Maria Teresa Aláez García

Esta madrugada no la viví

Esta madrugada no la viví.

Cerré las persianas y me oculté en la cama.  Es como mejor las recibo.

En contra de lo que a los seres humanos les ocurre, a mi me gusta estar encerrada. Me gusta ser anónima, ocultarme de todo. Cuando era niña y adolescente, pasaba horas encerrada en mi habitación, en penumbra. Fuera leyendo, simplemente recogida en mí misma o escuchando música con auriculares para hacer el silencio en mi entorno y la tranquilidad y sólo tener el desasosiego donde siempre, en mi interior.  No hay manera de salir hacia fuera y veo que es lo peor. Lo más aconsejable siempre ha sido seguir dentro y oculta. Ya me lo dijo una compañera: que sufriría.  No entiendo por qué las personas como yo tenemos que venir al mundo: total para sufrir nosotros y hacer sufrir a los demás. De hecho mi parto duró siete horas y me tuvieron que sacar artificialmente y casi me muero. Algo ya le decía a mi madre que yo no tenía que salir y fue el empeño de mi abuela, la cual nunca se arrepintió de ello.  Quizás fuera porque yo era negligente y vaga desde mi nacimiento o porque inconscientemente quiera huir del mundo, cosa que en mi caso es contradictoria porque parece que cuanto mayor es la desgracia, más dispuesta estoy para solucionarla. No puedo llorar cuando fallecen las personas queridas: primero soluciono todo lo que haya que solucionar al respecto, dejando todos los cabos sueltos, bien atados y después viene el disgusto. Igual que cuando hay un problema en casa o algo fuerte que hacer. Cuando ya está todo acabado, viene la tormenta. Todo a destiempo.

Quizás sí quiera huir del mundo. Me han agradado las iglesias oscuras y antiguas, las cuevas con cámaras pequeñas y pasos retorcidos, la noche más que el día y los lugares y recovecos sombríos y solitarios más que los lugares abiertos y llenos de gente. Lo cual no quita para que acuda a todo tipo de sitio sin realizar aspaviento alguno, pero no me siento cómoda. Esto, por supuesto, no lo dejo entrever. Como todo, si se ha de hacer, se hace y a gusto, no se ha de ser tan egoísta como para negar una ayuda o una acción necesaria. Pero luego no necesito ni el reconocimiento ni el premio ni nada. De hecho, no sé lo que hacer cuando alguien me agradece algo o me dice algo bonito. Ni estoy acostumbrada ni creo merecerlo. Más bien lo mío siempre ha sido llegar, realizar la acción y marcharme.  No voy a saludar  a nadie, porque a la gente sólo le gusta que la saluden personas con un poder, que le den un reconocimiento y no es mi caso. La gente es frívola y vanidosa y esto le gusta.

Si yo pudiera, ahora y siempre, si hubiera podido, hubiera estado encerrada en un rincón de mi casa sin salir. Con mi trabajo, siquiera sin el ordenador: una libreta y un papel. Audición y habla. Tomo nota, paso los datos y preparo estadísticas y acabado. Si no tuviera las responsabilidades que tengo, no saldría ni para comprar. No comería. Recuerdo que antes de casarme pasaba largas temporadas así, sobre todo en las vacaciones.  Y de no haber celebrado muchas fiestas señaladas por la misma razón. Pasar una nochebuena con gripe en casa, acostarme a las seis de la tarde con un calmante y dejar pasar la noche. No echaba nada en falta. Pero sí me encontraban a faltar a mí, por lo que celebro en mi casa los asuntos familiares. Si sé que con mi acción hago algo útil voy a ello pero si no, coloco una gran distancia. Con una botella de agua, claro. De cinco litros. Además todo mi cuerpo lo agradece: las válvulas de las piernas se relajan, parece despertar la zona dormida de mi espalda y de mi mano izquierda. Luego a realizar la faena necesaria de limpieza y trabajo para que la familia pueda vivir y posteriormente, de nuevo a la gruta. 

Esto me produce mucha paz interior. No tengo que lidiar con comportamientos infantiles ajenos que sólo y continuamente llaman la atención para no sé qué, para ver qué desgraciados se sienten y cómo no hacen nada por salir de su círculo vicioso.  Y cómo se ocultan rastreramente para aparecer cuando quieren llamar la atención de quienes, según ellos o ellas, son merecedores de fama, fortuna y privilegios mundanos.

Pocos actos se pueden comparar, dando paz y equilibrio, al de permanecer sentada en la oscuridad: la escucha de un concierto en las últimas filas del teatro, la permanencia en un laboratorio investigando y tomando notas, el estudio y la audición de una buena charla igualmente en un lugar donde sea anónima y pueda entrar y salir sin tener encima las miradas fiscalizadoras de la buena gente que pretende construir el mundo a su modo y manera, únicamente, sin pensar en lo beneficioso o perjudicial de sus actos.

Ya sólo me queda ir cediendo el control de listas y foros y de ir dejando de escribir en Internet e ir cerrando cosas.  Yo sí borro toda mi presencia en cualquier lugar. La veo inútil e innecesaria, no aporta nada a nadie o, si acaso,  más bien destruye. Soy mujer, hago limpieza y regalo lo que no se usa o tiro lo que está roto. También coloco en su lugar lo que se ha de colocar y miro que las piezas encajen para construir. Me gusta realizar puzzles.

Y perderme.

Soñé ya en dos o tres ocasiones, una caída en una especie de sótano o agujero en el mar. Veía  la luz venir desde una ventana en la parte superior pero tenía túneles en mis costados y me ahogaba en el agua pero la sensación de paz y ligereza me hacía no reaccionar y quedarme quieta, muy quieta, hasta que alguien me despertaba. El entorno era gris y la soledad no me molestaba. Claro, era por mi voluntad el encierro. Imagino que, como a todo el mundo, algo realizado en contra de nuestra voluntad es lesivo.

Y llega la noche.

La cena para la familia y desaparecer.

Como si estuviera al borde de un agujero. Sin estrellas, sin paredes de roca, sin fondo. Y dejarse caer sabiendo que no hay fondo, que no se romperá uno nada y que no hay vuelta atrás.

Ya se encargan el viento y el mar de eliminar los restos.

 

 

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Published on e-Stories.org on 01/28/2009.

 

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