misterioso. Aprendieron las maneras de abrir las carnes del suelo y sembrarlas, de suturar las heridas delicadamente y mimarlas, de alimentarse con el fruto recolectado de las postillas. La tierra sangraba sus dones para ellos, nutriéndolos con el dulce escozor de una madre que amamanta a su hijo recién parido, carne de su carne, sangre de su sangre, barro de su barro. Ellos eran tierra al fin y al cabo, doctor Velasco, hijos de la tierra, y serían padres de los últimos seres de tierra: Abel, Caín y yo.

Siguieron aprendiendo y aprendieron que las piedras no se comen, aprendieron a ocultar sus controversias sexuales de las miradas lúbricas de las fieras, aprendieron el temor a las tormentas, aprendieron a identificar la luz del día y a distinguirla de la oscuridad inquietante de la noche. Experimentaron con el hambre, con la sed, con el frío, con el cansancio, con la gravedad del sudor, con el sueño placentero y la extenuante pesadilla, con la euforia, con el desasosiego, con el éxtasis, con las lenguas del fuego, con las pieles, con la imponencia de las montañas, con el cielo inalcanzable, con la superstición, con el delirio de la ira, con el sabor impetuoso de la reconciliación, con la pereza... con todo. Aprendieron que la experiencia era la única arma que tenían para combatir su desamparo. En el Jardín habían sido meros monigotes de un Dios titiritero, pero ahora, en el destierro, arrojados a un mundo desconocido, sus personalidades iban surgiendo poco a poco, vivencia tras vivencia. Y preferían ser libres (libres también para someterse) antes que un entretenimiento divino, aunque, a veces, tuvieran que padecer por ello el sufrimiento insondable de la consciencia; aunque muchas noches, contemplando la amplitud estremecedora del cielo, añorasen esos tiempos lejanos en el Jardín, cuando eran apenas muñequitos de trapo, cuando vivían sumidos en una pacífica estupidez y no se hacían preguntas y, por tanto, no les descorazonaba esa pregunta vertiginosa que todas las personas acarrean en los huesos desde que nacen hasta que mueren: ¿Por qué? En fin... Luego de que sus conocimientos los hubieran preparado vinimos nosotros, los hijos de la tierra modelada, los últimos seres de barro, los creadores del hombre.

Y Dios Jehová procedió a decir a la mujer: “ Aumentaré en gran manera el dolor de tu preñez; con dolores de parto darás a luz hijos, y tu deseo vehemente será por tu esposo, quien te dominará”.

El primero en nacer fue Abel, y estuvo a punto de morir porque no sabía llorar. Mi madre, después de parirlo con insoportable fatiga, lo dejó olvidado en la oquedad de un olivo, y Abel empezó a consumirse indolentemente. Así transcurrieron varios días.

Una mañana mi madre pasó casualmente por su lado y se dio cuenta de lo escurrido que estaba poniéndose.

- ¡Qué flaquito! No estoy segura, Adán, pero creo que el niño Abel tiene hambre.

- ¿Y por qué no come si tiene hambre?- preguntó mi padre.- Cuando nosotros tenemos hambre comemos.

- Tal vez sea demasiado pequeño para alcanzar el fruto de algún árbol.

- Pero podría pedírnoslo, ¿no? Recuerdo un día que me lastimé el tobillo y no podía caminar, así que al cabo de unas horas empezaron a revolverse mis tripas. ¿Qué hice yo? Pues te dije que fueras a traerme algún alimento porque yo no podía ir a cogerlo por mí mismo.

Mi madre se encogió de hombros e introdujo unos pedacitos de melocotón maduro en la boca hambrienta, y Abel sonrió formando círculos en el aire con sus bracitos famélicos.

- Sí, sí, tenía hambre- reconoció mi padre.- Pero sigo sin entender por qué no hacía nada para alimentarse.

Entonces mi madre arrancó una mata de hierbabuena fresca y la colgó a la entrada del chamizo de cañas y barro, construido por mi padre, donde habitaban. Todas las mañanas, muy temprano, se arrodillaba debajo de la mata y, con una mano puesta en el vientre, entonaba una baladilla mágica:

Mi sangre será la boca

de lengua lacrimosa

que busque encontrarse

con la erupción cremosa

del pecho enardecido.

Mi sangre será la boca

de muela lloriqueante,

será el reclamo rojo

de sangre que amamante.

Así que cuando nacimos Caín y yo, gemelos disconformes, ya conocíamos el lenguaje de las lágrimas y no nos faltó el alimento de la leche materna y de otros variados productos. Mi madre mantuvo el rito de la canción muchos años, pero incluso después de abandonado, cuando la mata de hierbabuena colgada a la entrada de la casa no fue sino un esqueleto de polvillo cuajado, sus hijos, y los hijos de sus hijos, siguieron naciendo llorones.

Abel, Caín y yo, ingenuos seres de barro todavía, nos unimos a la expedición instructiva de nuestros padres con la excitación de un ciego recuperado, quien trata de que sus ojos rehabilitados abarquen ansiosamente, de un solo golpe, la inmensidad de colores y formas que se ciernen a su alrededor. Nos topábamos con los detalles y mecanismos de la existencia unas veces por azar, y otras por desconfianza, pero invariablemente fascinándonos. Poníamos una atención asombrosa en cada uno de nuestros actos, en nuestro comportamiento, y un interés asombrado en todas las consecuencias. Comprobábamos, por ejemplo, que un pedrazo afilado podía estrellarse en el centro de la madera y desmenuzarla en delgadas láminas, y en cambio, si golpeábamos esa misma madera con el puño un estremecimiento recorría los nudillos. La piedra era más resistente que la madera, y la madera que la mano, y la mano que la flor, y la flor que el rocío...

Aun recuerdo cuánto me asusté la primera ocasión en que me enfrenté a mi imagen reflejada en el espejo diáfano de una charca. ¿Qué era esa cosa enclenque y fea que se deslizaba sobre la superficie del agua imitándome los movimientos?

- Ese también eres tú, pequeño- decía Caín.

- ¿Yo? ¿Ese de ahí también soy yo? ¿Qué quieres decir, Caín? ¿Es que yo soy dos?

- Claro que no, pequeño. Tú sólo eres uno, pero tienes infinitos reflejos, infinitas apariencias. Cada vez que te asomes al agua te encontrarás con un Set distinto, y siempre será el mismo Set. Un Set que cambia y no cambia. ¿Crees que papá o mamá te ven del mismo modo que te veo yo? Pues no. Ni siquiera yo conseguiré verte dos veces de la misma forma.

- ¿Y cómo estás tan seguro de que es así? ¿Y si fuera al revés? ¿Y si yo fuera uno de los múltiples reflejos de ese ser acuático?

- No, pequeño, no. La ilusión está en el agua, o en los ojos que miran. Cuando te apartas del agua, o se retiran los ojos que estaban contemplándote, la ilusión se desvanece, pero tú continúas vivo, real, aunque no te percibas con una forma concreta.

- ¿Adónde van las ilusiones, Caín? ¿No pensará la ilusión que soy yo quien ha desaparecido? ¿No pensará que ella es la realidad y yo la mentira?

- ¡Qué cosas tienes, pequeño! No se puede hablar contigo.

Recuerdo cuando trepaba a las ramas más altas de los fornidos almencinos y estiraba el cuerpo indeciblemente para empujar al sol, esa pelota de fuego incombustible que me abrasaba los brazos y la espalda; y cuando meaba sobre las lagartijas para estudiar sus contorsiones escocidas; y cuando intenté atrapar con los dedos el alma azul de una candela crepitante y me mordió su resuello; y cuando pretendía infructuosamente guardar en las manos la sustancia deliciosa de un aroma. Aprendíamos segundo tras segundo, doctor. Asimilábamos.

Sin embargo, mejor que los externos hechos causantes, con una claridad superlativa, recuerdo las sensaciones motivadas en mi barriga, los escalofríos impregnándome las articulaciones. Cada sensación, cada temblor permanece transparente e imborrable en un recoveco de mi honda memoria. Recuerdo perfectamente, ahora mismo lo estoy sintiendo, cómo fue el primer frío que me atacó, la fiereza de sus arañazos profundos, hirvientes, a mis miembros ateridos. Pero me he olvidado de la causa de ese frío. No sé si me atropelló el cuerpo durante una noche invernal, o mientras me bañaba en el recodo tranquilo de un arroyo helado, o a través de unas palabras siniestras. ¿Qué más da? ¿Qué importancia tiene de todos modos, doctor, de dónde surgiera aquel frío? El transcurso del tiempo ha desmembrado muchas causas de sus efectos respecto de aquella existencia errática, cuando un beso era el primer beso, un sueño era el primer sueño, un sufrimiento era el primer sufrimiento... Mi mente ha descubierto con la fatigosa sucesión de los años que los acontecimientos con los que vamos componiendo nuestra identidad son iguales que las palabras. Las palabras, doctor, una vez comprendido su significado, ya no importan tanto, se vuelven simple artificio, de modo que son relegadas a un segundo plano para conseguir un ímpetu mayor en la impresión de sus contenidos. ¿Qué nos importan las circunstancias de los términos gorrión, o amor, o humedad, o desesperación? ¿Qué nos importan las letras después de leerlas? Lo trascendente no es la palabra, sino el concepto. Lo que cuenta es nuestra propia percepción, cómo sentíamos el vuelo caprichoso de aquel concreto gorrión, cómo nos atribulaba el zarandeo de aquel amor truculento. Por eso no recuerdo de dónde vino ese primer frío. Por eso un gran número de las circunstancias de aquella vida reciente ha ido modificándose, desmadejándose y confundiéndose. Las circunstancias se han perdido en una bruma de irrealidad como detrimento ineludible al desarrollo de una memoria interna. La persona no es el producto de lo que ocurre fuera de sí, doctor Velasco. Las personas son el resultado de la suma de cada uno de sus propios sentimientos. Las personas se edifican por dentro.

No obstante hay un momento del que mi cerebro no ha disociado causa y efecto, accidente e impacto, emisión e inmisión; un instante de la construcción de mi ser que permanece como conjunto en mi memoria, y así seguirá mientras dure mi aliento. Recuerdo lo que sentí y la razón por que lo sentí. Ese momento es el día en que mi hermano Caín mató a mi hermano Abel, y nuestro ciclo de aprendizaje quedó saciado. Ese día la tierra se disolvió en la tierra por primera y última vez. El ser modelado de barro se convertía definitivamente en hombre.

Y Dios Jehová procedió a decir a Caín: “¿ Por qué estás enardecido de cólera, y por qué se te ha decaído el semblante? Si te diriges a hacer lo bueno, ¿no habrá ensalzamiento? Pero si no te diriges a hacer lo bueno, hay pecado agazapado a la entrada, y su deseo vehemente es por ti; y tú, por tu parte, ¿lograrás el dominio sobre él?”.

Mis hermanos siempre discutían y a mí me encantaba oírles. Invariablemente se repetía la misma escena... La voz de Caín atronaba hueca y profunda, como el bostezo ecoico de los osos pardos tras su larga hibernación, mientras que Abel acompañaba sus piadas mortecinas de palomilla asmática con la tremolina frenética de sus brazos escuchimizados. Yo, más que de Caín, parecía a mi pesar gemelo de Abel. Su cuerpo era tan menudo y famélico como mi cuerpo, y su rostro tan brusco y rotundo como mi rostro. Pero Abel era feo y chico de nacimiento, y yo, al menos, guardaba como consuelo para mi parquedad la excusa de un accidente.

Mi madre me contaba que yo era un bebé hermoso y enorme, un calco de Caín, dos gotitas de agua, pero cuando tenía cinco o seis años resbalé dentro de un riachuelo y me mordió en las ingles una culebra de agua. Tuve unas fiebres espantosas durante más de diez años que casi me matan, pero finalmente me sobrepuse tomando unas infusiones que mi madre preparaba con amaranto cuarteado en noches de luna menguante. En noches de luna menguante, doctor Velasco... ¡Qué curioso! Desde entonces ya no crecí.

Quizás empecé a odiar a Abel porque con su presencia enfermiza y deforme me recordaba constantemente la afrenta de mi destino, de la casualidad que me llevó a resbalar a ese riachuelo. O acaso le aborrecía por la soberbia con que exageraba su primogenitura, no sé. De cualquier manera su estancia se me hizo insoportable, y le evitaba siempre que podía. En cambio buscaba continuamente la cercanía de Caín. Aunque fuésemos unos gemelos de apariencias antagónicas me parecía que, por dentro, éramos iguales: su valentía y mi intrepidez, su orgullo y mi vanagloria, su sabiduría y mi curiosidad, su grandeza y mi prepotencia... Me encantaba recrearme en sus brazos portentosos con la nostalgia de los desheredados, y durante mucho tiempo traté de imitarle los gestos. Intentaba ensanchar las ventanillas de la nariz como hacía él para demostrar su enfado, o apretaba las mandíbulas para marcar los tendones como hierros encendidos a los lados de la cara, o metía la barbilla por detrás de la nuez para robustecer la voz. ¡Mirad qué prodigio! ¡Contemplad mi poderío! ¿Poderío? ¡Maldita culebra de agua! ¡Puta, más que puta! ¿Por qué tuviste que morderme? ¿Por qué no le mordiste a Abel, que ya era un adefesio? ¿Por qué te cruzaste en mi camino? Yo sólo era un payaso que en el pasatiempo de las imitaciones nunca conseguiría sino un boceto grotesco e infamante de Caín. Yo sólo era un enano pretencioso, doctor. Jamás sería como Caín, así que, frustración tras frustración, tuve que conformarme con admirarle en secreto.

Cuando Caín salía de caza me ocultaba detrás de un arbusto o de unas piedras para observarlo. Su colosal y robusto cuerpo, de algarrobo, de montaña, se deslizaba levitante, como una brisa madrugadora, por encima del manto crujiente de la hojarasca, al acecho de alguna corza extraviada, o de un cervatillo, o de un jabalí solazado en las sombras de su trocha. Caín nunca se precipitaba. Se acercaba milímetro a milímetro, imperceptiblemente, tan lento como la fuga de la pasión, tan despacio que el animal, aun viéndole, cavilaba que aquel enorme cuerpo expectante sólo constituía otra de las formas inmóviles del entorno, otra parte inofensiva del paisaje. Caín seguía acercándose y cuando su aliento tranquilo ya besaba la piel desprevenida del animal, se lanzaba sobre la presa, raudo, violento, moliéndole repetidamente con una estaca mal afilada pero irrevocable. El animal se retorcía desesperado y con los ojos muy abiertos y abobados. ¿Qué está sucediendo? ¿De dónde surgió esta fuerza castigadora? ¿Por qué se me escurre repentinamente la vida y sólo aprecio la crudeza de las sombras? ¿Por qué estoy muriendo? Las garras de Caín apretaban fuerte y más fuerte la garganta moribunda. Una sangre parda, espesa, le bañaba la cara y el pecho, y Caín, alzando sus manos al cielo, gritaba su cántico particular de la victoria, frenético, desgarrador.

-¡Ahhhh! ¡Ahhhh! ¡Ahhhhhhhhh!

Entonces yo me quejaba en mi escondrijo con un llanto contenido, maldiciendo a mi destino, a Dios, a la vida, al azar, y sobre todo a la culebra de agua que me había dejado enano.

Pero mi admiración por Caín no me postraba a un mero estado de arrobamiento expectativo. La admiración no tiene por qué conllevar sometimiento. Caín aborrecía tanto como yo el servilismo. Aunque demostrara hacia mí una actitud protectora me quería con un sentimiento profundo de igualdad. Nos tratábamos de tú a tú, como suele decirse. Frecuentemente salíamos juntos a buscar nidos, o cangrejos, o a vagar en silencio por los campos. Otras veces se sentaba a mi vera con un gesto aciguatado y me participaba algunos de sus impulsos y reflexiones. Solía hablarme, por ejemplo, de la naturaleza de la vida. Su tono era frío, negligente; tornaba el tema de la existencia lejano, irreal.

- No somos ni más ni menos que esos animales que me dedico a cazar. También nosotros sangramos, también pasamos miedo, y hambre, y sed. Un día, de buenas a primeras, se presenta un ser más fuerte que nosotros y nos machaca como a gusanos. ¿Qué nos diferencia entonces? Nada, pequeño.

- Abel dice que nosotros somos los preferidos de Dios.

- Abel te da tanta grima como a mí, así que no entiendo cómo haces caso de lo que dice. ¿No será que piensas como él?

- ¡No!

- Los preferidos de Dios... ¡pues vaya manera que tiene Dios de tratar a sus criaturas preferidas!

- Eso es verdad.

- Por supuesto. Abel es un idiota pensando que es más de lo que es. Sólo somos animales, pequeño. Animales.

Otras veces Caín y yo jugábamos a inventar nombres. Señalábamos alguna cosa desconocida e improvisábamos palabras hasta encontrar la que nos parecía más adecuada para designar dicha cosa.

- Esa fruta de ahí podría llamarse lambrona.

- ¿Lambrona? Es horrible.

- ¿Ah, sí? ¿Y por qué es horrible?

- No sé. Suena áspero, pequeño. Tendría que ser un nombre certero pero suave. ¿No has acariciado esa piel?

- Pues entonces salpernio.

- ¡Puaj!

- ¿Tampoco te gusta salpernio?

- He dicho suave. ¿Te parece suave salpernio?

- Eres fastidioso, Caín. ¿Cómo lo llamarías tú?

- Melodía.

- Melodía no sirve, ya utilizamos esa palabra para otra cosa.

Caín sentía una predilección asombrosa por las palabras melodía, arroyo y golondrina. Hubiera sido feliz bautizando con estas tres palabras a todas las cosas del mundo.

- ¿Seguro que ya la hemos utilizado?

- Sí.

- Entonces arroyo- ratificaba previsiblemente.

- Tampoco.

- ¿Y golondrina? ¿Está ocupada la palabra golondrina?

- Sí.

- Entonces me rindo, pequeño. Ya hemos gastado todas las palabras interesantes.

- ¿Y tomate? ¿Qué te parece tomate? No hay nada que se llame tomate.

- Tomate... no está mal- concedía encogiéndose de hombros.- El tomate es redondo y suave y rojo. Voy a coger un tomate. Me comeré un tomate. ¿Quieres un tomate? Suena bien.

Súbitamente se olvidaba de su anterior melancolía y empezaba a reír con estruendo. Me arreaba unos tremendos topetazos en la espalda, me contagiaba su risa, y nos enredábamos en una pelea fingida. Así terminaban nuestras disputas de mentira. Invariablemente. Por el contrario los enfrentamientos de Caín y Abel eran veraces, y bañados de un odio creciente con el transcurso de los años.

La mañana que Caín mató a Abel el sol reverberaba en lo alto con un fuego crudo y naranja. El cielo testimoniaba un fulgor perfectamente celeste y del suelo, abusado de calor, se desprendía una bruma abrasada que desfiguraba los contornos y los convertía en trazos danzantes.

En la subida de un lomazo seco y duro mis hermanos andaban discrepando sobre cualquier asunto, puede que la manera más precisa de partir unos troncones, o de izar un vallado, o de cavar una zanja. ¿Qué más da? ¿Qué importa el motivo concreto si todo se convertía en causa de riña al ser tocado por su mutua malquerencia? De manera que no recuerdo el pretexto que inventaron aquella mañana soleada. Yo los veía desde unos matojos cercanos. Abel porfiaba en sus razones con la cabezonería atosigadora de las moscardas, y la nariz de Caín se ensanchaba, crecía, era guaridas de dragón. Imaginé lo que iba a suceder.

- Lárgate de una vez a pastar con tus cabras- advertiría, como siempre, Caín.

- ¡No me da la gana! ¡Bruto, más que bruto, que siempre quieres tener la razón! Algún día vendrá Dios para apañarte.

Sí, doctor. Abel sacaría a Dios a relucir, y Caín trazaría un garabato en el aire con la mano y se daría media vuelta sin decir nada. Abel se enfadaría más con el desprecio, y continuaría sus chillidos atiplados, y sus porfías, y sus desbaratados remolinos de brazos, y cuando empezara a faltarle el ánimo, agotado, terminaría alejándose entre resoplidos y se dirigiría al chamizo para acusar ante mis padres a Caín. Es un engreído, no sé por qué se lo consentís, qué se ha creído el insolente, Dios le tiene que castigar sin remedio, sí, sí, ya veréis como le castiga, y patatín patatán. Mis padres le consolarían, bien, Abel, bien, no te sulfures, te lo tomas todo a la tremenda, preguntándose interiormente cómo había germinado en su hijo tamaña pasión por el Ser que tanto daño les había ocasionado. ¿No se repetía siempre la misma escena?

Aquella mañana pletórica de sol, sin embargo, no ocurrió lo que solía. Caín no despreció a Abel con un garabato en el aire, ni dándose media vuelta, ni permaneciendo callado mientras Abel se consumía en su rabia. La escena tomó un rumbo imprevisto.

- Me tienes harto con tanta tontería. Nos tienes hartos a todos, pero eres tan imbécil que ni siquiera te das cuenta. Dios, Dios, Dios, Dios y Dios. Dios por aquí, Dios por allí, Dios por todas partes, Dios a todas horas. ¿Qué hace tu Dios que no viene a castigarme ahora mismo? Aquí le espero. Dile que aquí le espero. ¡Uy! Que viene Dios, que viene Dios... Pues no, no va a venir, porque ¿sabes lo que pasa? Que es un cabrón cobarde, y tú eres el doble de cabrón que el cabrón cobarde de Dios, eso es lo que pasa.

