Maria Teresa Aláez García

Despedida

Siempre acaban igual los sueños.

Acaban.

Acaban y dejan ese sabor de deseo  de que no se acaben, de ganas de algo más, de una continuidad al dia siguiente o a los días o a la semana o al mes o al año.

Pero acaban.

Bien o mal. Mejor o peor. Como uno desea o para desesperación de quien los sueña.

Terminan.

Dejando ese sabor amargo, esa desazón, ese pesar, incluso cuando el final del sueño es satisfactorio, porque se desea ese momento pequeño de gloria para poder seguir disfrutando de ese momento irreal, onírico, deseado pero intocable, esa tristeza, ese pesar, ese llanto, esa rotura de corazón, ese resquebrajamiento de alma, ese cristal rojo lleno de sangre, lágrimas y virutas de cristal tras haber sido cepillado y pulido por el sufrimiento y la constancia.

Finalizan.

Sean de noche, sean de dia, vengan acompañados de suspiros y esperanzas, sean pesadillas que no tienen donde culminar, sean en la vigilia, sean en la vida real o en la virtual.

Mueren.

Por más que lo deseemos, vamos olvidando. Dejando atrás un roce cariñoso en la cintura de alguien a quien no hemos conocido en la vida. Los suspiros de quien nunca ha sabido de nosotros. Las desidias de quien ha sufrido por causa nuestra sin saber nuestro nombre

Fenecen.

Una semana, un mes, dos, un año, diez años de ilusiones que parece que no tengan fin, que se tiene miedo de disfrutar porque se sabe que esa situación no pertenece a este mundo sino a las hadas y los duendes que en un universo paralelo pueblan nuestros sentimientos con sus casitas de hongos y sombreros de copas.

De este modo va muriendo y renaciendo todo nuestro mundo, todo el entorno finito. Muriendo y renaciendo eternamente, en cada momento, donde también se van cerrando y abriendo puertas, donde se dicen palabras, se regalan hechos, se entregan nostalgias y confidencias para qué, para que luego acaben en una papelera escritas sobre sepia y oro para que quede muy bonito, bien escrito y memorable para la humanidad.

El corazón vuela. Y la mente vuela.

Y el sueño se marcha con su carga crítica sin tener en cuenta el por qué, cómo, cuándo y el dónde. Se desvanece, se difumina, se fusila a si mismo aun en contra de la libertad de su dueño. Se escapa de una jaula de oros y prefiere la de varas de metal y tejado de madera. y decimos adiós. Porque nunca se tiene el tiempo suficiente de explicar a nuestros sueños lo que nuestros sentidos ven y disfrutan. Además los sueños y los sentidos siempre están discrepando. Pocas veces se ponen de acuerdo.

Al acabarse, se rompe el hilo con la conciencia y la maroma de la inconsciencia. Deja un hálito de inseguridad y una impresión de dejarnos caer en un hoyo negro, oscuro, por donde nos tiramos, chocándonos con piedras imaginarias, enredándonos en los espinos de la nostalgia, ensuciándonos con llantos de arena roja blanca, y fluyendo hacia un vacío sin fin donde, en un principio, nos sentimos desesperados - todos sabemos que en el vacío absoluto se muere instantáneamente y nada es más agobiante que una caída en una oscuridad sin fin, dejando atrás todo lo conocido y sin saber a dónde vamos a parar porque, efectivamente, llegaremos a parar a algún sitio -.

Hay sueños que se pueden controlar. Otros que no.

Los que la vida pone al alcance de la mano desde diversos lugares: sueños materiales, sueños personales, sueños sentimentales - se pueden controlar con el comportamiento, con la paciencia y la constancia, con el corazón, el cariño y el intelecto. Los que el cerebro desarrolla a partir de los diversos estímulos recogidos en el cerebro y las tareas que realice a partir de estos se pueden controlar relativamente. Los que discurren durante el período de descanso, no.

Y todos tienen final.  El final de los primeros puede ser o no controlado, depende de nuestra labor y de los deseos ajenos. En ellos intervienen las expectativas. En el caso de los segundos y los terceros, siempre interviene el grado en que nosotros trabajemos algo, reflejado en nuestros deseos oníricos, o lo que la naturaleza o el despertador quiera ofrecernos.

Este tipo de sueños nos da poder. El poder de regalarlos, romperlos o conservarlos, según las necesidades propias y ajenas. Y aunque no se pueda decidir sobre la vida ajena si se puede pensar en como afecta lo otro sobre nosotros y actuar en consecuencia. Y como afecta lo nuestro sobre los demás, y pensar en si es lo mejor o peor. Entonces, siempre poniendo el bien sobre el mal, se decide que algunos sueños tienen que terminar porque por un pequeño sufrimiento nuestro, otorgamos mayor felicidad a los demás. Y no suele ser errónea esta deducción. Otra cosa son quienes por ímpetu, autoridad o egoísmo rompen los sueños ajenos sin tener en cuenta más que su propio beneficio y lo que ellos quieren o no desean hacer. Quienes solo ellos quieren disponer de sus vidas sin tener en cuenta que de ese modo también disponen de las ajenas y viceversa. Entonces hacen y deshacen como quieren, obligando en ocasiones a sufrimientos sin sentido sobre las personas o seres que confiaron en su buena fe y cordura. Porque cuando un sueño se rompe y al margen del pequeño sufrimiento se nota un bienestar y un alivio, se agradece. Pero la ruptura y la crueldad "porque yo lo mando" se evidencian y maltratan de modo gratuito.

Adiós a dos o tres de mis sueños. Adiós y hasta pronto a la vez porque no es posible sacaros de mi vida. Tengo que estar presente para que sigáis existiendo y para que unas personas necesitadas de ellos, vivan en paz y sepan caminar en un viaje más largo que el que a mi me queda. Adiós y que seáis siempre como habéis sido hasta ahora. Al sueño que se me ha roto, espero poder en breves momentos levantarte y si no, continuare contigo el camino hacia el exilio y estaremos siempre el uno con el otro.

LEUCEMIA. El espejo de los sentenciados. http://es.youtube.com/watch?v=whLxayFy3IQ

 

 

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Published on e-Stories.org on 11/02/2007.

 

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