Luis Arturo Santiago Ruiz

Ausencia


Todavía los rayos del sol no tocaban la cama, y ya estaba levantado, no supo cómo, ni desde cuando estaba allí. Pero lo cierto es que se había perdido en el tiempo y en los recuerdos de una vida que creía haber soñado, mientras veía con ausencia una fotografía que colgaba de la pared.
Sus manos entumecidas sostenían todavía los tacones de unas zapatillas de Ante que había comprado para ella apenas un par de meses atrás, las cuales le recordaban que no era tan egoísta como algunos planteaban decirlo. A pesar de que uno de sus  hijos le había reclamado que nunca le había dado nada a ella. Pero no podía serlo, no después de esas zapatillas, ¿o es que ignoraban completamente el costo de ellas? E incluso si aquello no fuera suficiente, la generosidad de aquel hombre le había hecho comprarle un colchón totalmente nuevo porque el anterior le lastimaba la espalda. Por supuesto que esto no era algo que debía anunciar a los cuatro vientos. O ¿Qué de todos los cafés que le gustaban de Starbucks? ¿O las incontables revistas que solamente servían para hojear? ¿Qué de las  cortinas nuevas de la cocina, o de los guantes de color rosa para cortar las rosas en el jardín?
Sus ojos enrojecidos vibraban por las lágrimas que todavía se acumulaban tímidamente entre sus glándulas, las viejas historias que había protagonizado con su amada venían a él una y otra vez como flashazos de fotografías que penetraban profundamente en su cerebro al grado de adormecerle el sentido de conciencia. Al grado de hacerle pensar solamente en la dulce sonrisa de su esposa que le había dejado.
Suspiró a sus adentros mientras comenzaba a darse cuenta que estaba de pie desde hacía mucho tiempo. Sus pies cansados le comenzaban a recordar que no había dormido en toda la noche y que estaba cansado, pero no podía conciliar el sueño. ¿Cómo podría? No después de la noche anterior. No después de haberla perdido. Sus pensamientos eran una maraña y no alcanzaba a explicarse el motivo de todo lo que había sucedido.
Giró sobre sí mismo y vio las sábanas azules que tanto le gustaban a ella, aquellas que olían todavía a la loción que gustaba usar por las noches. En la almohada vio a lo lejos las marcas donde ella se había recostado a penas el día anterior. No evitó sonreír al pensar que su esposa muy rara vez tendía la cama, pues le gustaba dormir hasta tarde.
Poco a poco la sonrisa en sus labios se desvaneció. Dio dos pasos hacía su cama y se arrodilló con pesadez tirando las zapatillas a un lado y tomando con fuerza las sábanas tirándolas hacía su cara y se tapó la boca para reprimir el grito de angustia que salía de su alma.
Las lágrimas comenzaron a emerger a grandes cantidades como si fueran ríos de dolor que herían y lastimaban, ríos que arrasaban un sinfín de momentos agradables en su compañía que no volverían otra vez. A través de su mirada vidriosa comenzó a hurgar sobre su cama algún resto de humedad que su esposa hubiera dejado, algún cabello, algún rastro que le dijera que ella todavía estaba allí. Pero todo era en vano. La cama estaba fría y sin vida. Ella no había dormido en ella esa noche, y sabía que ya no dormiría nunca con él. Lo había abandonado para siempre.
¿Por qué lo había dejado? ¿Por qué el Eterno había permitido esto? ¿Por qué tenía que lidiar con el odio de sus hijos quienes lo culpaban de todo?
Ya no había caso acusarse a sí mismo. Sabía que él no era el culpable de que ella hubiera partido. Simplemente era cosa del destino.
Finalmente los rayos del sol comenzaron a filtrarse por la ventana, aquella misma que había adornado con las cortinas de color naranja que tanto odiaba, pero que en conciliación por ella había permitido. Inclinado sobre la cama, recostó su cabeza y comenzó a acariciar la superficie de la sábana lentamente con su mano derecha mientras con la otra se limpiaba las lágrimas que todavía salían de sus ojos.
Al cabo de unos minutos escuchó las ruedas de un vehículo acercarse a la casa. Se levantó con fatiga y vio que era la camioneta que había esperado, pero que temía su llegada. Sin meditarlo simplemente se cambió de ropa y se calzó los zapatos de forma lenta, muy lenta, como contando cada minuto que lo hacía, saboreando todavía aquellos momentos en que podría vivir de los buenos recuerdos. Ya listo se dispuso a bajar las escaleras mientras escuchaba a lo lejos la llegada de más vehículos, se alació el pelo con la mano y pronto estuvo en la puerta. Abrió con valor y resignación temiendo que las lágrimas lo traicionaran. Pero de cualquier manera toda su emoción era comprensible.
Después del accidente del coche que manejaba su esposa todos se habían enterado y ahora era hora de enfrentarse a la realidad. La carroza al fin había llegado y el cuerpo de su esposa sin vida también.
El funeral de su amada esposa estaba a punto de comenzar.

 

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Published on e-Stories.org on 06/23/2009.

 

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