Maria Teresa Aláez García

Alborada1

Las siete y nueve minutos de la mañana.

 

Silencio.

 

Lluvia. Una lluvia torrencial, además. Una tormenta. Un aguacero de septiembre. Como hace tantos años, un día amarillo, en el cual, tras una despedida, me puse a cortar patrones que luego no utilicé. La maldita manía de la gente de despotricar de todo lo que hacen los demás para que no lo hagan y luego exigir los resultados. No hablamos nunca claramente y decimos al sí sí y al no no.  Fueron amarillos el amanecer, la tarde de la despedida, la motocicleta, la regleta especial para medir y las gotas perladas de lluvia que dijeron adiós.

 

Silencio, lluvia y un poco de granizo. Quizás un cigarrillo de alguien que se ha levantado inquieto o desorientado, molesto, dejado a medio consumir en un cenicero sin cambiar. Un poco de agua caliente, una cafetera de aquellas antiguas, de color plata o metal, pequeña, para una o dos tazas, a lo sumo y bien cargado. Nada de pijadillas como ahora. O un asiático en el bar de abajo. Los bares de abajo siempre abren a las seis o siete de la mañana hasta las nueve o las diez y luego, limpian y cierran. Los trabajadores, los padres que acercan a sus hijos al colegio, las madres antes de ir  a la compra. Ayer fue día de mercadillo de aquel que ofrece ropa, fruta y verdura a otros precios. Hoy es día de limpieza y preparar el fin de semana. Se acerca la fiesta de San Miguel o de los Ángeles Custodios.

 

Más silencio y más lluvia.  A las seis una cama deshecha que luego se ha estirado y una ventana semiabierta. Una piel joven y hermosa se adivina sobre el colchón y descansa abandonada, vestida de penumbra y latente, ansiosa o agotada. Quizás la cortina izada sobre una de las hojas. Los vidrios reflejan las gotas que lloran pesadumbre y  cielo gris sobre los cristales, esperando consuelo humano. ¡Ja! Menuda broma. Consuelo humano. Demasiado esperan. Casi es más lógico pensar, como cuando éramos pequeños, que la lluvia era la orina angelical o que El Sumo Hacedor regaba los campos con una enorme regadera o libraba a los empleados del ayuntamiento de limpiar los parques que nosotros guarreábamos a base de bien. No como ahora, claro. A base de bien era comiendo pipas y dejándolas caer sobre el suelo arenoso – no había plataformas imitación de césped – y pintarrajeando – algunos – con el rotring el columpio de metal o de madera. La tinta se iba con el agua o en el jersey del próximo que se sentara.

 

 Entre las sombras, una mesilla. Algo de frío. Un vaso de agua, un despertador marcando las siete y veinte. O las seis de la mañana, La hora da igual. Si acaso a las seis había más silencio que a las siete porque ahora la gente va al  trabajo. Ahora se escuchan voces alegres. El fin de semana anima un poco. Recoger la ensaimada y al trabajo cotidiano.  El niño estuvo llorando sobre las cuatro de la mañana, el niño de la casa de al lado y no me deja dormir. No tiene la culpa el pobre. Ninguna culpa. La lluvia lo estuvo consolando, acompañando,  acogiendo en su soledad o en su sufrimiento. Otros disfrutaban esas horas dándose amor o simplemente un desahogo Besos, sonrisas. Habrá quien acabe de llegar a casa. Algunos, una ducha. El miedo, la soledad, el vacío, la inexistencia, el paréntesis previo de la naturaleza antes del amanecer. Poco antes de ver la  luz del día, la tierra parece detenerse un instante, un intervalo diminuto dentro del cual me escondo…

 

Y dentro de mí, las luces de neón se apagan. Se encienden las antorchas de un fuego más calmado pero también las brasas de iras antiguas y de venganzas no consumadas aunque sí consumidas.  Los engranajes oxidados caen demolidos por la coca cola y por la falta de cuidado. Se hacen polvo bajo el peso de la masa que soportan y de la negligencia que los descuida. No somos nada, no hacemos nada, no formamos nada.

                                                                                                    

Me hago vieja. Soy vieja. Vieja, reseca y demolida.  Estoy cansada, encanecida y  dolorida.  No debería de estar aquí. Quizás para alguien de mi aspecto lo normal sería estar desayunando, hinchándome a leche con galletas y luego coger el delantal, fregar, levantar a la familia e irme a limpiar o a cocinar por las casas.

 

Suena el teléfono. (En mi casa suena a cualquier hora). El vecino de al lado sale de su casa para ir al trabajo.  Por la calle tres hombres dan voces.  En esta tierra mucha gente habla gritando. Han subido algo a un coche y ellos mismos montan. Los pescadores salieron a las cinco de la mañana a faenar. Los albañiles se van a las comunidades colindantes porque el trabajo escasea. Acuden con el ánimo gris y las esperanzas vencidas por el desaliento de la crisis. Van al día. A ver lo que ganan para dar de comer ese día a la familia. Y si sobra se ahorra y se paga el resto y si no pues el banco sabrá. No se permite mucha gente el lujo de tirar la  comida ni la ropa ni nada y quien lo hace no está bien visto porque es como hacer un feo a las personas que carecen de  todos esos artículos. Que aquí regalamos y que otros usan para vender.

