El rey era un hombre modesto, sabio y justo. No abusaba jamás de su poder y siempre cumplía sus promesas. Por eso el pueblo confiaba en él. Su hijo crecía hasta hacerse un muchacho apuesto, instruido en todas las artes y ciencias para llegar a ser un verdadero príncipe. Era hijo único y el rey lo quería de todo corazón. Por eso el padre perdonaba al hijo sus malas costumbres. Por esa razón el príncipe se volvió un muchacho frívolo. Para hacerse agradable o interesante, prometía de cuando en cuando a cada uno esto y aquello, pero no siempre cumplía sus promesas. No mentía realmente, pero no se podía confiar en sus palabras. Algunos amigos por eso ya se habían apartado de él.
Más tarde el príncipe debería suceder al rey en el trono y ser un buen soberano. Por eso el rey se inquietaba por su hijo poco fiable. Lo exhortaba a la sinceridad porque para un rey la insinceridad no es adecuada. El príncipe prometió seguir las exhortaciones de su padre y prometió no engañar a sus amigos ni seriamente ni en broma. La promesa estaba dicha, pero la tentación de quebrantarla era fuerte.
El príncipe no era ávido de dinero y bienes —su padre tenía bastante—, pero ansiaba los halagos. Algunos súbditos del rey buscaban influir en las decisiones del padre por medio de la intercesión del hijo. El príncipe se sentía halagado de ser tan importante y prometía muchas cosas; muchas veces, sin embargo, al día siguiente olvidaba lo prometido. Sucedía con frecuencia que una promesa contradecía a otra. No extraña que con el tiempo sus amigos ya no confiaran en sus palabras.
Un día, el príncipe y sus compañeros pasaban el tiempo en la orilla del río, lanzándose de cabeza al agua. Un chaparón precedente había hecho desbordar el río. La corriente era peligrosa. Pero esto no al principe impedía alejarse de la orilla. Era un buen nadador y quería mostrar su coraje. La corriente era tan fuerte que el muchacho fue llevado río abajo. Pidió socorro, pero sus amigos no reaccionaron. Pensaban que el príncipe se burlaba de ellos una vez más.
La corriente se llevó al príncipe río abajo; no sé por dónde. Nunca jamás volvió nadie a verlo. Seguramente habrá llegado a orillas seguras, porque era un nadador excelente. Pero es seguro: jamás llegó a ser rey.
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Published on e-Stories.org on 12/16/2007.
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