Maria Teresa Aláez García

Historia de una gorda en partes sucesivas.


1.- Nublado.

Miro la ventana. La luz entra por las rendijas de la persiana; marrón, antigua.  Bueno, no tan antigua. De hecho, es más joven que yo, tiene sólo 30 años. Con un poco de barniz y cuidado, estará como nueva. Aunque hace seis años que la bañé en lacado, hace falta remodelarla. El sol se la come con su luz. Para otras cosas sirve el sol, además de dar luz y calor. Para comerse el color de la ropa que dejas demasiado tiempo tendida, y para ajar los utensilios, las fachadas de las casas, todo lo que caiga al alcance de sus rayos… la piel de los agricultores y la de los pescadores, también está ajada… por el sol, la brisa, el polvo, la sal …

Las cortinas. Son blancas y son grises. Qué falta les hace un lavado. Son delicadas, aunque pesan muchísimo. Puedo ver por cada punto del tejido de la cortina, pienso que soy una mosca, veo por cada uno de los puntos, tengo mil ojos cuando miro a través de ella. La cortina suaviza más la luz que entra. Se mueve levemente al contacto con el aire. El aire frío, frío. La luz es fría, el aire es frío. Es por la mañana.

Las ocho. Qué pocas ganas de levantarme, de arreglarme y de irme.  Haría que este momento fuera inmenso, que durara y durara. La media hora que transcurre entre las siete y media y las ocho. Debería levantarme a regar las plantas, a planchar un poco, a pensar, a leer, a meditar.... no lo haré, haré cualquier cosa menos eso. Es mejor que me levante ahora y ya no piense en lo que haré, que decidan mis acciones por mí misma.

Yo misma.... yo y mi sombra.....yo y el lucero de la mañana.....menudo lucero tengo en mi cara!

Tengo que levantarme, enfrentarme con las cosas de cada día....Enfrentarme con la ducha, enfrentarme con la toalla que me cubre y me seca, enfrentarme con el desayuno, si lo tomo, enfrentarme con la ropa que me he de poner, enfrentarme con el espejo para ver mi realidad, enfrentarme con los zapatos, enfrentarme con el reloj para darme cuenta, cotidianamente, de que llego tarde, enfrentarme con el taxi o con mis compañeros cuando llegue.... enfrentarme, enfrentarme …

La realidad es otra: Me levanto, me tomo un vaso de agua, me ducho, me peino corriendo, me pongo el desodorante y la colonia, me visto, me pinto un poco si cabe, y salgo corriendo hacia el trabajo. Si tengo suerte y no son menos cuarto, iré andando y llegaré con la cabeza alta, llena de dignidad. Si sigo aquí pensando y cavilando, cogeré un taxi y, al salir, correré a esconderme en mi despacho antes de ir a buscar a los niños de la clase que me toca.

¡Ah, caramba, si a primera hora no tengo clase.! Mejor, jejejeje. Ya me las arreglaré de otro modo para llegar tarde.
 
Miro por el balcón. Es espacioso, con la pared de color blanco, y la reja de color negro. Me siento segura en él. El suelo tiene vigas seguras, son el techo del balcón de abajo. No tengo miedo. No como el día que estuve sobre aquel balcón de aquella otra casa.... sentía algo raro, sentía un desequilibrio, no lo sé. Y el balcón se cayó con nosotras encima.. Y mi cerebro, que es rápido a la hora de olvidar, ni siquiera hizo mención de  lo ocurrido en aquel minuto.  No lo recuerdo. Un músculo tensado en forma de bola, en mi muslo, es lo único que queda de señal de aquella caída. Aunque ahora, escondido entre la celulitis sórdida que corroe mis muslos, ni se nota. Debí haber seguido poniéndome aquel jabón, me iba bien. Ahora se ha desatado mi cuerpo y no quiere contenerse. Me costará mucho ponerlo en su sitio.

El paisaje es bellísimo. Al pie tengo los naranjos y limoneros del palacete. Desaparecerán, ya han vendido el terreno para hacer casas de tres pisos. Más adelante tengo los olivos y los eucaliptos de la otra finca. Enfrente, los pisos de las casas de María, Mariana, Josefa, Estíbaliz, Rosa, Beatriz, Cande..... algunas vienen a veranear, otras se han quedado aquí desde hace tiempo. La mayoría proceden de Madrid.

Más allá los pisos nuevos. Los acabaron de construir en enero y ya están habitados.

Y al fondo, el mar, con su horizonte. El mar, y unos balcones que tienen al mar como soporte.

El mar, el cielo.... las olas y las nubes realizan carreras paralelas cuando sopla el viento. La luz, la luz. El sol, que hoy no sale, se esconde muerto de vergüenza. No me extraña. Llego tarde.
Por eso está nublado.
 

2.- Rompiendo.

