Maria Teresa Aláez García

De paso

Un mediodía en un lugar cualquiera situado sobre un monte terroso, al sur. Cielo azul, mediano calor y desierto. No arena del Sáhara sino arena de muerte, de misterio, de cantera arrasada con sudor y con rabia, de mina agotada y de excavaciones sufragadas con vidas.

Una casa pequeña. Adobe y teja. No hay más que una mesa, unas sillas de enea antiguas, casi desportilladas. Dos o tres. Un hule de esos a cuadros azules, o blancos, o rojos, de casa humilde, quemado por haber colocado encima alguna olla o un cazo de leche caliente para preparar un biberón de un niño que ya no está.  Los visillos en la ventana de vidrios desiguales. A un lado, una puerta grande. En el techo, las vigas de madera decorada con la veta de sus años. Sin pintar. La cama, en otro lugar, de cabecera y pie de metal, de principios de siglo. Un escenario excelente para cualquier película de Buñuel, Berlanga o Bardem.

Ella, pequeña, delgada y ajada por el tiempo, los años y las penas. Nochevieja y hoy, año nuevo. El cielo, como pocas veces había conocido, estaba nublado.  En otras ocasiones se había sentido fastidiada porque la lluvia había intentado dejar sus pinceladas en los blancos lienzos que ilustraban  el horizonte tras una mañana de intenso lavado y de paseo al río.  Hoy le daba igual. Ya las lágrimas hacía muchos años que se habían secado. Algo había acabado y, como suele ocurrir en esta tierra, algo tiene que comenzar. Lo importante era no detenerse, no caer en el pozo de nuevo, no dejarse tragar. Tenía ante sí, tras la ventana, un muro imponente que cubría las penas, desesperanzas y las posibilidades que el nuevo año le traía. Tendría que hacerle frente, como solía, como toda su vida hizo, porque detenerse no servía para nada.

Se sentó en la silla, ante la mesa, vacía. Agarró sus manos, apoyó la cabeza sobre sus palmas. Los codos encallecidos, dejaron una marca sobre el hule. La camisa estaba recogida en sus codos y las manos eran irregulares debido a las llagas y al trabajo. La falda, larga bajo las rodillas y las zapatillas, ajadas.

Miró de nuevo por la ventana.

En su memoria había alguna música. Pero ya no la recordaba. La música del viento, de las tempestades que iban a sucederse a partir de esa noche, de los días cálidos sin cenar, de las soledades diversas y de los cambios de humor con los que se acompañaría a partir de entonces, eran las únicas sinfonías que la acompañarían hasta el viaje final a ningún sitio.

Comenzar de nuevo lo cotidiano. La noche había sido una noche más. El día era otro día más. Daban igual los meses, los años, las mañanas, las tardes.  Lo importante era continuar aunque sólo el seguir, simplemente, fuera el único motivo para vivir.

Dejó atrás toda su vida.

Y decidió ponerse en marcha.

 

 

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Published on e-Stories.org on 01/01/2009.

 

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