 

No tengo un minuto de silencio. De día mi familia está despierta  y en casa, padeciendo un resfriado. De noche no hacen más que moverse, toser, levantarse, acostarse.  Durante un mes no hemos tenido paz. No habrá paz. Cuándo habrá paz. 

 

Veinte segundos han sido. Lo que he tardado en escribir el párrafo anterior. Veinte segundos porque el cursor se me mueve solo, señala solo las línea o me la borra sólo y está como bloqueado. Veinte o diez segundos no más.  Quizás diez o cinco aún menos.

 

Mi hijo se ha despertado y ya no se dormirá. No tiene constancia en el dormir.  Y yo aún ni me he acostado. El cursor me está haciendo una gran faena. No me deja trabajar. Me borra lo construido o cambia todo de lugar

 

Estoy triste. Pensando o no queriendo llorar.

 

Voy a intentar escribir un tautograma con palabras que empiecen con la A para dedicárselo a Dage.  Luego comenzaré una serie de historias que se llamarán “Putadas de doble filo” para quienes se toman la vida con cierto tipo de gracia y sarcasmo irónico sin tener en cuenta a los demás. Son personas que piensan que el mundo no puede variar. Han de tenerlo todo controlado como los policías pero se las dan de progres y de liberales. No saben dejar que los demás piensen con absoluta libertad salvo que sea algo que haya sido pensado por otros y se hayan podido estudiar en los libros. A la creatividad la llaman “mala educación” y también “timo” y a los creadores “sinvergüenzas”.  Si la vida no discurre en cuanto a sus esquemas, se ríen del resto de los seres humanos y los fastidian para que no lleguen a donde ellos están no vaya a ser que se mueran porque el resto de los humanos cambiarán su manera de ser o pensar. Son de estas personas que ni viven ni dejan vivir.  Tienen dinero y posición algunas, otras no, una mente retrógrada y enmascarada y se autonombran jueces y policías y poseen los mismos defectos que discuten y acusan en los demás. .  Y no son de cierto partido político. Esta gente puede encontrársela en cualquier ideología, sexo, color, religión, etnia, etc… Son inflexibles y a menudo piensan en mantener sus tradiciones y destrozar las que no les gusten. Son ellos, sólo ellos y nadie más que ellos.  Pobre  gente. Más pobres son sus víctimas a los que acosan y destruyen por un “quítame allá esas pajas”.

 

Ya es de día. El amanecer es del mismo color en todas partes. Gris, blanco, azulado. Nos iguala al salir el sol. En todos los lugares donde he estado esta hora previa a la salida del sol, ha estado marcada por esta tristeza. En el norte el gris se mantiene si persiste la nubosidad. En el sur, poco a poco se va notando el azul como el iris enorme de un ojo que nos mira y que con cariño, nos vigila. El negro inmenso seria la pupila y el fuego del sol, quizás su inmenso cariño. Hasta  para los que se dedican a hacer daño o la vida imposible a los demás.  

 

El sol brilla para todos  y la lluvia no hace distinciones. El aire nos da hálito de vida y no piensa en quien lo respira, si es bueno, malo, mejor o peor. La muerte llega para todos y la tierra no cesa en su movimiento alternando día y noche y cuidando de nosotros. Qué poco cuidamos nosotros de ella y de su contenido, incluyendo al ser humano.

 

 Los enlaces se encuentran aqui:

http://pernelle.mforos.com/1323157/8193165-alborada/#72285208 

 

 

El tautograma. A. Para Dage.

 

(Antes)

Agradezco amigo,  al auxilio acompañado

Al alivio alegre, aquella armonía aviada

Ante angustia altanera aunque aviesa amortajada

Aquella atención al amargo aire ataviado.

 

Agradezco amigo amable, admirado,

Asuntos agradables ante amarga astada.

Amenas aperturas ante astuta atacada.

Abrazo amortizado aquel ansiado.

 

Amistades así aquellas anticuadas (amistades acaban, anticuada)

Acabáronse ante ascenso anuario

Agarrándose alguna anticipada.

 

Augusta avanzadilla ante el aviario

Augurando alegría anticipada

Anulará amarguras al anuario

 

Después.

 

Agradezco   al auxilio acompañado

 al alivio alegre, ante armonía aviada

a angustia altanera aunque  amortajada

aquella atención al aire ataviado.

 

Agradezco amigo amable, admirado,

asunto agradable ante amarga astada.

Amena apertura antes atacada.

Abrazo amortizado aquel ansiado.

 

Amistades acaban, anticuada,

acabáronse ante ascensos anuario,

agarrándose alguna anticipada.

 

Augusta avanzadilla ante el aviario

Augurando alegría anticipada

Anulará amarguras al anuario

(c) María Teresa Aláez García. Mayte Aláez. Pernelle.

 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Maria Teresa Aláez García.
Published on e-Stories.org on 09/26/2008.

 

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