Jona Umaes

ĦĦĦOjala nunca te hubiera conocido!!!

—¡¡¡Ojalá nunca te hubiera conocido!!! —dijo Cristina a su marido, en una ataque furia y dolor, tras descubrir que tenía una amiga. Fueron años de ocultación sin la más mínima sospecha por parte de ella.
         Héctor era un hombre de carácter totalmente contrario al de su mujer. Cristina era abierta, sociable y de gran sensibilidad hacia el prójimo. El dicho que los polos opuestos se atraen se cumplía a la perfección, la pareja era la prueba llevada al extremo. Todo lo bueno de ella estaba ausente en él, y al contrario, las fortalezas de él eran las debilidades de ella, esto es: serenidad,  ecuanimidad, economía y razón. Solo así se podía entender la respuesta fría y pausada ante la explosión de ella.

—¿En serio? Me pregunto que hubiera sido de tu vida si no me hubieras conocido. Solo tienes que mirar a tu alrededor.
—¡No hablo de eso! ¡Me has estado engañando todo este tiempo! No sé cómo no me di cuenta antes.
—Muy sencillo. Porque te quiero, siempre te he querido. Alicia solo me ha dado lo que tú no tienes y yo necesito: respeto y valoración, cosas que eres incapaz de darme porque das por hecho lo que tanto trabajo me cuesta conseguir.
—¿Que te cuesta trabajo? Si pasas todo el santo día sentado en tu magnífico sillón recibiendo a peces gordos con sus despampanantes secretarias—. Héctor estaba tan habituado a escuchar esos reproches que ni se inmutó al escucharlos, lo cual enfureció aún más a Cristina.

          Hago un inciso en este momento tan cotidiano para comentar sobre el tema que nos ocupa, y es que el mundo es un espacio infinito de realidades producto del causa y efecto de nuestras acciones, sin olvidar al libre albedrío. Si has leído algo sobre el "Efecto mariposa" o incluso la "Mecánica cuántica", en ambas teorías se habla de la acción y la consecuencia. La vida real no es más que eso, cada persona está conectada con otras, todo lo que hacemos tiene una consecuencia que a su vez afecta a otras personas y estas, a su vez, actúan respecto a esa consecuencia y así infinitamente. Por lo que se infiere que nuestras elecciones afectan a nuestro futuro y al de los demás, dando lugar a miles de posibles realidades. Es algo que está ahí, pero que no nos paramos a pensar, ya que cada cual está pendiente de sus asuntos y de su entorno más próximo. Ejemplos simples son: semáforos que nos detienen, salvándonos de un accidente segundos después, o secretos que, de no haberlos sido, hubieran cambiado la historia de una familia. Un boleto de lotería premiado que no pudimos comprar por cruzarse otro asunto en ese instante. Un tren que no cogimos y que podría habernos cambiado la vida por completo. 
          Este relato comenzó con una discusión de pareja. A veces hablamos con las tripas, en caliente, sin pararnos a pensar a causa del dolor o la ira. Héctor lo veía desde su punto de vista, con más perspectiva y sin la intensidad de su pareja. A veces, plantear las cosas desde los extremos, nos hace ver más claro.

—Es mi trabajo, del cual salen los dineros que tú gastas. Las circunstancias en las que lo realizo no deberían importarte. Dime, ¿qué te falta? ¿Hay algo que no te dé? ¿Necesitas más cariño o amor? El único que tiene alguna carencia en este matrimonio soy yo, y como tú no me lo proporcionas, me lo busco fuera. Así que, no quieras acaparar toda mi vida y disfruta de lo que tienes, que no es poco.
—¡Eres odioso! ¡No te soporto! ¿Acaso yo no hago nada en esta casa?
—No lo pongo en duda. Al contrario que tú, que ninguneas mis esfuerzos por que tengamos el mejor hogar posible. ¿Cuántas mujeres querrían tan solo la mitad de lo que tú tienes? Te mostraré lo poco me valoras.

          De repente, la figura de Héctor se difuminó ante la mirada atónita de Cristina. Le siguieron las fotos de sus hijas y de momentos en familia que igualmente se desvanecieron de paredes, mesas y aparadores. Hasta recuerdos con su mejor amiga posando en multitud de escenas, la cual conoció en uno de los muchos eventos que acudía con su marido. Su título de psicóloga, que obtuvo gracias al apoyo de él, se derritió como cera caliente; una profesión que jamás ejercería dada su naturaleza permeable. Paulatinamente, mueble a mueble, estancia tras estancia, fueron desapareciendo y convirtiéndose en lo que era el apartamento que tenía alquilado cuando era estudiante. Todo aquello sucedió en cuestión de segundos, viéndose finalmente reflejada ante el espejo con treinta años menos. Lo único bueno que tenía todo aquello es que volvía a estar fresca y lozana, sin las arrugas del paso del tiempo.
Ahora se encontraba de nuevo sola y con la memoria de todos esos años que aún no había vivido. Se sentó en la cama intentando asimilar lo ocurrido.
        A pesar del dolor que le había infligido su marido con el engaño, seguía amándole. Ya no se trataba del status alcanzado, ni de sus hijas. Era toda una vida junto a él, de buenos y malos momentos, que se habían esfumado no sabía cómo. En ese momento de su vida, tan solo tenía un pretendiente de la facultad que la llamaba puntualmente a las diez de cada noche, y con el que charlaba de temas insustanciales.
         Se incorporó de la cama y miró en qué día se encontraba. Era un diez de noviembre de 1995. Recordaba especialmente aquel día porque fue cuando conoció a Héctor en una fiesta universitaria. Se celebraba en el parking de la facultad de económicas, la carrera que él estudiaba por entonces y que estaba a punto de terminar. Tenía un par de horas para arreglarse, aún recordaba que aquellas fiestas comenzaban sobre las once de la noche. Por entonces salía con su amiga Claudia, también estudiante de psicología, y otras amigas de clase. Ya no recordaba su número, buscó la agenda que guardaba en el cajón del escritorio. El timbre del teléfono la interrumpió, sonó insistente hasta que lo cogió.