Lo que me cuesta meterme en el taxi. Entre las piernas y la barrigoncia, se hace difícil. El olor a gasolina llena el autómovil. Un olor pequeño, meditabundo, que entra por las alas de la nariz y se clava, como un cuchillo, en la parte alta del tabique nasal, allá donde se suele acumular el pus en las personas que padecen esa lastimosa enfermedad. Recuerdo a mi amiga Isabel, que la padecía. Su voz era bellísima, su canto melodioso y afinado, pero su hablar y su respiración eran un sufrimiento para ella. Aunque su pieza favorita no la olvidaré, favorita para ella y para quienes la acompañábamos cuando realizaba su solo: Troie liebe. Un canto de amor y de amigo en alemán, lleno de melancolía y sutileza, de tristeza en su final por la partida del amado. El alemán, siendo un idioma tan fuerte en su pronunciación, se derrama suave y dulce como el azúcar o el merengue, en las composiciones musicales. Sus músicos sabían como debilitar las consonantes fuertes.

Y con las notas del Troie Liebe y mis pensamientos sobre aquellos conciertos de cuando era niña, subimos hacia el colegio. Se me olvida el olor a gasolina que me marea tanto, la incomodidad del asiento, la incomodidad de mis piernas. En quince minutos, mientras las nubes van paseando por el cielo para seguir el camino del sol y no descubrir su escondrijo, voy mirando por la ventanilla el paisaje y escucho, a la vez que pienso, la radio con la gaceta de los deportes y la hora. Faltan diez minutos, hoy puedo llegar a tiempo si no tenemos demasiada circulación. Pasamos las casas antiguas, pasamos el coche rojo del padre de Ximo, con el nombre de su empresa pintado en la puerta, sobre fondo azul claro. Pasamos por la fábrica de chocolate, con las ventanas siempre cerradas, las persianas echadas. Y ese aroma a la semilla triturada y cocinada, que alimenta cualquier desayuno. Pasamos por las carpinterías, por la casa de aluminios, por el solar de la Costera Pastor, está todo verde, parece mentira en esta tierra. Damos la vuelta en la rotonda del camino que se dirige al puerto y, como si el trenet que pasa nos fuera a atropellar, circulamos por debajo. Veo a más compañeros que se acercan en sus coches, con el mismo tiempo que yo, hacia el colegio. La diferencia entre ellos y yo estriba, únicamente, en que yo hago uso de un servicio para subir al colegio cuando llego tarde, y ellos usan sus coches particulares. El punto positivo es que no tendré que volver a echar gasolina ni pasar la revisión. Pero la culpabilidad viene a visitar mis entrañas, a ahogar mi cuello, a escocer mi corazón, cuando, en realidad, llegamos todos en la misma situación.

No sé si se me habrá olvidado algo. La semana que voy de capa caída, ni siquiera preparo la noche anterior las cosas, aunque sí dejo el trabajo colocado de un día para otro. ¡¡Ay!!, cuando me levanto siempre se me olvida que el llegar unos minutos antes, me ayuda a imprimir las fotocopias y preparar un poco la clase, en lugar de perder diez de los escasos cuarenta y cinco minutos que tengo para cada aula, para cada curso. Dejaré haciéndose las fotocopias e iré a recoger a los chavales, la deliciosa jauría que entra con fuerza a quitarse un poco las telarañas de la primera hora. Disfrutan con la clase, eso es lo bueno que aprendí de ellos, aunque me toman el pelo como quieren. Lo malo es que si me pongo dura y si quiero introducir en ellos aunque sea una idea, en su espíritu, me es difícil. Se me levanta un muro de incomprensión e intolerancia, porque para ellos, esta clase es un respiro, una salvaguardia. Nadie les va a reñir, si necesitan estudiar o preparar otra clase lo harán. Es posible que vean una película, es posible que canten, que pinten, que puedan charlar con la novieta en susurros o enviarse mensajes sin miedo a que la maestra les coja el papelito y los deje en evidencia. No tienen que aprender reglas duras ni axiomas complicados. En realidad es una clase de crecimiento espiritual, sólo han de madurar espiritualmente. No sé por qué hacerles comprar libros ni estudiar como locos, si esta materia es distinta, aunque quieran imponerla como si fuera una de las demás. Debíamos programarla según sus condiciones, como distinta precisamente que es. Alimentar el espíritu y no el cerebro. Si el programa se hiciera adecuadamente, la asignatura sería respetada también por los profesores de las otras materias. Claro que quienes la programan, también han de estar a la altura de las circunstancias. Y habría que cambiar mucho. Pero, en fin, las cosas no quieren verse así.

Envío a Samu a recoger las fotocopias. Vamos a rezar algo, a ver, los buenos deseos de hoy para todos. En eso consiste nuestro rezo. Y luego, a hablar sobre la materia o sobre lo que salga. En ocasiones no se necesita el libro para dar la clase, sale sóla con una frase imprevista y necesaria. En ocasiones usamos las oraciones tradicionales, en ocasiones las nuestras.

El sol empieza a salir de su escondite. Rompe el día. Bea y Luis cruzan miradas. Hoy tendremos tranquilidad.

3.- Parcialmente cubierto.

Acabó la segunda hora. Viene mi media hora de libertad diaria, la primera, si no he castigado a alguno con quedarse a acabar el trabajo del día, que es lo raro, o a otros que me piden permanecer en el aula a estudiar, a ensayar el baile de fin de curso o a que les ayude en algunos ejercicios. Menos mal que ambos casos son excepciones.

Entonces llega la hora de mi libertad.

