Maria Teresa Aláez García

Porque tú me has requerido.

Una mirada fija en mi mirada.

Unas pupilas que no vacilaron a la hora de mantener fija la vista en mis ojos.

No había amor. No había sexo. No había amistad. No había ntendimiento.

Tú hablaste y yo escuché.

Lanzo mis mensajes al viento. Da igual quien los lea, quien los ecite, quien los escuche. Da igual si permanecen ignorados y scondidos bajo la telaraña de chispas eléctricas y cortocircuitos del cerebro y de la red. Da lo mismo que brillen estelares en la materia gris. Nuestro cerebro, un cielo de mil estrellas, chispas de número indefinido que forman el pensamiento.

Sólo saco esas chispas, las codifico y las lanzo en la cometa invisible que recorre derroteros archiconocidos por todos e igualmente ignorados.

No espero respuesta. No espero actividad. No espero nada.

Simplemente miro al vacío y los lanzo pero sin afearlo. Ya encontrarán su lugar.

En este momento están encontrando su lugar ante mi imagen. Perfilan mi espejo anímico. Configuran un nuevo estado del alma.

Me iba a ir.

Necesitaba recorrer el más allá en ondas rojas de ira, negras de celos y vísceras, grises y anodinas, blancas de impureza. Penetrar en el laberinto por el agujero abierto en el muro de ladrillos rojos. Un muro que está dejando de ser impenetrable:alguien ha abierto un boquete en su parte inferior.

Y más allá estaba el vacío, lo desconocido. El miedo me dirigía allí. Debía de perder ese miedo, debía de buscar lo ignorado dentro de mí y luchar contra mi propio vértigo.

Me hubiera marchado hoy. Sin decir adios, sin suspiros, sin risas ni lágrimas. Sin preparar el equipaje, sin dejar todo arreglado para que la codicia humana no destrozara lo que más amo. Pero por una vez me
daba igual. Confiaba en que El lo cuidaría hasta el último momento.

No me hacía falta ni maleta.

Sólo era echarme y dejar que todo actuara según lo convenido. Mi bagaje iba desordenado en las espirales de mi pensamiento, en el laberinto de mi ignorancia, en el fuego de mi vientre.

En silencio. De noche. Poco a poco. No me hubiera importado.

Y entonces recordé tus palabras. Unas palabras que en otro momento son vanas, son solamente un recuerdo, un aviso.

Pero resultó que tus palabras fueron dirigidas en su última frase a mis ojos. Y cuando me marché, me seguiste con la mirada.

Y no había amor ni interés ni sexo ni amistad.

Pero encontré algo a lo que no he dado nunca valor. Al acercamiento.

Total, no valgo para nada. Sólo acumulo materia y más materia, teoría y más teoria en mis celdas de proteínas. Pero cuando llega la hora de ponerlo en práctica, mis miembros no responden, la inseguridad se
aporeda de mí, el miedo escénico me agarrota las articulaciones y me quedo callada e inmóvil. Vamos como siempre. Como siempre que nadie da un duro por mí. Y como siempre, tu reacción fue la lógica: dejarme de lado. Así que la mía fue, por consiguiente, la esperada: pasar a otro tema.

Y antes de salir, lo dijiste:

"El martes 21 os quiero a todas aquí. No me faltéis ninguna."

Y me miraste y lo volviste a repetir. Fijamente. A mis ojos. A mi cerebro. A la parte aquella que permanece dormida para siempre y que se resiste a despertar.

"Ninguna. ¿Entendido?"

Te respondió mi compañera. "Hombre, si hemos de ir al médico o por algo urgente..."

Y volviste a decirlo.

"He dicho ninguna. Os quiero a todas aquí." Y volviste a clavarme la mirada.

Y, como tengo por costumbre, la volví a otro lado y esas palabras pasaron desapercibidas. Vamos, a ver quién te has creído que eres para decirme que vaya obligatoriamente. Ni que viniera el inspector. Como mi hijo se ponga enfermo, te aseguro que no voy.

Y al llegar a mi casa mi hijo estaba lleno de pequeños granitos rojos.

Y tras curarlo y asegurarme de que no le pasaba nada, que sólo eran pequeños picotazos, fuimos al colegio y su maestra me echó la bronca por dedicarme a hacer cursillos del paro para poder trabajar en algo
y no quedarme en mi casa mientras el niño está en el colegio.

Y mi hermana me sablea un dinero que no tengo para costearse la gasolina del coche en lugar de ponerse a trabajar.

Y el resto de los maestros de mi hijo ni siquiera me dirigen la palabra. Ni las madres de sus compañeros. Solo dos madres y un antiguo alumno mio que se alegro de verme para decirme que estudia sociología.

Y mi marido se enfada por no tenerme con la pata quebrada y en casa y mi hijo no hace más que pegar alaridos y llorar cuando vamos por la calle.

Y las deudas no dejan de venir a casa y pasearse y engordar y aumentar.

Y yo estoy cansada,cansada, cansada...... muy muy cansada.

Tan cansada, que por una vez sentí que todo era innecesario. Las deudas, la familia, la gente, el curso, el cariño, mis espectativas, todo.

E intenté colarme por ese agujero que se había abierto en la parte inferior del muro. Pero no quepo. Estoy muy gorda. De obsesiones, de espectativas malogradas,de trabajos sin futuro, de llevar la carga de
los demás. Así que pensé simplemente en dejarme llevar.

Lejos.... lejos..... en la oscuridad.

Volar en el infinito. Un fondo oscuro, sin estrellas, sin vacío, sin nada. Permanecer horizontal para siempre. Sentir la paz de quien no desea nada, de quien no quiere nada, de quien no ansía nada. De quien no sufre, no siente, no padece.... Ya da igual que haya o no haya luz al final....

Y vinieron de esa parte de atrás que nunca se mueve, tus palabras. De esa parte dormida que por fin reaccionó ante mi intento de fuga cerebral.

"Ninguna."

Está bien. Si Dios quiere, el Dios en quien tú no crees, quiere, allí estaré.

Sixteen tons. José Guardiola.
 
 

 

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Published on e-Stories.org on 11/18/2007.

 

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