Maria Teresa Aláez García

Siente

Siente, siente el amor

Comienza con una especie de calor sobre el pecho y en el interior del vientre. Es protector. Ofrece y da refugio. Confiere poder.

Siente cómo va abrazando a la persona, abraza el corazón, abraza el cuerpo, abraza la mente, abraza los latidos del motor que lleva a cada latido toda una  vida, abraza las palabras, abraza los sueños. Va dirigiendo la mirada, da un aire nuevo a la existencia. De repente nada es imposible y la realidad se rompe, aunque intenta sobrevivir y cada vez que los ojos se colocan ante el espejo  muestran a uno mismo en su miseria. Pero el amor lo soluciona todo, la ilusión tiene una fuerza poderosa que hace que todo tenga ánimo y todo salga adelante. De repente el problema físico no existe o se puede combatir con paciencia y con constancia. Siente cómo la efervescencia va abarcando cualquier hueco que quede de espacio en el físico, en las venas y arterias, en los recovecos entre neuronas. Se introduce en la sangre, pasa por todo el cuerpo, alimenta impulsos eléctricos, llena el estómago y no es necesario comer, llena la mente y no es necesario leer, llena el espíritu y no es necesario sentir. Se necesita dar hacia los demás de tantísimo contenido que invierte, que logra llenar el alma.

Se hace la persona maga, agorera, vidente, filósofa, músico, poeta, matemático, científico, historiador, todo a la vez. Los sentidos se llenan de percepciones y estímulos, hay una compatibilidad completa con el resto de los seres, de la existencia. Se produce un cambio hormonal de tal magnitud que si se pudiera reflexionar un poco en esos momentos, se notaría el ensueño de la vida como se refleja el ensueño del amor en quienes no pasan por dicho estado.

En esos momentos es cuando se deja constancia de que nadie puede percibir la realidad pura y dura porque no hay ningún cerebro standard que perciba las cosas en su estado original, siempre estará todo supeditado a la persona por mucho que usemos aparatos fríos y calculadores. Esos aparatos están construidos por hombres y por otras máquinas construidas por otros hombres y siempre tendrán un margen de error elevado para nuestro universo. Con la entrada del amor la visión de las cosas parece tan clara y diáfana que la misma luz ciega el entorno y se nos ocultan cosas que siguen siendo reales para nosotros y hay que seguir teniéndolas en cuenta. Claro que todo puede ser bueno o malo según nuestra apreciación, siempre según nuestra opinión personal. En la ilusión inicial se deja de pensar, se tiene por imposible que la otra persona pueda ser de tal o cual modo. Todo el mundo tiene ganas de ser mejor persona aunque no sea mala persona. Los defectos se mejoran para que la otra persona no pueda detectar cosas que igual ni se entera de que existen. Hay que tener una mente muy objetiva para poder ponerse por encima del sentimiento y saber ver lo que hay en la realidad, de un modo mecánico y calculador. Pasar por encima de uno mismo, del ser y estar como humano.

Siente, siente la música.

Llega hasta dentro. La frecuencia del sonido se pone en contacto con el latido del corazón. Si se tiene un fuerte temperamento, se desecha la música si no llega hasta dentro, si no se acopla al latido. Si se saben vencer las presiones y dejarse llevar, se puede adivinar qué intención tiene la obra que se está escuchando, se puede incluso sentir, imaginar o recrear al compositor en su mesa o lugar de trabajo o de oración trayendo a la tierra esas frecuencias desconocidas que pululan por las distintas energías que nos envuelven. No es necesario que esa música lleve letra para poder recibir el mensaje aunque el compositor desea dejar claro lo que significa su música y por eso marca o traduce al lenguaje humano el lenguaje divino o universal de la música a quien unos pocos han colocado un modo distinto de signatura en forma de rayas y redondeles para poder recuperar la misma composición una y otra vez, interpretarla una y otra vez, cada vez con más exigencia, cada vez con más precisión, cada vez con mayor dolor hasta llegar a niveles de paroxismo que devienen en locura y que han obligado a hacer de la música un objeto en compraventa de intérpretes y de obras, algo inexplicable, un instrumento  a su vez de selección para escalar grados imaginarios de riqueza, poder y estatus para ganar respeto y consideración. Es algo inútil porque la verdad es que el compositor no desea la perfección absoluta de sus obras sino que llegue el mensaje. El compositor ha pretendido traer hacia el ser humano algo que el universo ha colocado a su disposición y lo deja ahí para que todos podamos disfrutar de ello. En unas ocasiones es el amor, en otras el dolor, en otras la alegría, en otras la adoración, en otras su propia superación o su desesperación. Igual que los compositores - no todos los músicos son compositores - igual intención tienen el resto de los artistas creativos, no los que simplemente ejercen su arte para satisfacer la codicia ajena y la propia, que eso hay quien lo hace maravillosamente. Un artista puede reflejar su visión de una escena o simplemente la realidad fotográfica de la misma, sea auditiva, visual, táctil, gustativa, etc...