Sin duda Abel tampoco esperaba esa reacción nueva de Caín porque palideció de sopetón, como si le hubieran perforado el ombligo y la sangre se le escurriera por el boquete a borbotones. Ni mis padres ni Caín ni yo alcanzábamos a comprender el fundamento de su honda reverencia. Abel veneraba a Dios con una pasión de confitura, abrumadora. Todo lo hacía por Dios, exclusivamente para Dios. Sus obras, y sus silencios, y sus ideologías, y sus ayunos giraban entorno a Dios, desde Dios, hacia Dios. Muchas veces se habría escapado levitando al cielo si no le hubiéramos sujetado por los tobillos a tiempo. Abrigado en un encinar tenía colocado un altarcillo de piedra, y aseguraba que aquel era uno de los infinitos ojos por donde Dios nos vigilaba. En este lugar gastaba ratos y ratos, hablando, riendo, llorando, rodeado de la soledad de Dios, fingiendo un trato íntimo. ¡Qué admirable devoción!

De manera que imagínese, doctor Velasco, el fruto del insulto de Caín.

- Que es un cabrón cobarde, y tú eres el doble de cabrón que el cabrón cobarde de Dios, eso es lo que pasa.

La cara de Abel se volvió más blanca y escurrida que de costumbre, y luego violeta y abotagada. Sus labios, temblando de rabia, de dolor, transidos de indignación, empezaron a rumiar un trino cargado de improperios y de calumnias, mientras el ritmo se acompañaba con los espasmos caóticos de unos brazos cortos. Le dijo a Caín que era tonto, y que mis padres no le querían porque tenía cara de orangután apestado y por eso Dios los había despachado del Edén, por mancillar su belleza con un hijo monstruoso. Le dijo que era un salvaje porque le encantaba descuartizar animales, que también eran creación de Dios, y que era un asqueroso y desconocía el respeto y la sumisión. Además, una noche le había sorprendido guarreando con una de las cabras junto a la orilla del río, y la pobre cabra se sentía abatida desde esa noche, y ya no comía, ni dormía, y lloraba insistentemente y tenía el pánico metido en la carne. Abel continuó insultándole, escarneciéndole, ultrajándole, vilipendiándole, y finalmente se puso de puntillas y le escupió a la cara con los ojos arrasados de ira. Pero el semblante de Caín, en lugar de humillado, permanecía sereno y hasta regocijado.

Caín aspiró muy fuerte y muy despacio. Se limpió con el dorso de la mano derecha la saliva de la cara, y formó una cruz con los brazos. Luego de unos instantes fue soltando el aire con la boca abierta, desencajada, como si pretendiera tragarse de un bocado al desinflado Abel, y dejó caer los brazos lacios.

- ¿Sabes, Abel? Me tienes hasta los cojones. Así que he decidido que voy a matarte- anunció con un gesto desentendido en los hombros y un tono triste en las palabras. Parecía no caber otra posibilidad a pesar de Caín. Yo no quiero matarte, Abel, te juro que no quiero matarte, pero debo hacerlo, has de comprenderlo, no tengo alternativa, lo comprendes, ¿verdad?, confesaba su semblante acongojado.

Abel supo que era verdad. Apenas desplegó los párpados, y no tuvo tiempo de más. Se escuchó un rasgueo de maderas triscadas, de hierros retorciéndose, de coyunturas desacoplándose. Antes de apretar mis ojos vi el desparramamiento del cuerpo decapitado de Abel. El último recuerdo que poseo de aquella mañana incendiada lo componen las notas delirantes de la canción victoriosa de Caín.

- ¡Ahhhh! ¡Ahhhh! ¡Ahhhhhhhhh!

 

Desperté atosigado de una pesadilla intrincada. Había un rebaño de cabras enjuagándose la dentadura con fragancia de lava. El rebaño estaba en el centro de un círculo de rocas que se desprendían constantemente al revés, desde el suelo hasta las nubes. Fuera del círculo crecía un ciprés ilustrado que cantaba el futuro con el vaivén de sus ramas a un hombre flaco y sombrío. A pesar de la distinta apariencia, yo sentía que era ese hombre. Daba vueltas y más vueltas alrededor del círculo, buscando un sitio para meterme dentro con las cabras, pero las piedras me golpeaban en la barbilla y me tiraban de espaldas. Yo, es decir el hombre flaco y sombrío, me levantaba y volvía a intentarlo, dando vueltas y vueltas, persistiendo en hallar un resquicio en la lluvia invertida de rocas. Necesito entrar, lo necesito imperiosamente. La tonada del ciprés sonaba hiriente, atroz. Tengo que escamotear mis oídos a las notas funestas, tengo que proteger mi corazón del verso aletargador, necesito entrar con las cabras, necesito entrar en el círculo, me animaba a mí mismo. Y las piedras otra vez me golpeaban en el cuerpo y me tumbaban. Pero yo era consciente de que nunca podría dejar de intentarlo, igual que Sísifo. Permanecería rondando el círculo de piedras eternamente.

Entonces abrí los ojos y me topé con la noche. ¿Tanto había dormido?

Por el suelo, descomponiendo los terrones parduscos, trayendo un aroma de tierra podrida, arremolinando las briznas y simientes, llegaba un viento tajante y vertiginoso. La hojarasca, entre gambetas e indecisiones, acababa triscándose en pleno vuelo en millones de pedacitos, los cuales se dividían sucesivamente en otras partes menores hasta vestir las ráfagas del cierzo con una malla fina y cortante. ¿Y el sol de fuego que inundaba los campos hace unos instantes? ¿Y la bruma vaporosa que emborronaba las siluetas? ¿Dónde se marchó el día limpio y luminoso? ¿Tanto he dormido?

Me incorporé en medio de la ventisca dolorosamente, con los huesos molidos, con la mente turbia, y con el deseo nítido de que Abel siguiera vivo. Que no lo haya matado, imploraban los latidos de mi pecho. Que no lo haya matado, que sólo haya sido otro sueño extravagante, que Abel esté vivo, que se escuche su voz de flautín impertinente, que asome su figura mediocre, que Caín no haya hecho esa cosa terrible, que no le haya arrancado la cabeza.

Sin embargo, aquello no había sido un sueño febril, extravagante, otro sueño. Caín había aniquilado a Abel con la misma saña contundente que empleaba en sus prácticas cinegéticas. El cadáver permanecía decapitado en un charco de sangre negruzca, viscosa y manida, con una expresión muy blanca y muy triste en los dedos encrespados y en las menudas piernas despatarradas. Faltaba la cabeza.

Seguramente la había cogido Caín para su guarida, su museo. Techando la hendidura de un peñasco de la sierra con una cubierta de hojas de pita amarradas, había formado una suerte de cuartucho tenebroso donde guardaba las cabezas de algunas de sus presas. El museo, doctor Velasco, así llamaba Caín a aquel tugurio. Tenía una testa de jabalí, y una de ciervo, y una de corza, y una de lobo, y una de onagro albino, y una de oso pardo, y una de lince, y muchas más. Las colocaba en el suelo, arrimadas a la fría pared de roca y mirando al centro de la estancia, donde se sentaba él para admirarlas durante horas. Eran sus cabezas, sus trofeos, su tesoro. En cuanto las arrancaba del animal las vaciaba cuidadosamente con un cucharón de arcilla recocida, y después aclaraba la oquedad con una friega de yerbas y un remojón en el río. Cuando el interior del cráneo mostraba una blancura vacilante, de nieve desvirgada, rellenaba la cabeza con una mezcla de lodo y taramillas machacadas. Muchas de las cabezas, la mayoría, se pudrían indiferentes a la manipulación seudotaxidermística, y Caín las arrojaba con desdén por un acantilado. Sin embargo otras aguantaban hasta uno y dos años con la expresión de la muerte intacta en el semblante.

A mí me aterrorizaba aquella habitación, y después de mi primera visita, de la que salí temblando y con una bola de repugnancia agarrada al esófago, no regresé.

- No sé por qué te asustas. Ésta es la otra cara de la vida, pequeño. Será mejor que vayas acostumbrándote a ella- me recomendaba Caín con una sonrisa leve.

¿La otra cara de la vida? ¿Por qué debía acostumbrarme a la otra cara de la vida? Caín hablaba como si ese contrahaz nauseabundo resultara ineludible. Y estaba en lo cierto. La otra cara de la vida, doctor. La cara de la muerte.

Modifiqué el cuerpo muerto de Abel a una posición más digna. Junté sus piernas pequeñas y las estiré con la sensación de que estaba juntando y estirando mis propias piernas, y entrelacé sus dedos endurecidos sobre el pecho rígido sintiendo que aquellos dedos, aquellas manos, aquel pecho yerto, eran los míos. Luego me encaramé sobre una piedra lisa, mojada y corrida de musgo y rompí a pensar. ¡Pobre Abel! ¿Por qué me daba tanta pena? ¿Por qué me daba tanta pena si nunca le había querido? Era fastidioso, irritante, insoportable. ¿Por qué me apenaba? ¿No debería hallarme feliz con su muerte? ¡Pobre Abel! Siempre había estado convencido de aborrecerle y ahora, contemplando su cadáver quieto, demasiado quieto, con ese desconcierto que transmite la inmovilidad, e imaginándome su cabeza inexpresiva colocada en el suelo del museo de Caín, se me paraba una bomba de angustia entre la nuez y la boca; una bomba que amenazaba con destrozarme por dentro, con reducirme a un sinnúmero de diminutas partículas hambrientas de llanto; un artilugio bravucón que nunca terminaba de explotar. Toda mi carne temblaba al tictac de su relojería mas el artefacto, regocijado de mi tensión, engordándose con la gravedad que tiene el peso de la incertidumbre, no quería liberarme. Ahí estaba la bomba de angustia, tic-tac, latiendo, tic- tac, amenazando con permanecer entre la nuez y la boca para los restos, tic-tac, tic-tac, tic-tac, sin reventar nunca, tic-tac, pero sin confesar que nunca explotaría.

¡Cuánta pena me daba Abel! ¿Cómo había invadido mi cuerpo aquella tenia afectiva? ¿Cómo podía ese gusano haber tomado mi estómago con tan insaciable voracidad? Quizás porque la pena es el sabor remanente del odio... Primero el odio, y luego la pena. Cuando el odio se pierde queda un poso de pena vaga, imprecisa, una añoranza errática, y todo lo que odiábamos tiende a conmovernos, porque ¿no hubiera sido posible no odiarlo? ¿No hubieran cabido, acaso, otras posibilidades, como la indiferencia, o el cariño, o una pasión desbordante, o el amor? ¿Es que alguien es culpable de su odio, o de su amor? No, doctor Velasco. Nadie tuvo la culpa de aquel odio. Nadie le tiene nunca porque el odio es un sentimiento, y los sentimientos son irresponsables, no se meditan, no se eligen. Los sentimientos se te cuelan desapercibidamente en la sangre y se instalan allí, se convierten en otra parte de ti, y te forjan. Los sentimientos son adventicios, inevitables. Yo podría haber querido a Abel, y aborrecido a Caín, pero sucedió al revés.

El descubrimiento instintivo de la horrible incertidumbre de la casualidad nos acongoja, nos entristece. Nos gustaría que nuestras pasiones proviniesen de una fuente maravillosa, de un milagro, pero a la vez nos encantaría poder dominar la veleidad misteriosa de nuestro espíritu, nos encantaría que nuestro corazón mantuviese un pulso lógico. ¿Por qué no soy capaz de amar a ese ser encantador? ¿Por qué no asumo la abominación de ese ser abominable? Pretendemos al mismo tiempo magia y razón, cuento y matemática, y sólo nos topamos con el desconsuelo de una idea vulgar: los sentimientos son meros frutos de la ventura.

Pero entonces, retrepado en aquella piedra musgosa, pensando, buscando una explicación para las insospechadas ganas de llorar que me acosaban, para la bomba amenazante que zumbaba en mi gaznate, no vislumbraba nada de esto. Lo he aprendido después, doctor, con el paso de los años, como casi todo lo que he aprendido.

Volví a contemplar el cadáver de Abel con incredulidad. ¡Pobre Abel! Y de repente me di cuenta de que los nubarrones se apartaban sobre mi cabeza. Del espacio remangado surgió una voz portentosa y envuelta en haces de luz.

- Soy Dios Jehová. ¿Qué ha ocurrido aquí, Set? ¿Quién ha perpetrado este crimen horrendo contra Abel?

Durante unos segundos no supe a qué se refería. Era Dios. Dios me estaba hablando, doctor Velasco. Era Dios, y la voz también era Dios, y el cielo súbitamente iluminado también era Dios, y la ventolera helada, y las nubes que se apartaban, y la piedra verdosa sobre la que estaba sentado, y el cuerpo decapitado de Abel, y hasta yo mismo. Todo había desaparecido en cierto modo para que sólo quedase Dios, Dios omnipresente, Dios plenipotente, Dios, aquel Ser implacable que había desahuciado a mis padres del Jardín por comerse una manzana, aquel Ser de poder inmenso y fuerza descomunal.

Mi madre me contaba que entre sus manos cabía más de diez rebaños desperdigados, y que sus pies podían reducir a polvo cualquier montaña con sólo la intención de una patada. Su torso era tan grande como mil océanos espumosos, y su melena, rojiza, tan espesa como la fronda tupida de tres o cuatro bosques. Cada exhalación suya producía vientos terribles, y sus bostezos provocaban los huracanes y los tornados y los tifones. Era Dios, doctor. Dios podía crear o destruir a su antojo arbitrario, y se recreaba la mayoría de las veces imponiendo exagerados castigos a quienes no actuaban conforme con su entendimiento arbitrario.

- Mucho antes de que nacierais vosotros, cuando tu padre y yo todavía morábamos en el Paraíso, vimos cómo despellejaba a una manada de elefantes por aplastar imprudentemente a un ratón. Recuerdo especialmente a uno que lloraba y protegía el cuerpo menudo de su hijo suplicando clemencia. Pero Dios estaba encolerizado y no tuvo compasión. Sin embargo no tienes que preocuparte, pequeño, ya que desde entonces a Dios le han crecido los ojos demasiado, y ahora no es capaz de ver lo que hacemos- me decía mi madre.

Yo no estaba convencido de que Dios hubiera dejado de vernos, así que por las noches, acostado en un rincón de nuestro chamizo, si el viento levantaba crujidos en el barro de las paredes, me imaginaba que era el sonido de los pasos de Dios. Me figuraba que venía a castigarme por alguna cosa que habría hecho yo sin darme cuenta, o de la que me habría olvidado. Repasaba uno a uno mis movimientos efectuados durante el día, y trataba de averiguar el mal que en ellos cupiera. ¿Qué he hecho? ¿He pisoteado accidentalmente a un ratón, o a una hormiga, o una vaina de guisantes? ¿Qué falta he cometido? Como no encontraba maldad ninguna en mis actos me ponía muy nervioso, y lloraba y suplicaba a Dios que me perdonase, que no volvería a hacerlo, o a no hacerlo, o lo que fuera. El viento seguía relamiendo el barro de las paredes, y yo me veía despellejado igual que los desdichados elefantes. Perdóname, Señor, perdóname, prometo que no se repetirá...

De estos miedos nocturnos hacía mucho tiempo. Año tras año aprendí a postergar la presencia invisible de Dios. Caín me decía que era absurdo temer a un Dios que nunca se manifestaba.

- Estoy seguro de que ni siquiera existe, pequeño. ¿Tú le has visto o le has oído alguna vez?

- No. Mamá dice que es porque le han crecido mucho los ojos y ya no nos ve. No sabe dónde estamos, así que no puede hablarnos. Pero antes sí hablaba. A ellos les habló en el Edén.

- ¡Bah! Eran ingenuos. Achacaban a Dios todas las cosas que no comprendían. Y dicen que Dios les hablaba. ¿Cómo iban a saber si Dios les hablaba o no? ¿Cómo iban a entenderle si casi no poseían un lenguaje? Fíjate en que la mayoría de las palabras las hemos inventado nosotros: melodía, arroyo, golondrina... No sé. Tal vez fuera un soplido del viento y ellos se empeñan en que se trataba de Dios. No es que a Dios le hayan crecido los ojos, pequeño. Nos han crecido a nosotros. Hoy vemos con más claridad.

- No sé, Caín.

- Que sí. Además, ¿sabes por qué estoy tan seguro de que Dios no existe?

- ¿Por qué?

- Porque si existiera Abel no creería en Él- se burlaba.

Así que fui olvidándome de Dios. Y ahora, repentinamente, el recuerdo de esos temores de la infancia me trajo un miedo renovado, el miedo que se inculcaba por el sentido de las palabras que brotaban del cielo aclarado; el de la certidumbre de que Caín estaba equivocado puesto que Dios sí existía y estaba allí, manifestándose, involucrándose; el de la certeza del error de mi madre, pues todavía los ojos de Dios podían vigilarnos.

Caín, mi querido Caín, mi hermano gemelo, había matado a Abel. Ahí estaba su cuerpo muerto como prueba irrefutable. Y la voz atronadora de Dios se presentaba como un juez sospechando y hambriento de venganza, como un policía guarecido tras un biombo mientras simula no vigilar.

Nuevamente odié a Abel. Su cuerpo mutilado me repugnaba, y pensé que se merecía lo sucedido. ¿Cómo se concebía que, tan sólo unos minutos atrás, me hubiera causado tamaño apuro lacerante? Me imaginé que entraba en el museo de Caín y contemplaba fascinado y con alborozo la cabeza exánime de Abel entre una testa de gatopardo y otra de muflón. ¡Te lo mereces! ¡Te lo mereces!

Ese odio fortalecido me condujo a la mentira, doctor Velasco. Claro que también mentí para proteger a Caín.

- ¡Oh, no Señor! ¡Te equivocas! No ha sido ningún crimen, sino un accidente. ¡Pobre Abel! Se ha desmayado de repente... ¡Oh! ¡Pobre! Le ocurre a menudo porque es débil y come poco. Entonces... ¡Oh, Dios! Entonces ha venido a su lado una fiera horrenda, eso es, una fiera con los colmillos afiladísimos y unos cuernos así, retorcidos y muy rojos, y tiraba fuego por la nariz y rayos por la boca, y traía el cuerpo entero cubierto de escamas y de unos pinchos gordos y venenosos. ¡Oh, Dios! Yo no he podido hacer nada... nada... Abel permanecía inconsciente... La bestia le ha cortado la cabeza de un zarpazo y se la ha llevado a su cueva...

Las nubes se replegaron por arte de birlibirloque sin más añadidura que el murmullo de otra ráfaga de viento, y reapareció la noche negra y densa.

Yo quedé exhausto, con el ser temblándome en un nerviosismo febril. No obstante, poco a poco, recuperé alguna serenidad y eché a correr hacia nuestra casa.

- ¿Dónde te metes?- me preguntó mi madre nada más verme llegar.- Es tardísimo.

- Por ahí.

- ¿Ha pasado algo? ¿Qué ha pasado?

- Nada, nada. ¿Por qué lo dices?

- ¿Qué por qué lo digo? Llevas la cara del revés, hijo, a mi no me engañas. Dime qué ha pasado.

- Ya te he dicho que nada, sólo que vengo corriendo y me he fatigado.

- No deberías correr, Set. Sabes que...

- Sí, sí, ya lo sé. ¿Has visto a Caín?

- No lo veo desde la mañana, y a Abel tampoco. Os tiráis todo el día fuera.

- ¿Dónde andará?

- Supongo que por ahí, cazando. A este hijo lo mismo le da que sea de día que de noche.

- Voy a ver si lo encuentro.

- Bueno, pero no tardéis. Y no corras. ¿Me oyes? ¡Ay, qué hijos!

Me alejé de allí ignorando que no la volvería a ver. Ni a mi padre. Ni a Caín. ¿Qué fue de vosotros? ¿A qué inescrutable abismo os arrojaron?

Ahora se te maldice con destierro del tiempo, que ha abierto sus fauces para consumir la sangre de tu hermano Abel derramada por Caín. Errante y fugitivo llegarás a ser en la tierra, per saecula saeculorum.

Busqué a Caín por todas partes. Tenía que encontrarle pronto. Tenía que advertirle de que Dios existía, de que disponía de ojos y de venganza para nuestros actos. Debía aconsejarle que huyese muy lejos, a un lugar tan escondido y apartado donde ni siquiera la furia de Dios pudiese alcanzarlo.

Grité su nombre en los bosques, en las montañas, a la entrada de su museo capitalino, en el ojo ciego de un volcán donde solía sestear, por doquier. Galopaba de un lado para otro con las mandíbulas desencajadas y el corazón retumbante, creyendo que iba a morirme con el esfuerzo desorbitado. Pero no lo encontré. Caín había desaparecido para siempre.

No recuerdo qué rincón del mundo andaba revolviendo cuando escuché de nuevo la voz de Dios como una palabrería malediciente.

- No busques más, pequeño Set, que no lo has de hallar. Sé todo lo ocurrido. ¿Acaso imaginaste que no me enteraría? ¿Acaso te figurabas que podrías engañarme? ¿Acaso dudas de mi poder infinito? ¡Eres un embustero! ¡Eres un encubridor! ¡Un sacrílego despreciable!

No me defendí, doctor Velasco, porque era la verdad. El ritmo de mi corazón recuperó su paso calmo y grave, y las venillas de mis sienes dejaron de palpitar.

- ¡Voy a castigarte, óyeme bien! ¡Voy a darte tu merecido para que aprendas!

Pero yo ya no temía. He visto a criminales llorando de alegría cuando eran descubiertos sus delitos y, por fin, comprendían la evidencia de su pena. Experimentaban un alivio hondo, inmenso, al esfumarse la dolorosa tensión de sus desvelos. ¿Me agarrarán, o no me agarrarán? Seguro que me agarran. ¿Dónde será? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¡Ya está! ¡Ya me atraparon! ¡Uf! Ya era hora. ¡Qué descanso! Esos reos parecían pagar una vieja deuda con sus conciencias, y camino del patíbulo lucían una mirada tranquila, ligera, despreocupada.