Salgo del colegio por la puerta de los profesores y los padres. Normalmente no llueve a esa hora, son contadas las ocasiones. El sol comienza a calentar más, son las diez y media de la mañana. El cielo se pone azul, la luz deja caer su velo sobre el manto celeste para darle brillo y bajo, entonces, por el caminito que lleva hacia la ciudad. Este camino es pequeño, asfaltado, con chalets en sus orillas, con hinojo que crece silvestre y con una tranquilidad que ayuda a pensar y reflexionar. Parece que los buenos deseos que tenemos durante esta media hora los cumpliremos para siempre.

Salgo por la valla del colegio. Cruzo la carretera. No hace mucho que nos han puesto el paso de cebra. Paso hacia el pequeño parque donde los antiguos alumnos del colegio, que parece que no quieran olvidarlo, festejan por la noche y los que ahora están, comienzan a vivir su primer amor al salir del colegio al mediodía. O al entrar.

Hay un enorme chalet con piscina y tres perros. Antes de salir del colegio definitivamente, me juré, he de amigarme con los perros. Pero no hay manera. No sé si disfrutan asustándome y cuando lo consiguen, me miran con esa cara de "no quise hacerlo pero no tuve más remedio", aunque no me dejaría acariciar por ellos cuando enseñan los dientes. Son grandes, enormes, parecen de raza gran danés pero son una mezcla. Uno es negro, el que más me viene a saludar o a asustar, según se mire. El otro es marrón y el otro es grisáceo. Es normal su comportamiento, los niños de hoy tienen sus cosas y suelen tirar piedras a todos los perros que cuidan las casetas. Así cómo esperamos un gesto amable de los animales.

Sigo bajando. Por el chalet "Virgen blanca", que tiene en sus vallas una enredadera de rosas de pitiminí y de dondiego y que dejan un aroma en el camino, que dan ganas de volver a recorrerlo. Sigo recta donde el camino se divide en dos y veo el chalet con planta en triángulo. En el ángulo superior han puesto un patio pequeño con el suelo encementado. Siempre me he preguntado cómo hacen los dibujos en este tipo de suelos.

Sigo hacia abajo y llego a la pequeña tiendecita. Pequeña pero que ha dado de comer a cuatro familias y ha pagado dos chalets y las carreras de los interfectos. La tienda no tiene mucho: una habitación pequeña para la tienda con comestibles, la trastienda y poco más. Los productos suelen estar frescos y, como suele ser costumbre en estas tiendecitas que tienen un gran barrio para proveer, tienen cosas de la mejor calidad. Antes me compraba un donuts o una empanadilla vegetal. Pero si veo las peritas de San Juan, las fresas, las manzanas golden, albaricoques, cerezas o ciruelas, se abre ante mí un espectáculo grandioso. Al ir pronto, sobre todo a las nueve, siempre me llevo la mejor parte de la cajita. Si voy tarde, pues nada. También me llevo agua, cocacola que es mi vicio y algunos dulces, gominolas o chucherias, que comparto con los niños. Siempre tengo a uno o dos a la puerta del comedor esperándome para darme paso o cogerme los libros, a cambio de que caiga algo. Por supuesto, no le dejo cogerme los libros, pero cae el premio por la intención. No le dejo, no, porque las madres se ponen como se ponen. Y la verdad es que las criaturas vienen a aprender, no a servir.

Y me doy un gusto que no suelo darme ahora: abro el bote fresco de "Coca Cola" y voy bebiendo mientras subo. Si no me caigo de sueño.

No me llevo toda esa fruta de golpe, no. Solamente una especie y la dejo dividida para la hora del recreo y la hora del postre.

Rehago el camino, disfrutando de los frutales, nunca mejor dicho, de los jardines que pueden estar en flor o pueden esperar el invierno, pero de cualquier manera están bellísimos. De la luz, del sol, del cielo, de la inmensidad, de estar sobre una montaña ante tanta tierra. De verme tan sumamente pequeña ante el universo, con todo lo grande que estoy.

Soy tan feliz en ese pequeño momento que disfruto con gran placer, que el sol sonríe conmigo y acaba de salir.

Por ahora pasó la tormenta.
 
4.- Soleado.

Vuelvo hacia el colegio. Como me queda algo de tiempo, voy a mirar lo que me toca hacer en esta hora. Tengo que sacar unas fotocopias, hoy me tocará al salir guardia en el patio del comedor, debo ir a recoger a los niños al patio. Los pequeñitos.

Voy hacia abajo. Me gusta bajar. Normal, no me cuesta nada, me hace sentir más ágil y contenta. Me gusta llevar ropa amplia, siempre me ha gustado, aun cuando estaba delgada. No era una persona a la que le gustara provocar. Sin darme cuenta, mi modo de ser extraño ya era provocador. No sé si es mi modo de ser o mi falta de armonía con los demás. Soy más solitaria porque me encanta el silencio, la tranquilidad, la paz, la concentración y el estudio. Si empezamos por esto, ya soy atípica, claro. No me gustaban los profesores, las monjas menos. Me gustaba estudiar y ahora me ocurre igual, porque yo quiero, por tener interés en la materia. Las de letras, por supuesto. De las de ciencias, me quedo con la física y la química. Con las matemáticas tengo un duelo desde los siete años.

