Maria Teresa Aláez García

No entiendo nada de lo que dices.

No entiendo nada de lo que escribes.


Tampoco entiendo nada de lo que dices.

Parece todo muy bonito pero no tengo ni idea de lo que quieres decir.

...

María se acuesta.

María se mete en la cama por la noche para dormir.

María acude a su habitación, entreabre la ventana, se quita la bata, se coloca el camisón, peina su cabello, abre las sábanas, se recuesta en la cama, apaga la luz de la lamparita. Cierra los ojos  y se relaja para dormir.

María se siente cansada. Los párpados se le cierran  y sus extremidades parecen no responder. Está agotada tras una dura faena de trabajo. Se levanta y acude a su habitación. Se desviste y coge su camisón que dejó en la mañana, debajo de la almohada.  A continuación se lo coloca encima y lo deja caer. Acude al tocador, agarra el cepillo y masajea su cuero cabelludo y su pelo cien veces para que la circulación se active. Después vuelve a levantarse. Se dirige hacia su cama pero se da cuenta de que la ventana está cerrada. Se siente algo ahogada. La entreabre, cuidando de que los contrafuertes permanezcan cerrados y, ahora sí, se dirige hacia el lecho. Separa la colcha, doblándola cuidadosamente y dejándola a los pies de la cama. Abre las sábanas y se sienta. Se quita las zapatillas e introduce sus piernas dentro de la cama. Se termina de tapar pero antes apaga la luz de la pequeña lamparita que tiene en la mesilla. Se acomoda y cierra los ojos, dejando su mente en blanco para permitir que el sueño la invada.

Es de noche.  El cielo es oscuro y no se ven demasiadas estrellas. La luz de las farolas de la calle entra por algunas rendijas de las persianas. María está sentada en el sofá del salón, sus pies recostados sobre el brazo opuesto. Mira la hora: en la televisón comienza el programa de Bonafont. A las seis de la mañana se ha de levantar. Apaga la televisión con el mando a distancia, cierra su bata  y se dirige al dormitorio, preguntándose por qué no se ha cambiado antes. Se siente agotada. Ha sido un día muy duro y mañana se presenta otro día peor. Sus aromas juveniles no son un arma defensiva contra el cansancio. Así que se desviste y se coloca el suave camisón de seda, regalo de su madre. Mira la cama y recuerda que ha de cepillarse el pelo para que mantenga su brillo. Se da la vuelta y acude al tocador. Se sienta delante del espejo. Su piel sigue tersa pero le preocupa alguna mancha que ha comenzado a aparecer. Coge el cepillo y comienza el trabajo sobre su cabello, dándose algún masaje en el cuero cabelludo. Termina echando su pelo hacia atrás. Recoloca el cuello de su camisón, limpia el cepillo y lo deja en reposo sobre el tocador. Apaga la pequeña luz que le sirve de ayuda para poder solucionar sus defectos faciales, ampliando la visión. Se dirige a la ventana. Allá a lo lejos, se ven los faros de los coches en la carretera. Hace algo de frío. Cierra las contraventanas verdosas, no pretende tener fío, sólo aire para poder respirar. El viento la intimida un poco. Deja entreabierta la hoja opuesta de la ventana para que no se dirija el aire directamente hacia ella y permanecer a cubierto de la corriente. Mira la cama y recoje la colcha hacia los pies. La pliega con sumo cuidado para que los dobleces no la destrocen. Entonces abre las śabanas, suaves, con un olor limpio. La manta también tiene ese tacto glamouroso. Cubre la manta con la cabecera de la cama, se sienta en el borde del lecho. Deja sus zapatillas bien colocadas, una al lado de la otra e introduce con cuidado, para no deshacer la cama, sus pies dentro. Se cubre hasta el cuello pero saca por un lateral la mano para apagar la luz de la pequeña lamparita de noche.  En el techo, entre las sobras, se distingue la luz de algún foco de los coches o de la luna. Cabeceando poco a poco, María cierra los ojos y siente como su mente se va perdiendo entre los sueños. Está cansada... cansada... cansada....

María ve avanzar la sombra nocturna como un terrible enemigo que la acecha a través de la ventana, entrando de modo traicionero, reagrupando tinieblas en el porche de su casa.  Cómo cambian las sensaciones según la mayor o menor fuerza, salud y vitalidad corporal: cuando no está agotada, la noche es una dama que la acompaña, vestida con su manto de lamé; su amiga, su compañera, su aliada, sobre todo cuando los escarceos varoniles agotan sus capacidades. En otras ocasiones, el misterio acude a ella en forma de señor oculto de oscuridades y de sueños. Y entonces deja que su piel sea acariciada por la tibieza lunar de su rostro que es lo único que permite entrever de su figura. Así, tal como hace dos mil años una mujer se dejó embarazar por un rayo de luz que la dejó encinta, de igual modo ella se deja poseer por la invisibilidad de los corpúsculos, por la selenidad de sus caricias, la locura de su fuego inexistente.  Ay, pero en esta ocasión sus piernas se tornan piedras de esfuerzo y de cansancio y sus manos se niegan a descubrir maś horizontes que el del artefacto multiuso que cierra por unas horas la ventana eléctrica al consumo y a la alucinación.  La fatiga la dirige hacia los velos del descanso y descubre los anhelos descuidados de sus caricias por unos instantes, antes de que la seda de su ropa la envuelva, definitivamente, por esa noche.  En el pequeño espejo que la separa del mundo real, distingue la caída de sus pensamientos cuando recorre los límites de su cabello. El vuelo de sus ideas que permanecerán, a saber dónde, convertidas en energía magnética hasta que sobre la hora sexta del alba vuelva a disfrazarse de mujer, erótica, trabajadora e incansable y reconduzcan su cotidianeidad hasta los puertos deseados por quienes pagan su sustento.

El señor del sueño reclama su presencia y siente sus suspiros en la nuca, rozando sus cabellos con el vuelo de un ángel.  Jugando contra él, lo descubre sentado en el relente de la brisa, bandeando las olas estelares mientras los automóviles despiden a la noche con fugaces ráfagas de halógenos.  

Pone los escudos de madera y de rendijas, de cristal y de brillos enmarcados y se dirige hacia la cuna de sus fantasías que permanece cubierta por un fuerte protector: la madurez de sus días. Recoge entonces, con cuidado, el peso de sus años y deposita al pie de la cama los recuerdos, para dejarse llevar por otro amante que dé celos al hombre que la acecha en la ventana sin darse cuenta de que es el mismo y que es difícil engañarlo cuando se entra en los portales de su reino.

Y barajando pestañeos, por unas horas, se embarca en ese mar de luces y de afectos.

Mayte Aláez. Pernelle.

 

 

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Published on e-Stories.org on 10/27/2009.

 

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