- ¡Haré que desees una y mil veces ocupar el sitio del desgraciado Abel!- clamaba Dios.- ¡Haré que te arrepientas de cada una de tus mentiras! ¡Ahora te ordeno que duermas, y cuando despiertes empezarás a cumplir mi sentencia!

Y yo caí rendido en un sueño intenso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TRES

 

 

 

Estoy en el dormitorio, recostado en la cabecera de la cama, con el borde de El lobo estepario, de Hermann Hesse, apoyado sobre la caja torácica, y después de voltear casi veinte páginas sin entender lo que leo (diecinueve páginas y dos líneas y media de la vigésima: ...dominado por ella, o por último, si esta creencia de ser un lobo no era más que un producto de su imaginación o de un estado patológico.) me inclino a la izquierda para dejar el libro en el suelo. Al moverme he oído un ruido de añicos golpeándome las paredes del estómago, un sonido de chubasco, de escobón, de virutas de metal. Me siento igual que una hucha agitada, que una coctelera, que una maraca. Y después de la convulsión el estómago ha segregado esa saliva de gusto amargo y punzante, amoniacal, biliada, esa hiel consistente que incomoda la garganta y el paladar. La gota que colma el vaso. El accidente. Al fin me doy cuenta de que se ha producido el accidente. Un año entero batallando, soportando, evitando pensar pero sospechando su emboscada, eludiendo el resultado fatal. Y al cabo llega. ¿Para qué tanto combatir un resultado si es fatal y, por ende, se ha de terminar cumpliendo? ¿Para qué gastar estúpidamente las energías? El accidente; la rotura inevitable de los hilos que, formando un equilibrio demacrado, precario, conseguían sustentarme el interior. Me quiebro. Me desmorono. Soy un castillo de naipes que se viene debajo de sopetón. ¿Cómo ha sido exactamente? ¿Quién sopló a mis cimientos de cartulina? ¿Qué maniobra definitiva ha precipitado el accidente? ¿Fue Vicente quien sopló? ¿Ha sido por lo que me dijo Vicente la semana pasada, tras la reunión? Olvida, Julián, olvida. Vicente me recomendó el olvido, y su recomendación ha estado madurando en mi interior. En una semana ha madurado en demasía, se ha corrompido y me ha infectado el organismo.

Me incorporo abruptamente, conmocionado, y encima de la mesita de noche, sin más, de súbito, surge una pompa negra, boca, caverna, cruzada de brillos argentinos. Hacia la pompa confluyen en torbellino, como las aguas engullidas por el sumidero, todos los objetos de mi habitación. La cama, y el armario ropero, y el butacón tafileteado en azul marino, y las zapatillas de casa, y la repisa de escayola repleta de figuritas del Todo a cien, y el amplio escritorio desordenado, y el ordenador personal, y ese estante cargado de Kafka y de Cervantes y de Hesse y de Faulkner y de García Márquez y de Kundera y de Hesíodo y de Borges. El dormitorio entero gira en torno a la pompa tragona que surgió sobre la mesita de noche. La habitación entera se hace remolino, tornado, y va siendo comida con bocaditos imperceptibles. Pero la pompa engullidora no se nutre, no crece, no se estira. La pompa negra permanece con sus dimensiones inmutadas. ¿Qué hay detrás de ese agujero voraz? Parece un pozo sin fondo. ¿Cómo se lo puede zampar todo sin engordar siquiera un gramo. ¿Adónde se escapan las cosas de mi habitación? ¿Hacia qué lugar oscuro me estoy escurriendo yo mismo? Sí. También yo giro y giro en la espiral sombría y empiezo a ser devorado por la pompa insaciable.

Cuando la boca impasible se ha tragado mi habitación, me ha tragado a mí, me encuentro sumido en la nada, o en algo similar a la nada, no sé, la nada debe ser parecida a esto. Una manta oscura y áspera me aprieta. No consigo moverme; no veo; apenas puedo respirar a través de la manta. ¿Pero quedan formas que ver? ¿Quedan espacios que llenar? ¿Queda aire que respirar? Tal vez me esté muriendo, pienso. Esto es lo que sienten los moribundos: la desesperación del pulso, la agónica negrura que se cierne alrededor, el oxígeno que se escabulle de la garganta, la amarga rendición. Yo soy, sin embargo, un agonizante peculiar, porque la muerte no me supone una rendición amarga sino agridulce. Yo experimento bienestar. Mi muerte será una especie de triunfo; si muero no caeré en la tentación de olvidarme de Irene, de aniquilarla. Si muero no tendré la dolorosa posibilidad de convertirme en un traidor de la memoria de sus pasos, en un asesino de lo que queda de ella. Así, la muerte me tranquiliza. Incluso me abandono a ella con felicidad.

Pero una duda me nace y crece y me atormenta: si muero también Irene se perderá para siempre. Lo dijo el filósofo: cuando el último de los hombres haya muerto será como si nunca hubiera ocurrido nada. Yo soy el último de los hombres. Conmigo desaparecerá Irene, porque ya sólo vive a través de mis recuerdos. El olvido es una bruma que se expande y lo envuelve todo. La bruma del olvido devora el espacio y el tiempo. Incluso el pasado. Tras la bruma del olvido la realidad pierde importancia, las huellas se borran y ya nunca fueron inscritas, o sí fueron inscritas, qué más da. Tras la bruma del olvido viene la muerte postrera, la definitiva, o peor aún: la inexistencia, porque no quedan corazones que se duelan y se indignen por las cosas arrebatadas. Será como si nunca hubiera ocurrido nada.

La zozobra de la duda sigue creciendo en mi interior hasta que me llena, y me atenaza, y rebosa. ¿Qué es peor, vivir para Irene pero sin Irene, martirizándome con la posibilidad de que mi memoria llegue a desecharla, o dejar que la bruma del olvido nos envuelva a los dos?

En ese instante la pompa que lo devoró todo, incluso a mí, comienza a emitir un silbido monocorde, de pífano, que me presiona en la frente igual que unas bolas de billar candentes. La nota se va filtrando por las cuencas de mis ojos, de mi nariz, de mis orejas, por los poros de mi piel. La nota aguda traspasa mi carne; invade mi cerebro y lo atosiga, ofusca su funcionamiento y lo enerva. Acabada la exhibición de su dominio, de mi sometimiento, la pompa cavernosa se retira y me abandona en una situación lamentable. La manta constrictora comienza a evaporarse, a deshacerse en jirones de puro humo. Así, va pasando la bajada de tensión, y mi cuarto reaparece bamboleante.

Los objetos devueltos buscan su posición habitual y se restablecen poco a poco. Yo me digo, apesadumbrado, que fue una ilusión, un amago de lipotimia; que no me he muerto; que no me queda más remedio que continuar viviendo para Irene pero sin Irene; que tal vez un día me olvidaré de ella; que quizá borraré la huella de su paso; que no soportaré el escozor de esta posible traición; que sería mucho mejor que nos arrojásemos al insondable pecho de la bruma del olvido, los dos en mi memoria, juntos, Julián e Irene como Romeo y Julieta. Y luego, cuando yo muera, cuando mi memoria desaparezca, cuando Irene y yo desaparezcamos, ¿qué más dará lo que haya o no haya ocurrido? ¿Qué importa si una vez estuvimos o no estuvimos? Nuestros restos imprecisos se confundirán en las fauces de la bruma del olvido, Julián e Irene que se funden en una sola memoria para dejar de ser y para no haber sido nunca.

Me dirijo a la estantería de los libros y tomo el espejo para comprobar que tengo un aspecto siniestrado. Este espejo es realmente un pedazo de cristal con el revés pintado de negro, y en la pintura negra hay unas ralladas que pretendieron ser un retrato de mi abuelo Teodoro, a quien no llegué a conocer porque murió abaleado cuando yo todavía no había nacido, allá por el cincuenta y dos. Sí, hombre, yo soy nieto de don Teodoro Velasco Gómez, el boticario rojo que se cargaron en Alhaurín de la Torre. ¡Cómo no va a acordarse usted si fue el hijoputa de su tito Diego el Manco quien lo denunció! ¿Qué por qué me enfado tanto si ni siquiera llegué a conocerle? ¡Hombre, pues por eso! A un niño hay que dejarle que conozca a su abuelo. Por supuesto que usted no tiene la culpa de las hijoputeces de su tito, claro, pero a mí no me permiten en mi casa hablar con la familia del traidor Diego el Manco.

Para el experimento había tomado de modelo la única foto que conservaba mi padre y me dispuse a rallar con entusiasmo. Sin embargo, abandoné aquella tarea de manualidades apenas iniciada, y resulta imposible que alguien se asome a la superficie del espejo y deduzca un retrato, ni siquiera una tentativa, desde esas breves líneas: media cara, hasta el lóbulo de la oreja izquierda, y la curvatura pronunciada de una nariz aguileña. Sólo parecen manchas, grietas accidentales producidas por el paso de los años, o por un golpe durante un traslado. Yo soy el único capaz de adivinar en esos trazos premeditados el rostro severo de un abuelo.

Pensé en tirar el espejo hace tiempo, al principio, apenas comprendí que no acabaría una labor tan aburrida como poco grata. Pero nunca lo hice, y terminé por acostumbrarme a su reflejo maculado. Incluso inventé un juego macabro que se llama soy mi abuelo Teodoro. Consiste en subrogar mi cara en los rasgos esbozados en el cristal. Cada vez encajan mejor. Cada vez soy más mi abuelo paterno, su rostro, el rostro de mi abuelo muerto, sus gestos putativos, su vida. Y cuando me peino frente a este espejo, o me afeito, o me lavo la boca, es mi abuelo Teodoro quien lo hace. Un día vendrán en medio de la noche y me sacarán de la cama. No te hagas el inocente, boticario, que Diego el Manco nos lo ha contado todo, dirán. Anda, cabrón, levántate y no alborotes al vecindario, vamos a llevarte a una fiesta con fuegos artificiales, no hace falta que te pongas la chaqueta, dentro de un ratito te importará un comino el frío. ¿Tengo que ser una repetición literal de mi abuelo Teodoro? Creo que a esto se le llama determinismo, no estoy seguro. Tal vez consiga zafarme, saltar la tapia en el último momento y correr por los montes, y llegar hasta Cádiz, y tirarme al mar, y cruzar a nado el Estrecho y vivir la vida que mi abuelo Teodoro no pudo vivir.

Al acercarme el vidrio me revela que estoy lo pálido y desmantelado que corresponde tras una crisis nerviosa. Vicente tenía razón. Estoy hecho un guiñapo, una puta mierda. El perfil de la nariz se tiñe con un brillo húmedo de purpurina que parece sudor pero no lo es, y bajo los ojos, hundidos y alucinados, han florecido unos promontorios de carne fresca y lívida, sangrante, como panza de caracol. Por encima de las cejas, dibujando una curva perfecta, cruza una acequia profunda de lecho cerúleo y riberas cenicientas. Tengo un aspecto asqueroso; tienes un aspecto asqueroso; tenemos un aspecto asqueroso, abuelo Teodoro, digo en voz alta para asegurarme de que me he dado cuenta.

Al estar parado de pie, los vestigios del accidente se acumulan en la parte inferior del estómago y oprimen la boca del recto con unos rugidos de cadenas que se arrastran por un piso de madera. No obstante, decido fingir que no están ahí o, al menos, no prestarles atención. Quiero ignorar que ha ocurrido. Necesito perder la noción del siniestro inmediatamente. Para conseguirlo deberé abstraerme, o distraerme. ¿Pensaré en algo? ¿En qué pienso? Yo conozco una canción que anestesia las heridas del espíritu, me decía Ernesto Sanjuán. ¿Cómo era la letra de esa canción de Alameda que le gustaba tanto a Ernesto? La tarareaba constantemente. Dejó al borracho en su coche, dejó el cabaret sombrío donde se muere de frío, noche tras noche... Parece que voy olvidándome del accidente que me partió el interior. Al menos han cesado las molestias intestinales. Tal vez nunca sucedió, vengan su risa y su llanto, fue un mal sueño, clave las uñas de amianto, una alucinación, sobre la vida...

Sigo parado frente al espejo, canturreando, y casi sin percatarme, paulatinamente, me dejo atrapar por el reto corrosivo de las pupilas. Los rasgos de mi cara comienzan a difuminarse, y luego de unos segundos desaparecen completamente. Ya ni canto la canción balsámica de Alameda. Ya sólo existen las pupilas. Las miro directamente y, al poco, también ellas se desvanecen. Sin embargo, percibo su presencia. Sé que están ahí, observándome minuciosamente, examinándome. ¿Son mías esas pupilas escudriñadoras, o son dos brillos negros del cristal? Intento no parpadear. Intento concentrarme en esas dos luminiscencias oscuras que intuyo. Entonces los rasgos de mi cara reaparecen de sopetón, recobran la vida y se constituyen independientes, y se desplazan a capricho de un lado para otro. Forman un mosaico que no puede ser mi rostro. Constituyen un rostro vivo, autónomo; un ser distinto del que soy yo. Me figuro que arrancándolo de una cuchillada lo demostraría. El rostro sería despedazado y acabaría muriendo, pero yo permanecería. Tiene que ser así. Ese rostro debe ser una entidad distinta, secundaria, porque ¿ y si yo tuviera otra cara? ¿Y si yo tuviera la cara gorda de Vicente, o la cara aguda de Alonso, o el tic desagradable de Fermín? ¿Dejaría por eso de ser yo? No. Claro que no. Supongo que no.

Un estruendo viene a rescatarme del embrujo hipnótico del espejo. Busco alrededor el motivo que impidió mi precipitación al angustioso vacío de la identidad y noto unas voces en la calle. Dos hombres que gritan, que se insultan. Otro choque... Oigo la voz extinguida de Irene que me dice: “ Pamplona es una versión de cemento de la selva amazónica. Salir a la calle y que no te atropellen es una aventura, así que no hacen más que aumentar los controles de alcoholemia y las rotondas, y ponen semáforos donde menos te los esperas, y al final nadie sabe por dónde circular”.

Me asomo a la ventana para curiosear y nuevamente comienzo a sentirme hucha agitada, caja de cerillas, coctelera, saquito de arena, maraca. Los añicos, enrabietados, como ofendidos de que me haya olvidado de ellos por tanto tiempo, me revuelven con furia el aparato digestivo hasta provocarme arcadas.

- Si eres uno de esos anormales que se sacó el carné en la tómbola no es mi problema, tío- se escucha en la calle. Detrás del espectáculo atruenan los cláxones de los coches atascados.

- Oye, yo no le consiento ni a mi padre que me falte el respeto, ¿me entiendes?

- Yo no estoy insultándote, tontolava; estoy constatando un hecho objetivo. ¿Es que no has visto el intermitente...

Salgo de la habitación tambaleándome y voy al váter taponándome la boca. Entre los dedos de la mano se fugan algunos hilillos de vómito pardusco. Me arrodillo ante la taza y quito la mano, dejando en libertad un caño de angustia grumosa. Los restos del accidente empujan hacia arriba sin pausa, sin piedad. Pretenden reventarme la garganta y escaparse del cuerpo. Sus empujones, no obstante, van perdiendo vigor arcada tras arcada, y al final, apaciguados, vuelven a reposar en el lecho carnoso del estómago. No se han ido. Están ahí, descansando. Percibo la respiración pausada de su sueño y me muevo lentamente para no despertarlos.

En la cocina me enjuago la boca con un vaso de leche y enciendo un cigarrillo. Mientras fumo vuelvo a conjeturar acerca de las causas que, después de un año de la muerte de Irene, han precipitado el accidente. Borra el pasado, Julián, olvida, Julián, aniquila todo rastro de Irene, haz como si Irene nunca hubiera estado. La voz de Vicente suena nítida, como si proviniese de al lado del frigorífico, o del microondas. Borra el pasado, olvídate de ella, borra el pasado, repite incesantemente. Ahora me siento igual que ese personaje acosado por el cuervo profeta en el cuento de Edgar Allan Poe. Nunca-más, olvida, nunca-más, borra, nunca-más, aniquila, nunca-más, fulmina, nunca-más, nunca-más... ¿Y qué es el pasado, Vicente cuervo? ¿Sabes tú lo que es?

Entonces aparece Irene sentada en uno de los bancos de madera pintada de rojo del Paseo Sarasate, conversando, de medio lado. Tiene una sonrisa ancha y un fulgor en las pupilas. A ratos gira la cabeza y atraviesa la gigantesca pose de los reyes navarros de piedra, y el edificio de la Audiencia, y los porches, y las marquesinas, y toda la piedra y toda la carne. En esos instantes su mirada está soñando. Me imagino que el ensueño de sus ojos procede de una postura concreta y venturosa, de una postura que el Azar ha creado para ese banco del Paseo Valencia, para ese instante, para enamorarme. El destino me regala una mirada que sueña. La forjó para mí, y luego, cuando yo me rinda al hechizo de la órbita encantada, el molde será destruido. Nadie más contemplará el mirar punzante de esos ojos soñolientos.

Los años me revelaron que estaba equivocado. Esa postura en los ojos de Irene no fue inventada para una situación determinada. Era una postura constante. Irene siempre miraría de igual modo extraño, como impreciso, traspasando el cuerpo de las cosas hasta alcanzar su médula. Irene percibía la vida como si se tratara de una cebolla. Sus ojos indagaban capa tras capa y al llegar al centro, verde y tierno, se irritaban y rompían a llorar.

Un ejemplo de esta visión de radiografía es la primera vez que visitó San Alberto. Cuando regresamos a casa y le pregunté qué le había parecido me contestó:

- Está bien.

Está bien... Muchas veces las palabras significan más a través de la música de la garganta que las dice que por su propio contenido. Está bien, musitó Irene. Sus palabras sonaron dolientes, fundadas en una tristeza vieja y perenne. Sólo llevábamos cinco meses conviviendo y yo soy bastante ingenuo, así que aún no me había percatado de que ese tono abatido y esa tristeza profunda eran un rasgo común de su personalidad. Me enfadé. Pensé que utilizaba esas palabras breves y ese tono ambiguo simplemente para fastidiarme. Yo era un siquiatra joven, y andaba entusiasmado con la idea de trabajar en la ciudad donde vivía, en uno de los mejores manicomios de España. Sentí cierta rabia e indignación por el hecho de que Irene no compartiera mi entusiasmo.

- ¿Eso es todo lo que se te ocurre decir? Está bien... ¡Vaya mierda, chica! Parece que hayas estado visitando un campo de concentración.

- Un campo de concentración se queda corto, si quieres que sea sincera. ¿Cómo pretendes que me guste semejante lugar? ¿Cómo podría gustarme? ¿Cómo le puede gustar a alguien? Una cosa es que como siquiatras os hayáis acostumbrado al trato de la locura; incluso entiendo que estéis encantados con vuestro trabajo, aunque apostaría a que a la mayoría de tus colegas les interesa más hurgar en la mente de los enfermos por morbosidad que por altruismo. Pero de ahí a que os guste ese sitio hay una diferencia abismal. Esos lamentos de ultratumba, y ese miradas febriles, y esos pasillos congelados, y la peste a sudor rancio de las habitaciones, y los silencios... Resulta atroz.

Tal vez tenía razón.

- Tienes razón- concedí arrepentido al cabo de unos segundos.

- Por supuesto que la tengo. A una amiga mía le dio un ataque de esquizofrenia cuando tenía dieciocho años y la metieron en el manicomio. Nunca la visité. No me atrevía.

- Entonces, ¿por qué has venido conmigo?

- Te veo ilusionadísimo y quería compartir esa ilusión. He intentado que no me afectara, Julián. He tratado de poner buena cara. No he podido, lo siento. Los hospitales y los tanatorios me deprimen, pero ese lugar se lleva la palma. Es, sin duda, lo más horrible que he visto en mi vida, sobre todo aquel reloj monstruoso.

- ¿Qué reloj?

- El del patio de recreo.

- ¿El reloj del patio de recreo te parece monstruoso?

- ¿A ti no? Es enorme, y sus agujas están paradas en las dos menos cuarto. ¿Las dos menos cuarto del día o de la noche? ¿Las dos menos cuarto de qué fecha? Es como si a ese patio le hubieran arrancado el tiempo para apartarlo del mundo, de nuestro mundo, del mundo de la cordura. Es una alegoría terrible de la condición humana.

Al día siguiente me asomé a la ventana de mi despacho y reparé por primera vez en el reloj del patio de recreo, con sus grandes agujas herrumbrosas muertas en las ignotas dos menos cuarto, y me convencí de que Irene tenía razón. San Alberto era un sitio deprimente.

Pero esa tarde primera, en el Paseo de Sarasate, soy un vanidoso y me figuro que la mirada ensoñadora de Irene ha sido creada por el Destino exclusivamente para mí.

Me levanto del banco y voy a beber a la fuente de hierro verde y leonino que hay junto a la marquesina. Espío disimuladamente al grupo de Irene, sin saber todavía que Irene es esa que, de vez en vez, mira a ninguna parte pero abarca más que el resto de las personas; esa cuya sonrisa obedece a una abstracción imposible. Cuando quiero darme cuenta ya me hallo plantado frente al grupo, indefenso, improvisando.

- Disculpen...

Una de las amigas, descarada, divertida, suelta una risita desconcertante. Irene retrae su mirada a este mundo cognoscible para detenerla en mí. Lo demás no tendrá importancia a partir de esa mirada, ni siquiera la ridícula estupidez que invente para excusar mi intrusión. Soy el centro de esos ojos interminables. Me siento feliz...

