Maria Teresa Aláez García

Jazz

Jazz, luces artificiales amarillentas y blancas. Farolas encendidas en las calles y gente que, apresurada, realiza las últimas compras antes de ir a su casa o de coger el coche para marcharse hacia donde la presión, los recuerdos laborales y la intransigencia no la pueda alcanzar – aunque, cosa rara, se llevan la televisión con su nociva carga de noticias nefastas y programas artificiales y artificiosos -  y puedan ser felices dos días. Otros disfrutan del sueño finito del fin de semana, alargando el paseo aunque las horas pisan fuerte el asfalto para que la tierra siga dando vueltas y aleje nuestra zona hacia la oscuridad infinita del universo.

Hoy el viento ha sido cálido y no ha resultado desagradable salir a la calle por la mañana. Podía ser un siroco, un lebeche o  a saber. Hablan de la llegada de vientos y tornados en la parte norte. Aquí, como mucho, rachas. Pero rachas del viento que trae las notas de jazz que ha venido acompañándome en la dirección marcada por las cuerdas de Django Reinhart. Sea por el violín, el banjo o la guitarra, dichas brisas han dado un especial sabor urbano al paisaje que cambiaba ante mis ojos conforme avanzaba. El jazz me trae a la memoria recuerdos de noche, de una bebida solamente, semioscuridad, silencio, escucha y algo de intriga o malestar. Suspense y la bella cantante, en ocasiones trofeo inalcanzable, en otras cómplice de melodías tristes del destino, con su rubia cabellera, sus vestidos de tul, brillos y lentejuelas y su baile en ocasiones masculino, en otras alegre y desenfadado como una marcha.  Whisky, cerveza, lágrimas, humo, melancolía… aunque este aire cálido no permite la tristeza y otorga comodidad al ambiente. Me da la impresión de que la gente camina más risueña y menos estresada.

Llego a casa y dejo las llaves sobre el mueble de madera, a la entrada.  No hay vergüenza que destape mi rostro, cabizbajo y oculto entre la penumbra.  Por un momento pensé en que no iba en compañía de tu silencio o de tu aroma. O de tu risa. Mirando las rebajas de enero que son estafas porque en diciembre subieron los precios para ahora mantener los mismos que han tenido siempre. No, no en todos los casos, es cierto.  Y no descubriré jamás tu semblante tranquilo ante el gris azulado de las nubes al atardecer, ni iluminando el crepúsculo ni ocultando la admiración por la fastuosidad del cosmos que todos nos empeñamos en ocultar para que no nos tachen de inmadurez. Esos comentarios… que se realizan según la coyuntura en la que se encuentre el que mira o lee y que no es la misma que tiene el autor o la situación en que vive. Hay tantos puntos de vista distintos…  Mirando el árbol retorcido en sus entrañas y añejo y desquiciado ante la visión de los horrores del ser humano, dos puntos de vista: el árbol es bello recortándose poderoso sobre el cielo y mostrando su majestuosidad en su esqueleto, sin hojas y sólo en las ramas que las han sostenido… o… el árbol atemoriza a quienes lo miran por su color oscuro, por su desnudez, por su magnitud, por su sombra sobre el terreno… No podemos tomar en serio las afirmaciones del hombre porque todas a la vez pueden ser ciertas y todas a la vez, ser erróneas… Y, seguí pensando, que la vida, sin ti, no es vida, no existe. Es una sucesión de hechos que se repiten más o menos, una línea sobre el suelo que cada día pisamos de una manera provocando acontecimientos distintos.

Cerré la persiana. Entre las rendijas descubrí las infiltraciones de la luna en su espionaje nocturno.  Me senté tras haberme servido una bebida.  El silencio, la soledad, me cobijaban y la música me hizo transportarme sobre esa tristeza que hay quien llama autocompasión y que quizás ya es un  estado crónico que mi cuerpo ha buscado para desterrarte definitivamente pero no olvidarte y aprender  a vivir con ello.  Cómo hubiera vibrado tu piel ante el Sigfrido de Wagner y se hubiese estremecido en esos fortes que llegan por sorpresa.   Dejo divagar el pensamiento al compás de la melodía y me acomodo en el sofá donde las lágrimas buscaron su espacio en tantas noches y el frío marcó la angustia y la soledad en tantas mañanas.