Me gusta hacer deporte, si puedo. Ahora no puedo, al menos como antes. Me gusta paladear cada momento de mi vida, me gusta estar consciente al menos de lo que hago con gusto. Me meto en líos pero sin darme cuenta, para mí eso forma parte de mi plan de vida. Soy rara.

Al bajar veo a parte de la plantilla de mis compañeros. Cuando los veo, pienso en el panteón de los dioses griegos. Creo que podría colocar a cada uno el nombre de un dios y reescribiría la mitología pero en el tiempo actual. Creo que eso se puede hacer con todos los mortales, esos dioses tienen características mortales... o los griegos se las pusieron a los dioses para que pensaramos que los defectos, viniendo de sus dioses, eran virtudes. Son todos majos, mis compañeros, cada uno a su estilo. Veo a don Ximo, al que trato de usted sin más remedio, no entiendo por qué, a pesar de tratar de tú a la mayoría del claustro. A otro miembro de la directiva también lo trato de usted.

Y mientras esperamos a que suene el timbre de la entrada a clase, en la última hora de la mañana, entre los dos, como amigos, recreamos el panteón del monte Olimpo con sucesivas hazañas de los dioses.

Aunque hace sol y el cielo está despejado, el Puig Campana tiene una nube por sombrero. Llueve aunque no quiera. Qué se le va a hacer. Espero que sea de noche cuando se desahogue el cielo.


5.- Lluvioso.

Parece mentira lo rápido que puede cambiar el tiempo. La brisa y el viento van de cicerone de las nubes y tras el paseo por mar, las han traído de visita hacia tierra. Ellas nos van dejando sus recuerdos en el campo, en las ventanas, en la ropa. Las gotas van desfilando por nuestros trajes, hacen competiciones de esquí por las ventanas, dan de beber a los campos yermos...... Da gusto de cuando en cuando, ver llover por esta tierra, dicen que trae algo negativo que la ayuda a ser fecunda. Será la femineidad de la lluvia y del agua, algo tan pasivo y tan activo a la vez......

He traído a los peques. Me gustan los niños de 6 añitos. Me dan pena, tan pequeñitos, tan angelotes, tan dulces.... Deberían de estar jugando, pero ellos están aquí, medio dormidos por el día nublado, con un hambre de lobos a pesar de recién haber tomado su almuerzo. Algunos se traen el bocata a escondidas o el zumo. Todos vienen con su lápiz a derrochar generosidad en las hojas, en las fotocopias, y con sus bandejas de colores. Normalmente tengo preparado para ellos un aumento de lápices de colores, para que no sean unos los acaparadores del color y los que menos ganas tengan de pelear, paguen el pato. Yo era así, eso me hace comprenderles y estar atenta con ellos.

Cojo a los dos o tres más flojos o más desinteresados y me los coloco delante de mi mesa. Además de uno que va bien, que lo coloco a la parte derecha. En la izquierda no porque tengo una tarima y se harían daño en la cabeza. Si pudiera colocaría la mesa en el centro, pero el aula es pequeña. No cabemos casi. De este modo, cada vez uno está conmigo y no se sienten discriminados. Y puedo atender a quienes van más atrasados en lectura o escritura. De hecho, entre todos les animamos cuando acaban el trabajo y les veo su carita sonriente, satisfechos de ellos mismos. Cuando salen, van a contárselo a sus papás o a la persona que los recoge. Ese momento tan especial para ellos, para los niños, al que no damos importancia y que para ellos es tan indispensable..... Parece mentira, ¿no?. Pero si al salir del colegio todos los niños, todos sin excepción, ven a sus padres, sea en casa, sea a la puerta del colegio, ese momento que salen con su cara sonriente o triste y ven la de sus padres que les esperan sin atender otra cosa, es crucial. Ese momento es de suma confianza para los niños. Es un momento de dar seguridad. Sea cual sea la noticia que traigan, sea buena o mala, el hecho de que sus padres les den un beso al recogerlos, los miren salir en la cola y en lugar de hablar con el vecino, paren un momento y escuchen lo que les dicen sus hijos, es importantísimo. En ese momento, el hijo siente que tiene padres, y lo muestra ante todos sus compañeros. Al menos eso es lo que él piensa.

Si la noticia es buena, ver iluminarse la cara de sus padres por haber realizado una hazaña, es notorio para el chaval o la chavala. Y le brilla la cara a él. Ya puede el padre seguir hablando con el vecino si quiere.

Si la noticia no es buena, esperar a que lo cuente, abrazarle aunque se merezca un castigo y tener paciencia, y luego hablarlo en casa, también es muy importante. Ante los compañeros, el niño tiene unos padres que lo protegen y se cuidarán muy mucho de meterse con él. Ante el niño, sus padres actúan de padres y educadores y se sabe protegido y encauzado.

Sigo con la clase. Cantamos canciones con gestos, les gustan mucho. Copiamos una frase o dos de la pizarra y las comentamos. Jugamos a distinguir las letras. Damos ejemplos parecidos a los de las frases. Colorean la hoja, ponen su nombre y a menos cuarto, la fila preparada para salir y coger el autobús o ir al comedor.

