Jona Umaes
Salto en el tiempo
Transcurría una jornada más en la vida de Diego. Se dispuso a recoger las cosas de su despacho para regresar a casa. Había agotado por completo su batería, a pesar de ser un hombre de mediana edad; el cúmulo de malas noches le estaban pasando factura. Sufría de despertares nocturnos a causa de ahogamientos tipo apnea, aunque sin llegar a serlo, según los médicos. Todo era debido a la ansiedad, que se había acentuado a raíz de su separación, unos meses atrás. Hacía poco que tomara la decisión de retomar el deporte, acudía a su trabajo en bicicleta, en primera instancia porque había descubierto que le sentaba de maravilla y, por otro lado, mitigaba, en parte, el gasto en gasolina diario. Y es que ya no se trataba únicamente de la mochila emocional, sino de economizar lo máximo posible, ya que sus gastos se habían disparado a raíz de la ruptura familiar.
Como de costumbre, su mente, mientras pedaleaba hacia casa, divagaba en los asuntos de la mañana, y, a veces, encontraba las soluciones que buscaba, simplemente por el hecho de alejarse de bosque y ver las cosas desde otra perspectiva. Al llegar, fue a dejar la bicicleta en la primera habitación cuando quedó petrificado al no reconocerla. Las cosas estaban cambiadas de sitio, la cama había desaparecido, y libros que no reconocía, se amontonaban en los estantes. El armario estaba colocado en otra pared, por lo que tuvo que pensar un momento dónde colocar la bici para que estorbara lo menos posible. Mientras tanto, creyó escuchar sonidos que provenían de la cocina, lo cual le alarmó. El corazón se le puso a galope, pues siempre le recibía el silencio de la casa. Cogió una raqueta colgada de la pared y se dirigió a la cocina empuñando el 'arma' para enfrentar a quien andara por allí. En el camino, no percibió los cambios que había experimentado la casa.
—¿Quién es usted? ¿Qué hace en mi casa? —dijo, entre amenazador y desconcertado.
—¿Pero, qué hablas? ¿Qué haces con esa raqueta? ¡No tiene ninguna gracia! ¡Anda, descansa un poco, que ya mismo comemos! —dijo la mujer, en tono familiar, sorprendida por la actitud de su pareja. Él se quedó mudo por la cercanía mostrada hacia él. Bajó el brazo amenazante, y se dio media vuelta. Fue entonces cuando se fijó en los cuadros de las paredes; todo estaba distinto. El baño, sin embargo, no había experimentado cambio alguno, no así el salón, que ahora era el dormitorio; el mobiliario era del todo nuevo para él. Finalmente, se dirigió a su antigua habitación, convertida en salón; le tranquilizó ver su sillón de siempre, era como una isla en aquel mar desconocido. Se sentó con las piernas en alto, como acostumbraba; su mejor momento del día. Allí echó la cabeza hacia atrás e intentó asimilar tanto cambio.
Tras calmarse un poco y pensarlo detenidamente, decidió adaptarse y dejarse llevar en el escenario en el que se veía inmerso, a la expectativa de acontecimientos. Luchar contra la corriente sin un plan, era poco inteligente. Regresó al baño y, mientras se lavaba las manos, vio su reflejo en el espejo. Como si una escena de morphing se tratara, vio transformarse paulatinamente su rostro. Las líneas crecían y se marcaban, formando surcos. Su mirada pareció apagarse, cayéndole levemente los párpados. El flequillo retrocedió unos centímetros. Al terminar de secarse las manos, notó la textura de su piel más rugosa.
—Perdona lo de antes —dijo a la mujer, una vez volvió a la cocina—. Me siento raro, creo que el golpe en la cabeza de esta mañana me ha dejado algo aturdido— mintió, para normalizar la situación.
—¿Golpe?, déjame ver. No veo nada. ¿Dónde te has dado?
—No te preocupes, ha sido poca cosa.
—¿Y, qué forma de llegar es esta? ¿No me vas a dar un beso? —se quejó, Mónica.
—Yo... —Diego se quedó cortado—, acabo de decírtelo, estoy desorientado—. Le dio el beso para no levantar sospechas, aunque por la expresión de la mujer, no lo hizo como acostumbraba.
