Maria Teresa Aláez García

Miro la calle

Miro la calle. Fría y solitaria. Está a punto de amanecer, estamos acercándonos al sol pero a mí no me gusta la luz gris y mortecina y la frialdad de los primeros rayos. No me alegran ni me seducen en absoluto. Casi preferiría que  lloviera.

 

Coloco la fuente. Arial 11. Coloco también el párrafo. Justificado y a uno con cinco.

 

El niño no ha acabado de hacer sus libretas.

 

Tengo miedo. Más que miedo tengo frío. Tengo miedo sólo de lo que no  conozco y a veces me llega una especie de luz o iluminación como pretendiendo ver más allá de la muerte. Pero no sé qué será. Debe de ocurrir porque no como y será alguna alucinación. Así que no hago caso…

 

Lo que me espera hoy es terrible. Pasaré tres días horrorosos. Pero ya es sabido en mí. Cualquier visita me saca los nervios de quicio. Las mentiras me ponen mal. La hipocresía, la burla, los que piensan que son más que nadie y se dedican a burlarse de ellos libremente y emiten juicios de valor sin ser ni siquiera jueces, simplemente porque les apetece y piensan que la vida les ha colocado en una posición superior. Cuánta necedad. Si van al aseo – igual no – y morirán tan desnudos como cualquiera.

 

Pasa algún que otro coche.

 

En el edificio opuesto al mío, de estilo sesentero, ecléctico, moderno, adornado con miles de colorines, con losetas estampadas que hacen del edificio una cajita de pequeños bombones de esos que se indigestan por ser tantísimos, hay una pequeña balaustrada que lo corona y encima el cielo y las nubes y recuerda a una película de esas negras estadounidense de mafia o de misterio que recuerda el devenir, los monstruos interiores, los prejuicios, las desidias, las virtudes que siempre ganan, la lectura del Talmud y el Pentateuco, los recelos de los evangelistas y los protestantes  y humillan continuamente a los católicos con su ignorancia.  En cualquier momento veré una figura antigua ahí asomada. A saber lo que aparecerá por cualquier parte. A sabe hasta dónde es  real lo que vemos o imaginado. Mejor no pararse a pensarlo.

 

Me detuve. Pensé que era mejor no hacer aprecio de los desprecios. Es una pérdida de tiempo. No merece la pena hacer caso de quieres buscan y reclaman la atención de uno, poniéndolo verde, hablando mal de él a sus espaldas, haciéndole caer. Si puede volver a levantarse. Si igual se tira sólo para dar la satisfacción a sus enemigos al verle caer y lo que hace es fortalecerse más. Posiblemente mientras otros necios o ignorantes, los pobres, piensen que se lo han quitado o se la han quitado de en medio, esa persona sólo está tomando resuello o es prudente y acudirá más tarde. Pero no a echar nada en cara. Ni siquiera a dirigir la palabra. Quizás para cuando los niños maduren, ya no esté en vida en este planeta. Nada mejor que dar a cada cual lo que espera que le den y de quien espera que se lo dé. A veces es mejor seguir la corriente.

 

La calle se va a animando. La gente se va al trabajo o a hacer deporte o al polideportivo. Por un momento el planeta se ha detenido. Por un momento, hace cuatro horas, me he sentido querida porque alguien puso imaginariamente su mano sobre mi hombro en señal de amistad o camaradería, de complicidad, de requerirme para algo. Pero resulta que me estaba mintiendo a mí misma. Realmente soy una verdadera cetrina, porcina, cerdelle  y obsesiva.

 

Hacia mi frente, la maravillosa estampa de Fonthill Abey. Dios mío, cuánto me gusta el historicismo. Soy antigua, carroza y carca pero Schinkel me encanta y Wyatt y Durand y tantos otros… y descubrir a Walpole, a Horace y seguir descubriendo cosas me fascina aunque ahora ya no me van a servir para nada.  Me gustaría tanto pasear por uno de esos bosques victorianos con un libro de páginas vetustas, una charla discreta, un descubrir la naturaleza o el conocimiento, un parque oculto en un rincón de un jardín y protegido por una muralla… Como en los cuadros de Caspar David Fiedrich que son magnificos  o en las escenas de caballos de Georges Henry Laporte. Todo agua pasada, tiempos negativos sin aseo, poco agua mucha represión y más critica destructiva. De ahí dicen que no es mejor cualquier tiempo pasado. Según para qué cosas. Lo malo, negativo, incoherente, se ha mantenido o ha aumentado.