Me toca patio. Debo bajar con ellos e ir a buscar a los de parvulitos, para ponerles una película bajo techado. No pueden estar en el patio con esta lluvia y este viento.

Una niña me trae un dibujo con una mancha roja y MAEZTRA debajo. Le doy un beso y delante de ella, lo pongo en la pared con celo. Eso de que un niño te regale su corazón, no ocurre todos los días.

Isma me espera abajo para enseñarme sus nuevos dibujos y me pide que les encuentre algo diferente. Sole y Juani me piden acompañarme a buscar a los chiquitines. Preguntamos a la jefa de comedor y acudimos con paraguas a recogerlos.

Simplemente sigue lloviendo.
 
6.- Moderadamente cubierto.

Espero que deje de llover. Si acaso es hoy la guardia de patio que más me gusta, sobre todo si a mi compañero o compañera no le gusta quedarse con los pequeños. Si no, pues a faenar con los mayores en los patios de abajo. Por que no a todos les gusta ver película en la sala de vídeo. A los mayores les gusta remojarse, esconderse por parejas en los rincones donde hay escaleras para hacerse arrumacos. O hacer a saber el qué. El caso es que, por un lado, se les dejaría un poco a su aire. Pero por el otro la responsabilidad. Y por si acaso, me saco el paraguas, quizás me toque pasar la hora y media de después de comer caminando o parada en la esquina donde puedo verlos. Por lo que pueda pasar. No ha sido el primero al que le ha dado la idea de decorar las paredes del colegio con rotuladores de colores (limpiándolo después, naturalmente) o escalar por la cañería para subir a su clase a buscar algo que se le había olvidado. No dejan de ser niños y de tener "sus" ideas. Aunque sean más altos que una y tengan más fuerza.

Todavía recuerdo en mi segundo año ejerciendo, el primero en este colegio. Un chaval de sexto que era repetidor y medía casi dos metros de altura. Largo como un día sin pan. Fuerte aunque delgado. Cogía a sus compañeros con sus alargados brazos, por parejas, para juguetear con ellos. Como un gigante. Y, en ocasiones, algo agresivo.

Un chaval de estas características ya tiene la líbido subida. Y las hormonas campean por sus anchas por su cuerpo. Y si sus compañeros también la tienen, peor todavía. Y si ese día tienen nervios por un examen y ganas de irse a casa o a vagabundear por los campos periféricos, aún es peor. O si han quedado con las "novias" para festejar.

El caso es que me tocó una tarde de estas. De otoño, melancólica, para ser más exactos. Teníamos ganas de salir todos, ellos y yo. Pero a mí no se me había de notar, claro. El caso es que parecían interesados aquel día con la explicación, cuando me encuentro al interfecto riéndose y mirando hacia su entrepierna: había hecho un falo y unos testículos de papel y se los estaba colocando encima de los pantalones.

En un principio, ni siquiera sabía a quien le había llamado la atención. Dije directamente "¿Qué haces?" y al mirar el paquetón, menos mal que no me reí. Hubiera sido mi perdición. Me eché un poco hacia atrás y le dije que se levantara, que íbamos a enseñarle a la directora la "escultura".

Y claro que se levantó. En esto que veo que desde una mesa que me llegaba a la altura de los muslos, algo se levanta y empieza a desplegarse, diciendo "no, no, a la directora no, que si no me expulsarán. Como me lleve a la directora verá usted". Y en "verá usted" se quedó quieto mirando para abajo. La que estaba debajo era yo, claro.
En aquel momento me temblaban las piernas. No la mirada, no, que se la mantuve. Así me hubiera dado un manotazo con aquella garra que tenía. Pero le dije que sí, que íbamos. Y por un instante me pareció ver pasar mi vida por mis ojos cuando alza los brazos, levanta las manos....... sacude sus muslos y dice: bueno, vale vamos a la directora bueno maestra pero no era para tanto esto, pero bueno, que me van a expulsar maestra.........

No sé de qué color era mi cara. Si blanca y lívida del susto o roja de la ira. Le cogí la "prótesis" y la tiré, le encargué un castigo para el dia siguiente que no cumplió pero eso sí, fue al jefe de estudios... que era peor, aunque para la criatura fue un alivio porque no lo expulsaron.

Al menos me gané su respeto y el de sus compañeros. Por aguantarle la mirada, solamente.Creo que ningún chaval de la clase daba un duro por mí en ese momento.

Hoy la criatura se ha casado y trabaja en un taller de coches, que es lo que a él le gustaba. De cuando en cuando me saluda "maestra". Muy de cuando en cuando. Procuro no ponerle en la situación, que el chico ya es padre. Pero no dejo de olvidar aquel "entrañable" momento.
 
7.- Nubes alternas.

