Gonzalo Gala Guzmán

El sueño de Penélope.



 
Alberta Mazuelos se había levantado, al despuntar el alba por poniente y se quedó un instante sobre la colcha, fijándose en la habitación, desde el pequeño mueble de la cómoda a la ventana, que refulgía brillante ante el soleado paisaje de la mañana. Y un roble, que había acompañado a la casa, en su último centenario, se asomaba inherente en el resplandor del cristal bañado por el rocío, con su elevada copa y sus lánguidas ramas, que ingenuas parecían querer alcanzar el cielo, mientras en el suelo seco, las raíces se agarraban con brío a la tierra.
 
             Se iban quedando atrás, entonces, los recuerdos del verano y las pequeñas bocanadas de juventud que viese esa comarca, entre valles de Teruel y las hoces de algún río que atravesara mañanero esos campos ya abandonados e incultos. Ahora, querer ver a aquellos cochinos en su hozadura de la tierra; a los bueyes, con su horcajo al pescuezo; las palomas, en sus hornillas, o a alguien montándose a horcajadas en su caballo; se contemplaba como un vago suspiro del pasado que se hubiera deteniendo por algún capricho del destino. Nadie iba ya a decir que la cosecha de hogaño era buena o que las cosas venían bien para el campo, ni tampoco nadie iba ya a preparar gachas o la hogaza, y guardar en la fresquera, la que sobrase. La historia había dejado atrás esos tiempos, y ahora, se veía un horizonte mecanizado, artificial y vago. Sin sentimientos, sin vida. Los útiles de los braceros pasaron a ser un incordio, reemplazados por máquinas que se movían solas; la freza de los animales, por decenas de productos de nombres impronunciables; y la comida tradicional pasaba a ser una mezcolanza sin sabor. Pero, "¡si hasta el campo estaba perdiendo incluso su aroma!".
 
         Y, ¡qué decir de las casas!. Las viejas y adorables casas, que desde siempre habían pertenecido a las familias, pasando de padres a hijos, de generación en generación; y ahora, tener que observar tal carnicería con ellas. Destruidas, hasta los cimientos, esas que habían costado tanto esfuerzo levantarlas, con las manos de los propios que iban a vivir en ellas, para no sé que obra ni para qué progreso. Tantas lágrimas derramadas, tantas desgracias, para nada. Tantos recuerdos, toda una vida. 
 
         - ¡Si le va a sentar bien! Es bueno cambiar de aires. -Decían algunos. 
 
         "Ay, si mi Paco no me hubiera dejado. El no lo habría permitido". Pero, en fin, ya era irremediable.
 

 
Todavía quedaba despedirse como mandaban los cánones. Al menos, se iba a ir, para siempre, pero con ese último deseo, y no quiso darles el gusto de que la vieran con una lágrima en su rostro.
 
             Se levantó, al despuntar el alba, y se quedó mirando. La colcha, que había bordado ella misma; la cómoda, el regalo de boda de unos primos suyos; y el roble centenario, que iba a sacrificarse junto a la casa.  Se cuidó de guardar muy bien lo que en realidad le gustaba, para dejar en la maleta fea, que le compraron sus hijos, las cosas sin valor. Luego se abrochó los botones de la blusa y se alisó la falda y, por última vez,  inspiró con tristeza y se enjugó algunas lágrimas díscolas, mientras dirigía la mirada a la puerta. Llegó a las escaleras y puso su mano en la barandilla, sintiendo el calor de sus recuerdos pasados, de su niñez, correteando por esos mismos escalones. Y se detuvo un instante frente a la cocina y los cuartos del piso de abajo, imaginándose como era todo aquello cuando aún permanecía vivo, con el aroma de los guisos y las vocecillas de los niños, en la memoria. 
 
             Por fin, salió a fuera. Los baldosines de la entrada habían sido arrancados, pero esto no le impidió revivirlos en sus recuerdos, tampoco estaba la pequeña huerta de limones y tomates que crecía junto a la puerta, aunque igualmente los sentía en su alma. Sí se conservaba en pie el viejo cobertizo, que acabó sirviendo de establo, pero una de esas máquinas infernales estaba cerca de él, para darle el golpe de gracia y reducirlo a polvo. Aún así, el roble parecía grande, gigante, como si en el último segundo se fuera a levantar para  impedir su sacrificio. Sin embargo, su sueño silencioso terminaría prolongándose hasta el fin de sus días, breves instantes. De este modo, se agachó y se puso a olisquear el suelo, como había visto a los cochinos, para acabar cogiendo un puñado de esa tierra seca y guardarla en el bolsillo. Arañó la corteza del árbol con una piedra pequeña y se la guardó, e hizo lo mismo con un manojo de hojas.
 
             A vista de los demás, esto parecía infantil. Quizás, a alguien le sirviera de excusa para llevársela de allí, para apartarla de sus ancestros. Estaba senil. Había perdido, por completo, la razón. ¡Mira que ponerse a olisquear la tierra!, ¡qué cerda!, pensarían.  Pero, a ella, realmente, no le importaba ni lo más mínimo. Su sueño, de siempre, era verse con su esposo, Paco, y morir los dos en la casa. Como habían hecho sus padres, y los padres de sus padres; así hasta cerca de seis generaciones. Sin embargo, ni lo uno ni lo otro, iba a ser ya posible. ¡Qué importancia tendría, entonces! Le habían quitado todo lo que tenía; bien poco, pero era suyo.
 
             En fin, lo aceptó con resignación, y se dirigió a sus hijos, que le esperaban desde el coche. Uno de ellos, salió nada más verla acercarse, luego otro, y enseguida, un tercero.
 
              - Mamá, ya verás como te alegras de dejar este sitio. - dijo la hija, que la tomaba del brazo, mientras  la besaba en la mejilla. - Si ya estaba muerto, desde hace tiempo.
 
         Alberta dirigió una mirada extraña e intentó sonreír, pero no pudo.
 
             - Nos han dicho que un amigo tuyo, Feliciano, acaba de morir. - señaló uno de los hijos, que venía por detrás, para hacerse cargo de las maletas. - ¡Si eres la única que queda de tu quinta!.
 
- Y ahora, a vivir la gran vida. -Dijo el otro de sus hijos.- Te hemos reservado una suite en una residencia, con cuidados en todo momento y viajes para que conozcas mundo.
 
             Nada, ¡qué no podían comprenderlo!. Qué más le daba que el pobre Feliciano, el que servía de cartero, en aquel terruño, hubiera muerto. ¡Suerte la suya!.  Ni la suite, ni todos los cuidados del mundo, ni los viajes. Lo que ella quería era vivir allí, sus últimos días, donde había visto morir a sus amigos, a la familia. Sentirse una más de ese lugar, aunque fuera pobre, seco y humilde. Pero el vehículo, por fin, se alejaba, y ella no pudo dejar de mirar por el espejo del retrovisor, al menos hasta que se había perdido la imagen por el horizonte, viendo empequeñecerse la casa, por detrás.  Sintiendo como su alma se arrumbaba en el vacío, viendo como todo acababa quieto, en silencio, y sólo quedaba romper a llorar.
 

 

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

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Published on e-Stories.org on 02/01/2008.

 

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