¿Me sentía feliz? No lo sé a ciencia cierta. Intento desvincular mis pensamientos actuales de mis recuerdos; colocarme en una situación imparcial, sin tiempo. No estoy en la cocina, fumando. No. Yo no soy este Julián Velasco. Yo seré el otro, todos los seres pretéritos, aquellos, Julianes Velasco consumidos en el tiempo. Por ejemplo, ese a quien reprende Ernesto Sanjuán.

- Voy a pedirle salir.

- A quién.

- A Irene.

- ¿A Irene?

- Sí.

- ¿A Irene?

- Sí, a Irene.

Ernesto Sanjuán respira hondo. Hace tiempo que decidió no enamorarse, y si por casualidad intuye algún ajetreo preocupante dentro de la barriga, se distrae rápido con canciones de Alameda.

- Tú eres tonto- me dice.

- ¿Por qué? ¿Es que no te cae bien?

- Claro que me cae bien.

Ernesto se proclama un gran conocedor de las mujeres, y ha sacado la mayoría de los axiomas de su sapiencia de los dogmas de Schopenhauer y del Zaratustra nietzscheniano. En el fondo de su alma el hombre es tan sólo malvado; pero en el fondo de su alma la mujer es mala, recita. Sin embargo, Ernesto posee un don extraño que hace que el resentimiento de sus acusaciones parezca de broma, y hasta las mujeres se ríen con sus disparates.

- Eres un misógino, Ernesto.

- Te equivocas. Los misóginos consideran que las mujeres son inferiores a los hombres y en mi opinión no es así. Yo sólo afirmo que son malas por naturaleza, lo mismo que el hombre viene de fábrica con la estupidez metida en la sangre. Eso no quiere decir que odie a las mujeres. Soy un desengañado, sí, o un rencoroso de mierda, que no es lo mismo, pero eso no viene al caso.

- ¿Entonces? ¿Adónde se supone que nos lleva todo esto?

- A que no entiendo cómo te puede gustar Irene. Bueno, en realidad sí lo entiendo por lo que te decía antes. Somos rematadamente imbéciles.

- ¿Por qué no iba a gustarme?

- Joder, porque está en las antípodas de tu prototipo de mujer.

- No sé...

- Sí sabes. Pero estás lo que vulgarmente se llama encoñado.

- No te pega decir eso, Ernesto. Tú eres un intelectual.

- Pues diré ofuscado por el embrujo del amor, que es más bonito y lo mismo. Si llegáis a salir las vas a pasar canutas.

- Todas las mujeres son malas por naturaleza- me río.

Ernesto me mira con lástima.

- Ya sabes que sólo son tonterías que utilizo como escudo para convencerme de que no vale la pena volver a sufrir.

- No siempre tiene que ser igual.

- Lo sé. Y también sé que enamorarse y alelarse son sinónimos. A ti te está pasando. Irene me cae bien, en serio, pero si ella es azúcar tú eres un diabético, ¿lo entiendes? Es veneno para ti. Simplemente sois incompatibles.

- Los polos opuestos se atraen.

- No digas chorradas. Tú no eres un imán. Lo que pasa es que estás deslumbrado y no ves con claridad. Hay veces que los ojos adoran una idea de mujer y aunque se les presente una tipa blanda, estúpida y mala, que no digo que sea este caso, parece que miran hacia dentro, y todo lo captan y lo acomodan a esa idea. Es una suerte de masturbación mental, una recreación, una introspección que nos descubre que la vida es una percepción propia. Las percepciones cambian, Julián. Y luego ¿qué? Los ojos dejan de mirar hacia dentro y uno se pregunta qué vio en esa mujer, o en ese hombre. De pronto se ha convertido en una persona blanda, estúpida y mala. ¿Cómo estuve tan dormido?, te preguntas. Porque idealizabas. La inevitable idealización nos puede arruinar la vida.

- Qué profundo te pones.

- Vale, tú no me hagas caso y ya verás.

- Eres un exagerado, Ernesto. Sólo te he dicho que le voy a pedir salir. No creo que vaya a acabarse el mundo por eso. Ni siquiera creo que acepte.

A la noche, en casa, reflexiono sobre la advertencia de Ernesto Sanjuán y siento la necesidad de escribir un poema que titulo: la idealización de Irene.

Quebré un suspiro de cristal

y la lujuria del mistral

trajo a mi boca

el eco de tu nombre.

El tierno son del puerto aquel,

con sus barquitos de papel,

me reveló,

en tono de reproche,

que una palabra es peculiar

si encierra un rasgo corporal,

si guarda un pelo

del color de tu pelo.

Fuiste velada, como tal,

como Afrodita, sobre sal;

te adiviné

en medio del silencio.

Un haz de luna, sobre el mar,

creó un destello de metal

que se montó

en mi hueco pensamiento

y, cabalgándolo, le dio

la consistencia de tu voz,

y el tono suave

que dices cuando callas.

Y mía entera fuiste, al fin,

reconstruida para mí,

remodelada

con trozos de deseo.

En el fragor del puerto aquel,

prendí la imagen de tu piel

a la solapa

del ansia de mi mente.

Leo y memorizo el poema antes de destrozarlo y arrojarlo a la taza del váter, como hago con todos mis poemas, y me doy cuenta de que mi amigo Ernesto tiene razón. Me he forjado a mi propia Irene. No es una mujer blanda, estúpida ni mala, desde luego, pero tampoco es una diosa recién nacida del mar. En realidad somos seres antagónicos. Sin embargo, no puedo extirparme esa Irene falseada.

A pesar de las palabras de Ernesto, a pesar de que mi poema me despertó a la consciencia, llamaré a Irene para pedirle salir. Así, me voy convirtiendo en ese otro Julián Velasco que está escuchando su pulso con el teléfono pegado a la oreja.

- Dígame- pregunta la voz de un hombre. Será su padre.

- ¿Está Irene?

- Sí. ¿De parte de quién?

- De un amigo.

Pum-uno, pum-dos, pum-tres, pum-cuatro, pum-cinco, pum-seis, pum-siete. Irene tarda siete latidos interminables en atender al teléfono.

- ¿Sí?

Tomo aire y me arranco.

- Hola, Irene, soy yo, Julián. He pensado que tal vez te gustaría salir a dar una vuelta, solos, quiero decir tú y yo solos, no sé, podríamos ir al cine. Bueno, es poco original, pero en Pamplona no hay muchas cosas originales que hacer salvo ir al cine o a pasear por la Ciudadela, y casi siempre hace demasiado frío para pasear por la Ciudadela. También podríamos ir a una exposición de Martín-Caro que ponen en el Museo, pero no sé si te gusta la pintura... Tampoco sé si te gusta el cine, pero no se me ocurre otra manera de pedirte una cita, eso es. En realidad te estoy pidiendo una cita. No sabía cómo hacerlo, así que te invito al cine. Claro que si no quieres, o si no puedes, lo entiendo, lo entiendo perfectamente.

Y una voz contesta al otro lado de la línea telefónica.

- Espera un momento, majo. Supongo que quieres hablar con mi hija Irene. ¡Irene! ¡Irene! ¡Es para ti!

También seré el Julián Velasco que está clavado, en medio del salón, buscando un puesto idóneo para una reproducción en miniatura de El grito, mientras en el amplio sofá de terciopelo marrón Irene teje un jersey con lana gruesa. Y seré ese Julián Velasco que se dobla sobre el escritorio desquiciado cuando Irene entra en el despacho.

- ¿Quieres una taza de café?

Por los altavoces del equipo de música sale el Concierto para piano N.5, de Ludwig Van Beethoven. Las notas trepan y resbalan por los peldaños del pentagrama, arriba y abajo, arriba y abajo, con mansedumbre pero provocando desasosiego, y sin embargo no alcanzan el desgarrón fiero del alma que sus deslizamientos insinúan.

- No, gracias, estoy trabajando.

Irene cierra la puerta del despacho con mucho tiento.

Yo seré todos esos Julianes Velasco que nunca se preguntaron si eran felices. ¿Lo eran? Me desvinculo de ellos, no soy ellos, los observo con meticulosidad. Desde mi puesto imparcial, sincrónico, trato de ahondar en esos pechos remotos. Pero resulta vano. Sólo me topo con la vacuidad de la inconsciencia. Esos Julianes Velasco del pasado no saben si son felices. Ni se lo plantean. De manera que no puedo emitir un veredicto si no me involucro, si no contrasto el ánimo de aquellos seres lejanos con el de este ser que fuma en la cocina. ¿Cómo podría escindir nuestras existencias? Una persona, al fin y al cabo, es la suma de todas las personas que ha sido a lo largo de su vida. Yo soy cada Julián Velasco que he sido, y el conjunto de todos ellos.

Ahora puedo juzgar. Ahora dictamino que sí era feliz. La felicidad es un estado a posteriori, un sentimiento retrospectivo. Hoy sé que todos quienes fui eran felices porque Irene estuvo con ellos.

Enciendo otro cigarro. La voz de Vicente persiste en su cantinela, ahora colocada junto al armarito de la vajilla. Borra el pasado, Julián, olvida, Julián. ¡Cómo puedes sugerirme tamaña barbaridad, Vicente! ¿Sabes tú lo que es el pasado? El pasado es Irene vista de perfil entre las inacabables filas de libros de la Biblioteca General de la Plaza San Francisco; las carcajadas de Irene en aquel cotillón de Noche Vieja del Hotel Tres Reyes; Irene corriendo el mueble nuevo de una pared a otra; Irene asegurando que por fin encontró las cortinas adecuadas para el cuarto de estar; la melancolía que le embargaba de repente, como un escalofrío, y le duraba hasta que yo la divertía con alguna estúpida gracia. El pasado también es Irene en la cama, boca arriba, con la respiración fatigada y unos chorretones de sudor helado resbalándole por su cara enferma; el susurro de mis palabras tranquilizadoras, es por el invierno, seguro, este año hace un frío de cojones; Irene más blanca que nunca, más quieta que nunca, protagonista de una de las estancias del tanatorio Irache. Sufrimiento o felicidad, qué más da. El pasado es Irene, Vicente. El pasado es cuando me quedaban ganas de seguir viviendo.

Pero la letanía de Vicente no se altera con el fervor de mis argumentos. Borra el pasado, Julián, olvida, Julián. Nunca-más, nunca-más, nunca-más, insiste igual que el cuervo agorero de Poe. Y de pronto comprendo lo sucedido. Sí, por eso se produjo el accidente que me ha desmoronado. Reconocer la posibilidad de que Vicente tenga razón es lo que ha precipitado el accidente. ¿Debo borrar el pasado? ¿Debo olvidar? ¿Debo eliminar el rastro de Irene, fingir que nunca estuvo aquí? Este fue el origen del accidente. Estoy a punto de convertirme en un traidor repugnante. Tengo que evitarlo. Tengo que evitarlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CUATRO

 

 

 

Anduve mucho rato en duermevela, doctor Velasco, con los miembros y el entendimiento amodorrados. ¿Cuánto tiempo había estado durmiendo el sueño impuesto por Dios? ¿Días? ¿Meses? ¿Años?

Ante mí se extendía un paisaje con la apariencia de los mundos oníricos. Los carriles se mostraban súbitamente embravecidos de maleza y viruelas polvorientas; del chamizo donde había vivido nuestra familia no restaba sino una ruina carcomida que, en algunos tramos, se deshacía en un polvillo rozado con el mero arrimo del aliento; el pozo cavado en la parte de atrás de la choza, otrora fresco y abundante, se veía ahora agotado, con el venero extinguido en sus entrañas; las higueras estaban peladas, y los almendros negros y podridos, y los bojedales se enredaban desastrosamente. En el suelo yacían, por doquier, panza arriba, los esqueletos fosilizados de ranas, liebres, ciervos, perros y cabras. Los cerros que habían sido elevaciones prodigiosas alzaban un busto miserable, relamido y surcado. Los ríos eran ásperas estelas. Polvo y silencio por todas partes; polvo y silencio fríos, susurrantes, turbadores. ¿Pero cómo es posible esto?, me preguntaba. ¿Cuánto tiempo he estado durmiendo? ¿Quién ha mudado mi casa por estos muros decrépitos? ¿Quién ha cambiado la frescura de mi pozo por este agujero reseco? ¿Quién trocó el misterio de mi sierra por estos páramos explícitos? ¿Es este tu castigo, Dios? ¿Consiste en arrebatarme las cosas que tanto apreciaba?

Nada era igual, doctor Velasco. Mi mundo aparecía maltratado, frío, envejecido. Era un mundo lejano, desapasionado. Era un mundo que no me transmitía ningún mensaje; un mundo que había perdido su sentido. Era otro mundo.

Llamé con gritos desesperados a mi familia. Voceaba sus nombres incansablemente, pero sólo me contestaba el silencio abrumador de sus ausencias: la ausencia de Caín, la ausencia de mi madre, la ausencia de mi padre. ¿Dónde estáis? ¿Qué ha sido de vosotros?

Luego comencé a sentir el rumor machacante de las ausencias de todas las demás cosas: del pozo que ya no estaba, de la morada que ya no estaba, de las montañas que ya no estaban, de los caminos que ya no estaban... Nada era igual pero no porque hubiera cambiado, sino porque yo ocupaba un lugar en un mundo diferente, y en este mundo distinto, en este mundo nuevo de cosas viejas, yo estaba solo. ¡Solo, doctor Velasco!

Un estremecimiento helado me anegó las venas como una riada de clavos ardientes, y tuve que sentarme en el suelo y respirar con fuerza para reposar la inteligencia desconsolada. Estaba solo. ¡Terriblemente solo! ¿Qué podía hacer? ¿Qué podía hacer? Me encabezonaba en esta incertidumbre y las soluciones no encontraban un resquicio en la red tupida de mi entendimiento turbado, así que las ideas flotaban y huían sin alumbrarme. ¿Qué podía hacer? Estaba solo, doctor Velasco, o peor aun: estaba abandonado. Porque una vez existió un pozo desbordante, y una casa clara de cañas y barro, y Caín, y mi madre, y mi padre, y unos campos copados de reflejos verdes y azules, y unos caminos rectos y limpios. El abandono es más cruel y doloroso que la soledad, igual que la muerte es más cruel y dolorosa que la inexistencia. Se puede sufrir por lo que nunca se tiene, por supuesto, pero el dolor que produce el hueco repentino de las cosas perdidas resulta insoportable. Yo tenía un mundo que se perdió, y en ese mundo había un pozo concreto, unos montes concretos, un hermano querido... Y un odio virulento hacia el cuerpo decapitado de otro hermano. Abel. Abel derrengado en el suelo como prueba irrefutable del fratricidio. ¿Éste era el castigo de Dios? Y cuando despiertes... ¿Este era mi sacrificio? Y cuando despiertes empezarás a cumplir mi sentencia. Nuestro crimen, el asesinato de Abel, había sumado una parte tan importante a la naturaleza de la Creación que la había convertido en otra; habíamos remodelado la Creación inconscientemente, y en este nuevo plano de existencia yo era un intruso viejo, antañón, y abandonado. Yo era el único vestigio de un mundo antiguo, del mundo engendrado por Dios. Esta sería mi condena. Igual que a mis padres, Dios me desterraba de su mundo. Me expulsaba a una dimensión arcana, a la realidad que Caín y yo habíamos construido con nuestro crimen.

¿Qué podía hacer yo? ¿Qué podía hacer, doctor? Dios me exiliaba, me trataba como a mis padres. Así que no me quedaba otra alternativa sino la de actuar del modo en que ellos actuaron. Sí. Me adaptaría al nuevo mundo circundante. Me fundiría con esa realidad gris que era, por así decirlo, mi propia creación; la obra del hombre completado.

Eché a caminar sin rumbo, sin concierto, formando una ruta caprichosa con mis pisadas. ¿Le gusta la poesía, doctor? Escuche este fragmento de un poema de Antonio Machado:

Caminante, son tus huellas

el camino, y nada más;

caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.

Uno construye su vida conforme la va viviendo. Machado nos indica que somos caminantes, doctor, caminantes desprovistos de mapas y guías. Se trata en definitiva de una metáfora preciosa del libre albedrío.¿Mas qué importa hacia dónde nos conduzcan nuestros pasos arbitrarios? En cualquier dirección se divisa un horizonte, así que los horizontes abundan y nos rodean. La auténtica meta no aguarda en un horizonte determinado, doctor Velasco. La auténtica meta estriba en cada uno de los pasos caprichosos que van conformando el camino.

Caminé y caminé y caminé. Atravesé olivares, encinares, bosques de pinos, bosques de alcornoques, bosques de abetos, rojizos pinsapares, y alamedas grandiosas y exuberantes. Trepé por unos lomazos blandos y coralinos, y por otros duros y de plata. Vadeaba los ríos que encontraba crecidos y bravos, y traspasaba aquellos de caudal exangüe. Hollé con mis pies desnudos las arenas calientes de una playa limpia. Crucé una campiña de parras largas y ensortijadas, y luego bajé un otero, y subí por la cara de otro cerro, y me descolgué por un tajo donde anidaban unas águilas de plumaje tornasolado y garras amarillas. Seguía caminando y caminando, sin pensar, sin distraerme, deteniendo mi marcha errática tan sólo para descansar unas horas, o para arrancar alguna raíz que llevarme a la boca, o para beber en un arroyo, o para descargar la miseria de mis tripas y de mi vejiga. Caminaba y caminaba y caminaba...

Caminé durante semanas, meses, tal vez años, siglos. Y un día, como otro cualquiera, que llegué a un río cuyo cauce jabonoso resbalaba por la falda cetrina de una montaña, decidí regalarme con una pausa prolongada. No sé por qué elegí aquel lugar, ni aquel día concreto que no parecía distinto de los demás. ¿Fue una mera casualidad? ¿Una premonición?

Me quité los jirones mugrientos de mi ropa, los eché a un lado y me metí en el río. Rebocé mi cuerpo estragado en la frescura transparente de sus aguas, permitiéndole hundirse o emerger según su antojo. El sol calentaba suavemente desde su puesto inalcanzable, y al cerrar los ojos se oía el rumor ligero del agua y el zumbido de una nota rasgada de chicharras. A través de los párpados entornados presentía la superficie del río bañada de un sinfín de tonalidades brillantes: rojos, violetas, verdes, amarillos... Tumbado boca arriba, con los brazos y las piernas extendidos en aspa, flotando cual muerto, me sentía reconfortado. Las gotas de agua me resbalaban por la frente y por la nariz, haciéndome cosquillas relajantes, y a mis orejas sumergidas llegaba el ondeo de un sonido formidable, igual que el de esos clarines con que Rossini abrió su Guillermo Tell.

En el momento en que percibí que mi pellejo, abusado de reposo, comenzaba a arrugarse me salí del agua. Estaba calzándome los trozos de la camisa de lienzo sucio y gastado, con la idea de proseguir inmediatamente el camino, cuando vi que una mujer se acercaba a la orilla del río y se arrodillaba, indiferente hacia mi persona, para llenar de agua un cántaro. ¡Qué espléndida visión, doctor Velasco! Al principio la confundí con mi madre y casi me lanzo a su cuello llorando de alegría. ¿Cómo podía barruntar la existencia de otra mujer que no fuera mi madre? Pronto comprobé, asombrado, que no era mi madre. Era una mujer joven. Tenía una larga cabellera negra partida en dos trenzas de nudos descargadas sobre unos hombros tersos y redondos, y los ojos muy grandes y astrales, de lechuza. Su cintura se cimbreaba en la ribera con la firmeza y resolución del tallo de un junco, y en los brazos desnudos, pálidos, le asomaban las venas como reguerillos turquesa.

Supuse que aquella imagen sería producto de la relajante soñolencia del baño, o de mi sed de compañía. Mi mente habría elaborado ese espejismo consolador en forma de ninfa. Sin embargo, me froté y refroté los ojos, y la muchacha no se iba para el rincón fantasioso de donde debía de haber nacido.

- ¿Eres de acaso de verdad?- dije.

La muchacha giró la cabeza y reparó en mí. No estaba asustada. Me contemplaba con un aire atento, intrigado y confundido, igual que si pretendiera engarzarme en el trayecto de sus ojos encantadores, y tras una intensa inspección distendió los labios en una postura apacible y sonriente.

- Pues claro que soy de verdad. ¿Por qué no había de serlo?

¡Qué ingenuas resultaban sus palabras, doctor Velasco! Pues claro que era de verdad. ¿Por qué no había de serlo? ¿Con qué fundamento dudaba yo de su realidad? ¡Cuánta sencillez! Allí estaba, recogiendo el agua del río en un cántaro, como cada mañana, tal vez, ocupando siempre el mismo tramo de la margen, y de pronto alguien desconocido viene a dudar, incomprensiblemente, de su existencia. ¡Qué simpática desfachatez!

Yo deseaba explicarle que aquel era un mundo vacío; un mundo en el que no cabía otra cosa que mi añoranza por las cosas perdidas; un mundo inhóspito, viejo y reciente a la vez; un mundo al que Dios me había arrojado por un crimen cometido contra mi propio hermano. Esa era la razón para que yo dudara de su realidad. Aunque me parecía un motivo suficiente, sobrado, la candidez de su expresión me hizo sentir ridículo. ¡Pues claro que era de verdad!

- ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Quién eres tú? ¿De dónde vienes?

La fogosidad de mis interrogantes provocó que la muchacha riese libremente. Ella era Naamá, hija de Lamec y de Zilá, y venía de Enoc. ¿Y yo? ¿Quién era yo?

- Soy Set, hijo de Adán y Eva, y vengo de... Pensaba que no había nadie en el mundo.