Suena el timbre, debemos recoger a los peques y entrar al comedor. Hoy me toca comer en el primer turno, dado que luego hemos de estar hasta las tres más o menos, vigilando el patio. La hora y media más laaaaarga del día. Aunque no sé qué prefiero, si servir los platos, si el segundo turno o ésto. En ocasiones me saco algo para hacer, para programar o leer, pero es imposible atender a ese trabajo extra. Hay que estar vigilando constantemente. No porque queramos saber en todo momento lo que hacen, no. Eso es lo que piensan ellos, lo que pensamos todos cuando somos pequeños o nos sometemos a un proceso de estudio. En realidad si les vigilamos es porque estamos apurados, porque si les ocurre algo toda la responsabilidad cae sobre nosotros. Y porque nos pagan para educar. Y nuestra conciencia no perdona. La verdad es que maldita la gracia que me hace ir a molestarles cuando están en grupitos, hablando de sus cosas. Pero sus "ideas" son extremadamente aventureras y peligrosas en muchas ocasiones y ellos no sopesan las consecuencias. Como el día en que se dedicaron a escalar al segundo piso por la tubería (la tubería es atrayente, tan en su sitio, tan en su tamaño, parece tan segura, cualquiera no subiría por ella), o cuando el "penjat" sacó fuera por la ventana al compañero y lo colgó en el vacío, sujetándolo solamente con las manos. O cuando juegan a coger a uno entre media clase y le abren de manos y piernas, y si es chico lo hacen chocar con sus partes contra los troncos de palmera o el dintel de la portería. O juegan a hacer volteretas en el aire en el foso de la arena, poniendo sus nucas a merced del borde de cemento. Son ideas inofensivas para ellos, pero que nos hacen estar a todos con ciertas partes pudendas en nuestras gargantas, colocadas de corbata. Y sobre todo, cuando nos dicen que vamos a fastidiarles el juego, lo mal que llega a sentar. Esta sensación se pasa con el tiempo.

Entran los chiquitines. Los platos están servidos, la mayoría. Van entrando por cursos y listas. Los maestros tenemos nuestra mesa y hay colocadas algunas viandas. Depende del menú del día. Me encanta el jamón de york flambeado y las patatas fritas. Cojo limón para saborear el menú. Lo que peor me sabe es que la comida la tiran. Hay tanta gente muriéndose de hambre y tiran la comida que sobra. Por eso tomo todo lo que puedo. Después no suelo cenar, pero ahora aprovecho. No está bien pero sé que entre mis compañeras, algunas piensan de modo parecido aunque no lo hacen. Claro que a mí poca falta me hace ya cuidar la línea. Hace mucho que la perdí y no precisamente por comer.

De postre, naranja.

Y al patio de nuevo, a dar vueltas y a jugar con los chavales en la medida de nuestras posiblidades. 
 
8.- Chubascos moderados.

Recuerdo, hace ya años, yendo con mi madre desde la Coruña a Santiago de Compostela. No era la primera vez que visitaba la ciudad pero sí la primera vez que la vería con conciencia de lo que estaba mirando. Tenía 20 años. Estaba de vacaciones y enfrentandome a diversas situaciones de mi vida que pedían a gritos un silencio oportuno ante mi madre. Pero mi corazon ansiaba su consejo, su atención, aquella que me negó a partir de los cuatro años, cuando ella ya considero que era lo suficientemente madura como para recibir besos. Y mi padre. Ambos pensaron que con tres hermanos a la espalda de quienes ocuparnos, para que seguir dando mimos a la mayor. En fin, asi me calle a partir de aquel momento y continue callada hasta ahora. Si mi madre supiera tantas cosas... de las que no se enterará nunca.

Me dijo que ibamos a Santiago a ver la ciudad y a visitar al santo. Durante el camino, llovía alternativamente. Es decir, al salir de Coruña llovia, mas adelante, en Vila da Igrexa no llovía, mas adelante si llovía, al cabo de dos pueblos no llovía. Y mi madre, parece mentira siendo gallega, no haberse dado cuenta del detalle, decia: "Que curioso lo que ocurre aquí: en la misma carretera llueve en unos sitios y en otros no. ". Curioso si era porque el trayecto era corto, apenas treinta minutos. Claro que las nubes no se disponían en fila, como siempre imaginamos. Según como vayan de cargadas, así se liberan. Según las necesidades de cada cual. Tanto del campo, sediento de riego, como de la nube, con esa carga tan poco llevadera.

Ésto mismo ocurre ahora. Pero no ocurre en distintos lugares del patio. Ocurre en distintos lugares del tiempo. La carga sí cae con mas fuerza en unos sitios que en otros. El agua serpentea por los canalillos del tejado, quiere llorar el dia, porque se ha roto. Y las lágrimas de quienes estamos pasando frio y lo soportamos en silencio, con palabras de aliento para los muchachos y muchachas que aguantan la ventisca bajo los arboles o el porche, caen por nosotros en regueros desde el tejado. Cae una gota, cae un chorrito, caen con cierto ritmo que nos ayudaría a jugar si no fuera porque tenemos ganas de echarnos una medio siesta para poder empezar con mejor ánimo la tarde.

