Maria Teresa Aláez García

En quince minutos

En menos de quince minutos debo de tener preparado algo para colocar.

No sé el qué. Tengo así como trece o doce minutos para desarrollar un tema.

Ni que esto fuera una oposición.

No es necesario pero es una rutina que he adquirido y que quiero continuar porque si no, no volveré a escribir.

Cuando era niña y más tarde, de jovencita, me impuse unas reglas bastante marcadas para poder continuar en medio del holocausto en el cual vivía. Hasta que cambié de lugar de residencia, las seguía a rajatabla. Y las hacía seguir. En mi entorno estuvieron muchos años intentando que las rompiera. Y lo consiguieron. Cosas de la vida: ahora quieren que las recupere porque no puedo vivir en este holocausto, similar al que tenía cuando crecí y por causa del cual me impuse aquellas rutinas.

Lo veo imposible. Antes era joven, tenía un futuro y unos planes para realizar que iba llevando a cabo poco a poco. Ahora sólo mantengo uno: intentar acabar lo que empiezo. Cada cosa que termino y puedo archivar es un gran triunfo para mí por mi tendencia a la dispersión. Por eso ahora intento concentrar pero no puedo evitar dispersarme de cuando en cuando.

Antes podía soportar mejor el dolor. Ahora no valen los razonamientos con los cuales me excusaba y me engañaba para poder soportarlo. Ahora son distintos los dolores, distintas las excusas y más fuerte el puntal de no creerme nada de nada. Sí, creo en cosas pero de manera distinta y sin tanto fervor.

Antes… ahora… balance a los cuarenta. ¿Significará esto que estoy a mitad de mi vida? En absoluto. Ni sé cuándo vendrá el final ni me da miedo que venga. Quizás antes me daba lástima, pena, amargura, lo que perdía y no podría disfrutar. Ahora da igual, ya miro lo que he disfrutado y ha sido muchísimo. De todos modos, la única reflexión que hago y me queda es: ¿Y para acabar así, tanto follón y tanta tontería? Evitamos la muerte, no queremos verla llegar pero es lo único cierto en nuestra vida. Sabiéndolo, no entiendo cómo no nos hemos planteado toda la vida de otro modo. Sólo nos preocupamos por evitarla o por lo que viene después.  O una de dos: o dejando cosas a perpetuidad detrás de nosotros para que se nos recuerde o haciendo toda cantidad de cosas posible como si al no hacerlas nos perdiéramos muchísimo. Nos hacemos totalmente infelices. Parece que viniéramos a perpetuar la especie, a dejar una señal de nuestro paso por el mundo y a otra cosa, mariposa.  Y tampoco esto es necesario. No sabemos lo que ocurrirá luego, no sabemos de qué o de qué no nos enteraremos porque no lo hemos visto. Si somos energía volveremos a lo que fuimos, a ser energía. Y para un ratito que somos conscientes de algo, hay que ver de qué manera nos hemos complicado la vida. No sabemos aprovechar para nada quizás el único momento de conciencia de nosotros mismos que tenemos en toda nuestra existencia.

Por eso no tengo miedo alguno.  A irme. Al menos intenté hacer algo por mi, por los demás, por todos. Me da la impresión de haber acabado mi trabajo y ahora ya debo marcharme.

Sí temo sólo por alguien a mi cuidado y por su futuro. Pero tengo fe en que si no puedo enderezarlo yo, habrá quien lo haga. Y en haber colocado dentro de su cabecita las semillas suficientes como para que alcance muchas metas por sí mismo. Me solía desalentar al principio viendo cómo en mi entorno, como ha sucedido toda la vida, se empeñan en deshacer lo construido y convertirlo en otro holocausto. Pero espero que él, al que veo cómo me recuerda mis propias reglas, las aplique por su bien y para sí mismo y sobre todo, que entienda para qué sirven y sepa usar la más importante: la capacidad de ser flexible.

Antes tenía muchos planes. No ya el de irme a Venus a conocer venusinos. O de construir naves espaciales, o de encontrar pirámides perdidas, o de reconstruir la historia bíblica paso a paso. Viajar. Reescribir la religión. Componer, porque ya mucha gente se dedica a interpretar y la composición, como la pintura o la literatura, en su creación, son grandes retos que implican mucha preparación. También quise ser enfermera, pediatra, puericultora, físico, astronauta. Pero… ay, las matemáticas de mi alma y de mi corazón, se han interpuesto toda la vida entre mis metas y yo. Incluso me propuse hacer un manual de cómo vivir sin matemáticas. De hecho, me las he arreglado toda la vida para intentar no usarlas. En lugar de mirar los números miraba a ojo de buen cubero o por volumen, medía – es decir, seguía usando las matemáticas sin darme cuenta -. También inventé mi propio alfabeto, diseñando mis propias grafías, aprendí a escribir con la mano izquierda para ser ambidextra y ganar tiempo porque los relojes y el tiempo han sido mi otro gran obstáculo en la vida. El cómo ralentizarlo para poder hacer más cosas todavía.

Y no entiendo cómo podía poner en práctica todo lo que pensaba y hacerlo realidad y todavía seguir con las mismas. Si es que no entiendo cómo no veía nada imposible. Porque el caso es que hacía casi todo lo que me proponía. Así que procuraba no ponerme metas demasiado grandes para poder cumplirlas. Sería eso.

Bueno, el caso es que son cosas que me rondan la cabeza todas a la vez para ponerlas en quince minutos en un papel.

Tengo todo repleto en mi cabeza, lo quiero sacar en algún orden y me es dificilísimo porque primero tengo que organizarlo todo dentro de mi cabeza.

Podría hablar del día del niño. De mi NO a la pedofilia, a la pederastia, a la pornografía infantil, a la prostitución de niños, a su manipulación, tráfico, secuestro y asesinato. Pero de igual modo debería hablar de los adultos, sobre todo porque esos actos no suelen ser voluntarios. Otra cosa sería la prostitución pero voluntaria, que hay quien lo hace.  Los niños han de crecer seguros, felices y encauzados para ser adultos felices y que construyan un mundo mejor. Pero no pensamos en que han de ser adultos y lo peor, no pensamos en que nos toca a nosotros todo el papelazo. Hay quien usa a los niños para tener estatus por ser padre o madre. Hay quien piensa que son cosas. Hay quien tiene piedras en el corazón y hay quien es una piedra completa.

Por otro lado, la muerte de Franco. El día que falleció no hubo colegio. Yo tenia doce años. Me pregunté qué ocurriría a partir de ese momento y en mi casa hubo tristeza. En fin, luego han venido otros y unos lo han hecho de un modo y otros de otro pero la base, todavía no la ha cambiado nadie.

Magritte. Al menos el arte para poder pensar en otras cosas. Muchas veces me han dicho que vivo en la luna. OK, quizás tenga los pies más pegados en la tierra que mucha gente pero para qué lamentarse todos los días y darse golpes de pecho y rasgarse las vestiduras y hablar, hablar, argumentar, sin hacer nada, pensando pero sin hacer nada. Si no hay acción, de qué vale el diálogo y de qué valen las promesas.

Me da rabia. Todo el mundo va a enriquecerse para poder vivir lo mejor posible mientras estén aquí y gastar y disfrutar caprichos. Bueno, todos tenemos el mismo derecho a ello. A ver si el dinero de las bolsas de basura que corre por ahí sirve para que todos podamos darnos algún gustazo entre los miles de millones que somos en la tierra. Entonces quizás pueda creerme algo. La tele, eso es lo único que no falta ni en las chozas de los pigmeos.

 

 

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Published on e-Stories.org on 11/21/2008.

 

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