Maria Teresa Aláez García

Y camino 2

 

Y CAMINO. 2.

Camino enfangando mis pies y mis zapatos en la miseria que tiro y que dejan los demás por el camino. Puedo caerme y levantarme, mancharme y toda la miseria que nos envuelve me sobrecoge.

Entiendo que nada da paso ni lo recibe en esta vida. Todo es la satisfacción inmediata.

Soy putrefacción. Soy un error  tras otro, soy impetuosidad y soy recelo. Soy así, así camino por la vida y por más que intento poner remedio, no sé dejar de cometer errores. Bajo continuamente la guardia, dejo mi vigilancia y aún vigilando, soy un error tras otro. Quizás para aprender que el sentido de la vida no es la perfección y el error también vive y que no es en sí error sino condición precisa para la existencia. De igual manera, que los seres humanos nos seguimos complicando la vida con las cosas pequeñas e innecesarias y obviamos las grandes hasta el momento en que no hay momento. No aceptamos el error.

No soy aceptada.

No me acepto. No me aceptas.

Me da igual.

Me veo corriendo sin parar. Corriendo primero sobre una cuesta descendiente y luego sobre la misma cuesta en ascenso. La cuesta es sinuosa Es una cuesta que tiene un camino de asfalto bien limpio. En una de sus cuestas, de sus veras,  hay mucha vegetación mediterránea: pinos, matojos, palmitos, carrascas,  tomillo, romero, hierba de pastor, incluso lavanda, que crece por entre los peñascos que sobresalen entre los riscos mordidos por la pala excavadora de los militares o los civiles que construyeron dicha vida o la repararon. El camino se divide en dos: una cuesta sube, la otra baja. En la cuesta que baja, en el camino, hay varios obstáculos de color blanco con una raya roja, con un soporte en forma de L que los sostiene, de esos que se usan en las olimpiadas, en las carreras de obstáculos. Alto, en el lado derecho, un muro de color marrón, con la piedra a la vista, de color marrón, con una especie de tejadillo en su parte superior. Se pueden ver a lo lejos, grúas de color gris, grúas enormes, grúas y tejados de metal, como los usados en los enormes astilleros de donde salen los barcos de guerra, las fragatas, las corbetas, los navíos que se usan en marinería y en ejército.

Es un pequeño recodo del camino. Un recodo limpio y bien arreglado. Voy vestida de chándal, un chándal gris, un jersey y un pantalón de punto y calcetines blancos. Una coleta recoge mis cabellos. Subo y bajo esa cuesta pero no llego al final .Quizás debería retroceder en mi rumbo y seguir en el camino en la montaña, hacia lo alto, sorteando obstáculos.

Pero ahora: ¿qué sentido tiene? ¿Y qué sentido tuvo entonces el sortear todos esos obstáculos? Si de todos modos los obstáculos son cada vez mayores, más grandes. ¿Qué sentido tiene arrastrar a quien viene conmigo en el camino? Y si los dejo ir… ¿Por qué se empeñan en seguir ese camino a mi lado que no desean seguir? Si no son felices, si no quieren que mis pies caminen pasos que les dañen o que les enseñe los mejores modos de caminar. Si también se equivocan y estoy ahí para levantarles. Aún sí no son felices. Si no se va a hallar nunca la felicidad porque nunca encontraremos la satisfacción en las pequeñas cosas. ¿Para qué prepararnos a vivir tan corto espacio de tiempo con tantas pequeñas medidas que de nada sirven?

¿Qué sentido tiene vivir un desasosiego por algo que llegará en breve?

¿Por qué soy tan egoísta?

¿Por qué no entiendo o no quiero entender nada?

Miré hacia arriba. Vi un cerebro colgado del hilo que descorría y corría una cortina. Un cerebro vivo, un cerebro animado que miraba por la ventana y que vivía ahí arriba. De una cortina de color gris que se encontraba oscura. Cerrada. Impedía el paso de la luz pero se podía vislumbrar un balcón de puertas de cristal enormes y de metal que dejaba ver el cielo, un cielo gris también, triste, sin esperanza alguna. No había horizonte ni futuro ni bienestar ni árboles ni sol ni alegría. En el interior de la casa las paredes recogían algún resto de humo de algún fumador porque eran beige, estaban en penumbra y eran negruzcas. Todos estábamos sentados en sofás con fundas floreadas de esas de plástico y el tiempo pasaba. Los caracoles huían por las rendijas de la pared, los enormes caracoles y las enormes babosas de color marrón.

Debo pasar rápidamente por el puente y dirigirme hacia la Algameca, hacia la carretera inicial, la que tiene el muro, la que tiene los obstáculos. Pero salen coches oscuros. Sólo veo sus focos y su salida, como cuando hay alguna fiesta en algún club militar o cuando los trabajadores de la Bazán salían sobre las diez de la noche, para dirigirse a sus casas. He visto muchas fábricas, he visto muchos astilleros, he visto muchas minas, he visto muchos elementos urbanos, mecánicos, de construcción de todo tipo.

No puedo ir. Todo está oscuro y no se exactamente de qué tengo miedo.

