A un estanque escondido en medio del bosque, de orillas cubiertas de cañas, no llega ningún ruido del mundo. A veces un pez salta del agua. La luz del sol, filtrada por el follaje, pinta manchas doradas sobre el musgo. Las ramas de los árboles se inclinan hasta tocar el agua. Durante el día el bosque resuena con el trino de los pájaros y, al ponerse el sol, las ranas empiezan a croar. Allí ocurrió lo que voy a contar.
Una noche, cuando la luna se espejaba en el agua, un ruiseñor voló a una rama junto a la orilla. Para atraer a su amada entonó un canto que tocó todos los corazones. Los animales callaron y escucharon la voz hermosa. Una rana, abajo en el lodo, creyó saber cantar como el pájaro y quiso mostrar su arte. Trepó con esfuerzo de rama en rama hasta llegar, sin aliento, cerca del ruiseñor. En una pausa, cuando el pájaro calló por un momento, la rana levantó su voz.
El ruiseñor se sobresaltó ante el griterío y casi habría caído de su rama. por fortuna conservó el equilibrio, voló a la punta del árbol y siguió cantando. La rana no se rindió. Intentó seguirlo, se lanzó desde su rama, pero cayó abajo en lugar de elevarse, aunque intentó remar con las patas traseras como el pajaro con sus alas. De haber caído en una piedra, no habría sobrevivido. Por dicha cayó al agua y el golpe solo le produjo dolor de vientre. Un buen rato permaneció inmóvil, escuchando su pulso, y pensó que estaba muerta. Cuando se convenció de que seguía viva, nadó deprisa y se escondió bajo una hoja de nenúfar.
Desde aquel día la rana se quedó en su elemento. Nadie sabe nadar ni bucear como ella, pero nunca volvió a intentar cantar ni volar como un ruiseñor.
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Published on e-Stories.org on 12/09/2007.
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