Maria Teresa Aláez García

Paseo nocturno1

PASEO NOCTURNO. 1.

Una persona me ha dicho hoy:

“Sal a dar una vuelta esta noche. Haz caso de tus propios consejos”.

Ya me gustaría, ya. Hacer caso de mis consejos para personas que no tienen grandes obligaciones.

Ya me gustaría ser libre y salir, como hacía cuando la necesidad de quedarme en casa no es imperiosa,  a romper la noche.

Ya lo hice una vez estando casada, al volver del trabajo. En lugar de ir a casa directamente, me fui a caminar. Simplemente a caminar. No quería todavía entrar en casa. Quería sentirme libre caminando, dirigir para mí mis propios pasos y disfrutar de nuevo de mis pequeños rincones, aquellos que me vieron crecer y madurar en mi adolescencia, en mi juventud. Recorrer aquellas calles, en otros tiempos carentes de peligro. Aún hoy. Mi ciudad, esta ciudad, no es violenta como las urbes que nos rodean. No deja de tener sus sorpresas pero no es violenta. Es alegre y dicharachera, comprometida y tiene sus cosillas, como todas.

Ya me gustaría, a la una o a las doce, cuando mi marido y mi hijo se van a dormir, en lugar de seguir trabajando, coger las llaves y un chándal y bajar a la playa, que la tengo bien cerquita. Seguir los pasos de la luna por el Censal, no hacer uno de las escaleras mecánicas, descender hacia el anfiteatro  y pasear entre sus columnas, sin colocarme en medio del escenario de cemento. Ya tuve ocasión de pisarlo, siendo miembro del Orfeó. Y del grupo de teatro. Recoger la charla del dondiego que a grito pelado se deja ver en las escaleras, acariciar las losetas blancas y ofrecer mi mirada a las obras de cerámica y arte que hay expuestas en los distintos senderos y rotondas del parque.

Y seguir descendiendo.

Es curioso que de repente comience a emocionarme. No sé por qué. Será por que la parte que toca ahora concierne a la playa y parece acercarme a otros mundos, acortar otras distancias, mientras que permanecer en el parque parece que me escuda y me protege del daño o de la influencia externa.

Bajar pero no acudir a un sitio que no deja de tener encanto pero que para mí tiene recuerdos a veces nefastos. No, no me dirigiré ahí. Pero sí al paseo del Doctor Esquerdo. Tengo fotos de niña, de este paseo. Cuando era de tierra, con las mismas palmeras, sin baranda blanca de piedra. Cuando la playa era de cantos rodados y podía bajar a disfrutar de un paseo, con zapatillas, sin llevarme la arena de compañía. Entonces me acercaba a la orilla, recogía pequeños cristales o piedras curiosas y paseaba. Hasta que alguien me contó que en ciertas noches, una dama sale del agua, como si hubiera elegido esa noche para darse un baño y fuera un encuentro fortuito. Coge las manos para saludar a su víctima y la lleva al agua de nuevo, hasta ahogarla. La verdad, el relato me sigue causando aprensión porque son muchas las personas que en invierno y en verano se bañan a todas horas y acuden a nadar para que el agua fría les endurezca las carnes. De hecho, recibí una oferta para acompañar a una señora extranjera a meterme cinco minutos cada día pero la rechacé porque una está loca, pero no de atar y porque vale más prevenir que curar. Prefiero hacer ejercicio físico, no me da miedo.

Pues, como iba diciendo, me gusta esa zona. Siempre acababa siendo comida por el mar en tiempo de temporal. La zona del Arsenal, se le llama. Ahora es de arena y se usa en fiestas para el desembarco y para montar el campamento. El dia de San Juan, la víspera, todo el pueblo baja  a la playa. Quema en la arena sus antiguos enseres. Los niños hacen farolillos con sandías y melones que luego dejan sobre el mar en con una vela dentro en recuerdo de las personas fallecidas entre su olas. También se hacen coronas florales con flores recogidas de los jardines o de las zonas salvajes y sin cuidar y se trenzan. A las doce de la noche, suena un cañonazo y todos los habitantes del pueblo piden un deseo y se mojan los pies. Los más jóvenes se bañan. Es impresionante, ver a casi todos los habitantes del pueblo allí para continuar estas tradiciones.

En fiestas, los castillos de fuegos artificiales se realizan también en esta playa. Cogí la costumbre de acudir, entonces, a los puntos más oscuros de la playa y sintiéndome libre, recostarme pero al revés, como viendo al revés el cielo, y ver uno y otro mortero, subir, elevarse, estallar, formar miles de formas y caer. Es grandioso y sobrecogedor. En todos los años de vida que tengo, nunca me han caído encima los palos de los morteros. Al casarme dejé tal afición que espero enseñar a mi hijo algún día, mostrándole en qué lugares se puede recostar para que no le caigan palos encima. Si consigo que pierda el miedo a los truenos de los fuegos.

 Recoger las pequeñas conchas que acompañan a la arena. Replegarme sobre mí misma ante el agua, ante el mar amenazador, ante la luna distante, ante el puerto lejano, ante los pescadores aburridos o somnolientos que buscan un rato de tranquilidad, ante dos o tres pequeños conatos de hierbas que acertaron a crecer por en medio de la arena. Delante del muro que contiene la arena y los temporales, el muro depositario de todo tipo de desecho, líquido y sólido, y cerca de las pisadas desconocidas de gente que ha paseado, ha intentado liberarse de sí misma o ha buscado otra compañía.  Nunca está sola del todo esta playa. Siempre tiene a alguien que la busca de amiga.

 Pero no puedo. El día que cogí para mí una hora más, para dar esa vuelta, decidida como iba a recorrer rincones cambiados de la ciudad, me encontró un familiar que extrañado porque no iba acompañada de mi marido y mi hijo y mirándome como si ya me faltaran el resto de los tornillos de mi cabeza, me envió de nuevo a casa y estuvo llamando a ver si llegaba. Vamos, mis compañeras de trabajo bien que salen a caminar y a pasear y a despejarse solas. Pero no tengo yo que disfrutar de ese placer.

 Para colmo mi hijo tiene un radar increíble y basta que yo mueva la puerta de la calle, simplemente para ver si está bien cerrada que él se levanta a ver si estoy y a ver si su padre se ha ido a trabajar. Entonces me conformo con salir al balcón. Tengo un trozo de cielo que aún no me ha robado ningún edificio moderno o modernista, enfrente de casa y otro trozo al final de la calle, por donde veo desfilar a la luna, alguna palmera y el mar allá al fondo. Todas las mañanas tengo arena en el balcón, que recojo y trozos de palma y de algunos matorrales que me ha regalado la brisa. Vamos que la playa viene a mi casa para que no me olvide de ella.

 O quizás viene a dejarme algún mensaje que había escrito sobre esa arena y que sólo dilucidaré claramente cuando aprenda a leer las señales bajo la luz de la luna.  Teniendo como acompañamiento el sonido de algunos pasos rápidos sobre la acera, las gaviotas al amanecer, las huidas rápidas de los crustáceos que han salido a buscar los restos de carnada de los pescadores entre las rocas o sobre la arena y quizás algún violín lejano que prepara una audición o que oculta alguna tristeza.

 

 

 

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Published on e-Stories.org on 04/12/2008.

 

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