Naamá, sin descolgar el jolgorio de sus labios deliciosos, me comparó con un burro por mi desatino. ¿De dónde había sacado yo semejante ocurrencia? ¿Que no había nadie más en el mundo? Sólo Enoc ya estaba repleto de gente hasta los poros. Le pregunté si Enoc era el nombre de su casa y ella me contestó, señalándome con un gesto de la mano una dirección, que Enoc era su ciudad; y como le preguntara qué era una ciudad ella me replicó, con el morro enfurruñado, que yo era una personita muy extraña porque no sabía nada de nada, y que podía acompañarla si quería averiguarlo.

Naamá cargó el cántaro de agua en un costado, se dio media vuelta y rompió a andar con pasitos contundentes. Yo, doctor Velasco, con los tuétanos emborrachados por la creciente euforia de haber hallado compañía después de tanto tiempo, con el paladar entusiasmado y el peso de la excitación empujándome las costillas, la seguí.

Enoc aparecía como un puzzle compuesto de grandes casas de piedra sin revocar, de corralillos con gallinas y cerdos y vacas, y de varios bancales sembrados de todo tipo de hortalizas y de árboles frutales. El conjunto se dispersaba a lo largo de la ladera septentrional de una montaña. El lugar donde Naamá y yo habíamos tenido nuestro encuentro, el río Enarché, discurría en realidad muy cerca de Enoc, por la cara austral de la montaña, llamada Danlagan, y las gentes de la ciudad acudían allí con frecuencia para abastecerse de agua, de peces y de tortugas. Así que no resultaba extraño ni casual que me hubiera topado con Naamá, o que me hubiera llegado a topar con cualquier otra persona. Lo raro hubiera sido no encontrarme con nadie en el frecuentado Enarché.

El suelo de Enoc, de barro apisonado, lucía un brillo hiriente de oro puro, más o menos fresco según el tramo, y entre las casas, cuyas fachadas se adornaban con macetones de geranios, coleos y hierbabuena, rodaba un aroma húmedo, dulce y sedoso. Todas las casas, relucientes a pesar de estar levantadas de piedra desnuda, cuadradas, con un corralito anejo al muro de poniente, parecían cortadas de un mismo patrón. Sin embargo había en el centro de la ciudad una plaza donde se alzaba una construcción disonante, una construcción que sobresalía entre las demás por su magnificencia. Sus paredes no estaban formadas de piedra, como las paredes de las casas, sino de una compleja traba de tablones que se mantenían fantásticamente unidos (yo aun desconocía la invención de los clavos). Este edificio reproducía en su base un rectángulo, y en el medio de cada uno de los laterales surgía una puerta descomunal. Era la fábrica de salazón.

En este recinto se preparaba una salsa amarga con tripas de pollo majadas y revueltas con jugo de albaricoque, la cual se usaba a modo de condimento. Aquí fue a donde me condujo Naamá tras una minuciosa excursión por la calle del Mercado, la calle del Herrero ( que era su hermano Tubal-caín), la calle de la Casa Encantada, la calle de la Asamblea y otras muchas calles, para que conociese a su padre.

- ¿Ves? Esto es una ciudad. ¿Ves? Esto, y esto, y esto- me indicaba sin detenerse.

El amplio y claro interior de la nave olía como el museo de cabezas de Caín; el olor visceral de la otra cara de la vida; el olor de la descomposición, de la muerte. Había multitud de hombres dentro, pero ninguno se parecía a Caín, a mi padre, a Abel, ni a mí. ¡Tantos hombres y ni siquiera se parecían entre ellos a no ser por su indumentaria! ¡Qué súbita abundancia de almas en un mundo presuntamente despoblado! ¡Y qué diversidad tan maravillosa, doctor Velasco! Eran los obreros de la fábrica de salazón. Se movían de un lado para otro con los ojos perdidos en sus ocupaciones y las manos siempre trajinando alguna cosa. Vestían unas camisas iguales, azules y largas, de una tela aparentemente más suave y liviana que la de mi maltratada camisa, que se ceñían a la cintura con una cadenilla esmaltada. Y los pies, en lugar de desnudos, los tenían calzados con alpargatas de esparto.

Naamá me llevó junto a uno de aquellos operarios. Era viejo, aunque no mostraba el aspecto fatigado, o rendido, típico de la ancianidad, sino un vigor juvenil que se manifestaba primordialmente en el fulgor de sus ojos zarcos y en la recia verticalidad de su espalda. Naamá me dijo que era Lamec, su padre.

- Lo he encontrado en el Enarché- explicó al viejo.- Es como un niño con cara de mayor. ¡Si oyeras las tonterías que dice!

Lamec me sonrió con la cabeza torcida y se agachó para abrazarme.

- ¿Eres un niño con cara de hombre, o un hombre con cuerpo de niño?

- No lo sé.

- ¡Oh! Déjalo, padre. Es un burro. No sabe nada de nada. Ni siquiera sabía lo que es una ciudad.

- ¿De veras? ¿No sabes lo que es una ciudad?

- Esta es la primera vez que veo una.

- Y pensaba que no había nadie más que él en todo el mundo. ¡Figúrate!

- ¿Sí?

Los ojos zarcos de Lamec se iluminaron, y la inclinación de su cabeza torcida se volvió más pronunciada y el contraste con la rectitud de su espalda más intrigado.

- ¿Y tu nombre? ¿Sabes al menos cómo te llamas?

- Por supuesto que sí. Me llamo Set.

- Set... ¡Vaya! Es un nombre muy bonito. Y sugerente. Podría significar muchas cosas.

- Lo inventó mi madre. Mi madre era medio bruja.

- ¿Era? ¿Ya no lo es? ¿Acaso le han arrebatado sus poderes?

- No. Lo que pasa es que ya no existe. Creo que el tiempo se la ha comido, pero no estoy seguro.

- ¿Y tu casa? ¿Dónde está tu casa?

- No tengo. También se la habrá comido el tiempo. Y a mi padre, y a mi hermano, y a todo cuanto me rodeaba. Sólo me salvé yo de la hambruna del tiempo.

- ¿Ves qué tonterías dice?- terció Naamá.

Lamec le reprendió con una mirada tierna y luego volvió a sonreírme con la cabeza inclinada.

- Así que no tienes ni familia ni casa, Set. Bueno, no te preocupes. Ahora tendrás una nueva familia y un nuevo hogar, si quieres.

De esta simple guisa es como Lamec me adoptó. No me aceptaba porque le apenase la vulnerabilidad de mi cuerpo menudo, o porque se compadeciera de mi absoluta orfandad. Lo que le sedujo inmediatamente fue mi candor, mi desconcierto frente a las cuestiones más fútiles. Siempre han existido, doctor, esos hombres expertos en las doctrinas de la vida ansiosos por acoger, por atrapar, a un cándido que les atienda. Almacenan datos, sentimientos, inquietudes y reflexiones con el único objetivo de que, un día, aparezca el perfecto escuchador. Son ególatras, por supuesto. Son esponjas que absorben el zumo de la vida y se hinchan y se vuelven pesadas aguardando que llegue ese momento placentero del estrujón. Tal vez nunca venga ese instante que les libere de su peso húmedo, y se mueren abotagados por la corrosión de una vida infructuosa según los parámetros de su egolatría; o sí llega, por fin, el día en que aparecen las manos y los oídos exprimidores, y los hombres esponja, libertados, se vacían pero crecen y crecen, porque le encuentran sentido a su vida bebida.

Lamec era uno de esos hombres esponja, y yo el modelo ideal de aprendiz, el aprendiz deseado por todos los hombres esponja. Su alma de maestro me aceptaba regocijada porque yo ignoraba el significado de muchas palabras y la utilidad de sus contenidos. Una ciudad, una fábrica, un molino, una asamblea, un comerciante, una medida política, una regla moral, una norma, todo. ¡Yo, que tantas palabras y expresiones había creado en mis juegos semánticos con Caín! ¿Cómo me había convertido en el más zote de los seres humanos? Lamec se burlaba cariñosamente de cada una de mis ingenuas preguntas, y afirmaba que yo era como un recién nacido buceando entre los andamios de una civilización. ¿Buceando? ¿Andamio? ¿Civilización? ¿Qué es una civilización? Y Lamec de nuevo se burlaba y se reía con la cabeza maravillosamente torcida y la irradiación zarca de sus ojos. No, doctor Velasco. Lamec no podía resistirse a recogerme entre sus brazos. Me adoptó inmediatamente, ofreciéndome su sabiduría, su ciudad y un rincón de su casa.

No me resultó extremadamente difícil acomodarme al ritmo de la civilización. El Gobierno de Enoc, la Asamblea, decidió que por las mañanas yo trabajaría en la fábrica de salazón. Todo en Enoc formaba parte de un gran comunismo regido por los mandatos de la Asamblea, la cual se componía con los veinticinco habitantes más viejos de la ciudad y era presidida por el propio Lamec. Una noche a la semana se reunían sus miembros en la Casa de la Asamblea, y entorno a una candela resolvían las cuestiones cívicas: los turnos de trabajo en las tierras de cultivo; los turnos de pastoreo; los turnos de trabajo en la fábrica de salazón; el reparto de los cargos públicos, tales como los comerciantes delegados, los responsables de sector o los compradores mandatarios; las modas y la conveniencia de que las mujeres volcaran las pieles de su traje sobre el hombro izquierdo o el derecho, o de que los hombres ciñeran sus largas camisas azules por la cintura o por la cadera; el disfrute de los días festivos; los enlaces matrimoniales; los nombres que corresponderían a los hijos recién nacidos... Una vez cada tres días, además, se reunían para anunciar la distribución de los bienes de la producción común. Se daba a cada habitante de la ciudad todo lo que se estimaba necesario, y los bienes sobrantes eran entregados a los mercaderes delegados para que fueran con ellos a otras ciudades y los canjearan por cosas que Enoc no producía. De manera recíproca se había habilitado una calle en Enoc, la Calle del Mercado, para que viniesen los comerciantes delegados de otras ciudades.

El equilibrio de aquel gran comunismo nunca había sido perturbado, de modo que la Asamblea no tenía previstas normas sancionadoras para el caso de que fuera incumplido uno de sus decretos.

Yo trabajaría, así pues, en la fábrica de salazón por las mañanas. Mi tarea consistía en abrir el vientre rubicundo de los pollos con una cuchilla incrustada en un trozo de madera a modo de empuñadura, y en sacar las asaduras del pollo a tirones y dejarlas en un cesto de mimbre. De allí las cogía otro obrero y las vertía sobre una plancha de piedra, donde otro las molía a peñascazos. Luego tiraban la plasta sanguinolenta por uno de los agujeros laterales de una especie de molino. Por el agujero del otro lado vaciaban el jugo del albaricoque y por la boca del centro, después de muchas vueltas y circunloquios del molino, manaba una salsa marronacea al interior de unos canutos, los cuales eran retirados con celeridad y taponados con unas bolitas de paja empapada en aceite para que no huyeran las cualidades del condimento. Al segundo día de trabajo en la fábrica de salazón mi nariz ya estaba como muerta, acostumbrada a la pestilencia reinante en la atmósfera.

Por las tardes Lamec y yo salíamos a la Calle del Mercado. Detrás de sus tenderetes los comerciantes delegados de otras ciudades voceaban todo tipo de mercaderías: cerámicas policromadas, fíbulas de un bronce lustroso, camisas largas y azules ( Lamec me regaló una, pero me colgaba hasta los tobillos y Zilá la tuvo que cortar), pieles de marmota y de castor, cucuruchos de castañas asadas que impregnaban el cielo con su calor dulzón, pócimas encantadas para todos los encantamientos, el espectáculo de un asno inteligente que les contaba a los espectadores las predicciones del tiempo... Los comerciantes delegados llegaban al alba con sus mulas cargadas y plantaban los puestos en cualquier espacio libre de la calle del Mercado. Pronto empezaría el trasiego. Los primeros curiosos, quienes disfrutaban de descanso laboral, iban llegando en grupitos, y después de merodear los objetos que más les interesaran tomaban nota de ellos y transmitían sus peticiones a los compradores mandatarios de la Asamblea. Los compradores mandatarios eran quienes efectuaban el canje con el mercader.

Al anochecer la algarabía de la calle del Mercado iba cesando. Los compradores mandatarios se retiraban tras una larga jornada de solicitudes, regateos y adquisiciones, y los comerciantes delegados recogían sus tiendas y emprendían el regreso a sus ciudades. Con suerte partirían con los serones abarrotados de pimientos, huevos, tomates y, sobre todo, tubitos de la apreciada salsa amarga. Con suerte, también los comerciantes delegados de Enoc llegarían cargados y satisfechos.

Cuando Lamec y yo nos cansábamos de mirar los puestos, o cuando no sentíamos interés en ninguna de las mercancías negociables, volvíamos a casa y nos sentábamos en el corral a conversar.

La casa de Lamec estaba ubicada al final de la ciudad llegando desde el sendero que nacía a la orilla del Enarché y cruzaba la cara meridional de la montaña Danlagan. Estaba dividida, como todas las demás casas, en dos piezas idénticas por un tabique mal cerrado. La pieza que daba a la calle hacía las veces de estancia, de cocina y de comedor. La habitación posterior servía de dormitorio común. Había hacinados en un rincón varios jergones, y por las noches se estiraban sobre el suelo de tierra y allí nos acostábamos la familia entera: Lamec, Zilá, Naamá y yo. El dormitorio tenía, al tiempo, una puertecilla cubierta con una cortina recia que comunicaba con el corral. Era éste un recinto espacioso, atestado de tiestos y de pilas de leña y de animales domésticos. Al fondo del corral había un boquete sobre el que teníamos que inclinarnos para realizar las necesidades del cuerpo, y que cada breve lapso de tiempo era limpiado por Zilá o por Naamá.

Lamec y yo manteníamos la charla entre gallinas y cerdos hasta que salía Zilá para anunciarnos la cena. ¡Cuánto aprendía, doctor Velasco, en aquellas tertulias corraleras! Lamec me hablaba del significado de muchas palabras, o del sentido de muchos conceptos, pero como más disfrutaba el hombre esponja era contándome historias de su familia. Me refería historias de su padre, Metusael, y del padre de su padre, Mehujael, y de todos sus antepasados hasta llegar a Caín, el fundador de Enoc.

- Yo tuve un hermano que también se llamaba Caín.

- ¿De verdad? De todos mis antepasados es Caín el más remoto y misterioso. Es como si antes de él no hubiera existido nada. Se conservan pocas historias sobre él, y aun éstas son confusas y, en ocasiones, disparatadas. Se dice que mató a alguien y desde entonces, asediado por los remordimientos, se dedicó a vagar sin rumbo. Al llegar a este sitio se quedó prendado con el paisaje y fundó Enoc en honor a su hijo. Dice también Balsur, que es con sus seiscientos treinta y seis años el más anciano de la ciudad, que mi antepasado Caín era fuerte y grande como un caballo. Cuando Balsur era un chiquillo lo vio levantar a pulso una mula que estaba preñada... ¿Para que querría alguien levantar a pulso una mula preñada? En fin, digo yo que serán cuentos del viejo Balsur para entretener a la chiquillería. Lo cierto es que un día Caín fue a bañarse al Enarché y desapareció. No se le volvió a ver.

Yo me acordaba con tristeza de la compañía de mi querido gemelo y, no sé por qué, me acordaba en concreto de las palabras que pronunció una vez a la entrada de su museo de cabezas. Esta es la otra cara de la vida, pequeño. Será mejor que vayas acostumbrándote a ella... La otra cara de la vida. La vida con mayúscula tiene dos faces, doctor Velasco: la faz de la vida con minúscula, y la faz de la muerte. Son dos partes indisolubles, dos caras de una moneda, como se suele decir. Si no se las conoce a ambas no se está vivo. No se está. Es posible que ni siquiera exista una cara de la vida dentro de la vida con mayúscula. Tal vez todo es una pérdida constante, una fuga del tiempo y de las cosas, un caminar hacia la muerte, un morirse. Tal vez las personas no nacen, sino que empiezan a morir. Pero esto es lo que se denomina una visión pesimista, ¿no cree? Aunque esté alejado de la realidad, que, por otro lado, nadie conoce, conviene más pensar que la muerte sólo ocupa la mitad de la importancia de la vida con mayúscula, mientras que la vida con minúscula ocupa la otra mitad.

Yo había contemplado la cara funesta de la existencia en numerosas ocasiones: en las cacerías de Caín, en su museo de cabezas de animales, en el cuerpo desparramado de Abel, en la clamorosa ausencia de todas las cosas que Dios había ordenado al tiempo que se comiera para dejarme abandonado... Incluso yo tendría que morir un día, estaba muriendo constantemente, a cada latido; tenía que desaparecer, que perderme irremediablemente, y eso era lo maravilloso, porque demostraba que yo estaba vivo. Sólo las cosas que viven pueden y deben morir.

- ¿Sabes que yo he matado a dos hombres?- me confesó Lamec.

- ¿Tú? Me resulta increíble.

- Pues sí, hace muchísimos años. Pero todos los actos de los hombres son excusables si se contemplan las circunstancias adecuadas, pequeño Set. Por eso opino que si ciertamente ese antepasado mío que se llamaba igual que tu hermano, Caín, llegó a cometer un crimen, quizá obedeciese a un acto de grandeza. ¿Quién sabe? El buen juez no contempla por los ojos de la víctima. Llegué a componer un poema mezclando mi experiencia con la atribuida a aquel ser fascinante. Escucha:

Oigan mi voz, instancias recónditas;

presten oído a mi dicho:

a un hombre he matado

por haberme herido,

sí, y a otro joven

por haberme dado un golpe.

Si siete veces hubiera de ser vengado Caín,

entonces Lamec setenta veces siete.

Pero si siete perdones mereciera Caín,

así, Lamec merezca setenta mil perdones.

También me hablaba de Adá, su primera esposa, y me susurraba, para que Zilá no le oyera desde dentro de la casa que Adá fue la mujer más hermosa del mundo, pero también la más desgraciada. Murió devastada por la ventisca ponzoñosa de una colmena una mañana mientras recogía flores en un claro de la sierra.

- Las abejas la royeron pedacito a pedacito, y al final sólo quedó sobre la hierba un enramado de huesos muy blancos.

Jabal y Jubal, los dos hijos que Adá le había dado, partieron de Enoc tras la muerte inesperada de su madre con sus vacas y su música a otra parte. Decían que la ciudad se les había encogido de repente.

- Yo descubrí, igual que mis hijos Jabal y Jubal, una nueva visión de la ciudad, apocada y cada vez más chiquita sin la hermosura de Adá invadiendo todos los rincones. Pero la vida sigue fluyendo y al poco conocí a Zilá y me casé con ella. Era bellísima, aunque no tanto como Adá. Tenía un arroyo dorado de pelo y la piel de uva. Cuando hablaba parecía que estaba cantando, y cuando reía el cielo se tornaba rojo de envidia. Para que te hagas una idea, Naamá es la viva imagen de lo que Zilá fue, excepto en el color del pelo. El tiempo, pequeño Set, ese tiempo que devoró a tu casa y a tu familia, no tiene piedad. Su devastación es alevosa, tan lenta que no la apreciamos si no es ya con los ojos de la memoria. ¿Qué nos queda sino la resignación, hijo, ante el irrefrenable transcurso del tiempo? Pero esta resignación humana no es producto de la derrota, no es una resignación concienciada, no es la aceptación de la única vía posible. Esta resignación es natural, espontánea. Nacemos con ella. Nacemos preparados para que el mismo tiempo que nos consume nos moldee y acomode a su vorágine erosionadora. Por eso no me espanta que la belleza de Zilá se haya esfumado. Por eso ahora, aunque esté encogida y añosa como un granito de pasa, la quiero más.

Lamec me describía muchas de las ciudades a las que había viajado: Diabrán, Cainia, Elbanzeled, Laizia, Anteled, Moldroc... No todas tenían la buena fortuna de regirse mediante el gran comunismo de Enoc, carencia apreciable con un mero vistazo a la indumentaria de los habitantes, y sobre todo a la disposición de las casas y a su arquitectura. Unos edificios se alzaban enormes y majestuosos, con un sinfín de pisos, mientras había otras casas estrechas y bajas, igual que conejeras. En Elbanzeled, por ejemplo, la pobreza mandaba en la mayoría de las calles periféricas, que allí se denominaban arrabales, y sin embargo había barrios donde vivían unos grandes señores que adornaban sus cuerpos con alhajas de todo tipo y pomposas pieles. Estos señores tenían a su vez a unas personas que se encargaban de lavarles, vestirles, ordenarles la casa, e incluso trabajar por ellos. Eran sus esclavos. Lamec me comunicaba con la cabeza torcida y una quimera zarca en los ojos su proyecto de llevar la forma de gobierno de Enoc a esas ciudades.

- La justicia debe imponerse sobre todas las cosas. Pero en este supuesto no será necesaria la coacción. Cuando vean de que manera sencilla podemos implantar una felicidad igual para todos se dejarán arrastrar. Tal vez resulte arduo despertar la conciencia de esos señores fastuosos que se desenvuelven entre comodidades y lujos, pero estoy convencido de que dentro del corazón humano anida la bondad, y cuando yo les explique sabré cómo hacer que ese sentimiento aflore.

A veces me divierto imaginando la cara que Lamec hubiera puesto leyendo a Hobbes, a Stevenson o a Golding, y me apesadumbra la certeza de que éstos, y no Lamec, tuvieran razón. El hombre es un salvajismo enmascarado. No hay más que echar un vistazo alrededor, doctor Velasco, para comprobar el color que tienen las paredes del corazón de los hombres. Son negras como el hollín.

Lamec también me confiaba sus creencias, las creencias extendidas por la ciudad.