Siente, siente la suavidad.

Parece algo que se deshace entre la piel, parece que está ahí presente por el color y la textura pero no existe. Parece que se va a romper, que se deshará entre los dedos o al contacto con cualquier mínimo estimulo que la toque. Tan frágil, tan susceptible a los cambios. Posiblemente duradera pero a la vista y al tacto, tan efímera. El roce llena, provoca muchos estados en nuestro cuerpo. Puede provocar lo que se llama dentera, escalofríos en nuestra boca, en nuestras encías, un cosquilleo y una alteración en dientes y muelas que parecen más sensibles al frío, al calor y hacia lo que se está palpando. Los dientes y las muelas también son órganos y como tales, tienen nervios y sensaciones protegidos por tejido óseo, así que tienen todo el derecho del mundo a enviar mensajes al cerebro y a tener sensaciones. Se alternan las sensaciones de pesadez con las de ardor y las gélidas, así como la de parecer que se afilan, que los borden arañan los tejidos bucales interiores y que no se soporta el paso de la lengua lamiendo y erosionando esas aristas.

En la piel se eriza el vello, es decir, da una respuesta de protección hacia la propia piel, advierte de que hay algo que no entiende. Nuestra piel es un órgano sabio y práctico: no etiqueta, simplemente repele lo que no conoce o no le gusta y da una advertencia. Después ya está en nosotros el hacerla adaptarse o no, como ocurre cuando ya la palma de la mano o los dedos dejan de rozar. Entonces pasamos a la mejilla. El tacto con la mejilla habla de protección y seguridad, es una caricia de acogida y cariño, que se hace con la palma completa hacia la cara de la persona. Por eso desagrada tanto el pellizco en la mejilla, porque es una provocación, rompe la seguridad y desequilibra a la persona. El pellizco y las ganas de sonrojar la mejilla o de agarrarla a lo vivo violenta a la persona que lo recibe. En cambio dar la mano y respetar la mejilla o mejor aún, cuando ya se conoce más o se hace uso de esa confianza que da la madurez sobre la infancia, simplemente se acaricia la mejilla o el pelo, mientras el receptor lo permita, ayuda a la otra persona a acercarse y tomar partido en la conversación o la presencia. Quién cuando no ha sentido un tacto dulce como el del melocotón, el de la seda, el del algodón, no ha ido a pasarlo por su mejilla y ha sentido esa caricia que alguna vez recibió siendo menor. Esa caricia que alguna vez nos llega a todos. En la palma de la mano, mientras tanto, el intercambio de energía produce cierto cosquilleo que deja indefensa  a la persona, como si pudieran ver en uno todo lo que lleva en su interior, bueno o malo. En seguida se apresura la persona a cerrar la corriente, apretando las palmas, frotándose las manos o agarrando algo o cruzando los brazos como si la persona que tiene enfrente pudiera verla al desnudo.  Pero qué magnífico es el poder acudir a la naturaleza, a la inmensidad, levantar los brazos en alto, levantar las palmas hacia arriba, cerrar los ojos, mirar al cielo, dejar que la piel se haga dueña de la situación y sentirse inmerso en el universo con la luz solar sobre el rostro o la pequeña gota de lluvia.

Siente, siente la alegría del color.

Siente tu piel vibrar con la frecuencia de colores que puede tocar y rozar, con el aire azul del empíreo que es una gran capa que envuelve tu piel y que la colorea de tristeza a la par que de esperanza y que te hace sentir inmenso, grande, pequeño pero poseedor de una gran fortuna, siente lo etéreo de la atmósfera, siente la liberación y la atadura de la propia responsabilidad, siente que es un muro frágil que se rompe porque es de aire y de color, siente el rosa o verdoso de la primavera, el traje de las flores, la ternura de lo más pequeño y recién nacido, de lo que está blando y fácil de agarrar y de coger, lo que es terso, lo que es a veces hiriente y otras ocasiones condescendiente, siente con las nubes amarillentas, grises o azuladas del otoño, con el aire limpio del verano, con el aroma níveo del invierno. Siente el verde intenso de los pinos y de los abetos, siente el amarillo de las hojas secas, siente el rojo de la sangre y el color suave y morado de la verbena, siente el azul cobalto del firmamento secundado por las manadas de nubes que lo aborregan, siente el color anaranjado de toda presencia, siente el color rosado de la ingenuidad, siente el color azul oscuro del fondo del mar y como te llama para que uno se dirija a él como un medio de caer sin hacerse daño, de hundirse y dejarse llevar sin impunidad dado que envuelve y acoge sin miedo, cómo el pecho se llena de dióxido de carbono y se deja de respirar pero da igual porque la enorme tranquilidad que se siente es perfecta y preciosa.