—¡Sí que estás raro! ¡Te comportas como un extraño!
Después del almuerzo, en el que ella le habló de cosas que debía conocer, pero de las que era totalmente ajeno, se fue a su sillón. En la ocasión anterior, ofuscado como estaba, no se había percatado de que había cedido en firmeza con el paso de los años. De cualquier forma, era donde más a gusto se encontraba; se relajó recapitulando lo que había escuchado durante la comida. Fue su primera puesta al día, aún le quedara todo por descubrir. Le entró la modorra, y antes de quedarse dormido, pensó que todo aquello debía de ser una pesadilla, que al despertar todo volvería a la normalidad.
No fue así. Cogió su móvil, el cual también se había transformado en uno con pantalla más grande: por lo demás, todo funcionaba de la misma forma. Como era su costumbre, consultó el tiempo. La página indicaba el día correcto, pero no así el año, 2025. Para él era el 2015. Diez años de diferencia que le sentaron como un golpe en la boca del estómago. Sin poder creerlo, buscó las noticias del día. No se trataba de ningún error, se encontraba diez años adelante en su vida. Muchas de las noticias hablaban de la IA, sin tener la menor idea de lo que se trataba. Tras varios artículos, supo que era como un ayudante que explicaba de forma amena la información que se le pedía. Pensó que, de alguna manera, había perdido 10 años de su vida, que no sabía nada de ellos ni de las consecuencias que esto tenía. Se le ocurrió abrir Google fotos, nunca le vio la utilidad, pero en ese preciso momento le venía de perlas. Podría consultar momentos de su vida en los últimos años, de la que no sabía absolutamente nada. Así descubrió que había tenido 3 relaciones desde que se divorciara. Viéndose junto a aquellas mujeres, tan feliz y en lugares tan distintos, nunca lo habría imaginado. Era una sensación extraña, pues, salvo una, el resto no eran de su tipo. Nadie le había enseñado, en toda su vida, que el amor no surgía de la simple apariencia, sino del contacto, la interacción y las circunstancias del momento. Algo había sospechado en su pasado, cuando viera, por casualidad, y con la frialdad de la distancia y el tiempo, alguna imagen de una de sus ex. Entonces, se preguntaba qué era lo que le había empujado a estar con esas personas. Era exactamente lo que sucedía en ese mismo momento. Se suponía que estaba enamorado y quería a la mujer que se encontraba en su casa; sin embargo, no sentía nada de eso. Debía fingirlo y ganar tiempo, aunque se le antojaba tarea harta difícil.
Queriendo ahondar más en su pasado, abrió la aplicación de Amazon. Ya por entonces compraba a menudo en esa plataforma, la cual guardaba un historial de las compras realizadas. Aplicó el filtro de los últimos años y miró con curiosidad la larga lista que aparecía ante su vista. Fue un poco más atrás, hasta 2015 y reconoció los auriculares que había comprado recientemente, entre otras cosas. Por un momento, le reconfortó ver aquellas compras, como si fueran el único hilo que le unía a su verdadera vida.
—¿Piensas estar toda la tarde sentado con el móvil? —le interrumpió Mónica. Supo que era de Ronda por las muchas fotos en la casa en que ambos aparecían en esa ciudad. También por fotos con sus padres, en lugares que él reconocía por haber vivido, en su niñez, por aquellos lares.
—Vamos a tomar café en los Tejeringos de la esquina. Me apetecen unos churros —dijo él.
—¿A qué esquina te refieres? Allí solo hay una tienda de chinos. Ha tenido que ser fuerte el golpe que te has dado, te tiene que ver un médico, parece que estés ajeno a todo.
—¿Un chino? No puede ser. Bueno, da igual, tomemos el café donde sea.
