Maria Teresa Aláez García

Vomito

Tengo un bloqueo. O dos o tres o cuatro o veinte mil bloqueos en uno.

 

Quizás sepa qué lo ha causado. Quizás no. Quizás no sea necesario saberlo. Quizás sí.

 

Lo que está claro es que la causa principal del bloqueo es cómo me tomo yo las cosas y cómo me afectan. Que hay cosas que no deberían de venirme, por supuesto.       Que otras no las debería yo de seguir. Está más que claro. Que las carencias me hacen débil. Es más que evidente. Debería coger todo lo que escribo, guardarlo y no dejarlo caer en saco roto. O no borrarlo.

 

Bueno, las cosas se acaban. La gente se muere. Las situaciones cambian. La vida impulsa con giros a la evolución de la gente. La crisis nace pero parece que vivirá unos cuantos añitos hasta que a alguien se le dé por poner de moda otra cosa rara.

 

La magia se va. Las fiestas terminan. Los invitados se van a su casa. La vida sigue. Las casas envejecen y se cierran. Algunas se caen, ruinosas, acusando el paso del tiempo y otras son restauradas pero han de estar constantemente vigiladas y en reparación.

 

Una gente olvida del todo. Lo que se ha muerto no resucita. Lo que se acabó no tiene remedio. Se olvida uno del movimiento circular o pendular de la vida. Lo que se ha ido vuelve. Lo que se ha caído, se levanta. Lo que ha permanecido en vida se queda latente y vuelve a revivir. Otras cosas pugnan por salir y nadie las recupera. A lo mejor, a lo largo de los tiempos. De todos modos los hombres somos únicos para arrasar y devastar y aniquilar y acabar con culturas, razas, especies, somos geniales para todo eso. Incluso para acabar con nuestro propio planeta.

 

A pesar de todo siempre hay alguien que guarda algo en su recuerdo. Incluso sin magia, sin fiestas, sin ceremonias, sin contacto. Dicen que son obsesiones. O no. La vida sigue y la vida no permite obsesiones. Dicta los mandados. No deja que uno se permita el lujo de encabritarse si no es hallando solución a algún problema presente de la vida. Si no se produce un bloqueo y la persona se derrumba y se pierde. Esos bloqueos han de deshacerse antes de morir para no hacerlo en la calle. Y se consigue.

 

A veces hay que romper para construir. A veces hay que renunciar para ganar o hay que perder para regalar felicidad. En ocasiones hay que saber apartarse y ceder el paso y hay que olvidar pero el corazón o algún huequecito en el cerebro guarda algunas cosas que bajo algunas estimulaciones se pueden revivir o recordar. El conjunto de esos recuerdos y esas estimulaciones pueden dar lugar a una esquizofrenia si no se tiene un control de todo ello, si no se sabe el por qué se tiene tal actitud o tal respuesta.

 

Internet, la red, se convertirá en otro medio de comunicación como lo es el teléfono o lo es la radio o la televisión pero un poco mejor regulada, eso espero porque no lo veré. Mientras tanto son un conjunto de Nicks haciendo pruebas de todo tipo y  a quien no se les ha de facilitar datos ni ver con buenos ojos porque la vida no lo permite, la vida enseña que lo oculto, la mentira, la necedad, lo irresponsable, lo inmaduro, daña.

 

Y la vida ahí está. La vida manda, gobierna, impulsa, actúa. La vida es una madre dura, posesiva y perniciosa, autoritaria e inflexible.

 

Acabo de recordar el olor a madera y terciopelo del primer piano que toqué, cuando tenía seis años, en el Conservatorio Elemental de Cartagena. Era temprano, las seis, pero había anochecido y en el conservatorio daba la impresión de estar en una casa historicista. Me gustó mucho, me encantó.

 

La vida trae problemas que hacen daño al corazón, a la mente y al cuerpo.  Hay cosas que en Internet dañan las expectativas y  emociones pero hay que saberlas controlar. Últimamente se ve cada barrabasada por ahí. No dejo de pensar – y debo evitarlo – en tanta gente víctima de distintos delitos, de guerras, de cosas que pasan con mucha entereza y paciencia.

 

Debo de cubrir al pájaro y debo de irme a dormir. El pobre se esconde por cualquier lugar de la jaula para poder descansar. Es tan pequeño, sensible, vulnerable.  Como cualquier víctima.

 

Mitja, Mitja Hoffman. Debo de escribir sobre ti.

 

Y sobre ti. Por qué te veo en medio del claro de uno de esos bosques de álamos o de abedules. Muy espeso y muy alejado de la civilización. Muy árido en su terreno. Apenas crece en el suelo algún hongo o un poco de maleza. Al carecer de fronda en su copa, no permite que haya sombra y en el suelo el sol quema lo poco que puede salir. Y por qué, por qué te veo culpable y arrodillado en el suelo, llorando, recogido sobre ti mismo, sin permitir que nadie pueda siquiera recogerte, acariciarte, abrazarte, darte consuelo, ayudarte, darte cariño. Ya no digo yo, eso sería la Gran Incongruencia. Pero un alma caritativa, un amigo, un apoyo, una ayuda. Te veo, te siento tan, tan solo, tan abandonado, tan retraído, tan apartado, tan humillado, tan especial allá retirado. Sobre ti mismo.