Entre las piedras del patio hay distintos murmullos. Murmullos del agua, de los chavales hablando y riendo, criticando, planeando, da igual.. son murmullos que armonizan en la descomposicion de la estructura del suelo del patio. Hay una melodia entre las gotas que caen sobre el cemento del campo de futbol, entre las hojas, el viento entre los canales de las tuberias y los arboles y la voz la ponen las piedras con sus murmullos. Al menos hoy no hay ganas de hacer tonterias, hay ganas de refugiarse o de hacer locuras metiéndose en los charcos o mojándose bajo el torrente de lagrimas de cristal del cielo. Yo creo que ni nos ponemos a pensar. Damos alguna vuelta que otra para dar constancia de nuestro trabajo y seguimos mirando: el puig campana, a lo lejos, una cima hermosa, soberana, dominando la Marina Baixa. Un dia lo subí y lo volveré a remontar, esté gorda o no. Lo subí, ¡claro que sí!. Hasta la cima. Y el cómo bajé, es otra historia. Pero ese monte lo tengo realmente cruzado y creo que me llama desde hace mucho, tengo ganas de entregarme a él. Quizás con los niños. Quizás sola. No se acabo allí la historia, tengo algo pendiente que hacer. Y volveré.
 
9.- Tormenta.

Se acerca la hora de devolver a los párvulos a su pabellón.

La construcción consta de dos pabellones, con planta de L invertida el destinado a la enseñanza de Primaria y con planta en forma de I y un pabellón adjunto, el destinado a la enseñanza de Preescolar. Ambos tienen como decoración en su fachada los ladrillos de color teja. La puerta de entrada y el porche se encuentran en la parte inferior de la L, el palo cortito y la mayoría de las aulas en la parte más larga. Tiene dos pisos. La planta baja ha sido destinada al comedor, las salas de profesores y las clases de primero y segundo de primer ciclo y tercero en el segundo ciclo. La planta superior está dividida en el aula de usos múltiples, la biblioteca, el aula de música, el aula de religión y las clases de segundo y terder ciclo - cuarto, quinto y sexto-. Justo al lado del porche está la casa del conserje. Y el gimnasio.

En el corredor de la parte superior, hay un espacio que queda entre la escalera y la biblioteca, donde algunos profesores gustamos de sentarnos y respirar el silencio y la tranquilidad de las clases mientras el resto de nuestros compañeros bregan con la chiquillería en el mar de las letras, los números y las ideas. Es un alivio el tener alguna hora libre para descansar un poco de la batalla y proseguir la dura faena de ilustrar a los tiernos infantes de hoy en día. La televisión ha desbancado completamente al maestro y si el aparato no acredita la veracidad de nuestras enseñanzas, no sacamos nada de provecho. De cuando en cuando se escucha el ensayo de flautas, de xilofones y cajas chinas del aula de música, jugando con los compases de la "Primavera" de Vivaldi o del "Carnaval de los animales" de Saint Saëns.

Alrededor del edificio hay un enorme patio rodeado por una valla de color verde que todos los niños saltan en cuanto se les pierde de vista - por tal razón, hay bastante vigilancia en el patio -. Se preparó un pequeño jardín con rosales, geranios, narcisos y lilium en la parte delantera, (por donde entran los profesores), algunas palmeras, que hacen agradable el cuadro, aunque son los coches los únicos que disfrutan de ese entorno. El resto del patio, sin asfaltar excepto las pistas de baloncesto y fútbol, tiene piedrecitas. Y pinos. Que también son escalados por los niños, a pesar de las prohibiciones, sobre todo en enero, cuando viene la procesionaria. Este año se fumigará de nuevo antes de que entren las criaturas. Había algunos que se dedicaban a recoger en bolsas a los gusanos y las enseñaban como trofeos. Al desaparecer esta diversión, comenzaron a saltar al bancal que hay justo al lado del colegio y traían enormes escarabajos de color verdoso enganchados en los jerseys a modo de trofeos, que enseñaban con orgullo.

Según la temporada de colegio, se entretetienen con juegos distintos pero que no pasan de moda. En enero son las canicas. Para mayo son las peonzas. En octubre y noviembre, la cuerda y el elástico. El fútbol no pasa nunca de moda. Durante todo el año, también ensayan los bailes y canciones de fin de curso.

El pabellón de los más pequeños se encuentra aparte. Tiene forma de I y tiene dos pisos con aulas y una sala de profesores. El patio es pequeño,con neumáticos y artilugios pintados de colores con los que los chiquitines (menuts) se lo pasan en grande. A la hora de acercarlos a sus clases, siempre tenemos dos o tres voluntarias, mamás precoces, de 10 u 11 años, que quieren acompañarnos para recordar "viejos tiempos" y para ayudar a los que son más atrevidos y traviesos, a que no se escapen y aprendan a caminar en la fila. No solemos tener entonces, interferencia alguna: la salida de los pequeños indica que queda media hora para que se reanuden las clases y entonces los mayores se ponen manos a la obra con sus deberes, repasos, trabajos, etc.. Algunos hasta piden ayuda para hacer en un cuarto de hora lo que no han aprovechado en casi dos horas que tuvieron después de comer.

Pero ya es tarde. Suena el timbre, salen por fin los tutores para recoger las filas que se van formando automáticamente entre peleas, empujones, algún que otro toquiteo y protestas y suben a clase. Entonces aprovechamos los cuidadores para arreglarnos un poco, tomar el café y acudir corriendo a recoger a los que nos tocan porque el tiempo apremia.

Sexto. Uf, qué miedo. Casi cuarenta. Espero que después de comer, se encuentren algo somnolientos, aunque dudo que puedan prestar atención a lo que se les diga.