Salieron a la calle y él la tomó de la mano. Tenía una forma peculiar de hacerlo, y al no ver mala reacción de su parte, pensó que al menos eso continuaba siendo igual. Observó el entorno mientras caminaban. Aunque muchos coches eran los mismos de hacía diez años, otros lucían más grandes y altos, incluso los utilitarios. Algunos vehículos no hacían nada de ruido, hecho que constató al salir de la casa, cuando se pegaron un buen susto al no notar uno que se acercaba con un tenue ruido eléctrico. Ya por 2015 se empezaban a escuchar noticias de los primeros coches eléctricos, pero al parecer en esos diez años se habían extendido enormemente, aunque la mayoría seguían siendo de motores de combustión. Le hizo gracia la gente en patinete, incluso adultos ya entrados en años los usaban. Quizás, años atrás ya hubiera, pero él no tenía noticia de ello. Iban muy rápido, sin protección, y algunos se mezclaban con el tráfico en las carreteras en vez de ir por los carriles bici. Le alegró ver que en la ciudad los habían habilitado por casi todas las vías importantes. Para él, como usuario de bicicleta, era algo muy positivo. Sin embargo, no le gustó la cantidad de coches en las calles; notó que había aumentado sobremanera; muchos eran conducidos por jóvenes mujeres. Antes, la cifra de chicas en coche era puramente testimonial, siendo más habitual ver a mujeres más maduras, al menos en su ciudad.
—¿Qué tal el trabajo hoy? —preguntó ella, con la taza en la mano.
—Bien, lo de siempre. El teléfono no ha parado de sonar, he podido hacer poco de lo que pretendía. He notado que mientras más suena el teléfono, más rápido pasa el tiempo, ja, ja, ja.
—Sí, suele pasar. Es el hecho de hablar con la gente, de escuchar sus problemas y salirte de los tuyos, lo que hace que se distorsione el tiempo y parezca que avanza más rápido. ¿Y la reunión que tenías con tu equipo? ¿Cómo fue?
—¿Equipo? -en ese momento se detuvo y tomó un sorbo para procesar lo que acababa de escuchar. Él era un simple empleado, no tenía nadie a su cargo, pero quizás en esos años su situación pudo cambiar. Decidió seguirle la corriente con una respuesta vaga, para no pillarse los dedos con una inconveniencia. —¡Ah, sí! Tuvimos que acortarla, ya te digo que ha sido una mañana muy ajetreada.
—¿Y tú, qué tal? —preguntó abierto, para tirarle de la lengua. En realidad, no sabía nada de ella. Apenas obtuvo algunos detalles por lo que hablaron en el almuerzo. Él no era una persona muy habladora, menos aún cuando estaba falto de energía. Ella, al contrario, hablaba por los codos. Bastaba con demostrarle algo de interés para que siguiera hablando, lo que, por otro lado, a Diego le venía de perlas para ponerse al día.
—Esta tarde iré a casa de mis padres un rato —Diego cambió de tema.
—Vale, yo iré mientras a probarme una blusa que vi el otro día. Iba con prisa y no pude detenerme.
El barrio donde vivían sus padres no había experimentado cambios significativos. Más tráfico, como en el resto de la ciudad, y nuevos negocios frente a la vivienda. Tenía llaves del portal, no solía avisar cuando iba, puesto que siempre acudía a determinados días. Mientras subía la escalera, el no saber cómo encontraría a sus padres tras esos años, le atenazó el corazón, a la vez que le producía una gran alegría el volver a verlos. Cuando abrió la puerta, entró al salón. Su padre estaba sentado en el sillón frente al televisor.
—Hola, papá. ¿Cómo estás? —dijo, mientras le daba dos besos.
—Aquí andamos. Como siempre, pasando el tiempo —contestó, con una sonrisa por la alegría de la visita. Tras diez años, su rostro lucía enjuto y surcado por mil arrugas. Diego no se perdonaba los años ausentes, aunque no tuviera culpa de ello. Era como si le hubieran arrancado un trozo de su vida y notase el hueco dentro de sí, con aristas clavándosele en las carnes.
—¿Y mamá? ¿Por dónde anda? -Obtuvo silencio por respuesta. Su padre nunca fue muy expresivo, pero el escuchar aquello le desencajó la expresión. Entre incrédulo y apenado, miró a su hijo con ojos vidriosos, al tiempo que severos. No se esperaba aquella pregunta fuera de lugar. Finalmente habló.
—¿Qué te ocurre? Te noto distinto. ¿Va todo bien?
