Pilar Barro

Demasiado tarde


Son las 7 de la mañana. Marta se dirige a la cocina sin hacer ningún ruído, no quiere despertar al pequeño Diego que duerme tranquilamente en su cuarto. Jorge, su marido, ya ha preparado el café, su aroma se extiende por la casa. Desde el quicio de la puerta, Marta se da la vuelta y encamina sus pasos hacia la habitación de Diego. Su hijo tiene sólo 7 años. ¿Qué sueños albergará su pequeña cabecita? La placidez de su sueño no denota alteración alguna.
No tiene noción del tiempo transcurrido. Ha sonado el timbre de la puerta, pero Marta no se inmuta, es María, tan puntual como siempre, viene para ocuparse del pequeño Diego y de la casa. Marta nota como la angustia le oprime el pecho y abandona el dormitorio del niño. Al oír la puerta de entrada de la casa corre hacia ella, pero llega demasiado tarde. Jorge ha cerrado la puerta tras sí sin percatarse de su presencia.
Un dolor punzante lacera su alma. Regresa a la soledad de su cuarto, siente frío, a pesar de que la angustia le quema.
En la cocina, María canturrea mientras realiza sus tareas. ¡Se la ve tan feliz! Ya ha levantado a Diego y le prepara el desayuno mientras le habla alegremente, con cariño.
Antes era Marta quien se ocupaba de la casa y del niño, y sin embargo ella no era feliz. Jamás canturreaba mientras trabajaba en la casa, le deprimía ese trabajo, se veía desbordada por el niño, siempre reclamando su atención. Su vida le resultaba anodina. Nunca tenía tiempo para ella, o tal vez es que ella no sabía encontrarlo. Estaba tan ocupada compadeciéndose de sí misma que no le quedaba tiempo para disfrutar de todo lo bueno que había a su alrededor.
Ahora ve que todo tenía solución. Ahora ve claramente que sólo tenía que permitir que le ayudaran. Jorge siempre estaba dispuesto a ello, pero ella había levantado un muro infranqueable entre ambos, un muro que la aislaba del exterior. Lo que daría por abrazar a su hijo una vez más. Sentir sus bracitos rodeando su cuello, oír de sus labios como le llamaba mamá. Lo que daría por sentir el calor de Jorge junto a su cuerpo. Pero era demasiado tarde ya. Jamás volverá a disfrutar de esas sensaciones que no supo apreciar cuando todavía había tiempo para todo. Jamás, porque su cuerpo yace bajo una lápida, y su alma vaga incorpórea y fría por la casa, sin que nadie se percate de su presencia.

 

 

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Published on e-Stories.org on 12/18/2008.

 

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