Angels Vinuesa Fernandez

CAYUCOS

CAYUCOS

 
 
Era noche cerrada cuando alcanzaron la embarcación, resultaba evidente  que  los cuarenta viajeros  no cabían en el cayuco. Las tablas desvencijadas  por la corrosión del mar, zozobraban  peligrosamente antes de zarpar.
 
Habían recorrido  un largo  y angosto camino antes de llegar al punto de partida. Prolongado y costoso, ya que  el pago que  tuvieron que hacer  era todo  lo que tenían.
 
Se hicieron a la mar  oscura  en medio de la niebla. Llevaban a sus espaldas, el hambre, las luchas por conflictos bélicos  que se prolongaban en un tiempo indefinido sin ninguna razón aparente, y sin embargo, y a pesar de todo ello, nunca dudaron en lanzarse  a la aventura, cuyo fin fuese posiblemente  la muerte.
 
Nada tenía que perder, porque ya  lo habían perdido todo.
 
No comprendían como un país rico en reservas naturales, estuviera  agonizando  en tierras áridas  y estériles. Que  a pesar de concederles  ayudas internacionales, siempre se extraviaran en recodos equivocados. 
 
¿Qué podían esperar de un país  que no era capaz de erradicar la picadura de un mosquito? Que no se veía capaz de   frenar el avance del Sida.
 
Nadie en su sano juicio, invertiría  en  un capital humano  cuyo final   se encontraba  en la treintena. Que su principal mano de obra  eran niños en  supuesta edad escolar. Donde la globalización era una palabra desconocida.
 
Y  de esta forma, la hermosa  África  agonizaba, desterrando  a  sus  habitantes  en busca  de algo mejor, aunque eso mejor sea  una botella de agua y un bocadillo al llegar a la península, mientras que  algunos  deciden su destino de nuevo.
 
......................
 
El océano rugía  desde sus entrañas haciendo que la endeble embarcación se balanceara a merced de las olas como una marioneta.
 
Pasaban las horas, la sed, y  el hambre hacían mella en aquellos cuarenta náufragos de la vida. Pero era  el miedo  su peor enemigo:  miedo a  no alcanzar la costa, miedo de tocar la libertad con la mano y no llegar a acariciarla, miedo a descubrir  que  los sueños de la partida  se  convirtieran  en cenizas.
 
El cayuco avanzaba lentamente hacia la costa, el frío de la noche impregnaba los ropajes, y resonaba en toda la embarcación  el castañear de los dientes como una terrorífica melodía salvaje, en medio de la oscuridad  helada.
 
Estaba  claro que  no llegarían todos a buen puerto. Los más débiles, los más frágiles perecerían en el  camino. Y entonces deberían  ir lanzando sus cuerpos  inertes para que  les abrazara el océano.
 
La noche...
El frío...
El miedo...
 
Pasaban las horas, y  el  océano no amainaba, solo de vez en cuando aligeraban  el peso  con los que iban expirando. La esperanza como mástil cada vez se alejaba más, y creyeron que quizás el rumbo de la embarcación se había volteado.
 
...........
 
De repente  un ruido de sirena les  despertó del sopor, solo quedaban diez de los cuarenta que salieran. Una fuerte luz   iluminó sus oscuros rostros, y una voz   resonó en los tímpanos.
No entendían nada de lo que decían, pero estaban seguros que esas voces  eran su tabla de salvación.
Se miraron entre ellos,  con los ojos asustados aún por la travesía  y quedaron inmóviles. Esa sirena  se acercaba  y las voces cada vez eran más insistentes.
 
Nadie  habló...
El silencio...
El miedo...
 
Después todo ocurrió muy rápido. Les remolcaron como a  fardos  hasta el puerto. Allí les desembarcaron  dándoles  mantas, agua y comida..
 
Pero mientras esto ocurría, en ese preciso segundo, como si fuera  un doble espejo,  a bastantes  leguas de la costa, el mismo hecho estaba ocurriendo como un eco de nuevo..
 
Con otros  hombres
Con otras esperanzas...
 
 
Era noche cerrada cuando alcanzaron la embarcación, resultaba evidente  que  los cuarenta viajeros  no cabían en el cayuco. Las tablas desvencijadas  por la corrosión del mar, zozobraban  peligrosamente antes de zarpar.
 
 
Angels Vinuesa
 
 

 

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Published on e-Stories.org on 09/04/2006.

 

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