No hizo falta más. Diego se levantó con tal angustia que le quemaba el pecho. Recorrió la casa en busca de la madre, como un crío cuando se ha hecho daño, y llama a su mami desesperadamente. "¡Mamá, ¿dónde estás?, he venido a verte!" Al poco, de vuelta al salón, se sentó de nuevo y miró a su padre. Su ausencia en la casa era tan evidente, que le estrujó el corazón como una esponja.
—¡No pude despedirme de ella! -soltó a duras penas, entre convulsiones por el llanto.
—Hijo, ¿qué te pasa? ¿Es que no lo recuerdas? Estábamos todos juntos cuando se fue —. El padre tampoco pudo contener las lágrimas. Era una herida que nunca cicatrizaría y era mejor no tocar. Ambos se abrazaron. Tras un rato, Diego se recompuso.
—Esta mañana me ha pasado igual con Mónica, cuando volví del trabajo. Me di un golpe en la cabeza y me está afectando sobremanera, no recuerdo muchas cosas. Pediré cita con el neurólogo—. De tanto mentir, empezaba a creerse sus propias mentiras; no tenía otra opción si quería sobrellevar lo que estaba ocurriendo. Continuaron hablando un buen rato y él se las ingenió para que no se notase que estaba simulando un trastorno.
Cuando regresó a casa, mientras su pareja terminaba la cena, se sentó un rato en el sillón. Quería saber sobre su historial médico, sabía que podía consultarlo por internet. No vio nada fuera de lo habitual en él, salvo que le habían quitado la vesícula. Al menos se ahorró pasar ese mal trago en el hospital, aunque sabía que no le iba a salir gratis. Tendría que sobrellevar los inconvenientes que eso implicaba.
Tras la cena, la pareja salió a caminar por el paseo marítimo. Aún anochecía tarde y quedaba algo de luz. Diego se sorprendió del trasiego continuo de gente, pero sobre todo de extranjeros. Los jóvenes tenían la costumbre de montar campos ambulantes de voleibol. Se llevaban sus redes y balones y dibujaban las líneas en la arena. Todo a lo largo del paseo estaba repleto de gente haciendo deporte, la moda del momento. 15 años atrás no era una actividad de masas, o al menos se hacía en sitios más apropiados. Algunos colocaban sus mantas en cualquier área vacía del paseo, y al ritmo de música que manaba de grandes bafles, hacían su gimnasia particular. Tanto chicas como chicos lucían cuerpos estilizados, se veían runners entre viandantes, gente patinando, bicicletas y patinetes; todo un amasijo de personas de todas las edades y nacionalidades. Se había impuesto la cultura del físico, la salud y el postureo; todo el mundo quería lucir genial, la tiranía de la apariencia imponía su ley.
Con Mónica, fue como tener una puesta al día acelerada. Gracias a su locuacidad y la sagacidad de Diego, que conducía las conversaciones hacia donde le interesaba, no tardó en congeniar y normalizar su situación. Al fin y al cabo, el hecho de estar con ella era porque ambos estaban a gusto juntos antes de que él irrumpiese en su casa del futuro. Lo consecuente era que todo continuase igual.
Transcurridos 3 años tuvieron un niño. Mónica se aproximaba a los 40 y Diego ya había llegado a los 50. Los años pasaban a velocidad de vértigo, también para el niño. Cuando contaba 2 años, un día que Diego tenía el día libre en el trabajo, el niño y él jugaban en el salón, a la espera de que volviera Mónica de su jornada. La comida reposaba en la olla, todo estaba listo para el almuerzo. La llave giró en la cerradura de la casa y escucharon la puerta cerrarse a continuación.
—Hola, cariño -dijo ella, desde el umbral de la entrada del salón. A continuación, quedó muda por unos instantes—¿De dónde ha salido ese niño?
—¡¡¡Mamá, mamá!!! —dijo el crío, con gran algarabía, al ver a su madre.
—¿El niño? -dijo Diego. Frenó en seco y optó por callar lo que iba a decir. Recordó lo sucedido años atrás y se preguntó si no le perseguía una maldición. La historia se repetía.
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Published on e-Stories.org on 10/10/2025.