El príncipe no era solamente joven, sino también hermoso e inteligente, tres cualidades que rara vez se encuentran juntas bajo una corona única. Por eso no me extrañó que el príncipe ejerciera gran influencia sobre los sueños de las señoritas jóvenes. Tampoco era insignificante que el príncipe, después de suceder a su padre en el trono, haría de su mujer la reina del país. Todas estas cosas juntas eran motivo de alegría para las muchachas hermosas, cuando el príncipe cabalgaba majestosamente por las avenidas de la ciudad. El príncipe se sentía halagado por la admiración de las señoritas. De cuando en cuando, como señal de su favor, daba una rosa roja a esta o aquella de sus admiradoras, y como muchas trataban de obtener su favor, su camino estaba lleno de rosas rotas y corazones llorosos.
Cada año, el día del cumpleaños del príncipe, el rey invitaba a la gente joven del país a la fiesta. La mesa estaba preparada en abundancia. Se oía de lejos la música y la risa de los invitados. Las muchachas se juntaban en torno al príncipe e intentaban llamar su atención. Cada una se sentía afortunada si él le dirigía una mirada o aun la invitaba a bailar. Solo una de las muchachas se mantenía alejada del bullicio y nadie le prestaba atención. Sin duda, a ella también le gustaba el príncipe y una mirada suya la habría alegrado. Pero era muy tímida y también un poco orgullosa. No se abría paso hasta la primera fila y el príncipe no se fijaba en ella.
Esa noche, cuando ocurrió la desgracia, la fiesta tenía lugar. Desde hacía días el príncipe se sentía mal, pero el rey no quería anular la fiesta. La orquesta ya había sido contratada, la comida estaba preparada y el príncipe debía decidirse por una de las bellezas. El rey deseaba saber quién subiría más tarde al trono como esposa de su hijo. Cada señorita esperaba que el príncipe se decidiera a su favor y trataba de llamar su atención. Pero al príncipe no le agradaba la fiesta. Miró el ajetreo con ojos confusos. Su noble palidez había cedido el sitio a un rostro gris ceniza. Caminó con pasos apresurados hacia la puerta; antes de alcanzarla, se desmayó.
La música cesó. Los invitados salieron del salón. Suponían que el príncipe padecía una afección contagiosa y temían infectarse. Las señoritas se preocupaban por su propia salud. Una, sin embargo, se quedó: la muchacha tímida, a quien hasta ahora nadie había prestado atención. Se acercó al príncipe y le tomó la mano. Sintió apenas el latido de su corazón. Gracias a Dios, el príncipe aún vivía. Los ayudantes, llamados por el rey, acudieron y llevaron al príncipe a su cama. La muchacha los siguió, se arrodilló ante el rey y pidió permiso para atenderlo hasta que estuviera fuera de peligro. El rey estuvo de acuerdo y la muchacha velaba día y noche al lado de la cama. El príncipe dormía inquieto. Cuando se despertó de sus sueños febriles, vio, como a través de un velo, el rostro cariñoso de la muchacha. Entonces la cabeza se hundió en la almohada y continuó durmiendo el sueño de la convalecencia. Finalmente, al tercer día, la crisis fue superada. El príncipe se despertó de sus pesadillas. La muchacha, cuyo rostro hermoso había acompañado sus sueños febriles, ya no estaba presente.
Todavía débil, el príncipe salió del palacio. La añoranza lo llevó a buscar a la muchacha de sus sueños. Día tras día deambulaba en vano por las calles. No la encontraba en ninguna parte. Al pie de un muro ruinoso descubrió una florecilla que, como señal de esperanza, florecía al margen del camino. El príncipe se inclinó. Pero cuando quiso coger la flor, una sombra oscureció su mano y una voz conocida dijo: «La flor se llama No-me-olvides. Se secará si la coges». Al volverse el príncipe, frente a él estaba la muchacha de sus sueños . Su corazón palpitaba fuertemente. Después de calmarse, la abrazó con alegría y la condujo consigo al palacio de su padre. Allí se desposaron poco tiempo después. A partir de ese día la muchacha fue la reina de su corazón y del reino.
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Published on e-Stories.org on 12/28/2007.
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