- Hace muchos años, en los albores de Enoc, la gente creía en un Dios creador y dominante de toda la Naturaleza. ¿No te parece una idea fascinante? En cierta medida excuso aquella creencia. La juzgo como un medio inteligente, o práctico al menos, de afrontar lo desconocido, de nadar las lagunas angustiosas de la ignorancia. El hombre no sabe, busca y no encuentra. Ahí está Dios, se consuela. Y de esta forma, anestesiado, puede continuar su existencia incierta y tortuosa.

Me parecía estar escuchando al propio Caín, doctor: “Tal vez fuera un soplido del viento y ellos se empeñan en que se trataba de Dios. No es que a Dios le hayan crecido los ojos, pequeño. Nos han crecido a nosotros. Hoy vemos con más claridad.”

Caín se había equivocado. Mi madre se había equivocado. Y también ahora Lamec se equivocaba.

- Sin embargo... en estos tiempos... - continuaba Lamec.- Nosotros propugnamos el antropocentrismo, la absoluta igualdad de todas las personas, la búsqueda de la verdad ( no importa que sea en detrimento de la placidez interior ), y la valentía de la soledad humana. Entre nosotros no cabría la veneración hacia un ser que, aun de presencia sosegadora, dominara a los hombres con favoritismos.

Yo quería asegurarle a Lamec que aquel ser antojadizo y parcial, Dios, verdaderamente existía; que una vez me había hablado; que me había arrebatado un mundo. Pero Lamec me hubiera tachado de loco. Lamec todo parecía extraerlo del examen de un gran ojo insertado en alguna parte oculta de su sangre. Lamec fue, doctor Velasco, el primero de los ateos tenaces que he conocido a lo largo de mi vida. Es cierto que Caín también había negado la existencia de Dios en múltiples ocasiones, pero creo que su incredulidad se cimentaba, más que en la convicción, en su aversión profunda hacia Abel. Caín no creía en Dios para fastidiar. La ferviente oposición de Lamec, por el contrario, respondía a una pausada elaboración intelectual. Lamec sólo creía en aquello que sus manos eran capaces de asir para luego someterlo al juicio estricto de su misterioso ojo interno. Y Dios era inasible.

En ocasiones incluso me hacía dudar con su perseverancia de que ese Dios existiera realmente. ¿No habría sido una alucinación? O tal vez sí existió en un pasado remoto, pero acabó sucumbiendo; tal vez Caín y yo lo habíamos exterminado; tal vez a partir de nuestro crimen, el crimen de Caín y mi crimen, el tiempo comenzó a tragarse a dios junto con aquel otro mundo, aquel mundo con un pozo húmedo, con un chamizo fresco, con unos montes nuevos y verdes... En el orden que Caín y yo habíamos instaurado sin querer, donde el ser de barro se había convertido en hombre, en creador, Dios ya no tenía cabida.

Otras noches a Lamec se le iluminaban los ojos sobremanera y se dedicaba a cotillear los secretos e intrigas de algunos vecinos de la ciudad, por ejemplo de aquella mujer, Zuana. La Asamblea decidió que Zuana tenía que casarse con Tioré, un muchacho destinado al pastoreo. La joven no parecía satisfecha con la resolución de los ancianos ( comentan que andaba encaprichada de un moreno de Cainia llamado Belmeo), aunque, por supuesto, la acataba. Al día siguiente de la noche de bodas Tioré salió temprano con el rebaño que tenía a su cargo y Zuana quedó cantando en la casa. Cantó todo el día, con una alegría desbordante que inquietaba a los vecinos por contrastar con lo taciturna que Zuana había andado desde que se le notificó que tenía que casarse con el pastor. Tioré no regresó esa tarde y Zuana seguía cantando alegremente. Le preguntaron a Imanás, el responsable del sector de pastoreo, por el paradero de Tioré.

- No sé dónde puede haberse metido. Tenía adjudicado el monte Sodah, pero no está allí. Es muy extraño. Tioré siempre cumple las encomiendas con fidelidad, y en todos los años que lleva a mi cargo nunca se ha extraviado. Conoce perfectamente su trabajo.

Mientras tanto, Zuana cantaba y cantaba. Tres días después de la desaparición encontraron al joven despeñado, junto con su rebaño, en el fondo de un barranco de la sierra, y cuando comunicaron el siniestro a Zuana ella formó una mueca distante, como si ya lo supiera. Desde entonces sucedían las cosas más extravagantes entorno a Zuana.

- Isá, la mujer de Mitbunel, afirma que cuando velaba a su padre moribundo oyó como el enfermo susurraba una canción delirante con la voz de Zuana, y Rimoás jura que una noche que volvía tarde de comerciar en Laizia vio la silueta de Zuana bailando desnuda sobre el tejado de la fábrica de salazón. Sobre el tejado, desnuda y bailando, figúrate. En mi opinión no hay que hacer caso. No son más que habladurías. Yo conozco a Zuana y sé que es una mujer buena y que sufre desde el accidente de Tioré. Lo demás son invenciones de gente que se aburre.

No había reflexión, ni conocimiento, ni anhelo que Lamec no me revelara en aquellas conversaciones en el corral.

- ¿Y tú, hijo?- me preguntaba de vez en cuando con la cabeza torcida y el refulgir celeste en la mirada.

- ¿Yo?

- Nunca me hablas de ti, de tu vida antes de llegar a Enoc, de tus padres y de tu hermano.

Entonces yo le contaba un montón de historias confusas. Él insistía, sin entender eso de que el tiempo había devorado mi casa y mi familia y mi mundo entero. Pero el Dios que me había castigado no tenía lugar en la mente de Lamec, y como yo no daba con una mentira clara y convincente, invariablemente acababa encogiéndome de hombros. Lamec, indulgente, sonreía con la cabeza torcida y me palmeaba en la espalda con unos golpecitos suaves, mientras su mirada zarca me acariciaba con piedad; tranquilo, te perdono tu horrendo pasado, no tienes que preocuparte, no se lo contaré a nadie, me decían esos ojos.

Sí, doctor. Nuestras charlas eran deliciosas. Yo aprendía noche tras noche sobre las reglas y entresijos de la civilización, a la par que gozaba con el entusiasmo que Lamec, hombre esponja estrujada, alma de maestro atendido, imbuía en sus palabras.

Y entonces, después de varios meses, llegó aquel anochecer templado. Estábamos absortos en las lenguas azules y anaranjadas de una fogata. Alrededor únicamente se sentía el esporádico aleteo de una gallina, los ronquidos de los cerdos y el mascullar empecinado de las vacas. De pronto se escuchó un estruendo de vasijas quebrándose en el suelo que llegaba del interior de la casa. Yo miré sobresaltado hacia la cortinilla y Lamec, como si hubiera estado esperando ese ruido, torció la cabeza y sonrió. Al cabo de unos instantes volvió a sonar un estropicio mayor.

- ¿Qué pasará?

- No te preocupes- dijo Lamec.- Será algo que se le ha caído a Naamá. Está muy nerviosa desde que le he anunciado que se va a casar contigo.

- ¡Cómo!

¡Casarme con Naamá! Imagínese mi pasmo, doctor Velasco. Noté que la sangre se me resbalaba por dentro hasta los tobillos, y una bullaranga de picaduras me salpicaba las venas desalojadas. ¿Había dicho Lamec lo mismo que yo había oído? Sí, claro que sí. Iba a casarme con Naamá. Lo había acordado la Asamblea en su última reunión. La Asamblea. La máxima autoridad de Enoc.

- Yo mismo he sido quien lo he propuesto- admitió Lamec.- Me parece una idea excelente.

- Pero ¿y ella? ¿Qué dijo ella? Supongo que se lo habrás contado a Naamá, ¿no?- pregunté con ingenuidad.

¡Como si la opinión de Naamá hubiera tenido alguna relevancia! Los decretos de la Asamblea se cumplían indiscutiblemente. Aunque Naamá se opusiera daría igual, como en el caso supuesto de Zuana y el desgraciado Tioré. ¿Repetiría yo el destino del joven pastor? Una mañana saldría a trabajar a la fábrica de salazón y Naamá se quedaría cantando en casa. Luego, mientras abría la barriga de un pollo, o cuando pugnaba por sacar un higadillo agarrado con tozudez, notaría que un fuego me corría por la columna vertebral y que mi corazón se retorcía y se quebraba y se paraba. Cuando fueran a comunicar mi fallecimiento a la cantarina Naamá, ella adoptaría la misma expresión comprensiva que Zuana.

- ¡Qué va a decir! Ahí la tienes, destrozándolo todo. Va a reventar de entusiasmo.

¿Naamá estaba entusiasmada? Apenas nos conocíamos, doctor Velasco. Es cierto que yo empleaba ratos y ratos contemplando su cuerpo grácil y precioso, pero casi no me atrevía a cambiar con ella algunas palabras. Nuestra conversación más larga se había desarrollado aquel día lejano que nos encontramos en la orilla del Enarché, y desde entonces la comunicación se componía de unos saludos nerviosos y de frasecitas incoherentes. Sabía que ella me miraba de un modo raro, distinto al de la mañana en que nos conocimos, ya no con esa sonrisa divertida sino con una suerte de intriga embobada. A veces la sorprendía observándome y ella distraía rápidamente los ojos, pero era yo quien la espiaba la mayor parte del tiempo.

En definitiva, doctor, éramos dos grandes desconocidos. ¿Cómo íbamos a casarnos? Lamec me había explicado en múltiples ocasiones lo que significaba el matrimonio. ¿Cómo íbamos Naamá y yo a producir esa indisoluble fusión de dos seres sin apenas conocernos? Así intenté decírselo a Lamec, mas él se limitó a sonreírme con ese gesto habitual de su cabeza torcida.

- Ya está resuelto- me dijo.

Y de esta manera quedó zanjada la cuestión.

Pronto estuvo lista la parafernalia. Entre Zilá y otras vecinas tejieron una larguísima alfombra con pétalos de rosa y margaritas, la cual regaría el trayecto de la comitiva nupcial. Se encargó a un comerciante delegado de Anteled que trajera un vestido de hilo fino e impecable para Naamá. El traje era níveo y lucía unos círculos de lana verde pálido encajados en los bordes. Para mí fue adquirida, al mismo comerciante, una túnica de pana clara que se ceñía con un cinturón de cuero negro, cuya fíbula lustrosa representaba la cabeza rugiente de un león. De Laizia se importaron torques, brazaletes, diademas y anillos para adornar nuestros cuerpos. Luego se prepararon las viandas del convite, incluyendo varios toneles de una bebida amarga semejante a la cerveza, y más de diez jabalíes ya mondados y destripados. Por último había que buscar una casa para la familia que iba a fundarse. El procedimiento era simple y respondía, como los demás comportamientos relacionados con la propiedad, a los principios regidores del comunismo. Cuando una casa quedaba vacía en Enoc por cualquier razón, la Asamblea se encargaba de su mantenimiento hasta que era adjudicada a un matrimonio reciente. Si en el momento de la boda no hubiera ninguna casa vacante se procedería a la construcción de una.

Cuando Naamá y yo celebramos nuestro enlace había solamente una casa libre: la casa encantada. Los antiguos ocupantes de la casa encantada, Lebasi y Tomeo, un matrimonio joven, sin hijos, habían muerto de la peste de los hongos que devoran el alma. Después de comer aquellos hongos empezaron a ver dragones colorados que fornicaban por doquier, y a sentir detrás de la oreja el aliento helado de un esqueleto susurrándoles guarradas. El joven marido abandonó pronto sus obligaciones ( estaba adjudicado al turno vespertino de la fábrica de salazón ) y se retiró al olvido de su casa, pero la pobre Lebasi continuó bandeando por las calles de Enoc durante unos días, con la piel verdusca y el idioma desquiciado y arrancándose grandes manojos de pelos a pellizcos. La gente, incluidos sus parientes más cercanos, se apartaba de su lado. Estaban atemorizados ante la posibilidad de contagiarse. Finalmente la mujer también desapareció. Después de un mes la Asamblea se reunió en una sesión extraordinaria y decidió que había que forzar la puerta de la casa para averiguar lo ocurrido a la pareja. Sólo encontraron dos cadáveres castigados de magulladuras y mordiscos y arañazos. Estaban abrazados en el suelo. Luego surgieron los comentarios de personas que oían ruidos extraños y olían un aroma de nostalgia...

Nadie quería vivir en aquella casa maldita y Lamec me aconsejó que tampoco yo la aceptara.

- Resolveremos construir una casa nueva, no te preocupes. No quiero que mi hija y tú viváis en ese antro. La Asamblea reconoce que es un caso de fuerza mayor y no pone objeciones.

Yo no comprendía que una gente tan descreída pudiera estar, paradójicamente, dominada por la superstición.

- ¡Cómo! ¡Pero si yo no soy supersticioso!- se defendía Lamec.- Claro que no son más que paparruchas, pero por si acaso...

Acepté la casa. Había crecido entre las brujerías de mi madre y el misterio caprichoso de Dios, y entendía que la catástrofe de esos jóvenes no había sido más que un accidente concreto en unas vidas irrepetibles. El destino de Lebasi y Tomeo se había formado, como todos los destinos, ulteriormente, a base de los comentarios de los vecinos de Enoc. Ya le dije, doctor Velasco, que el destino es una excusa. El destino es algo ineluctable, vago, insondable y no contagioso. Nunca se puede evitar el destino porque el destino es una senda marcada por las palabras de los hombres después de los acontecimientos. Digamos que el Libro de los Hados sí existe, pero se escribe a posteriori. Digamos que el destino es meramente otro de los consuelos que se inventó el hombre para mitigar la carga infinita de sus responsabilidades. ¡Qué le vamos a hacer! Era el destino. ¿Cómo voy a luchar contra mi destino? La culpa no es mía. La culpa es de las manos que trazaron mi destino.

Es curioso que yo, consciente de la presencia de un Dios vigilante, de una autoridad omnisciente, pensara de esta manera y, en cambio, quienes no creían en Dios, quienes propugnaban que el hombre era el centro y medida de todas las cosas, tuvieran arraigado en su interior el miedo siempre supersticioso al discurso del destino. ¿No debería de haber sido al revés? ¿No deberían estos ateos, férreos empiristas, asumir plenamente las consecuencias de su proclamada soledad? He aquí una muestra, doctor, de que el hombre es ilógico.

El caso es que acepté aquella casa encantada sin miedo. A Naamá tampoco le importó ( quizá creía silenciosamente en Dios ). Sin embargo su madre, poco o nada convencida, fue con otras mujeres a la casa y se dedicaron a derramar meadas de perro por las esquinas, y embadurnaron las paredes con una pasta de dientes de ajo.

- Es un remedio buenísimo para espantar la nostalgia de los espíritus carcomidos- explicaba Zilá.

Desde entonces la casa encantada fue rebautizada como la casa del ajo, ya que este olor sutil permaneció aferrado a sus paredes mientras se mantuvieron en pie.

El día de la boda amaneció con un cielo tibio e impoluto. El sol, aun no pletórico, ya lanzaba unas lazadas de fuego sobre los tejadillos de las casas. Todavía circulaban algunas rachas rezagadas del viento de la noche anterior, pero poco a poco, soplido tras soplido, se iban retirando a las profundidades de su morada cavernosa, quien sabe si reclamados por su rey guardián. La quietud de un calor sofocante comenzaba a imponerse. Los gallos hacía horas que habían callado, y ahora permanecían mansos y adormilados en las sombras de los corrales. Las gallinas, en cambio, alborotaban con un cloqueo estrepitoso, eufórico, solapando el trino apacible de las alondras posadas en los almendros. Enoc amanecía envuelto en un día hermoso de primavera.

Zilá, de invariable madrugar dicharachero, preparó en medio de canciones y risas un desayuno abundante de pastelillos rellenos de carne, berenjenas asadas, leche de cabra recién ordeñada, pan tostado con aceite, buñuelos de viento y una fuente colmada de ciruelas amarillas y bermejas. Naamá y yo comíamos en silencio, con la mirada fija en el plato, tomando los alimentos con manos temblorosas. Lamec, sentado a mi vera, me cuchicheaba bromas y consejos.

- ¿Te das cuenta de cómo son las hembras, pequeño Set?. Zilá casi se muere de los nervios el día de nuestra boda y luego... Luego es todo pose, un cuento. Se van haciendo las dueñas de tu vida sin que te enteres, y tú a callar y a obedecer.

- No andes contando aventuras al muchacho y déjalo que coma tranquilo- le recriminaba la atenta Zilá.

-¿Ves? Lo que yo te digo. Órdenes y más órdenes... - suspiraba con una exageración cómica.

Una vez saciados, fuimos a la otra habitación a mudarnos de atavío. Naamá se ciñó su espléndido vestido de hilo con bordados de lana. Se recogió el pelo con una diadema dorada, de la cual colgaban a la frente unas hebras menudas de plata que terminaban en bolitas de zafiro. Adornó su cuello interminable con un torque fino y argénteo que hería con sus reflejos a la retina. Naamá estaba más hermosa que nunca. Yo vestí mi túnica de pana ajustada con el cinturón de cuero, y me puse muchos anillos y pulseras que me oprimían los movimientos. También Lamec y Zilá se vistieron con elegantes ropas traídas por el comerciante delegado de Anteled.

La ceremonia nupcial era sencillísima. La pareja debíamos caminar por la alfombra floral hasta nuestra nueva casa. El responsable de la novia, Lamec, nos acompañaría en el centro, posando su mano derecha sobre la cabeza de Naamá y tomándome a mí con su mano izquierda por el brazo, a la altura del codo. No obstante, debido a mi corta estatura, Lamec trompicaba constantemente en tan dificultosa posición como quedaba, de manera que al final se limitó a cogerme por el cogote. Y ésta no fue la única alteración del rito tradicional. Una vez llegados al umbral de la casa, donde aguardaban todos los habitantes de Enoc formando corrillo y arrojando pétalos de amapola, la novia debía inclinarse levemente y apoyar su frente sobre el pecho del novio. Pero Naamá no podía doblarse hasta tal extremo sin perder el equilibrio, así que tuvo que arrodillarse, lo cual constituyó motivo de chanza para algunos de los asistentes. Finalmente se impuso la consideración y el silencio, y Lamec, hombre esponja, espíritu ansioso por exhibir sus conocimientos, inició una críptica perorata.

Dijo que el matrimonio era la unión del hombre y de la mujer en comunidad plena de vida, que comunicaba las almas desposadas y las fundía en una sola. Dijo que nuestros pensamientos quedarían recíprocamente sometidos desde aquel instante, así como nuestras voluntades. Naamá leería en mi pecho de igual modo que yo sentiría los latidos de su pensamiento. Dijo que nuestros pies serían la prolongación de nuestras piernas, que nuestras manos serían la prolongación de nuestros brazos, que nuestros sentidos serían el eco mutuo de los órganos ajenos... ¿Qué significaban estas expresiones enrevesadas? Lo ignoro. En realidad no sé lo que dijo verbatim Lamec. Ni siquiera le escuchaba porque Naamá aparecía más bonita y radiante que nunca, y porque me miraba con sus ojos insondables, y porque, increíblemente, ahora era mi mujer. Lamec hablaba y hablaba como un runrún de fondo de mi alelamiento. Luego me arrancó del ensueño con un gesto brusco. Se inclinó hacia mí, me tomó por los hombros y me impuso una obligación descomunal.

- Ahora, pequeño Set, hijo mío, entra y consuma tu matrimonio.

La puerta de la casa crujió a mis espaldas con un gruñido funesto, y una vaharada de ajo, notando mi indefensión y mi desconcierto, me estragó la nariz hasta el estornudo.

- ¡Que goces de buena salud!- dijo Naamá.

Sus pupilas me auscultaban intensamente. ¿Qué se suponía que debía hacer yo? Estaba perdido, doctor Velasco. Estaba aterrado y ella me miraba fijamente. Naamá, la hermosa Naamá, la desconocida Naamá, la risueña, la expectante, la de piel de leche y melena de carbón. ¿Qué haría yo con ella? Desde aquel día llevo metido entre los huesos el aroma fresco y amargo de su carne, el rumor de sus cabellos danzando por mis dedos diminutos...

Permaneció callada mientras yo cerraba las ventanas buscando en la apretura de la oscuridad el coraje y la inspiración. Y los encontré. Primero con torpeza. Después con precisión y regocijo.

Afuera, mientras yo, envuelto por la negrura cargada de ajo, descifraba el universo de Naamá y lo enterraba en mis venas, mientras Naamá concebía en su barriga el germen de nuestra desgracia, la música y el griterío se prolongaron hasta el anochecer.

 

 

 

 

 

 

 

CINCO

 

 

 

Tengo que evitarlo. Tengo que evitarlo como sea. No soporto la idea de que llegue el momento en que me olvide de Irene. Yo no quiero que mi olvido sea su muerte definitiva.

Borra el pasado, Julián, olvida. Nunca-más, nunca-más, nunca-más, insiste la voz córvida de Vicente. Elimina esos recuerdos de los que tu dolor se alimenta. Acaba con ese pasado que te destruye, aniquila las huellas que Irene te clavó. No es tan grave el olvido, Julián, no es inusual. Contempla, por ejemplo, el adoquinado de la calle Jarauta. Trata de escuchar el eco mitigado que yace en la mugre de sus grietas. ¿Lo escuchas? ¿Entiendes el mensaje desgastado? No, claro que no. Acaso lo sientes. Esa queja sepultada entre los adoquines es el testimonio consumido de todas las almas que rodaron sobre ellos. Pero, ¿y sus caras? ¿Y sus gestos? ¿Y sus nombres? Se perdieron tras la bruma del olvido, Julián, y ahora es como si no hubieran nacido. ¿Mas qué importa? ¿Qué le importan al muerto los avatares de la vida abandonada? Dentro de ochenta o cien años nosotros mismos pasaremos a incrementar esa galería de fantasmas. Dentro de ochenta o cien años tampoco nosotros habremos nacido. No es inusual, Julián. El olvido es ley de vida.