Ni en "Master and Commander" han tenido que disputar tan duras batallas como las que ahora voy a contener yo. Ya quisieran muchos tener la fuerza y la presencia de algunos de mis alumnos.
 
 
10.- Aguacero.


Preadolescentes con ganas de irse a casa con el mal dia que hace. El dia se chafó.

Se les chafó a ellos, se me chafó a mí y se nos chafó a todos.

Sólo quedan dos sesiones de tres cuartos de hora y se nos harán eternas. Entre el mal tiempo, la lluvia, el desasosiego... Ni ellos ni yo, teníamos ganas de encontrarnos.

Y tengo sorpresa: hoy me quedo con todos. Tanto con los de mi asignatura como con el resto, pues no ha venido el otro profesor y su tutor no puede hacerse cargo de ellos. Perfecto. Mi clase no la puedo dar. ¿Qué hacer?

Quizás, ofrecer conocimientos de mi nueva especialidad en ciernes. Así que empezamos con nociones de solfeo y con historia de la música.

En mal momento se me ha ocurrido la idea.

Hay dos que acuden desde niños a tocar un instrumento a la banda. En esta ciudad, hay un ateneo musical. Pero tenemos, en el arte, todo por duplicado:

Tenemos dos bandas de música. La de la otra parte del río y la de ésta.

Tenemos dos grupos de chirimitas. Dos agrupaciones de cuerda. Dos corales.
 
Dos grupos de teatro. Dos conjuntos de danzas tradicionales.

Y para no perder la recién tomada costumbre, dos equipos de fútbol, dos servicios de radio taxi, dos ... dos..... dos......

Hasta hemos salido en el periódico como un caso único al menos en la provincia.

Eso sí, interés en esta tierra por el arte, la cultura, lo hay. Se haga bien o mal, lo hay. Tenemos semana teatral, tenemos semana de música, y como todas las bandas, agrupaciones, grupos, conjuntos, etc.. van por duplicado, durante todo el año tenemos conciertos, pregones, fiestas y festividades donde caben todos.

Pueden coincidir una banda y una coral. Pero hasta ahora no se ha conseguido que se aúnen las dos corales, las dos bandas, las dos agrupaciones.... Bueno, creo que los dos servicios de radio taxi sí han conseguido reunirse. No tenían más remedio. Los taxistas, para ahorrar, han hecho el servicio de Radio Taxi de la Marina Baixa - la comarca - y han agrupado las ciudades y pueblos más próximos para ofrecer un mejor servicio. Así que han acabado estos enfrentamientos. Pero continúan los otros.

Y claro, en la misma clase tengo alumnos cuyos padres pertenecen a uno y otro bando.

Así que....¿qué podemos hacer? Charlar. Charlar un poco, que nunca viene mal, de sus problemas, de sus méritos, de sus interrogantes. Y para finalizar, un poco de ese programa que tanto agrada a los adolescentes y que está tan en boga en la televisión. Uno de éstos donde las hormonas suelen subir. Donde hay provocaciones, juegos fáciles de palabras, canciones, donde la gente pierde el norte, el sur y todos los puntos cardinales habidos y por haber solamente por cobrar un buen sueldo y tener publicidad en la pantalla. De hecho, era un concurso pero no recuerdo quién concursaba, creo que eran todos famosos. El caso es que a los chavales sólo les gusta la parte donde las chicas y los chicos se reúnen y se envían mensajitos de modo anónimo. Momento que aprovechan para declararse o desquitarse. Según cómo tengan el día.

Mientras tanto, reviso mis papeles. Mientras espero al tutor, que ha de volver para estar con los chicos. Es que no me gusta dejarlos sólos. Así que siempre llego tarde a la clase siguiente. Mientras suenan de fondo - no sólo para mí sino para el resto de las clases de todo el pasillo - las risas y los grititos, miro mi carpeta. Siempre la encuentro desordenada, llena de papeles, de tareas para hacer, de trabajo por acabar, de exámenes por corregir, de cosas escritas a mano para pasar a máquina. Pasar, pasar... pasar el tiempo, pasa la tarde, pasan los años, pasa la juventud que a veces vivimos sin darnos cuenta y que malgastamos sin remedio... pasar la página, pasar el relevo a esta juventud.... pasar, pesar.... pesan los kilos, las penas, la edad.... Entre pasas, pesas, pasos y pesos, llega el momento y he de salir corriendo hacia el piso inferior, para recoger a los pequeños que harán la comunión este año. Prepararemos algo para Navidad. Un baile, un villancico o mejor todo junto. En el Corte Inglés han propuesto un concurso de villancicos para enviar el grupo más original de viaje. Tenemos los recursos para hacer algo verdaderamente original y bien preparado, pero la política del colegio no incluye el presentar a los niños a concursos, aunque los padres lo deseen.En esto les doy la razón. El ver sufrir a otros niños que han perdido cuando todos lo han preparado con cariño y con gusto y el hacer competir a las criaturas, no es positivo para ellas.Aunque de algún modo han de prepararse para el futuro que viene. Lleno de competición. Fútbol, dinero y sexo, mucho sexo.

Todavía hay tiempo.
 
Todavía...
 

 

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Published on e-Stories.org on 08/28/2006.

 

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