Quizás el preparar en conjunción de cucharas y tenedores la cena o conversar sobre todo y nada, insulsamente, formando una nueva capa de energía que diera consistencia al hogar, sentido a la nada y dejara cubierto el lugar blanco del vacío.  Los dedos entrelazan los tules del aire buscando tu silueta y no la encuentran. No tomo alcohol, pero pienso que de cuando en cuando, no vendría mal un desahogo para despedir al olvido y dar paso abiertamente a la vida real.

Y podría mirar tus ojos sonrientes o irónicos, despiadados o juguetones, enfadados o tensos, mientras dejo que juegues conmigo como lo haces ahora. Como siempre lo has hecho, como apoyo y solaz para ti y esas amistades que no tienen nada mejor que hacer y a quienes sirvo de juguete o desahogo… con sumo placer y pleno consentimiento. No por ser pelele sino por ser puente entre la paz que voy paulatinamente recuperando en las noches y la inconsistencia interior de quienes sólo ven y piensan el mundo bajo su punto de referencia y no admiten ni consienten el resto de puntos, limitándose en sus cometidos.

Podría sentir el sabor del alimento en tu boca.  Podría incluso intentar degustarlo – aunque, claro, es imposible – e intentar sentir su entrada en tu cuerpo. Y las variaciones de temperatura consolidando puestos sobre tu piel, las vibraciones de tus músculos, los latidos de tu corazón en tu sien.. en tus muñecas… en tus tobillos…

Comienza a hacer frío.

Cuestión de abrigarse un poco más y dar paso al cambio de ropa, para prepararme para el descanso. Si mañana fuera laborable, quizás un juego de caricias hubiera bastado para recoger las buenas noches y abrazar con mis mejillas tu rostro, con mis brazos tu piel tersa, con mis piernas tus pies fríos y con la ternura tu soledad puesto que me es imposible entrar en tu rostro y en tu cerebro.

Pero son otras  manos las que buscarán hoy tus juegos y tus alegrías. Y doy gracias por ello.  Porque tu calor esté comprendido en el amor de una espera, tu cansancio esté compensado por unas manos que hagan una caricia sobre tus hombros y eliminen toda la tensión provocada por la labor del día. Porque irás a dormir tras un ceremonioso proceso de amor apaciguador, ansioso, visceral y sustancioso para ti y tu pareja y descansarás, libre de resentimientos y cargas. Ya llevo yo las que sean necesarias, con gusto.

Me alegro de que dibujen tu cuerpo todas las noches con nuevas esperanzas, planes, algún reproche, alguna pequeña batalla y una fiesta por la paz y el acuerdo con risas y complicidad oculta. Y me alegro de no ser yo la contrapartida de dicha fiesta.

Perdería todo el valor de enfrentarme cada mañana y cada noche al abismo que veo venir sobre mi cabeza y que cae sobre nosotros usando un manto aunque nunca nos hemos puesto a pensar si no seremos nosotros los que estaremos cayendo sobre él y el abismo se encuentra colocado en una dimensión extraña y  desconocida.

No puedo volver a mirar las estrellas.

Son puras y mi corazón se ha tornado negro y desesperanzado por que las palabras no cruzadas buscan salir y no las dejo.

Pero creo que ellas no me rechazan. Soy yo quien digo no al brillo fenomenal de sus guiños y a su espectacularidad porque en mi pueden convivir tanto el bien como el mal y tragarse el uno al otro convirtiéndose en elemento de equilibrio. Soy yo quien debo controlar los impulsos y quien lleva un bagaje de esperanza desafortunado e inútil.

Aún así, que las nubes de polvo estelar traigan a todos felices sueños y besos de miel, pacíficos, tranquilos y amorosos.  ¿Por qué no? A veces lo ñoño y lo positivo soluciona muchas cosas.

En paz.

 

 

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Published on e-Stories.org on 01/24/2009.

 

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