—Hola Cristi. ¿A qué hora me paso a recogerte?
—Hola. Pues, como siempre, a las menos cuarto. ¡Qué alegría volverte a escuchar!
—¿Cómo? ¿Qué te has tomado? La fiesta aún no ha empezado, ja, ja, ja.
—Nada, boba. Cosas mías. Te espero. Hasta luego.

          Mientras terminaba de arreglarse pensó en sus hijas, las echaba de menos. Se preguntó si no pensarían en ella. Luego se dijo que era una tonta, no había caído en que ellas no podían existir en esas circunstancias. Aquellos recuerdos de su futuro eran a la vez tortura y acicate para volverlos realidad. Tener que revivir esos treinta años se le iba a hacer muy cuesta arriba, pero ¿qué solución había? Estaba atrapada y solo podía forzar de nuevo su futuro para recuperar todo lo que había perdido. Se le saltaron las lágrimas solo de imaginarlo, era un golpe duro.
          Claudia la recogió a la hora convenida. Los viernes, a esas horas, el tráfico era terrible, los jóvenes salían en tropel a pasarlo bien en los sitios de marcha. Al llegar a la universidad, aún quedaba bastante sitio donde aparcar. Era temprano aún, no había prisa por empezar, pues todos trasnochaban. Por el camino, el hecho de que ambas amigas no pararan de hablar, hizo que Cristina desconectase por unos momentos de sus preocupaciones.
          Ya en la fiesta, Cristina no hacía más que mirar a su alrededor en busca de Héctor. Aún no se conocían, pero ella sabía que su encuentro se produciría allí mismo. Ansiaba encontrarlo como agua en el desierto; estaba en juego el resto de su vida. Al fin lo localizó entre la multitud. Cogió a su amiga de la mano y se la llevó para estar cerca de  él, sabía que la abordaría de un momento a otro. Él oteó el horizonte en busca de alguien que le llamara la atención y finalmente fijo su mirada en ella. Ambos sonrieron, como si ya se conocieran. Fue esa sensación de familiaridad que se tiene cuando ves a alguien que te gusta. Él se dispuso a avanzar hacia ella cuando un amigo de su grupo le cogió del brazo y tiró de él. Cristina vio como se alejaban hacia otro grupo de chicas. Le iba a dar un ataque, aquello no podía ocurrir, debían conocerse como fuera. Desesperada, tiró de su amiga; le dijo al oído que había visto un chico que le gustaba y tenía que acercarse. Se colocaron justo delante de ellos, pero Héctor ya estaba hablando con otra y no levantó la mirada. Se olvidó por completo de ella.
          En esos momentos, Cristina se quedó bloqueada. No sabía qué hacer y sucedió algo extraño. Lo que antes recordara de su futuro como si fuera ayer, comenzó a desaparecer. Tenía lagunas que impedían conectar momentos, como un rollo de película al que se quemaran algunas tomas. Su rostro parecía reflejar su estado de ánimo.

—¿Qué te pasa, Cristi? Tienes mala cara.
—No es nada. Creo que me ha sentado mal lo que piqué antes de salir de casa —Claudia sabía que disimulaba.
—¿No será por ese chico?
—No, no. Me gusta, pero hay muchos otros. Seguro que conocemos a alguien. Vamos a la barra.

          Cuando su amiga la dejó en casa, su cara era todo un poema. Ciertamente, era muy tarde y el cansancio hacía mella, pero había algo que le pesaba cada vez más. Había perdido gran parte de sus recuerdos y le aterrorizaba ver cómo se le escapaba su futuro. Al cruzar la puerta de su casa fue directa a la cama donde se echó a llorar desconsoladamente.

—¡Mis niñas, no! ¡Por favor! ¡Me da igual el resto, pero que no me quiten a mis niñas! Se durmió de agotamiento, las emociones la estaban consumiendo.

         El sonido del despertador le hizo dar un respingo en la cama. Héctor, que salía en ese momento del baño, se secaba la cara recién afeitada.

—¿Qué te ocurre? Te has incorporado como un resorte—. Ella no podía creer que todo hubiera sido un sueño. La alegría le iluminó el rostro a ver Héctor.
—Un mal sueño. Si te contara lo que he soñado, no lo creerías. Era todo tan real.
—¿De qué se trataba?
—Tuvimos una discusión porque tú tenías una amiga de la que yo nada sabía, y a partir de ahí, todo fue un torbellino que me atrapó—. Héctor se quedó cuajado al escuchar aquello. Pensó qué clase de brujería era aquella que reflejaba la realidad en los sueños. Cristina no lo notó, él nunca exteriorizaba nada de lo que sentía.

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Published on e-Stories.org on 10/20/2025.

 
 

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