¡Calla, Vicente gordo! ¡Vicente cuervo! ¡Cierra el pico de una vez!

Recuerdo que hace muchos años, hace infinidad de tiempo, después de hacer el amor, Irene me abrazó con dulzura y apoyó la cabeza debajo de mi barbilla. Yo no me atrevía ni a tragar saliva para que el movimiento de mi nuez no la perturbara. Quería que Irene mantuviese su cabeza apoyada en mi cuello para siempre. Me acordaba del vaticinio lanzado hacía unos meses por mi amigo Ernesto Sanjuán. Si llegáis a salir las vas a pasar canutas, me había augurado. Te equivocaste, Ernesto. Si empiezas por no creer en los milagros, terminarás despreciando el milagro más maravilloso de todos: la vida. Y dentro de la vida cabe un amor imposible de seres antagónicos. Y dentro de un amor imposible de seres antagónicos se encuentra Irene apoyando su cabeza debajo de mi barbilla.

Entonces se me ocurrió una idea monstruosa: Irene sufría un ataque repentino, gastroenteritis, anginas, cáncer galopante, tuberculosis, no sé, cualquier enfermedad terrible o criptogenética; o un accidente. La selva amazónica de cemento se la tragó, una rotonda, un Renault Clío a ochenta, un semáforo en rojo que se salta el repartidor apresurado... La ambulancia se acerca impeliendo con su sirena ensordecedora y traslada el cuerpo malherido de Irene al Hospital. Yo me enteraba tarde, quince o veinte minutos después de la desgracia, y me precipitaba al Hospital con una carrera jadeante y frenética.

- Disculpe, señorita.

- Un momento, por favor.

- Disculpe, señorita, disculpe.

- ¿Sí?

- Perdón, hace unos instantes han ingresado a mi novia (de ataque repentino, de enfermedad devastadora, de accidente mortal)

- ¡Oh! ¿Cómo se llama su novia?

- Irene.

- Irene qué más.

- Irene... No sé sus apellidos.

- ¿Eh? ¿No sabe los apellidos de su novia?

La muchacha cambia su mirada compasiva por otra de indignación. En el fulgor encorajinado de sus ojos adivino un reproche viejo, un reproche solidario y universal, un rencor cebado aparentemente por los hombres y que se dirige a los hombres. Me parece que ya vi ese rencor en los ojos de otra mujer en un debate televisivo. Sería un debate sobre la posición de las mujeres en la sociedad a las puertas del siglo veintiuno. Esa mirada tiene un matiz resentido, y siente un odio vergonzoso porque no sé el apellido de mi novia, o porque soy un ser inmundo, o simplemente porque soy un hombre. Es una mirada que utilizan muchas mujeres.

Irene se está durmiendo con la cabeza apoyada en mi cuello, y yo quiero permanecer en esa posición para los restos, pero desconozco sus apellidos. ¿Y si esta visión monstruosa llegara a realizarse? Debería preguntarle sus apellidos pero ahora, después de hacer el amor, después de cinco meses de relación, me da vergüenza. Se me ocurre una artimaña.

- Me gustaría ver cómo eras de pequeña. ¿No llevas alguna foto en la cartera?

- Claro que sí- musita somnolienta.

- Enséñamelas, anda.

- Ummm.

- Venga, por favor, me hace ilusión.

- ¿ Tiene que ser ahora mismo?

- Sí.

Irene se levanta medio dormida y saca la cartera del bolso.

- Mira, en esta tenía tres años- comenta despabilándose.- Me había caído de uno de los columpios de hierro de la plazuela y tenía las palas partidas. ¿Ves? ¡Qué horror! Y esta es en San Sebastián, en el paseo de la Concha. Tendría once o doce años. Y este es el primer carné que tuve de la biblioteca. Fíjate que desastre de flequillo. Y esta es...

Tomo el carné de la biblioteca y leo con alivio: Irene Rodoreda García. Rodoreda García.

- ¿Tu padre era catalán?

- ¿Mi padre? No, qué va. Era de Ochagavía. ¿Por qué?

- Por el apellido. Es catalán. ¿No has leído a Mercè Rodoreda, la de La plaza del diamante? Es de Barcelona.

- Bueno, tú eres malagueño y te apellidas Velasco, como Conchita Velasco, que es de Valladolid.

- Claro.

- Hombre, igual tuve un antepasado catalán, no sé. En este país la gente siempre ha andado de un lugar para otro.

Irene sabe que soy malagueño y sabe mi apellido. ¿Cómo no me interesé antes por sus apellidos?

Nunca-más, borra el pasado, nunca-más, olvida, no es tan grave el olvido, no es inusual, salmodia Vicente cuervo. Nunca-más, nunca-más...

Hace un año que se materializó aquella ocurrencia remota. ¿Cómo no me he dado cuenta de su deterioro? Las revoluciones no surgen de la noche a la mañana, decía mi profesora de Historia. Las revoluciones van llegando poco a poco. Las enfermedades son revoluciones dentro del cuerpo. ¿Cómo no me he dado cuenta? Irene se ha ido consumiendo paulatinamente, callandito, desapercibidamente. ¡Si yo hubiera sido capaz de mirar como ella! ¡Si yo tuviera la comprensión penetrante de sus pupilas! ¡Si mis ojos estúpidos destrozaran la apariencia para llegar hasta el ser de las cosas!

Una noche me sobresalto en medio de una pesadilla y advierto en la penumbra su mirada rejoneando la lámpara del techo. Irene respira con rotundidad, con trabajo, inflando exageradamente el pecho debajo del camisón.

- ¿Qué te pasa? ¿No puedes dormir?

Irene me enfrenta una cara pálida y descompuesta, pero no me responde.

- ¿No te encuentras bien?- insisto.- Irene...

- Es la espalda- dice por fin.- No te preocupes. Sólo me duele un poco la espalda.

- ¿Dónde?

- Aquí- señala entre los omóplatos. Acaricio con las yemas de los dedos el punto indicado.

- Es por el frío, seguro.

- Claro.

- Ven, acércate.

La abrazo con cuidado y enredo su pelo entre mis dedos. Me encanta juguetear con el pelo sedoso de Irene. Ahora pretendo, además de mi propia satisfacción, que mis caricias la sosieguen, que la evadan de la molestia de su espalda. Pero ella continúa sin poder dormir.

A la mañana siguiente, cuando estoy sentado en la cama poniéndome los calcetines, la veo escurrirse por delante de la puerta del dormitorio. Irene siempre se levanta antes que yo y revolotea alegremente por la casa. Hoy no. Hoy se desliza despacito, encorvada, con el pecho hundido y la cabeza metida entre los hombros. Parece un gorrioncillo aterido.

- ¿Todavía te duele la espalda?- le pregunto.

- Sí.

- Hace un frío de cojones este año. Luego, si quieres, te doy un masaje con alcohol de romero. Ya verás cómo te hace bien.

- Sí.

Dice que sí con desgana, como si dijera que no, que le da igual, que ya han vuelto a subir otro duro la barra del pan, que sólo le queda un viaje en el bonobús, qué sé yo. Irene es consciente de que su dolor de espalda no es por el frío del invierno. Irene sabe que tiene su invierno particular, enterrado muy adentro, y que le está royendo los huesos poquito a poco.

Después del invierno llega la primavera, y a Irene le duelen ahora, además de la espalda, los brazos, el hombro derecho y las rodillas. El cáncer se la ha comido casi entera, y yo sigo sin percatarme.

- No vayas hoy a trabajar.

- ¿Tan mal te encuentras?

- Estoy molida. Me da vueltas todo.

- Pero seguro que no te quedarás en la cama. Eres una cabezota.

- Si no hago nada me siento doblemente enferma. Necesito actividad.

- Lo que necesitas es reposo, Irene.

- ¿Te quedarás conmigo?

- Sabes que no puedo.

- No puedes, no puedes... Di que no quieres. Podrías llamar a Vicente y decirle que te duele la cabeza, que tienes la gripe. O cuéntale la verdad. Dile que no me encuentro bien y que te quedas en casa para cuidarme.

- No seas niña.

- Tu trabajo siempre es lo primero, Julián. Estoy harta de que me relegues a un segundo plano.

- Irene, por favor. Mira, en cuanto pueda te prometo que me escaquearé.

- Claro...

Esa misma tarde me avisan a San Alberto y de pronto me veo, como en aquella fantasía terrible, delante del mostrador de información del Hospital.

- Disculpe, señorita, soy el doctor Julián Velasco. Mi mujer ha sufrido un paro cardíaco y la han traído hace unas horas. Yo estaba trabajando y me han avisado...

- ¿Cómo se llama su mujer?

- Irene, Irene Rodoreda García.

La muchacha trapichea en el ordenador y luego me mira con esa misericordia vieja, solidaria y universal tan opuesta a la mirada rencorosa de mi fantasía y, no obstante, igual de característica para los ojos de una mujer.

- Habitación ciento veinticinco- dice.

Nunca-más, borra el pasado, nunca-más, olvida, nunca-más, destruye las huellas de Irene, nunca-más, nunca-más...

La habitación ciento veinticinco huele a sudor mezclado con barbitúrico, a ranciedad química, a esfuerzo sobrehumano. Ahora huele también a incertidumbre. El olor de la incertidumbre es grave y áspero, como cargado de polvo de talco. Tapona los orificios de la nariz y obliga a respirar por la boca. Si no respiras con la boca muy abierta, casi desencajada, el olor de la incertidumbre acaba por asfixiarte.

La habitación ciento veinticinco del hospital parece ahora sofocante, con las paredes más estrechas, con el techo más bajo, con la pintura verde oliva manchada, con una luz tenue y danzante, con la cama y el sillón y la mesita más chicos. Incluso Irene parece ahora reducida, una Irene enanita. Pero yo sé que la habitación no ha cambiado, sé que parece distinta por mi nueva perspectiva. Mi nueva perspectiva, ¡qué curioso! ¿No me decía Ernesto Sanjuán que la vida es una percepción propia? Las dimensiones del mundo circundante siempre se mantienen, pero las perspectivas se bambolean empujadas por los sentimientos. El sentimiento que me achica la habitación ciento veinticinco se llama angustia. Mis ojos angustiados ven las cosas menuditas, quebradizas. Supongamos que diviso un prado espléndido de flores de colores vivos y excitantes perfumes. Al acercarme al prado compruebo que las flores se van marchitando, consumiéndose, porque mi piel rezuma una angustia contagiosa. Creo que soy el caballo de Atila, que soy la Devastación, que soy la Muerte. Sin embargo no es así. El prado continúa magnífico. La única decrepitud se produce en la órbita de mis ojos.

Me acuerdo del licor mágico de Alicia en el país de las maravillas, ese que la volvía grandullona. Me imagino que soy la pobre Alicia, que de un momento a otro mi cabezota reventará el techo caído de la habitación. ¿Pero no había otra botella que producía el efecto contrario? La botella de la alegría. ¿No debería estar colocada junto a la botella de la angustia?

Nunca-más, borra el pasado, Julián, olvida, Julián, nunca-más, nunca-más, nunca-más...

Parece mentira que haya transcurrido un año desde que estoy sentado en el sillón de la habitación ciento veinticinco, desde que me muevo inquieto y vigilo de reojo. Apreté los párpados con ensañamiento durante unos segundos, pero al abrirlos las dimensiones del cuarto siguen reducidas dentro de mis ojos desolados. A mi vera, tumbada sobre la cama, de medio lado, Irene se acurruca en posición fetal. En cierto modo me resulta divertido ver que Irene no es más que una enanita, una escala de uno a tres del original. ¿Debería sentirme culpable por ello? Irene sufriendo, y yo regocijándome con su figurilla trastocada. ¿Qué clase de persona soy?

Irene se finge dormida. También yo hago que leo una revista con un ruido seco de papeles. Estoy desesperado. Nunca estuve desesperado. Soy una persona tranquila, de naturaleza incluso pachorruda. ¡Ay, Julián, hijo! Pero Irene, si es que te preocupas por tonterías. ¿Tonterías? Para ti son tonterías un porcentaje exagerado de los problemas de la humanidad. ¿Y de qué sirve engordar los problemas rodándolos por la cabeza? La primera traba, y la mayor, está aquí, le digo señalándome la sien. Quien tenga un problema y no haga más que darle vueltas, acabará teniendo dos problemas. ¡Ya salió mister sicologías! ¡Qué huevos tienes, Julián! Eres de los que llega tarde a su propio entierro.

El día del entierro no sé, pero el de la boda seguro. Treinta y ocho minutos de retraso. Irene tenía la cara lívida, desbaratada de rabia, de vergüenza.

- ¿Dónde te habías metido? Creía que ibas a dejarme plantada en el altar. He estado a punto de anunciar que la boda quedaba cancelada.

- Calla, calla, que llevo un día... Para empezar no me ha sonado el despertador, y luego pinchamos en el camino, ¿puedes creértelo?

Y cuando el cura me preguntó si la querría para toda la vida, para lo bueno y para lo malo, en la salud y en la enfermedad, para los restos, yo no dije nada. Estaba absorto, perdido en algún punto indefinible más allá del sagrario que había al fondo. Por los bancos de atrás comenzó a brotar un murmullo.

- ¡Ejem!

- ¿Perdón?- salí de mi arrobamiento.

- ¿Me está escuchando?- preguntó el cura.

De repente quise que las baldosas de la Iglesia de San Lorenzo se hicieran unas mandíbulas voraces y me mascaran y me redujeran a miles de pedazos pequeñitos.

- Lo siento mucho, padre, perdone- me excusé con azoramiento.- ¿Le importaría repetirme?

El cura volvió a preguntarme que se iba a querer a Irene Rodoreda García para toda la vida, en la salud y en la enfermedad, etcétera. Mi respuesta fue un discurso ridículo: por supuesto que la querré siempre, no faltaría más, la querré a rabiar, como a nada en el mundo. Las palabras sonaban en mi boca de una manera disparatada, igual que Platón en el aliento pastoso de un borracho. Por eso la furia y la vergüenza no desaparecían del rostro de Irene.

Sí, me considero una persona cachazuda, aunque en estos momentos me encuentro transido de desesperación. Controlo la respiración, y los rasgos del semblante, y los movimientos de mi cuerpo en el sillón, pero las manos se me escapan como dos entes autónomos. Las manos revuelven con estrépito las hojas de la revista que no leo, y proclaman que mi apariencia reposada es una mentira.

De pronto me asalta una bocanada de aire caduco. ¿Cómo se sentirá Irene si hasta yo, que soy un huevón, he perdido los estribos? Aspiro, aspiro, aspiro, y el aire de la habitación ciento veinticinco del Hospital nunca parece suficiente para mis pulmones ávidos.

- ¿Estás bien?- musito.

- No- contesta Irene. También su voz es delicada, como su cuerpecito de enana.

- No te preocupes, cariño. Seguro que no es nada. Ya verás como no es nada.

Retorno a la revista, al control de mi respiración, y a vigilar de reojo. Al cabo de un rato el doctor Francisco Recio entrará en la habitación ciento veinticinco con una sonrisa melancólica. Seguro que no es nada, ya verás, ya verás. Atrapo con fuerza una mano de Irene e interrogo al médico con una expresión muda y lamentable. El doctor Recio recogerá su sonrisa melancólica y nos hablará muy despacio.

- Debo serles franco. El cáncer está ya muy avanzado...

- ¿Cómo? ¿De qué está hablando? ¿Qué cáncer?

- Calla, Julián- me implora Irene con los ojos arrasados.- ¿Cuánto tiempo tengo, doctor?

El doctor Recio sigue explicando e Irene asiente con aplomo.

Los vestigios del accidente continúan dormitando en el interior de mi estómago. Nunca-más, borra el pasado, Julián, olvida, Julián. Enciendo otro cigarrillo y me levanto con cuidado a por un vaso de agua. La voz de Vicente cuervo se repite ahora igual que un eco omnipresente. Proviene de todos lados: nunca-más, de la nevera, nunca-más, de los grifos, borra el pasado, del cubo de la basura, olvida, del tubo de neón, nunca-más, nunca-más...

Sí, Vicente, sí. Ya no queda otra alternativa. Borraré el pasado. Pero también borraré el presente y el futuro. La bruma del olvido me envolverá y pronto, ni Irene ni yo habremos existido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SEIS

 

 

 

Aquel día festivo, en el interior de la casa, sumidos en la negrura atestada de ajo y en el perfume intenso que tiene el amor a ciegas, Naamá recibiría en su barriga mi semilla desventurada y maldita por Dios. La semilla de su propia consunción, la semilla devastadora de nuestras vidas, de la vida de Enoc. El fruto fue una niña que se llamó Sara.

Sara nació con la cara redonda y sonrojada cual manzana madura, con las manos pequeñas y las muñecas regordetas de su padre, con el jolgorio entre alegre e intrigado de Naamá colgándole de la boca desdentada. Encogía sus piernecillas fofas, de algodón, dentro de la cuna de madera para juguetear con los pulgares de los pies; levantaba los bracitos de morcilla al cielo y simulaba desmenuzarlo con movimientos rápidos de los dedos; y se reía, se reía siempre, porque siempre estaba contenta, porque siempre estaba trastocando la realidad, acomodándola a la juguetería de su universo. Con mi presencia disfrutaba más que con ninguna otra, tal vez porque siendo yo enano me confundía con alguno de los duendecillos de sus fantasías. Me palpaba el rostro con sus deditos inquietos sin olvidarse de ningún rincón, y luego del intenso escrutinio táctil abría la boca mucho y el alma entera se le escapaba en una carcajada infantil. ¡Qué felices éramos, doctor!

- Los niños constituyen la mayor causa de regocijo, ¿no te parece?- decía Lamec.

- Desde luego. Cada vez que veo a Sara es como si se detuviera el tiempo.

- Eso es porque un hijo supone un argumento aplastante contra el desengaño de la muerte. Así que un nieto resulta más importante todavía. Un nieto es la confirmación de que la obra de perpetuación que se inició mediante el hijo continúa realizándose. Todos llevamos el afán de perpetuación aquí dentro- se señalaba el pecho.- Todos necesitamos prolongarnos. Queremos ser inmortales.

- No sé, Lamec. Me parece una visión egoísta de la paternidad, y yo ni siquiera creo que me gustara ser inmortal.

- Te equivocas. Sí que te gustaría ser inmortal. El anhelo de inmortalidad a veces será inconsciente, y otras veces se manifestará con claridad, pero siempre está aquí dentro. El deseo de inmortalidad es el principio motor de la existencia humana. Es el germen del amor. Nos enamoramos con el afán último, quizá irreflexivo, de tener hijos. Por eso la contemplación de Sara te provoca una felicidad inefable. Por eso te parece que se detiene el tiempo. Sara es la huella que dejarás en las arenas interminables de la existencia. Es tu baza contra el ineludible olvido. El olvido es el auténtico desengaño, Set. Es la auténtica muerte. La definitiva.

Lamec no tenía razón. Los sonetos amorosos de Shakespeare no tenían razón. Ni siquiera el más grande poeta del amor, don Pablo Neruda, tenía razón cuando escribió:

Yo te escogí entre todas las mujeres

para que repitieras

sobre la tierra

mi corazón que baila con espigas

o lucha sin cuartel cuando hace falta.

Yo te pregunto, donde está mi hijo?

Con el paso de los años descubrí que soy literalmente inmortal, que no necesito prolongarme por medio de una descendencia, que yo soy mi propia arma contra la muerte absoluta, contra el olvido. Y sin embargo, también he sabido amar con locura.

Lo cierto es que nunca he sido tan feliz en mi vida, doctor Velasco, como en el transcurso de esos dos meses desde el nacimiento de Sara hasta la noche tormentosa en que nos despertó con un berrinche inusual. Naamá cogió a la niña en brazos y me dijo que estaba azul y abotargada.

- Quizá sólo se trate de un empacho- intenté tranquilizarla.

La tormenta rugía con fiereza. Los rayos se desplomaban con un estrépito de metal, y la lluvia repiqueteaba en el tejado con una cadencia impenitente. Sara profería un lamento formidable y progresivo. Llegó el punto en que sus quejidos solapaban el estruendo de la tempestad... ¡Pobre Sara! ¡Mi niña! Aún tardó tres días en morirse.

Después de la muerte de Sara, Naamá se secó de la noche a la mañana, igual que un higo abierto al aire. Dejó de alimentar su organismo entristecido con la desidia de los enfermos de tenia, y por las noches se levantaba a hurtadillas y se perdía en la inmensidad del cielo a través de la ventana. En dos o tres ocasiones la sorprendí meciendo la cuna desierta de Sara y tarareando una balada nostálgica.

Yo representaba que me había repuesto sin tardanza, pero sufría un dolor callado y corrosivo. Sentía en las tripas un tráfago constante, los retortijones pesados de un vacío interno, el vacío que una vez más dejaban las cosas perdidas, y esa vaciedad era como un agujero pugnando por salirse de mi cuerpo para invadir el resto del mundo. Yo tenía que sufrir en silencio, doctor, para no acrecer la tortura de Naamá. ¡Y cuánto sufría! Sufría doblemente. Padecía el dolor mudo que me asolaba por dentro, y padecía el dolor explícito de Naamá. Unos surcos grisáceos y pronunciados habían desbaratado la armonía apacible de su semblante, y sus andares se volvían el deslizamiento sigiloso de un fantasma corcovado. Cuando contemplaba estos signos ruinosos, el terreno parecía ceder bruscamente y me despeñaba por un abismo sin término.