De repente se ilumina todo artificialmente. Se me presenta la Algameca como un enorme pasillo donde se puede caminar como si fuera de día,  un pasillo perfecto, de edificio inteligente del siglo XXI y al fondo, un enorme ascensor. Justo cuando el camino se desvía para entrar al cuartel de Infantería o bajar hacia la Algameca o dirigirse hacia el faro rojo o hacia la Bazán.  La carretera a la Algameca desde el puente, camina toda en línea recta. Los eucaliptos hacen acto de presencia a lo largo de todo el camino. De la mano derecha, el muro del Asilo de Ancianos, un respetable edificio que será digno de comentario en otro camino. A mano izquierda, continúa el muro enorme, amplio en su boca, de la Rambla de Benipila que separa San Antonio Abad del resto de Cartagena – la pedanía, digo – y serpenteando por los muros del arsenal, lleva las aguas de los residuos cuando llueve, hacia el mar. Las aguas que no han podido ser canalizadas en los enormes sistemas de canalización de Tentegorra donde impone ver sobre muros similares, un mar de enormes tuberías que dirigen los efluvios hidráulicos hacia la ciudad. Sólo en una ocasión subí sobre aquellos enormes tubos, ya siendo mayor. No puedo explicar la sensación. Fue de un temor horrendo, fue amarga, fue algo que no debí de hacer nunca. Una sensación gratuita de horror y temor que sólo sirvió de chanza para las personas que me acompañaban y de burla y descaro. El hecho de pasar y volver y sólo comentar que me dio algo de miedo – sin realizar aspaviento alguno – no pudo impedir el color lacerado de mi rostro, la amplitud de mis pupilas… y la risa de mis amigas.

¿Qué sentido tuvo?

Dentro del ascensor, se abren dos compuertas. La primera vez, dos perros sentados, esperan. No paso. Me temo lo peor. Se cierran las puertas del ascensor y la segunda vez, entran tres lobos que se enfrentan con los dos perros. Sigo temiéndome lo peor y no accedo. El ascensor es todo metálico. Las puertas se abren automáticamente. Parece tener paneles en sus laterales.

De todos modos. .. ¿Qué sentido tiene? ¿Qué sentido tiene lamentarse y decir “lo siento” cuando nadie lo va a sentir ni lamentar con una, cuando a fin de cuentas el castigo llegará de un modo u otro? ¿Qué sentido tiene pensar y repensar tanto las cosas, darles tantas vueltas si la vida es una, corta y pequeña y bastante tenemos con realizar las funciones básicas. Subsistir, comer, beber, fornicar, defecar, orinar?  ¿Para qué estudiar, trabajar, pelear, matarnos entre nosotros, buscar una vivienda digna, una educación digna, un valor digno para todos nosotros si nosotros mismos nos arrebatamos dicho valor?

Qué sentido tiene todo. Nada tiene sentido. Nada es automático y nada es natural. Hasta los terremotos los provocamos nosotros. Hasta la aniquilación de nuestro planeta la provocamos nosotros. Si unos sólo piensan en tomar su tajada y vivir fastidiando a los demás hasta que se mueran  no dejar nada detrás. Entonces, si la gente tiene lucidez y quiere defenderse de eso y de los abusos, se la encarcela.

¿Qué sentido tiene todo? Qué lugar tiene la tristeza? ¿Y la ira? Y la codicia. Y la vanidad y la envidia. ¿Y el asesinato, el poder y la auto displicencia gratuita?

El mar de mi fondo es negro y tiene brea. Tengo un laberinto enorme y blanco en mi cerebro y un laberinto enorme y negro en mi vientre. Un volcán en mi corazón les da vida. ¿Para qué? ¿Para seguir caminando? ¿Para seguir aguantando con los restos de carne que e han dejado las enormes dentelladas? ¿Para decir que todo está bien hecho? No, nada está bien hecho, nada es correcto, nada es asequible, útil o provechoso. ¿Y para qué escribo entonces? Para nada igualmente. Si otros hacen otras cosas, yo hago esto que es igual de vil, culpable y está tan mal hecho como el resto.

De todos modos, nada, nada en este mundo es cierto, es todo mentira y nada tiene sentido. Es un irreal, es una locura que todos compartimos y hacemos cada vez más aberrante.

Y ya no tengo mar. Sólo mierda y vacío. Es lo que soy. Me identifican.

No entiendo cómo puedo ser tan patética y no darme cuenta en su debido momento. Y lo peor, no entiendo cómo nunca  tomé medidas contra ello.

Ahora recibiré más dolor causado sólo por mí misma. Cómo me pude engañar, cómo pude engañar a otros, cómo pude saltarme reglas que en realidad, ahora que lo pienso, no tienen sentido y sólo han servido para hacerme condenada, para manipularme, para chantajearme pero que no tienen valor alguno más que el que yo quiera darles.

Y ahora no quiero darle valor a nada porque nada tiene una respuesta ni un sentido para mí.

Dureza, frialdad. Actuación sin sentimiento, somos brutos, somos bestias, somos personas carentes de empatía  y asertividad. Así se sube la montaña, sin tener en cuenta a los demás. No, no me gusta seguir ese camino y que me salgan enormes osos negros a los que tener que matar de una cuchillada en pleno corazón. Claro que también ellos pueden asesinarme a mí. Y la verdad, no entiendo el sentido de la defensa de mi vida ni del ataque y la violación de la vida del oso. Mejor casi pasar de largo.

No estoy preparada para el siguiente golpe y la próxima herida que voy a recibir pero habrá que asumirla sin más remedio y aguantarla y tragarla aún sabiendo que no sirve de nada, que es inútil y sin sentido. Quizás me violenta el modo gratuito de regalarla.

Llueve. Llueve mucho.

 

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Published on e-Stories.org on 06/17/2008.

 

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