Juan Haro Rodríguez

Fechas convulsas, las vicisitudes del caos

En ese momento, mirando su rostro detenidamente, sincerándose con su pudor. Esperó el momento, esperó que ocurriera algo, un cúmulo de coincidencias fruto de las conspiraciones del destino le aguardarían fuera de aquel cuarto.
Se sentía ridículo, ese sentimiento nació tiempo atrás, se alimentó de su debilidad y contaminó su rumbo.
Debía romper aquella imagen, matar el reflejo, provocar el caos, mejor dicho, devolver el caos y matar al orden. Pero no lo hizo, continuaba sentado contemplando la manivela de la puerta, al mismo tiempo que pensaba en luces de baño fundidas y espectros en el piso de arriba.
El tiempo eran gotas que caían lentamente del grifo y salpicaban el mármol.
Luz artificial, tintes de pelo y colillas de cigarro en la bañera.
Concentró su vista más allá de su imagen contrapuesta. Seguía pensando en bombillas fundidas.
Detrás del espejo las llamas derretían la cera y recorrían lentamente un cuerpo desnudo. Lagrimas de ardiente cera blanca contrastaban con una piel bronceada al sol.
Artificial, naturaleza cruel limaba su cuerpo para después arrastrarlo hasta la orilla e inundarlo en el agua salada.
Al otro lado del cristal, el tiempo tal y como él lo conocía, seguía su curso.
Mientras salía del cuarto, pensó en tintes de pelo y playas nudistas, remotas playas.
Escribió una nota, la guardó en su bolsillo del pantalón y salió raudo hacia fuera del apartamento.
La nota ahora estaba en un buzón, junto con facturas, publicidad y una revista de moda femenina. "Rubias en verano" destacaba sobre el resto de títulos impresos en la portada.
En la nota se apreciaba algo similar a una fecha, no muy lejana en el tiempo, pasado.
En aquellos números había algo violento, desagradable, pero a su vez terriblemente sincero.
Una fecha, una canción, olores emanaban de la nota. Esos números querían convulsionar el presente de alguien y abrazar un fugaz instante perdido entre fechas y velas blancas derretidas durante una noche de verano.
Al hundir la llave en la cerradura del buzón y hacerla girar suavemente el orden aun permanecía intacto. Minutos más tarde, la persona que abrió el buzón comenzó a imaginar tintes de pelo y cigarrillos embozando una sucia bañera.
Él volvió a su casa, mató al orden y los ansiolíticos e hipnóticos le arroparon en su cama. En su dulce sueño aparecían vírgenes suicidas y todo estaba impregnado de una deliciosa inocencia.
La persona que abrió el buzón era actriz protagonista en sueños inducidos. La actriz onírica actuaba aquella noche. Escribió una nota en un papel rasgado de una libreta de apuntes. Salió del apartamento. Ella conocía el origen de aquel mensaje, pero desconocía aquella fecha.
Él despertó de su plácido sueño. Al despertar recordaba nítidamente todo aquello que había sucedido en la función nocturna. Inmediatamente comenzó a redactar cada uno de los acontecimientos. Cuando acabó de redactar, arranco las notas y se las guardó.
Salió de casa y descubrió algo en su buzón. En un papel rasgado, alguien había escrito una fecha, la fecha del día de ayer. Él continuo su camino, busco el buzón en el que el día anterior había dejado una nota. Una vez lo localizó, extrajo las notas que llevaba en el bolsillo y las deposito en el buzón consecutivo.
La actriz onírica preparaba algo de comer, era ya el mediodía. En su cama alguien estaba gritando su nombre. Se notaba nerviosismo y desesperación en aquellos gritos, pero un muro, un solido muro de cemento obstaculizaba la comunicación. La actriz principal era un muro inalterable. Los gritos, ahora, un martillo que golpeaba cada vez más fuerte.
Llamaron a la puerta del piso. Alguien había depositado en el buzón de su vecina unos documentos que no le correspondían. Era un guión.
La actriz dejó la comida, se encerró en el baño, los gritos no cesaban. Allí, dentro del baño comenzó a contemplar detenidamente su rostro, como si algo estuviera haciéndola envejecer o enfermar. Pensó en guiones y actrices secundarias que aparecían con el papel de vecina que le habían preasignado.
Se concentró, dejó su mente en blanco, cerró los ojos y pasó al otro lado del espejo.
Allí era de noche, en la húmeda arena alguien había escrito una fecha. Unos metros más allá, un cuerpo desnudo y quemado por el sol. Arrastró el cuerpo hacia el mar y éste lo engulló.
Volvió al otro lado del cristal, las últimas lineas del guión habian desaparecido.

 

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Published on e-Stories.org on 05/20/2009.

 

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