Siente, siente el movimiento de las papilas en tu lengua, en tus encías, en tu paladar. Siente cómo los ácidos son expulsados de sus glándulas y acuden presurosos al paso de la comida. Siente cómo la lengua revisa cada pedazo de alimento que ha entrado por tu boca. Siente cómo en distintas zonas de la lengua, se van adivinando los distintos gustos: ácido, amargo, salado, dulce. Siente la calidez o el frescor del alimento. Siente cómo va siendo masticado con tu boca y cómo empieza a introducirse en la laringe o en el esófago. Siente cómo va ocupando el espacio al bajar hacia el estómago y cómo va llenando de calor y saciedad tu vientre. Siente la saciedad y cómo el cuerpo va entrando en una fase de sedación: se tienen ganas de dormir, algo de frío, ganas de reposar. El estómago mantiene su calor y el resto del cuerpo entra en un sopor para permitir que la digestión se realice con tranquilidad y sin altibajos ni sobresaltos: nada peor que las excitaciones cuando se acaba de comer. Ni siquiera se ha de leer para no forzar al cuerpo a realizar otra actividad y descentre su trabajo del lugar donde le ocupa. Los alimentos que han pasado por los distintos estadios bucales pueden ser de distintos tipos: duros o blandos o crujientes o pastosos o membranosos o ligeros o suaves o dulces o pesados o livianos o líquidos o sólidos e incluso gaseosos. Pueden tener un sabor apetitoso o desagradable pero que mezclado con otros alimentos, les dé un nuevo cariz. Pueden ayudar a limpiar los dientes, a mejorar la encía o a destrozar la boca y a proporcionar un dolor continuo.

Siente, siente el dolor.

Es un ácido que va corroyendo el pecho.

Siente el dolor, siente la presión en los pulmones, bronquios y garganta sobre todo, el famoso nudo que impide la libre respiración del aire y que apelotona sentimientos y dióxido de carbono a la altura de los hombros, bloqueando una vía vital de energía y de limpieza interior. Siente la amargura, se va paseando por todo el cuerpo. Siente el dolor. Es constante a la altura de los bronquiolos. Es una serpiente, se anuda en la laringe. Ahoga pero a la vez permite el paso del aire, no puede asesinar porque sería su propio fin, necesita de la simbiosis con el sujeto a quien martiriza, es un ser pasivo y absorbedor. Desespera, se sabe que se pierde un hilo, una cuerda desaparece de uno mismo, están arrancando el corazón del pecho con una cuerda, con unas tenazas enormes y frías de metal o de madera y lo estrujan al corazón y lo meten de cuajo entre las costillas y los pulmones ahí escondido.

Siente la desesperanza cómo se aferra en ti.

Siente la ruptura, siente el martillo cayendo sobre la mesa con la forma de cristal en la parte superior y siente cómo se da el golpe que no se ha querido recibir, que no se ha querido ver, que no se ha querido escuchar. Y siente el impacto, la vibración, el movimiento y el ver aparecer las grietas en la superficie del cristal, mira cómo corre y cómo se huye ante lo evidente, ante la decisión tomada que no le implica a uno pero que llena al otro, siente como las piernas se paralizan, las manos se paralizan, el cuerpo no quiere rendirse a la evidencia, el corazón engaña, la piel renuncia a sentir y el cuerpo da un giro tremendo ante lo que es evidente. El hielo se materializa en el cerebro

Siente el deseo en la parte inferior.

Siente cómo quiere vivir. Siente cómo pide caricias, cómo envía al cerebro imágenes, lo que quiere ver, ese cuerpo desnudo, esa piel inocente, quiere ese beso, quiere a esa persona. Manda imágenes erróneas para hacer caer al sujeto al que esclaviza porque quiere que se le atienda y quiere sobrevivir. Se pone por encima. Sabes que todo ésto es ilógico y se estudia el por qué. Se está en un momento de cambio, no es normal en ese momento lo que está ocurriendo. Esto pertenece al pasado, ya no es de la persona. La persona ya debe tirar cerebralmente para delante con las cuerdas de la

vida. No ha de ser una adolescente de cuarenta y tantos años sino una persona de cuarenta y tantos años. Ha de ver todos estos procesos como algo vulgar y cotidiano en la vida y no sentirlos ni escribir sobre ello sino pasar por encima y pisarlos, negarlos, a fin de cuentas son impulsos adolescente que en la vida diaria sólo aturden y hacen perder el tiempo y no se está para subidas hormonales y para perdidas de tiempo. Siente. Siente como se va apagando la vida y la juventud que aún quiere vivir dentro de uno porque sabe que no es normal. Es hora de envejecer y amargarse, de matar lo que sale de dentro o usarlo solamente para ganar dinero y aprovecharse de los demás.

Se da el salto y se pasa de todo.

Se sigue trabajando. Se sigue escribiendo. Se siguen desarrollando estrategias para ganar dinero y triunfar y ser lo más de lo más para los demás.

Mejor deja por fin de ser uno mismo. No vale para nada. Y el amor... es de ilusos

Pero el mundo necesita a los ilusos también para seguir girando.

 

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Published on e-Stories.org on 12/26/2007.

 

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