 

Y no, no estás solo. Estás acompañado pero no dejas que nadie te ame, te ayude y te aprecie. No soy la única mujer, no soy la única que te mira o te lee o intenta escucharte o descubrirte. Hay más, me consta que hay más que miran por ti y que han intentado apartarte de mí. Lo sabré mañana o pasado. Cuando uno de los dos se vaya, salga, se desprecie. No lo sé pero seguramente.

 

Mitja Hoffman. Saliste con nueve años de la guardería o de tu colegio de educación primaria. Te dirigías todo contento, tú sólo, a tu casa. Era la primera vez que lo hacías y será la última. Ibas entusiasmado y en medio de tu alegría y confianza, te acercaste a lo primero que activó el interés de tu inocencia. Mitja, cariño te dirían mil veces que no deberías de hacer saso a extraños. Pero eras un niño, qué culpa tenías tú.  Y te fiaste de un cualquiera que te regaló un pequeño pastel. Y de repente en la noche me viene tu sufrimiento. Cuando mi hijo se pone a gritar por cualquier fruslería, te veo pidiendo socorro y la ayuda de tus padres y cómo ves que todo lo que te habían prometido, ayudas, protección, no llega. Y ese hombre te viola una y otra vez y tú te sientes hasta culpable sin tener culpa de nada. Y ahora, eres un ángel que has sufrido a los nueve años lo que nadie posiblemente en ochenta. Y como tú, tantos niños y tantas niñas que están posiblemente pasándolo ahora, en manos de sus propios padres, hermanos, abuelos, amigos, desconocidos.

 

Elisabet Fritzl. Hay que tener una gran entereza para fingir ante sus hijos y evitarles un trauma mayor, el hacerles creer que la vida que llevabas de violaciones y oculta bajo tierra, era lo normal. Ahora al menos podrán paulatinamente ir superando. Tu instinto te enseñó. La vida te pudo dictar y salvaste todo lo que pudiste.

 

Y otra gente. Gente que muere en las guerras, gente que ha visto caer a sus familias en actos terroristas. Gente que ha visto cómo las ideas, la religión, la politica, el dinero, ha acabado con su estabilidad, sus esperanzas y su futuro. Y luego vienen tres estúpidos o cuatro a poner mensajes idiotas en Internet y a tratar al mundo como si no fuera nada, como si ellos fueran los reyes y como si todo lo  tuvieran controlado.

 

Somos unos necios, unos ignorantes, unos idiotas que nos creemos todos y cuando nos dicen : “eso no es asi” por miedo a ser rechazados o humillados pasamos por el aro pero lo cierto es que eso es asi y hay victimas y hay gente que sufre y hay desnivel en el mundo y cuatro listillos sinvergüenzas se están haciendo con el control ajeno a base de miedo, mentiras y ocultación. Qué vergüenza ajena de ser un humano.

 

Estoy cansada, cansada, cansada, cansada, cansada.

Cansada.

Muy cansada.

Casada y malcasada.

Cansada y casada.

 

Los maridos no quieren. Quieren el dinero.

No quieren a sus hijos.

No quieren.

Se quieren a si mismos y al dinero.

Quieren su propia satisfacción.

Nadie me quiere.

¿Para qué? ¿Hay que querer?.

 

No quiero querer. Quiero odiar. Mucho.

Ya me odio a mi misma.

No tengo por qué odiar a los demás.

Con odiarme  a mí misma es suficiente. Demasiado trabajo.

Me odio por no querer ni saber superarme.

 

Me odio por todo.

Porque no sé por qué tengo que querer a la gente si no me quiero ni a mí misma.

Por que no sé por qué tengo que servir a la gente si no me sirvo ni a mí misma.

Por que no sé por qué tengo que complacer a la gente si no me complazco ni a mi misma.

Por que no sé por qué confío en la gente si no le pago, si ni siquiera confío en mi misma ni en mis fuerzas.

 

Y no aprendo.

 

Tengo fe y más fe en los cambios.

 

Y nada cambia. Nada. Todo va a peor.

Todo es abandono, todo es mentira, todo sucumbe.

 

Todo el mundo se utiliza por medio de un acuerdo oculto.

Todo el mundo me utiliza por medio de un acuerdo tácito que no he firmado ni consentido.

Todos me utilizan.

Yo me dejo usar.

 

Soy una verdadera y real pollina.

 

http://www.youtube.com/watch?v=PyBS_1vGwpU&NR=1

© Badfinger.

 

 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Maria Teresa Aláez García.
Published on e-Stories.org on 09/19/2008.

 

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