Lupita Mueller

La muerte de John

El suspiro de Sofía fue leve desde su cama.  Tomó su cabellera abundante, oscura abriendo los ojos buscando los pájaros que avatían sus alas cantando.  La noche anterior había estado meditando hasta que su ser había experimentado un desprendimiento que la llevó a un lugar remoto, desconocido.  

El zumbido de los mosquitos era casi insoportable, sus pies no tocaban la tierra húmeda rodeada de un verdor fascinante trabajado por manos asiáticas.  Y ellos caminaban en medio del fragor de los explosivos, los cuales quemaban sus siembras y encendían los gritos de los vietnamitas quienes trataban de salvoguardarse de la furia del enemigo.  Las paredes de las chozas crujian, los cristales estallaban en mil pedazos; la confusión y el medio se metía en los rostros.

Entré con sigilio a una choza.  No sentía temor.  Era tan sólo una espectadora. De pronto mis ojos miraron sus ojos, los ojos azules de John, de mi novio John y había sangre mucha sangre, una granada le había destrozado las visceras.  El, quien me había besado con su pelo rubio, su piel quemada ...estaba muerto.  Un súbito y doloroso temblor me regresó a mi cama de meditación.  No lloré, no podía llorar.  Mi cuerpo estaba helado como el mármol.  Quizá hubiera podido creer, o querer creer que era otra historia de amor truncada fabricada en mi mente.  Quizá me había equivocado y no era él, ni sus labios, ni sus manos.  El tiempo tomó otra dimensión, otra ruta que flotaba como yo en una embriaguez parecida a la extensión de una noche larga y fecunda a su lado sentados frente al balcón sin atrevernos a llegar a su cuarto para hacer el amor, aún sabiendo la cercanía de su partida y el sufrimiento de la pérdida de John.  El silencio romíó sus límites nunca nos dijimos el último adiós; las voces no se atrevieron a pronunciar palabras.

Una vez que Sofía se recuperó, se puso las pantuflas y subió a la azotea de su casa.  Ella estaba en una ensoñación mirando la inmensidad del cielo.  Observó largo rato las estrellas y pensó que morir no era la eternidad, que John se encontraba en otro espacio, en otra dimensión.  Una sensación de cosquilleo en la nuca la invadió y creyó ver a John que estaba ahí acariciando su pelo, cuidando de ella como si fuera la niña-mujer que lo había enamorado con su candidez, sus moños en el pelo y su alegría, porque Sofía podía ser muy alegre, rebelde y en ocasiones caprichosa.  Por eso John le había comprado una medalla con su signo, Sagitario, y ella tomaba el arco de su ilusión, tensaba la cuerda, lanzaba la flecha al infinito para que regresara John de la guerra.  Fue su mamá quien le entregó el telegrama anunciando la muerte de John en Vietnam, pero Sofía ya lo sabía.  Se encerró en su cuarto, miró las fotos, pero no hubo más lágrimas, tan sólo una melancolía incontrolable que la acompañaría por el resto de su vida. 

 

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Published on e-Stories.org on 09/01/2009.

 

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