 

La verdad es que no sé qué hago aquí aún. Ciertas personas deberíamos estar rondando algún reino perdido del universo o desintegrados con la gran masa energética universal.

 

La verdad… ¡a ver cuándo coño me muero que ya por aquí estoy de más!

 

Y la calle se ríe a carcajadas. Veo el final, su final. Me acerco a él y tengo un parque enorme y caminos que se cruzan. Aun supongo que tendré que hacer alguna faena más. Qué pena de persona que lo requiera, qué lástima de tiempo perdido y que pena de dinero malgastado y de energía. Si yo ya tengo el cabello blanco.

 

http://es.youtube.com/watch?v=hKZ6lbTxqVM&feature=related

© Los Secretos. Déjame.

 

http://es.youtube.com/watch?v=cXJPP2sdrRQ

© Caspar David Fiedrich. Bach.

 

http://es.youtube.com/watch?v=swbJ3IDNXU4&feature=related

© Caspar David Fiedrich.

 

http://es.youtube.com/watch?v=za49XowSwFo&NR=1

© Peer Gessing.

 

http://es.youtube.com/watch?v=s-qkB239qr8

© Schinkel.

 

http://es.youtube.com/watch?v=XiS8TUPlSdg

© Strawberry hill.

 

 

 

Tengo sueño y no he trabajado nada sobre el papel aunque sí al teléfono.

 

La batería se me apaga.

 

Ha pasado un coche haciendo muchísimo ruido. Alguien golpea algún contenedor o alguna puerta.

 

No se escuchan insectos ni aves. Antes se escuchaba algo. Ahora nada. El silencio se empieza a hacer pesado e intimida al ser humano que se encoge en su cama o se mete en el coche.

 

Quizás intentan robar algún coche.

 

Quizás alguien se va al trabajo o quizás vuelve del mismo y va a dormir.

 

Claramente, alguien pega patadas  a un contenedor.

El pequeño pájaro pide ser cubierto. Hace frío y pretende dormir.

 

El teléfono se queja por falta de energía. El ordenador por falta de ella.

 

Todo son idioteces, fruslerías ante la realidad que es el muro de la conciencia, el talón de Aquiles de la negligencia.

 

Voy a apagar las luces. En mi cerebro ya hace que se fundieron y como un robot, me dejo llevar hasta el momento del fin.

 

Pasa otro coche haciendo ruido. Caen las horas al vacío y se pierden en los necios juegos de pensamientos insultos, frivolidades caseras y ausencia de conciencia. La ignorancia se adueña de los micos inteligentes que piensan que poniendo a parir a una persona en un libro, en un artículo o en un blog le dan una lección. Lo único que hacen es darse mala fama a ellos mismos, al lugar al que viven y a lo que representan. Y quienes están junto a ellos soportarán la misma cruz. Aunque como buena corte de sociópatas que son, todo les da igual. Los cuarzos de esta mañana eran más tiernos y calurosos que los corazones de alabastro y ónice de estas personas.

 

Amanece.

 

El móvil muere lastimera y agónicamente. El ordenador no tardará en hacer lo propio. El pájaro aún sobrevive.

 

El alma se hizo tierra y arena falsa hace mucho tiempo. Fue de sal  fue abandonada.

 

“Ah…pero… ¿Hablabas español? Habérmelo dicho que yo soy hija de padre español y madre francesa? Si llego a saberlo…”

 

Coño. ¿Y qué narices hacía yo esta mañana hablando en inglés en un mercadillo?

 

(Besos a la amable y servicial dependienta).

 

 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Maria Teresa Aláez García.
Published on e-Stories.org on 09/15/2008.

 

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