Naamá se deshacía ante mis ojos, doctor. ¿Cómo podía frenar yo tamaña descomposición? Quería ayudarla, pero no encontraba las fuerzas necesarias. Aunque no lo aparentase estaba destrozado, moribundo, y el demoledor vacío seguía creciendo en mi interior y escapándose para contaminar las cosas de afuera. Ambos nos pudríamos al mismo tiempo, cada uno a su manera: yo imperceptiblemente, y Naamá con notoriedad. ¿Cómo podía ayudarla entonces? Se abandonaba incesantemente al llanto. Lloraba por mis palabras, por mi silencio, por el insoportable tufo del ajo, por la crudeza del frío, por el sofocante calor, por la humedad de las paredes, por la compasión de los vecinos, por todo. Lloraba y lloraba y lloraba. También yo gemía sin tregua, pero sin demostrarlo. Vertía mis lágrimas hacia dentro, a la médula de los huesos.

¿Cómo es ese refrán que dicen ustedes los mortales, doctor? No hay mal que cien años dure. Pues bien, un día dejamos de llorar, de sopetón, mientras almorzábamos. Naamá puso la cuchara a un lado del plato y me miró seriamente.

- Estoy preñada- anunció.

- ¿Qué quieres decir?

- Lo que has oído. Vamos a tener un hijo.

Me contuve, expectante a su reacción. Por supuesto que reventaba de júbilo, que tenía ganas de subirme por las paredes, pero ¿y ella? Naamá estalló en una carcajada hiperbólica y yo me liberé con el derroche de un torrente de muecas dispares: de risa, de llanto histérico, de temblor espasmódico... Estuvimos cantando durante toda la tarde y toda la noche. Nuestros cuerpos se fundían con un abrazo y bailaban al compás de la música de nuestros corazones resarcidos. Por unos meses recuperaríamos la dicha.

Naamá volvió a ser la de antes de la muerte de la pequeña Sara. Quemó en el corral la vieja cuna de madera, tan vacía y a la vez tan repleta de pesares, y encargó otra cuna nueva de plata a su hermano Tubal-caín, experto forjador de toda clase de metales.

Frecuentaba la calle del Mercado alborotando a la clientela con su tremenda tremolina de futura madre. Revolvía todos los puestos en busca de vestiditos, de pulseras, de colgantes, de muñequitos de trapo, de gorros de lana, de cualquier objeto que estimara apropiado para nuestro hijo venidero. Las demás mujeres de Enoc, contagiadas del entusiasmo de Naamá, la ayudaban a trastocarlo todo y a desesperar a los comerciantes delegados.

- ¡Señoras, señoras! Por favor. No toquen ahí. ¡Dejen eso en su sitio! Hablen con los compradores mandatarios. ¡Señoras!- clamaban los mercaderes formando indignados aspavientos.

Sin embargo, la reprimenda, lejos de surtir el efecto pretendido, parecía incitar más aun a las mujeres, quienes incrementaban su alboroto y su trasiego.

Por las tardes Lamec y Zilá venían a visitarnos a la casa del ajo. Mientras Lamec y yo charlábamos en el corral, ellas se entretenían tejiendo. Entre punto y punto Naamá se inclinaba sobre su barriga y le susurraba secretos a nuestro hijo a través del ombligo hinchado.

- Ten cuidado con el mensaje de tus recados umbilicales- le aconsejaba Lamec.- Los niños lo entienden todo cuando están en el vientre de la madre y se lo toman muy en serio.

- Eres un tonto, padre- replicaba Naamá.

Lamec se quedaba pasmado con la respuesta de su hija. Luego de unos segundos rompía a reír, y los cuatro terminábamos enredados en una algazara estrepitosa, sin saber muy bien el motivo.

Jeliá, la dulce y deseada Jeliá, nació por fin una mañana del mes lluvioso de las uvas. Era una niña tan tierna y alegre como lo había sido Sara. Tenía su misma carita de manzana, sus mismas manitas y sus mismos ojos alucinados por un mundo de ensueño. Todo, todo en Jeliá era un calco de la desgraciada Sara. Como dos gotas de agua. Incluso en la manera de morirse fueron clavaditas.

La muerte de Jeliá hundió definitivamente a Naamá. No volvió a hablar. Bueno, sí. Sus labios sólo adeudaban ya una frase lúgubre que me hizo comprender el estado de corrosión de su alma. Aquella frase la pagaría horas antes de morir.

De la noche a la mañana se convirtió en una vieja fea y astrosa, con el mirar desgreñado y el pelo aceitoso. Rumbeaba errática, sonámbula, sin sentido. Sus labios se acomodaban, cada vez con mayor naturalidad, en una postura estrecha y huraña, en un encogimiento doliente y dolorido. Jamás rebrotó en su cara la antigua sonrisa misteriosa. Ni siquiera cuando supo que estaba encinta de nuevo. Ni siquiera cuando contempló a los gemelos que le tendía la matrona todavía cubiertos de sangre, un niño y una niña, Enos y Malab.

La consumida Naamá empezó a gastar las horas de la noche custodiando el sueño placentero de los gemelos y, como empleaba las horas del día en su viaje a ninguna parte, no dormía nunca.

- No puedes seguir así, Naamá. No aguantarás en una vela constante, debes descansar- le dije la noche de su fallecimiento.

Entonces Naamá me contestó con las últimas palabras que tenía reservadas.

- Quiero estar despierta cuando la Muerte venga a por ellos.

Esa noche lloré más que nunca, doctor Velasco, apretando el rostro muy fuerte contra las palmas de las manos, rebosando con mis lágrimas internas el centro ya bastante apolillado de los huesos. Lloré rabiosamente hasta que un sueño anestesista llegó para evadirme de la angustia.

Por la mañana encontré el cuerpo de Naamá tirado en el suelo, a la vera de la cuna. Tenía la frente masacrada por un embrollo de profundos arañazos. Había mantenido una lucha salvaje por la salvación de los pequeños Enos y Malab. Pero la Muerte no se había marchado de vacío.

Naamá fue enterrada junto a Sara y a Jeliá, en un rincón del huerto que suplantaba al cementerio de Enoc. Mientras dos hombres cavaban el hoyo, un coro de chiquillos cantaba una letrilla macabra:

¿Adónde dirigen los muertos

su carne deshabitada?

¿Adónde se dirige el eco

de sus voces apagadas?

Al suelo húmedo,

a la raíz,

al árbol,

al viento,

a la nada.

¿Adónde dirigen los muertos

su carne deshabitada?

A continuación Lamec procedió a quemar unas bolas de incienso encima de una piedra, y alguien empezó un discurso al que no presté atención. Mis pensamientos vagaban, se escurrían del sepelio y se iban concentrando más allá del cielo y de la tierra, directamente en Dios. Allí, en la esquina apartada del huerto, un odio rancio, tanto tiempo aletargado en mi pecho, recobraba una frescura inusitada. El odio se renovaba, crecía y se expandía como las lenguas veleidosas de un incendio descontrolado. Odiaba a Abel, a Caín, a mis padres, a Lamec, a los habitantes de Enoc... Me odiaba a mí mismo. Odiaba mi pasado, mi presente y mi futuro. Odiaba mi vida. Pero sobre todo odiaba a ese Ser inmenso, omnipresente, titiritero y antojadizo. Odiaba a Dios con todas mis fuerzas. Le aborrecía con salvaje inquina.

Casi no me percaté de que las exequias habían terminado. La gente comenzaba a dispersarse entre murmuraciones. Yo confundía la sombra soslayada en sus ojos agachados con un sentimiento de misericordia. ¡Qué equivocado estaba, doctor! Todavía ignoraba que los hombres se defienden de su dolor y de su miedo blandiendo puñales enardecidos. Y esa gente me temía, doctor Velasco. Experimentaban un pánico atroz ante mi presencia.

Regresé a la soledad de mi casa despoblada con el paso más grave y solemne que un enano puede imprimir con sus piernas zambas, y derramé mis despojos por encima del jergón. El suelo de la habitación parecía más amplio. Y el techo, y los muros, y la cuna con los gemelos Enos y Malab, y el hedor del ajo, y la mecedora de Naamá, y la ausencia de su aroma de pomelo. El mundo entero se mostraba agigantado, agigantándose, estirándose más y más hasta anular la insignificancia de mi figura menguante. Yo sería pronto del tamaño de una mosca, del tamaño de un grano de arena, del tamaño de una mota de polvo. Después desaparecería completamente... Otra vez me encontraba solo, doctor, abandonado y transido por la umbría agotadora de las cosas perdidas.

Unos golpes violentos en la puerta vinieron a devolverme las medidas de la realidad. Crucé a la otra estancia y abrí. Era Lamec. Entró en la casa fundando un torbellino de gestos atribulados y tropezando las palabras en la punta de la lengua. Estaba enloquecido. Le rogué que se calmara porque no le entendía, y tras un largo rato de gesticulaciones nerviosas consiguió transmitirme las malas noticias.

- He oído las murmuraciones. Las he oído por casualidad. Se lo estaba contando Tubal-caín a Zilá. ¡Mi propia mujer y mi propio hijo! ¡No puedo creerlo! El mundo se ha vuelto loco, pequeño Set.

- ¿Qué murmuraciones?

- Tienen mucho miedo, pero no es excusa suficiente. El miedo nunca es excusa suficiente para la sinrazón, nunca, hijo. Mi propia familia ha perdido el juicio. ¡Qué horror!

- Lamec...

- Yo no puedo hacer nada. La Asamblea se reunió sin informarme en cuanto se enteraron de la muerte de Naamá. Estoy seguro de que el viejo Balsur es el auténtico instigador. Sabe cuánto te aprecio y quiere hacerme daño. Siempre ha pensado que por ser el más anciano de Enoc tenía derecho a la presidencia.

- ¿Pero de qué estás hablando, Lamec? ¿Qué es lo que sucede?

- Arráncate ahora mismo a la sierra. ¡Huye cuanto antes, todo lo lejos que puedas! Están dispuestos a quemar la casa del ajo contigo dentro. Lo harán, Set. La furia les niebla el entendimiento.

- ¿Pero por qué?

- Temen que tu maldición se propague.

- ¿Mi maldición?

Mi mente trastornada se repetía con obstinación la misma pregunta: ¿Por qué? Y detrás de todas las respuestas posibles se hallaba idéntica solución: un rostro interminable, vengativo y encabritado; una greña rojiza; unas manos capaces de abarcar más de diez rebaños desperdigados; un torso semejante a la vasta bravura de mil océanos procelosos. ¿Por qué? ¿Por qué, doctor Velasco, por qué? La respuesta aparecía clara: porque una vez fui cómplice de un crimen horrible punido por Dios; porque sólo había traído desgracias a la ciudad debido al castigo de Dios; porque recelaban de mi estatura reducida por una culebrilla de agua creada por Dios; porque veían que Dios no dejaba de hurtar las cosas que me rodeaban; porque Dios había puesto el temor dentro de la sangre de aquellas gentes. Dios, Dios, Dios. Y cuando despiertes empezarás a cumplir mi sentencia...

El vocerío se acercaba a la casa del ajo, despidiendo un aliento de antorchas excitadas.

- ¡Huye, rápido!

- ¿Y qué será de Enos y de Malab?

- No te preocupes por los gemelos. No corren peligro. Zilá y yo cuidaremos de ellos. ¡Date, prisa!

- ¿Huir? ¿Adónde voy?

- ¡Corre!

- ¿Qué hago?

- ¡Deprisa, ya llegan! ¡Corre, corre!

- ¡Pero Lamec!

- ¡Escapa lejos! ¡Pronto! ¡Ni siquiera hay tiempo para las despedidas! ¡Vamos! ¡No vuelvas la cabeza!

Extraño enano. Loco enano. ¿Por qué no hiciste caso a Lamec? ¿Por qué no te limitaste a escapar sin volver la cabeza? ¿Qué macabro impulso te despertó la curiosidad? Ahora llevarás, sin remedio, eternamente, la carga urticante de la estampa cautivadora de la extinción, del rito hermoso con que se atavía la Muerte... Al fondo, entre el contorno de la montaña y el azul limpio del cielo, flotaba una humareda cenagosa. Un bello incendio consumía la casa del ajo.

Eludí los caminos transitados, las cabañas, las aldeas, las ciudades, cualquier indicio de humanidad. Quizá la noticia de mi maldición se había divulgado de boca en boca, y allí adonde fuera correría peligro. De modo que me refugié a rumiar mi dolor entre la red tupida de un bosque. Durante las noches templadas o calurosas me encaramaba en las ramas más altas de algún árbol para evitar los ataques furtivos de los lobos y de otras fieras siempre hambrientas y al acecho. Luego llegaron los meses helados y lluviosos, y tuve que trasladarme a una gruta que había descubierto en la panza de un barranco. La cueva era negra y profunda como la garganta que conduce al reino de Hades, y del techo colgaban unas estalactitas enormes y pulidas y una bandada de murciélagos canosos.

Solía acurrucarme dentro de un bocado de la roca fría y abandonaba la somnolencia de mi ánimo maltrecho a unas pesadillas de gente con expresión arrebatada, con los brazos tensos, portando antorchas y guadañas enconadas. Me perseguían a través de los ríos, de los mares, de las montañas y de los desiertos. Al llegar a los límites de la Tierra me cazaban con un lazo por el cuello y me arrastraban de vuelta a su ciudad mancillada por mí. Llegaba desollado por la maleza y los requiebros del suelo, con los miembros y la cabeza convertidos en un amasijo sanguinolento e indescifrable, escupiendo pedazos de pulmón y de seso. Me amarraban con un cordel, por la cintura, al tronco de un acebuche deshojado. Me abrían la barriga con tizones ardiendo y me desordenaban las tripas como en un juego macabro de niños, poniéndome el hígado donde tenía la vesícula biliar, la vesícula biliar donde tenía el páncreas, el páncreas donde la vejiga, y así sucesivamente. Con los intestinos construían una comba larga y chorreante y jugaban a saltarla. Después de un rato brincando, aburridos, la apartaban a un lado para fabricar morcillas, y volvían a ensañarse con mi cuerpo destrozado.

Esta pesadilla se repetía una y otra vez, al principio sólo durante los sueños nocturnos, y luego extendiéndose a la vigilia, ocupando todas las horas del día, consumiéndome el vigor del cuerpo y de la razón. Acabarían por cogerme, doctor, y ¿qué harían entonces? Me quemarían, me descoyuntarían, me cocerían en vinagre, me ahorcarían, me desmenuzarían para elaborar salsa en la fábrica de salazón, arrojarían mis restos a un pozo lleno de serpientes y escorpiones...

El pánico agarrotaba mi paladar y mis párpados, atrofiaba mis músculos y descascarillaba mis articulaciones. Sentía tanto miedo, doctor Velasco, que me fui olvidando de todo lo demás. Naamá, Sara, Jeliá, Enos, Malab, Lamec, Caín, mis padres, Abel, e incluso Dios no tenían cabida en el reino hegemónico del estado de terror. Sentía tal pavor que decidí no abandonar la cueva. Me alimentaría de salamanquesas, o de gusanos, o de cochinillas. Así subsistí durante varios meses, hasta que esos seres, alarmados, emigraron a las profundidades de otras cuevas más seguras. También los murciélagos de pelo blanco que tanta compañía me habían hecho abandonaron el lugar con recelo. Entonces dejé de comer, y descubrí que no experimentaba hambre, ni sed, ni frío. Sólo sentía miedo. Sólo el miedo me mantenía con vida.

Paulatinamente desaparecieron las pesadillas, y con ellas arrastraron el miedo y, consecuentemente, mi último vestigio de humanidad. Permanecí tumbado inmóvil, sin mirar, sin ver, sin escuchar, sin oír, sin respirar... Finalmente me transformé en una piedra. Literalmente en una piedra, doctor Velasco. Parece envidiable, ¿no cree? Las piedras no sienten ni padecen el hueco doloroso de las cosas perdidas. Pero mírelo de otro lado, doctor. Las piedras no sufren porque nunca han vivido. Nunca tuvieron nada que perder. Carecen de pulso y de memoria. Y el pulso y la memoria constituyen la vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EPÍLOGO

 

 

 

Alonso Peñalver está en la cama, tumbado boca arriba, con los cascos de los auriculares puestos. Cuando Ana Carreter entra en el dormitorio, Alonso apaga la grabadora y se sienta en un lateral de la cama.

- ¿Oyendo esas cintas otra vez?

- Sí.

Ana se quita el abrigo, lo dobla meticulosamente y lo pone en el butacón que hay junto a la cómoda.

- Pensarás que estoy obsesionado, ¿no? Algo así como una intuición me dice que este paciente influyó en la desgracia de Julián.

- ¿La desgracia de Julián? Lo de Julián no fue una desgracia. Fue una decisión en la que nadie, excepto él mismo, tuvo nada que ver. No sé de dónde viene ese afán tan frecuente de buscar culpables siempre que alguien se suicida. Julián estaba mal, consumido, y no quiso que le ayudáramos. Nunca superó la muerte de Irene. Y mi respuesta es sí, opino que estás obsesionándote.

Alonso Peñalver se queda mirando embobado la lámpara de la mesita de noche.

- Había transcurrido un año, Ana. ¿Por qué después de un año? ¿Por qué precisamente ahora?

- Estas cosas no se pueden contener eternamente, revientan cuando menos te lo esperas. Tú también eres siquiatra. Deberías saberlo.

- Tienes razón, pero...

- Pero qué.

- No sé. Justo poco después de que Vicente le dé el caso...

- Vicente no se lo dio. Julián y Fermín actuaron a sus espaldas.

- Lo mismo tiene. El hecho es que en cuanto Julián empezó con este paciente se precipitó al fondo más oscuro del abismo. Parece que su herida se agrandara. ¿No lo notaste? ¿No viste la mirada que llevaba los últimos días? Deberías escuchar las cintas. Este paciente, Set, habla de cosas tristes, y con un tono de una tristeza contagiosa. Sí, no sé cómo pero ha tenido que ver en la desgracia de Julián, o en la decisión de Julián, llámalo como quieras.

Ana Carreter suspira y se sienta al lado de Alonso.

- No le des tantas vueltas, Alonso. Se trata meramente de una coincidencia. La vida está plagada de coincidencias insólitas que nos llevan a creer en los milagros. Hace poco leí en uno de esos libros dedicados a compilar curiosidades y extravagancias una noticia que me llamó mucho la atención y como no era muy extensa la memoricé. En mil novecientos once tres hombres, apellidados Green, Berry y Hill, mataron a un tal Edmond Godfrey en su residencia de Greenberry Hill. ¿Qué te parece? Y no hace falta irse tan lejos. Fíjate, si no, en lo de ese paciente mío, Inocencio Bermúdez. Decía que la muerte se le presentaba a las nueve de la noche del día cinco de cada mes, y él se dedicaba a matar a otras personas para engañarla. Lo meten en el manicomio, claro, y justo a las nueve de la noche de su primer día cinco ingresado le da un infarto cerebral. ¿Qué quieres que piense? ¿Que se le presentó la Muerte y como en San Alberto Inocencio no podía conseguir víctimas para su burla, la Muerte por fin se lo llevó?

- ¿Y por qué no?

Los ojos de Ana Carreter se asombran, y luego emiten un brillo divertido. Se sienten embaucados por la inocencia de un niño ingenioso.

- Son coincidencias, Alonso. Julián tenía que reventar tarde o temprano. No estaba bien. Vicente lo sabía, y por eso lo mantenía apartado del trabajo. Lo veíamos venir todos. La cuestión era cuándo y cómo. Ese paciente, se llama Set, ¿no? Set no ha tenido nada que ver con que Julián decidiera volarse la tapa de los sesos.

- El funcionamiento del mundo te parece simple, Ana.

Ana Carreter le roza la mejilla con un movimiento aterciopelado del dorso de la mano.

- Eres un tonto, Alonso. A veces me pregunto cómo puedes ser uno de los mejores siquiatras que he conocido en mi vida.

- Ignoro si soy de los mejores o de los peores. De lo que estoy seguro es de que para leer en la mente humana no se requieren tantas siquiatrías, sino la ingenuidad de un bebé. Un bebé valora los acontecimientos con objetividad. Un bebé no tiene prejuicios, no discrimina aquello que no entiende.

- Alonso...

- Escúchame, Ana. Sal a la calle y mira a tu alrededor. ¿Eres capaz de señalarme un punto donde realmente haya un ápice de cordura? Sólo uno. Todo el mundo es demencial, Ana. La existencia es demencial. Y lo más demencial es que parece que los hombres no se dan cuenta.

- Me asustas cuando te pones tan serio y utilizas ese tono. Casi te prefiero de payaso.

Ahora son los ojos de Alonso Peñalver los que están asombrados. Pero a continuación no van a emitir un brillo divertido. Los ojos de Alonso Peñalver están rociados de una resignación mate.

- Tienes razón- concede.- Le diré a Vicente que no quiero este caso. Que se lo dé a Fermín. Al fin y al cabo le correspondía a él desde el principio.

- ¿Pero es que no te gusta? A mí me parece un caso atrayente. La imaginación de ese enano es portentosa.

- Ya, pero tiene la cualidad de calarte el alma de tristeza. Mírame, Ana. Yo soy un tío de natural alegre, y me está sucediendo. Imagínate entonces a Julián, si ya se encontraba destrozado. Así que...

- No vuelvas con eso.

- De acuerdo- suspira Alonso.- Anda, cacho fea, ven a darme el abrazo más grande del mundo.

 

 

 

 

 

FIN

 

 

 

 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Fermín Vidales Martínez.
Published on e-Stories.org on 12/04/2009.

 

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